Pentecostés, lenguas y mitos

Una de las habilidades más notables que tenemos los seres humanos es la capacidad de elaborar mitos. Se trata de un fenómeno universal que no está restringido a los pueblos y culturas antiguos, pues en nuestro siglo XX se ha encumbrado a esa categoría a ciertos personajes cuyas imágenes se han convertido en un auténtico icono de la modernidad.

12 DE MARZO DE 2009 · 23:00

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Supongo que alguien -antropólogo, sociólogo o filósofo- ya habrá elaborado al respecto una sólida tesis explicativa de dicha tendencia, aunque yo me atrevería a afirmar que la elaboración de mitos es, en última instancia, una evidencia añadida de que el ser humano precisa de algo a lo que adorar, siendo el mito la persona o cosa a la que se le atribuyen cualidades extraordinarias por las que destaca de manera especial, magnificándose sus aspectos más sobresalientes a la vez que se ignoran los más ordinarios. Es decir, la elaboración del mito es la divinización de lo humano con miras a su veneración. Una enorme diferencia entre los antiguos y nosotros es que ahora contamos con instrumentos, como son los grandes medios de comunicación, que agilizan y universalizan la fabricación del mito en un tiempo récord. Pero en esta facilidad para construir mitos reside también su volatilidad, de manera que si en la antigüedad eran aquilatados por el paso del tiempo, a los nuestros ese mismo paso del tiempo los pulveriza. De ahí que mitos tan antiguos como Alejandro Magno o Cleopatra lo sigan siendo en nuestros días, pero es más que dudoso que dentro de dos mil años Maradona, Che Guevara o Madonna lo sean. La tendencia a forjar mitos se da en todos los campos de nuestra actividad, desde el religioso al científico, desde el artístico al deportivo, desde el literario al político. Y como no podía ser de otra manera también en el campo de la lingüística hay algunos mitos establecidos. Existen pueblos que consideran su lengua como una especial, sin parangón, lo cual sitúa al pueblo que la habla en una posición especial respecto a los demás. Esa tendencia a mitificar una lengua, alimentada por un romanticismo sentimentalista y nacionalista interesado, puede generar percepciones erróneas difíciles de desarraigar y de consecuencias funestas. Durante los siglos X al XII floreció en España un movimiento de estudios filológicos que tuvo su sede en la ciudad de Córdoba, la cual estaba en aquel entonces a la cabeza del mundo occidental en todos los campos del saber. Aunque el personaje que descuella entre aquella pléyade de filósofos, poetas, médicos, científicos y gramáticos es el de Maimónides (1135-1204), quisiera fijarme en otro mucho menos conocido como es Menahem ben Saruq (910-970). Compuso un diccionario (mahberet) de la lengua hebrea a fin de proporcionar una herramienta adecuada para interpretar la Biblia. Al comienzo de su obra Menahem se refiere así a la lengua hebrea:
´Con la ayuda del creador del lenguaje intento comenzar a fijar la lengua de la instrucción, a enseñar la lengua bella, la más selecta de entre todas las lenguas y la primera de todas las hablas, la más excelente de todas las lenguas que heredaron los hombres sobre la superficie de la tierra desde que los pueblos se separaron uno de otro conforme a su lengua… Y de la misma manera que engrandeció al hombre con el fruto de los labios, así engrandeció la lengua santa por encima de las lenguas de todo pueblo o nación… Ya antes de que hubiera concedido la inteligencia a los habitantes de la tierra, Dios había escogido esta lengua.´(1)
Nótense los términos que Menahem vierte hacia su lengua materna, que van más allá del terreno estrictamente elogioso y laudatorio para penetrar abiertamente en el de lo mítico, no estando exentas de una cierta ingenuidad algunas de sus afirmaciones. Según él, la lengua hebrea es la más admirable de todas y la primera que habló la humanidad, poseyendo así un rango que la distingue de cualquier otra. Pero desde el punto de vista estrictamente lingüístico la lengua hebrea es una más entre otras de una determinada familia, la semítica, compartiendo con sus hermanas ciertas características comunes a todas ellas, no habiendo base de sustentación objetiva que permita concluir que es más bella o superior a la árabe, la fenicia o la amárica, por ejemplo, ni tampoco que sea más antigua que ellas. Por esa tendencia a mitificar ciertas lenguas sufrieron sobremanera los dos apóstoles de los eslavos, Cirilo (827-869) y Metodio (826?-884), quienes al llegar a Moravia determinaron usar la lengua vernácula del pueblo para la predicación, liturgia y traducción de la Biblia. Sin embargo, se encontraron con el rechazo rotundo del clero alemán, que pensaba que a Dios sólo se le podía honrar con las tres lenguas del cartel de la cruz: el hebreo, el griego y el latín, promoviendo una campaña de desprestigio contra Cirilo y Metodio que a punto estuvo de arruinar sus planes de emplear la lengua eslava como vehículo para la difusión del evangelio. Pero la desmitificación definitiva de cualquier lengua ya está presente en el relato de Pentecostés (Hechos 2:6-11), cuando la multitud, lingüísticamente plural, congregada en torno al aposento alto oye las maravillas de Dios, no en una lengua unificada sino en una diversidad de lenguas, de acuerdo al origen geográfico de cada uno de los allí presentes. En un sentido aquella multitud representa la complejidad del gran mosaico que son las lenguas del mundo, siendo interesante que mediante aquel extraordinario suceso Dios establece dos importantísimos precedentes: 1.- Que es su deseo expreso que cada ser humano escuche sus maravillas en su lengua materna, sea cual sea, y no en una que le sea ajena. 2.- Que cada lengua es igualmente valiosa a los ojos de Dios, no existiendo alguna o algunas de primera categoría y otras de segunda, sino que todas son igualmente dignas y necesarias de ser empleadas para la extensión del evangelio. Estos dos principios echan por tierra cualquier pretensión de establecer una jerarquía lingüística que suponga la exaltación de una lengua en detrimento de otra. Algo que no estaría demás tener en consideración actualmente…
1) La escuela hebrea de Córdoba, Calos del Valle Rodríguez, Editora Nacional

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