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Iglesia, tenemos un problema: la Biblia

Existen numerosos textos bíblicos que nos animan a estudiar, analizar e interpretar correctamente las Escrituras. Si Dios se ha revelado a la humanidad a través de Su Palabra escrita en la Biblia, es normal que mediante su lectura, examen y reflexión podamos llegar a conocer mejor la naturaleza de nuestro creador.

DIEGO IGLESIAS ESCALONA ESPAÑA 23 DE SEPTIEMBRE DE 2019 20:04 h
photo by Hjrc

Tanto en el Antiguo Testamento (AT) como en el Nuevo (NT), existen numerosos textos que nos animan a estudiar, analizar e interpretar correctamente las Escrituras. Esto es algo totalmente lógico y natural pues, si Dios se ha revelado a la humanidad a través de Su Palabra escrita en la Biblia (principalmente), es normal que mediante su lectura, examen y reflexión podamos llegar a conocer mejor la naturaleza de nuestro creador.



​Por ejemplo, en el AT, Josué, libro escrito entre 1200 y 1400 a.C., nos alienta a meditar sobre el libro de la ley día y noche (Josué 1:8); en Nehemías (escrito sobre el 445 a.C.), el sacerdote Esdras leyó el libro de la ley de Dios y el pueblo ponía toda su atención (Nehemías 8:8) y en el libro de los Salmos se nos dice que la Palabra de Dios es verdadera (Salmos 119:160, 141:6). Por su parte, en el NT, el evangelio de Juan (80 - 95 d.C.) nos estimula a estudiar las Escrituras porque en ellas se encuentra la vida eterna y dan testimonio de Dios (Juan 5:39); este mismo entusiasmo tenían los estudiantes de Berea (hoy Veria, una ciudad de Grecia) cuando investigaban los textos bíblicos (Hechos 17:11) y en una de las cartas de Pablo a Timoteo, el apóstol expresa el valor de las Sagradas Escrituras indicando que son inspiradas por Dios y, por tanto, útiles para enseñar, rebatir, corregir e instruir al hombre (2 Timoteo 3:15-17).



​Como podemos comprobar, tanto en tiempos de la ley mosaica como en la época de los primeros cristianos (más bien, judeo-cristianos), el aprecio y la estima hacia las Escrituras resulta evidente. En el siglo I, los primeros cristianos no tenían toda la Biblia -de Génesis a Apocalipsis- como lo tenemos nosotros, ellos solo tenían la llamada Biblia Hebrea (Tanaj) que comprendía solamente la ley (Torá), los profetas (Nevi'im) y algunos escritos (Ketuvin), además de algunas pocas cartas del apóstol Pablo que comenzaban a circular y a leerse en algunas iglesias, prácticamente recién nacidas. Sin embargo, en la actualidad, después de muchos siglos y ya con toda la información en nuestras manos (AT y NT), parece que tanta herencia, trasmisión y documentación se nos atasca y desborda.



​Digo esto porque, hoy día, he podido constatar que, a este respecto, existen dos tipos de iglesias, generalmente hablando: las que ponen en valor las Escrituras y le dan su sitio, y las que no lo hacen. Comencemos por estas últimas.



Puede que se haga de forma inconsciente o se haya entrado en una espiral de inacción o en una rutina de pasividad o desgana, pero he visitado iglesias en las cuales la Palabra de Dios brilla por su ausencia. Oraciones, alabanzas, saludos, alguna noticia, primicia, notificación o informe, más oraciones, alabanzas y saludos completan el día de culto a nuestro Señor Jesucristo. Desde el púlpito, apenas unos versículos bíblicos a salto de mata y sacados fuera de contexto, a veces tan retorcidos de tal manera con la sola intención de dar la razón al predicador. En lugar de exégesis: la explicación o interpretación de un texto concreto, se hace eiségesis: el intérprete introduce sus ideas en el texto.



A veces es incluso peor, el pastor, orador, etc. tan solo narra una historia personal con tal o cual misionero. Una crónica de sucesos que estaría muy bien en otro escenario, pero estos relatos nunca pueden sustituir a una predicación expositiva de la Palabra de Dios. Les aseguro que ese día no hubo alimento espiritual para nadie, por mucho que algunos hermanos clamen su "amén" particular.



​En la otra cara de la moneda, se encuentran las iglesias que tienen estudios bíblicos durante la semana, incluso apartan un espacio de formación bíblica antes de comenzar el culto, y además la predicación de la Palabra se hace de una forma expositiva, desgranando y explicando cada versículo del texto escogido, notándose así que, entre bambalinas, ha habido un arduo trabajo tanto espiritual como físico y mental por parte del expositor.



He de confesar que, personalmente, esta atmósfera eclesial me encanta e incluso estaría en mi salsa. Sin embargo, parece que este ambiente, supuestamente ideal, también provoca problemas. Desafortunadamente, en muchas ocasiones, he asistido a estudios bíblicos y predicaciones muy prometedoras, pero al final han resultado en auténticas batallas dialécticas entre hermanos que solo quieren defender su postura doctrinal a ultranza.



Por desdicha, también he presenciado enseñanzas y programas de estudio sobre las Sagradas Escrituras cuya primaria intención era acercar la Biblia y la figura de Jesucristo al oyente más principiante, y sin embargo terminaron convirtiéndose prácticamente en una tesis de teología sistemática, debido sobre todo a la terminología y vocabulario usado por el educador o profesor al intentar explicar términos y teorías teológicas que, con toda seguridad, no venían al caso. Tanta palabrería y verborrea doctrinal y dogmática causó que, al menos el 90% de la audiencia, perdiera el interés y sacara su móvil para consultar su Facebook, un gesto que comienza a ser preocupante dada su frecuencia y normalidad.



​¿Qué podemos hacer, entonces? Si en un lado de la balanza tenemos recelo a hacer uso de la Biblia y en el otro su empleo deriva en polémica y controversia, ¿qué hacemos con la Biblia que tantos problemas suscita? Evidentemente, un legado tan precioso como el que hemos recibido todos los creyentes, el Libro de todos los Libros, la Palabra de Dios, no solo debemos usarlo, sino estudiarlo, analizarlo e interpretarlo correctamente. Una iglesia sin Biblia, será otra cosa, pero no una iglesia.



El uso de la lógica y el sentido común (posiblemente el menos común de nuestros sentidos) nos debería llevar a un termino medio, pero establecer esos límites tiene su precio. Desde estas líneas me voy a atrever a dar algunas sugerencias:​



1. Amor al prójimo



Decir o escribir esta sentencia es muy fácil, lo verdaderamente difícil es ponerla en práctica, yo diría que es una tarea titánica, casi imposible. Con toda razón leemos en la Biblia que, "amar al prójimo como a uno mismo es más que todos los holocaustos y sacrificios" (Marcos 12:13) o "el que ama al prójimo ha cumplido la ley" (Romanos 13:8).



El amor al prójimo pasa por el respeto mutuo. Si no respetamos las ideas, las creencias o las convicciones de los demás, mal vamos. Considerar, e incluso ponderar, los pensamientos y juicios de otras personas es imperativo para poder hacer un uso razonable, coherente y adecuado de Las Escrituras (también de dar nuestro testimonio), y de este ingrediente nos falta inyectar una buena dosis en nuestras venas evangélicas, según mi humilde opinión.



2. Formación teológica



No hablo aquí de sacar un título universitario ni de la asistencia a un seminario (aunque el que pueda y quiera, que lo haga). Hablo de nuestra responsabilidad, tanto a nivel individual como general, de conocer la Biblia y persistir en su estudio, defensa y custodia (1 Pedro 3:15). Casi a diario surgen conversaciones y diálogos muy interesantes con amigos, compañeros y conocidos que no conocen a Dios pero que tienen un vacío espiritual importante e intentan llenarlo con muchas de las "opciones" que este mundo secular les ofrece. Conozco a líderes de oración, de alabanza, de obra social, todos ellos muy respetables, pero callan en este tipo de charlas por miedo de errar en sus argumentos. Cuando nos piden luz, les damos sombra. Esto no debería ser así.



3. Asertividad si, pasividad no



Muchas veces queremos decir nuestras creencias, ideas, pensamientos, problemas, etc. pero nos callamos por no querer señalarnos y nos volvemos creyentes pasivos. Con el tiempo vamos acumulando sensaciones negativas hasta que llegamos a un límite ya insoportable y terminamos estallando y enfadando.



En este aspecto creo que también estamos fallando. Debemos ser personas asertivas, no pasivas. Es decir, debemos defender nuestros derechos y opiniones y realizar sugerencias y proposiciones de una forma clara y honesta. Respetando a los demás, pero también respetándonos a nosotros mismos. Debemos comunicar nuestros sentimientos sin dejar llevarnos por las emociones. Esto se aprende a base de humildad (Romanos 12:16), autoestima y confianza.



Dios nos guíe, querido lector, a conseguir estos objetivos para su honor y gloria.



 



Diego Iglesias Escalona – Ldo. Teología – Sevilla (España)


 

 


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