Cordialmente harto

Miles de evangélicos en este país nos merecemos un respeto que demasiadas veces no estamos teniendo.

10 DE JUNIO DE 2026
09:10 CEST
Publicidad del Festival de la Esperanza que tuvo lugar en Madrid, el último fin de semana de mayo. Foto: BGEA,
Publicidad del Festival de la Esperanza que tuvo lugar en Madrid, el último fin de semana de mayo. Foto: BGEA

El fenómeno de la protección de un sector del mundo evangélico al presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, tiene consecuencias globales que están afectando a nuestro propio país.

Las noticias que nos llegan nos plantean diferentes preguntas:

  1. ¿Cuál es la separación correcta entre iglesia y estado?
  2. ¿Es lícito apoyar a una persona cuyas palabras y hechos no siempre son de una ética contrastada?
  3. ¿Cómo debemos reaccionar a los ataques que ha generado esta polémica en nuestro país?

A lo largo de la historia hemos vivido todos los modelos posibles de relación iglesia–estado.

Lo que dice la historia es que cuando iglesia y estado se unen mucho hay estabilidad e identidad cultural, pero hay abusos y falta de libertad. Cuando se separan, aumentan las libertades civiles, pero aparecen problemas morales, de identidad y valores comunes.

Aunque hay opiniones de todo tipo, como no podía ser de otra manera, la mayoría de los historiadores de cierta reputación consideran que un modelo de cooperación con independencia mutua ha dado los mejores resultados a largo plazo.

Cuando nos preguntamos si algo es lícito o no, entendiendo “lícito” como aquello justo, razonable y moralmente permitido (RAE), entramos en un camino complejo. La ley puede definir lo que está permitido jurídicamente, pero no siempre es fácil determinar qué es correcto desde el punto de vista moral, ya que la moral está influida por convicciones personales, culturales y espirituales.

En mi opinión, apoyar a un político puede ser lícito, pero no necesariamente recomendable desde una perspectiva cristiana. El riesgo es terminar identificándonos demasiado con sus decisiones y actitudes, las cuales no podemos controlar.

La espiritualidad, omito intencionalmente la palabra religiosidad, de los cristianos debe ser cristocéntrica y, en nuestro caso, también bibliocéntrica. Ningún dirigente político puede tener estas dos máximas como únicas en su ejercicio del poder. Aun los líderes políticos que conocemos en la historia reciente como Jimmy Carter o Angela Merkel, reconocidos cristianos y buenos referentes, no pudieron llevar estos principios a sus máximas consecuencias.

Por último, las decisiones tomadas por los grandes líderes mundiales nos afectan directamente. En este contexto, la relación entre ciertos sectores evangélicos en Estados Unidos y el presidente Trump ha generado una fuerte polémica. Los vídeos de pastores evangélicos imponiendo las manos en oración al presidente Trump no han gustado nada en España.

En Catalunya concretamente, hemos vivido cómo la televisión pública y algunos periódicos de prestigio se han planteado el efecto que esta relación puede tener en nuestro territorio.

En un programa realizado por la televisión pública catalana, han hablado del neopentecostalismo como una secta destructiva que está creciendo en nuestro país de una manera peligrosa.

Cuando un pastor evangélico pidió explicaciones a la televisión por haber tratado en el citado programa al pueblo evangélico de forma sesgada y tendenciosa, le respondieron lo siguiente, y cito literalmente traduciendo del catalán: “…somos conscientes y sabemos que el movimiento evangélico o protestante es muy heterogéneo y que en Cataluña hay iglesias más históricas, algunas de las cuales jugaron un papel muy importante contra el franquismo, pero nosotros nos hemos centrado en las que crecen más para explicar el porqué de este fenómeno. Que no solo pasa en Cataluña sino también en el resto del mundo. Por esto damos un paso más y abordamos el movimiento neopentecostal. Que crece con fuerza también en todas partes con intenciones políticas…”.

Es interesante notar que toda la primera parte del mensaje no se comenta en el programa emitido, pero se quedan en la parte de las intenciones políticas de un movimiento muy específico y, si me permiten, reducido en España.

¿Qué podemos esperar de un programa emitido en la televisión a una audiencia que todavía desconoce quiénes somos los protestantes?

Y en este mes de mayo hemos tenido en Madrid el Festival de la Esperanza promovido por la fundación Billy Graham, con un mensaje de Franklin Graham, hijo del gran evangelista y muy cercano al presidente Trump. Al coincidir en el tiempo con la visita del Papa se llegó a insinuar que este festival se ha hecho como una contraprogramación. El periódico La Vanguardia escribió: “Los evangélicos le disputan Madrid al Papa”.

Hace tiempo que los cristianos intentamos no estar en disputa, más bien lo contrario, tendiendo puentes, apoyándonos mutuamente y buscando cómo trabajar en común. Identificar a toda la comunidad evangélica con determinados movimientos políticos o con ciertas imágenes mediáticas procedentes de Estados Unidos no solo es injusto, sino profundamente equivocado.

Para decirlo de manera cordial: estoy harto. Harto de que no sepan que soy evangélico, ni extremista, ni fan de Trump. Harto de que no sepan que mi familia fue perseguida por sus convicciones religiosas, que me discriminaron en el colegio y en el servicio militar por ser “raro”, que tuve que casarme dos veces, una en el juzgado y otra en la iglesia porque nuestra unión eclesiástica no tenía ningún valor legal. Harto de que se desconozca el trabajo que muchas organizaciones paraeclesiales evangélicas con las que he colaborado toda mi vida hacen en pro de la justicia social, cubriendo necesidades que la administración pública no alcanza a cubrir.

Que pago mis impuestos como cualquiera y que, en mi caso, como empresario doy trabajo a noventa personas. Y creo que, igual que yo, miles de evangélicos en este país nos merecemos un respeto que demasiadas veces no estamos teniendo.

Solo tengo un consuelo, la Biblia: “Felices vosotros cuando os insulten y os persigan, y cuando digan falsamente de vosotros toda clase de infamias por ser mis discípulos” (Mat. 5:11).

Seguiré haciendo lo que la Biblia me pide: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a mí mismo, y lo haré sin esperar nada a cambio; dicho esto, permítanme por lo menos la licencia de estar harto.

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