Cuando la vida aprieta ¿eres zorrillo o tortuga?
La reflexión no es: ¿Qué soy, zorrillo o tortuga? Sino, ¿qué quiero ser cuando mi corazón esté herido?
30 DE NOVIEMBRE DE 2025 · 20:20
“Hay heridas que cura el tiempo, pero hay olores que tardan mucho en desaparecer.”
“La tortuga no huye: se recoge. No renuncia: se ordena. No reacciona: ora.”
“La paz no siempre llega cuando hablas; a veces llega cuando callas.”
No hace mucho tiempo recibí algo conocido y muy interesante, no se le atribuye a nadie, así que lo consideraremos anónimo.
Todos enfrentamos momentos en los que la vida nos aprieta, días en los que las palabras duelen, las decisiones pesan, y las tensiones parecen apretar el pecho; y aunque cada uno responde a su manera, existe una metáfora hermosa que nos invita a mirarnos por dentro: “Los zorrillos y las tortugas”.
Cuando enfrentamos un conflicto con alguien lo primero que tenemos que hacer es orar por la situación: “Si a alguno de vosotros le falta sabiduría, pídasela a Dios, y él se la dará, pues Dios da a todos generosamente sin menospreciar a nadie.” Santiago 1:5
Habla primero con el Señor, eso es muchas veces lo último que hacemos, pero él nos dice: no hagas eso, habla conmigo sobre esa persona, después de que hables conmigo, vas y hablas con ella.
Hay dos tipos de reacciones al conflicto: los zorrillos cuando se enfrentan a un conflicto simplemente estallan y luego queda un olor insoportable; se desahogan, lo escupen todo y eso, sencillamente es muy molesto para todo el mundo; en cambio las tortugas, cuando se enfrentan a un conflicto, se meten en su caparazón, hibernan y huyen del conflicto.
El hecho es que no importa si te callas o si estallas, ninguna de las dos es la forma adecuada de manejar el conflicto o la ira. Explotar o callar, ese no es el camino.
Debes preguntarle a Dios antes de ir a hablar con la persona con la que tienes un conflicto. ¿Señor, estoy viendo esto correctamente? ¿Qué quieres que haga al respecto?
El zorrillo es pequeño, pero cuando se siente atacado, inseguro o amenazado, explota. No piensa, no evalúa, no respira: simplemente reacciona.
Y esa reacción, aunque lo protege, empapa a todos los que están cerca con un olor difícil de quitar; así somos a veces. Hay días en los que alguien nos dice algo que no esperábamos, y soltamos nuestra “esencia”:
Palabras hirientes...
Tonos exaltados...
Decisiones impulsivas...
Conclusiones precipitadas...
Y aunque después llega el arrepentimiento… el “olor” queda.
La tortuga, en cambio, cuando se asusta o es atacada, se retrae. Entra en su caparazón, baja la cabeza y se queda quieta. Calla, espera, confía.
No es que no le duelan las circunstancias, no es que no tenga emociones. Es que elige refugiarse en un lugar seguro antes de responder. Y en ese gesto, a veces silencioso, deja espacio para que Dios haga lo que ella no puede hacer.
¿Cuántas veces sería mejor guardar silencio? ¿Cuántas discusiones no empezarían si antes respiráramos? ¿Cuántas decisiones serían más sabias si primero nos escondiéramos en el caparazón del Padre?
Dos respuestas, dos caminos:
Ni el zorrillo ni la tortuga están equivocados por naturaleza: son simplemente distintos. Pero cuando se trata del corazón, del alma, de las heridas invisibles… la tortuga suele enseñarnos una sabiduría más profunda...
No todo merece una respuesta inmediata.
No todo ataque es real.
No toda batalla se gana hablando.
No todo problema se resuelve reaccionando.
A veces la mayor fortaleza es quedarse quieto, entregarle a Dios lo que pesa y dejar que él actúe.
La reflexión no es: ¿Qué soy, zorrillo o tortuga? Sino, ¿qué quiero ser cuando mi corazón esté herido?
Quieres gritar, pero ¿vale la pena?
Quieres responder, pero ¿te hará bien?
Quieres defenderte, pero ¿es tu batalla?
La tortuga nos recuerda que no siempre es cobardía callar. A veces es madurez, obediencia y fe.
Hoy, cuando la vida te toque fibras sensibles, pregúntate: ¿Quiero dejar olor… o dejar paz? ¿Quiero reaccionar… o quiero sanar? ¿Quiero tener la razón… o quiero tener descanso?
Dios no solo escucha nuestras palabras.
Dios también escucha nuestros silencios.
Y así, en el sigilo humilde de los zorrillos y en la tranquila sabiduría de las tortugas, aprendemos que toda vida refleja un susurro de la voz de nuestro Dios, invitándonos a reconocer su presencia y a entregarle con confianza cada paso de nuestro propio camino.
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