El relojero del eclipse
Fue emocionante ver cómo, después de la oscuridad del eclipse, la luna continuó su órbita y una lasca de sol surgió en el borde, hasta dejar brillar al sol a reventar, con su pleno poder generador de luz y vida.
13 DE AGOSTO DE 2026 · 09:12
El sol gira sobre sí mismo y lo hace alrededor del centro de la Vía Láctea. Alrededor de él, la Tierra dibuja cada año una elipse que da lugar a las estaciones, y a su vez gira sobre sí misma, generando el día y la noche. Y alrededor de la Tierra, la luna da vueltas al tiempo que gira sobre sí misma, produciendo, por ejemplo, las mareas.
Todos estos giros, tan ajustados entre sí, permiten que en una esquina del universo este planeta azul dé cobijo a la vida con sus ritmos circadianos.
Me parece más creíble entender el funcionamiento del mundo como el de un inmenso reloj suizo: cada engranaje, cada estrella, cada planeta, cada satélite, cada órbita
Admiro bien a mis amigos agnósticos. El mundo según ellos surgió por un azar impersonal, como el de una bola de billar que golpea en las demás y las pone a rodar esparciéndolas al azar. En ese asombroso azar hay que creer que cada cierto tiempo esas bolas que se echaron a andar según les dio la gana se enfilen con una exactitud matemática y se vuelvan a poner en línea al cabo de un tiempo definido con una preocupante regularidad precisa. Sin duda, mis amigos agnósticos muestran una especial fe para satisfacerse con esta explicación.
Hoy pensé en los hugonotes, protestantes franceses sometidos a genocidio y expulsados de su tierra hasta sitios como Ginebra; allí montaron la relojería suiza. Como explica Max Weber, rechazaban el lujo y por eso renunciaron a la joyería y usaron su excelencia profesional para construir los más exactos relojes. Como decía el famoso relojero suizo Vacheron Constatin “Hazlo mejor si es posible, y siempre es posible”, siguiendo literalmente las indicaciones de Col 3.23: “Todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor”.
En vez de unas bolas de billar esparcidas al azar, me parece más creíble entender el funcionamiento del mundo como el de un inmenso reloj suizo en el que cada engranaje, cada espiral, cada volante, cada estrella, cada planeta, cada satélite, cada órbita, fue hermosa y exactamente diseñado por un cuidadoso relojero que un día le dio al péndulo para echarlo a andar con una finalidad: crear las condiciones justas que permitiesen la vida en la Tierra.
Cuando contemplamos un eclipse, nos damos cuenta de la perfección tan inmensa como exacta e inteligente de ese reloj diseñado y puesto en marcha por alguien maravilloso.
El eclipse es un guiño que nuestro Creador nos deja cada cierto tiempo para que conozcamos Su personalidad
El día que tal cosa hizo nuestro Creador, ese día no apareció al azar; ese día fue justo aquel en el que en el reloj del universo la luna se cruzaba una vez más entre el sol y la Tierra para producir noche en pleno día. Fue a las doce del mediodía de un día del año 33, la hora justa a la que Jesús murió.
El día pasado fue emocionante ver cómo, después de la oscuridad del eclipse, la luna continuó su órbita y una lasca de sol surgió en el borde, luego un cuadrante, y luego la luna se fue corriendo hasta dejar brillar al sol a reventar, con su pleno poder generador de luz y vida. La oscuridad de la muerte de Jesús tampoco fue capaz de permanecer; se fue corriendo y la luz de la vida volvió para quedarse entre nosotros para siempre.
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