Morir solo en el siglo XXI: ¿Dónde quedó nuestra humanidad?

Morir es inevitable; sentirse abandonado no debería serlo.

15 DE OCTUBRE DE 2026 · 17:35

Foto: <a target="_blank" href="https://unsplash.com/es/@enginakyurt">Engin Akyurt</a>, Unsplash CC0.,
Foto: Engin Akyurt, Unsplash CC0.

Esta semana recibí una llamada de una persona a la que conocía desde pequeño, cuando participaba en los campamentos clandestinos que organizábamos en la Residencia de Dénia durante la dictadura. Me pedía que visitara a su anciana madre, ingresada en el hospital, que a sus noventa y tantos años estaba muriendo.

Al entrar en la habitación, me quedé paralizado. Allí estaba ella, casi irreconocible después de medio siglo, sola en su cama. Ninguna mano familiar, ninguna voz conocida, ninguna presencia que aliviara el silencio. Y así murió: sola.

Sentí una tristeza profunda. Se me nubló la vista y me temblaron las piernas. ¿Cómo es posible que alguien muera así en la Europa del siglo XXI?

No conozco todas las circunstancias de su historia y no pretendo juzgar a nadie. Pero aquella habitación me dejó una pregunta difícil de eludir: ¿qué clase de sociedad estamos construyendo si, en medio de tantos avances médicos y tecnológicos, podemos olvidar la necesidad humana de acompañar a quien está llegando al final de su vida?

Todos nacemos dependiendo de otros. Vivimos creyendo que la autonomía nos hace fuertes, hasta que la vejez nos recuerda nuestra fragilidad.

El filósofo Martin Heidegger reflexionó sobre la muerte como una experiencia personal e intransferible. Pero que nadie pueda morir nuestra muerte no significa que debamos afrontar solos el último tramo de la vida.

Morir solo no siempre significa estar sin compañía física. Sin embargo, cuando la soledad es abandono y podría haberse evitado, algo esencial de nuestra humanidad queda en entredicho.

Una sociedad no se mide únicamente por sus recursos, sino también por cómo trata a quienes ya no pueden valerse por sí mismos.

Aquí la fe cristiana tiene mucho que decir, siempre que vaya más allá de los discursos piadosos y la moral de escaparate.

Jesús no se limitó a hablar del sufrimiento: se acercó a las personas, compartió su dolor y lloró ante la tumba de su amigo Lázaro. «Estuve enfermo, y me visitasteis» (Mateo 25:36).

No son palabras para adornar nuestra religiosidad, sino para transformar nuestra manera de vivir. El mensaje de Jesús será creíble cuando se convierta en presencia, cuidado y compromiso; cuando nadie sea considerado prescindible por su edad, su enfermedad o su dependencia.

Nadie sabe como será su último día, y mejor no saberlo. Por eso, aquella habitación sigue conmigo. No escribo para repartir culpas, sino porque me cuesta aceptar que una vida tan larga termine en una soledad que quizá pudo ser distinta. Morir es inevitable; sentirse abandonado no debería serlo.

Tal vez debamos despertar de esa anestesia de indiferencia que nos hace encoger los hombros y seguir adelante. Porque una sociedad verdaderamente humana no es la que ha aprendido a convivir con la muerte, sino la que no abandona a quien está muriendo.

Y queda una pregunta para todos: cuando llegue nuestra hora, ¿qué clase de humanidad habremos dejado a quienes se queden?

Recibe el contenido de Protestante Digital directamente en tu WhatsApp. Haz clic aquí para unirte.

Publicado en: PROTESTANTE DIGITAL - Desde el Montgó - Morir solo en el siglo XXI: ¿Dónde quedó nuestra humanidad?