Perdiendo el tiempo... donde Dios siempre llega primero
Al final, la vida no se medirá por las horas que llenamos, sino por las personas que amamos.
02 DE AGOSTO DE 2026 · 19:50
"Podemos hacer poco; pero podemos hacer ese poco con mucho amor." Amy Carmichael
"Nadie tiene derecho a ser feliz viviendo sólo para sí mismo." William Booth
"No mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros. Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús." Filipenses 2:4-5
Hoy me gustaría tocar una de las grandes contradicciones de nuestro tiempo: todos hablamos de aprovechar el tiempo, mientras Jesús parecía "malgastarlo" precisamente con quienes el mundo consideraba una pérdida de tiempo. Y curiosamente fue ahí, donde dejó algunas de las páginas más hermosas del Evangelio.
Existe una historia preciosa del médico y misionero escocés David Livingstone:
En una ocasión, mientras atravesaba África con una agenda apretada para alcanzar una aldea antes del anochecer, encontró junto al camino a un hombre gravemente enfermo y abandonado; sus acompañantes le insistieron en seguir adelante, retrasarse significaba perder horas, quizá días, y poner en riesgo el viaje.
Pero él respondió: "Nunca se pierde el tiempo cuando se ama a una persona."
Entonces detuvo toda la expedición, lavó las heridas del hombre, preparó un lugar donde pudiera descansar y permaneció con él hasta asegurarse de que sobreviviría... y llegó tarde a su destino.
Pero años después escribió en su diario que aquel retraso había sido uno de los días más provechosos de toda su vida, porque comprendió que el Evangelio no consiste solamente en llegar a lugares, sino en detenerse ante las personas.
Vivimos tan ocupados haciendo cosas para Dios, que a veces olvidamos detenernos con las personas que Dios ama, hay una expresión que escuchamos con frecuencia: "No me hagas perder el tiempo."
Y, sin embargo, cuando abrimos los Evangelios, descubrimos a un Salvador que parecía perderlo continuamente... se detenía cuando todos seguían caminando, escuchaba cuando todos tenían prisa, miraba a quien nadie veía y esperaba a quien todos daban por perdido. Mientras los discípulos calculaban millas, Jesús calculaba corazones.
Nunca le molestó que una mujer enferma interrumpiera su camino hacia la casa de Jairo, nunca consideró una pérdida detenerse junto al ciego Bartimeo mientras la multitud seguía avanzando, nunca dijo que Zaqueo podía esperar porque tenía un programa demasiado importante, nunca rechazó a los niños porque "no había tiempo"... Jesús nunca trató a las personas como interrupciones, porque las personas eran el propósito.
Quizá el milagro más grande no fue sanar enfermos, fue tener tiempo para ellos; porque amar siempre requiere detenerse, y detenerse cuesta.
El Reino de Dios nunca ha avanzado únicamente mediante grandes predicaciones, también ha avanzado a través de conversaciones junto a un pozo, comidas en casas despreciadas, lágrimas compartidas y caminos recorridos al ritmo del que no podía correr.
Quizá el reloj decía que Jesús iba tarde, pero el cielo al completo decía que estaba exactamente donde debía estar.
Tal vez nuestro Dios nunca nos pregunte cuántas reuniones terminamos, ni cuántos proyectos completamos, ni cuántas publicaciones hicimos... quizá pregunte algo mucho más sencillo: ¿con quién te detuviste?, ¿quién encontró descanso porque le regalaste un poco de tu tiempo?, ¿quién volvió a sonreír porque decidiste escucharle sin mirar el reloj?, ¿quién conoció mejor a Cristo porque antes conoció tu paciencia?
Al final, la vida no se medirá por las horas que llenamos, sino por las personas que amamos; porque Jesús nunca perdió el tiempo, ¡lo sembró! Y toda semilla sembrada con amor termina floreciendo en la eternidad.
Señor, perdóname por las veces que he llamado interrupción a lo que tú llamabas oportunidad, enséñame a caminar con tus pasos, a detenerme con tu compasión y a mirar con tus ojos. Que nunca esté tan ocupada haciendo cosas para ti que olvide estar con aquellos por quienes tú te detuviste. Haz de mi vida un reflejo de tu ministerio: cercano, disponible y lleno de misericordia. Y si alguna vez tengo que escoger entre llegar a tiempo o amar como tú amaste, concédeme la gracia de "perder el tiempo" de la única manera que jamás será una pérdida: entregándolo por amor.
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