Cuando las cosas no salen como quisiéramos

Las decepciones suelen ser muy difíciles de encajar. Nuestra tendencia es a preguntarle a Dios: ¿por qué?

13 DE SEPTIEMBRE DE 2026 · 10:00

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Foto de János Venczák en Unsplash

Querido hijo,

 

A veces, es muy difícil encajar las decepciones, los imprevistos y las interrupciones. A veces se acumulan las malas noticias, una tras otra. Son rachas malas o días en los que nos levantamos con el pie izquierdo. Las cosas no salen como quisiéramos: se cancela el partido por la lluvia, se pierden trenes, se averían coches, nos ponemos enfermos y nos perdemos las fiestas, se extravían documentos importantes, se olvidan citas. Estas situaciones inesperadas pueden provocarnos todo tipo de emociones: enfado, lágrimas y mucha frustración. En ocasiones, incluso pueden llevarnos a decir cosas feas o a dar golpes. También sacan lo peor de nosotros mismos y tendemos a culpar a los demás de nuestros pormenores.

Las decepciones suelen ser muy difíciles de encajar. Pero ya te habrás dado cuenta de cuántas de ellas tenemos que aceptar, porque en más ocasiones de las que quisiéramos reconocer, estas están totalmente fuera de nuestro control. Vivimos en un mundo caído y asumirlo nos ayuda a comprender que las cosas no siempre salen bien. La perfección no existe.

Sin embargo, sí podemos y debemos expresar nuestro lamento, ya que es nuestra mejor herramienta para reorientarnos y aprender. No solucionamos nada barriendo y acumulando las frustraciones bajo la alfombra. Si lees los Salmos, te darás cuenta de cuánto lamentó David: le dirigía a Dios palabras que brotaban de su interior con violencia, emoción y profunda tristeza y quebranto. Fíjate: “¿Hasta cuándo, Señor, me seguirás olvidando? ¿Hasta cuándo me esconderás tu rostro? ¿Hasta cuándo he de estar angustiado y he de sufrir cada día en mi corazón?” (Salmos 13:1-2); “Angustiada está mi alma; ¿hasta cuándo, Señor, hasta cuándo?” (Salmos 6:3).

Dios no se inmutó, porque él lo aguanta todo.

Nuestra tendencia es a preguntarle a Dios: ¿por qué? Por qué permite estas circunstancias de confusión y dolor. A veces, nos empeñamos en dar cabezazos contra la pared exigiéndole que cambie las circunstancias. Incluso podemos quejarnos una y otra vez pensando que así mantenemos nuestra posición de víctimas, pero no nos lleva muy lejos, ¿verdad? Me ayuda mucho preguntarme: ¿qué es lo que Dios está tratando de hacer en estas circunstancias? Esta pregunta me ayuda a pasar de una actitud de cascarrabias, moralista y exigente a una actitud abierta a aprender, confiando en que Dios sabe lo que hace y, además, aprovecha todas estas oportunidades para moldearme más a la imagen de Jesús.

A veces, Dios permite estas situaciones para que aprendamos que los contratiempos en nuestros planes nos ayudan a ser más pacientes, flexibles, creativos y resilientes. Además, a menudo, los cambios traen consigo otras posibilidades inesperadas que, en última instancia, son mejores y nos son necesarias, como, por ejemplo, ¡tener más tiempo para descansar! Entonces me doy cuenta de que, en realidad, son “interrupciones divinas”.

Dios nos da las herramientas necesarias para enfrentarnos a nuestras decepciones. Te animo a que las pongas en práctica desde ahora. Ya lo dice el refrán: "No hay mal que por bien no venga”. O, mejor aún, la Palabra de Dios: "Todas las cosas ayudan a bien para aquellos que aman a Dios" (Romanos 8:28). ¡Ánimo!

 

Te amo,

Mamá

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P.S. Por cierto, hoy me cancelaron un tren y perdí el otro, ¡cuánto bien me hizo reflexionar sobre estas palabras!

Publicado en: PROTESTANTE DIGITAL - Cartas a mi hijo - Cuando las cosas no salen como quisiéramos