Dictadores
Quizá uno de nuestros mayores engaños sea el de pensar que el poder corrompe, como si solamente llegáramos a ser fatídicos en el momento de gobernar. Nuestras miserias no las hacen las corbatas ni los tacones de aguja.
20 DE JUNIO DE 2024 · 19:07

En sucesivos periodos de tiempo se van repitiendo las series que abordan, de manera más o menos seria, la idea del hecho político: esto es, cómo se produce, cómo funciona y qué clase de personalidades de encuentran en el mismo. Desde el morbo dramático de House of Cards hasta el realismo ingenuo de Borgen, son muchos los experimentos que han ido apareciendo entre las series de los últimos años en este sentido.
Una de las últimas apuestas es la irónica The Regime, la cuarta miniserie de HBO que protagoniza Kate Winslet tras Mare of Easttown entre otras. Creada por Will Tracy y dirigida por Stephen Frears, la serie es una sátira política sobre una hipotética autocracia en el centro de Europa que preside Winslet como la canciller Vernham y que tiene lidiar con la dependencia de potencias exteriores como Estados Unidos o China, y con la oposición interna.
Lanzada apenas tres meses antes de las elecciones al Parlamento Europeo, se trata de una serie hecha a medida para una actriz que no tolera competencias a la hora de interpretar el protagonismo. El resto del elenco gira alrededor de Winslet, lo cual es una forma de trasladar al espectador al ambiente de autocracia que se intenta representar. Uno parece no poder sentirse más que insignificante ante la presencia de la canciller Vernham, cuya figura solo ve reducida por un amor malsano y sensual que difícilmente se entiende en el transcurso y el carácter de la serie.
El dichoso pueblo
Una de las sátiras que aborda con cierta maestría The Regime (no sé si intencionalmente) es la idea de la dependencia que tiene todo gobernante del pueblo. Algo que tiende a olvidarse en la época de mayor florecimiento del poder pero que, sin embargo, vuelve a la realidad en medio de la oposición y con la caída de los más pesados regímenes.
Ya lo decía el autor de Proverbios hace tiempo: “En la multitud del pueblo está la gloria del rey; y en la falta del pueblo la debilidad del príncipe” (14:28). Y es que, aunque con cierto pesar para algunos, la demografía es una cuestión de estadística y, por lo tanto, el ejercicio político está en parte supeditado a la evolución de la misma.
Es interesante ver el vínculo que plantea The Regime entre la soberbia y la vanidad. Uno se pregunta por qué la expresión del poder tiene que ir acompañada (habitualmente) del lujo. El oro no se corroe e imagino que se trata de la intención de los gobernantes de permanecer indemnes al paso del tiempo. Ahí están la máscara de Tutankamón, las copas de Ciro y el lapislázuli de la Puerta de Ishtar. Quizá el paralelo contemporáneo sean esas obras ‘faraónicas’ de hormigón y metal de fundación, con nombres de figuras históricas, que tanto tratan de conmover nuestra memoria.
Al final, el propio Nabucodonosor, artífice de la gran Babilonia, lo constataba después de su locura: solo el Rey del cielo puede humillar a los que andan con soberbia (Daniel 4:37). El poder es, en realidad, una expresión de nuestra incapacidad y debilidad humanas que, al mismo tiempo, anhela y se esfuerza por alcanzar la perfección y la inmortalidad. La corona, la corbata el tacón de aguja, etc., vuelven a caer para dar paso al nuevo, que tenga que durar diez, veinte o treinta años más.
Príncipe de paz
La Biblia habla de un “Príncipe de paz” (Isaías 9:6), cuyo imperio y paz “no tendrán límite”. Y esto no por ser un gran autócrata, sino por ser dispuesto y confirmado “en juicio y en justicia” (v.7). Solamente un príncipe, un rey, así puede librar a su pueblo de lo que verdaderamente merece: una muerte segura. Porque la idea de tener los gobernantes que un pueblo merece es ciertamente injusta.
Sin embargo, el hecho de justificarse detrás de los errores políticos del contexto de turno es también ingenuo. Aunque no siempre nos gobiernan como merecemos, porque tenemos una dignidad innata en nosotros y no siempre es reconocida, tampoco podemos evitar ver en quienes nos dirigen un reflejo de nuestros anhelos y deseos torcidos más comunes.
Quizá uno de nuestros mayores engaños sea el de pensar que el poder corrompe, como si solamente llegáramos a ser fatídicos en el momento de gobernar. Nuestras miserias no las hacen las corbatas ni los tacones de aguja.
Solo hay una voz, la de la Sabiduría, capaz de salvar la justicia y la verdad. Es la misma por la cual “dominan los príncipes y todos los gobernadores juzgan la tierra” (Proverbios 8:16). Aquella voz que ya maravilló cuando se presentó ante los suyos, los cuales no le recibieron. Voz del grito desgarrador en la cruz (Lucas 23:46). Y la misma voz que ha dado esperanza de volver a ser escuchada por todos (Apocalipsis 21:3).
Es curioso ver cómo el elemento del sacrificio también está presente en The Regime. Aunque es un sacrificio involuntario, por un amor egoísta y que solo genera más muerte y dolor. El de Cristo en la cruz es el único sacrificio que salva, redime y trae verdad y justicia a un momento histórico siempre caótico que precisamente tiene que ver con quién gobierna todos y cada uno de nuestros corazones.
Por un año más
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