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    De lo bello y lo sublime

    Se dijo que lo sublime es poderoso y a la vez atemoriza por su grandeza. Mas el universo atemoriza por la calidad extrema de su coherencia y orden. La belleza del universo puede fascinar a todo hombre, creyente o no, pero lo sublime lo excita a pensar más allá, reta a su razón, lo rinde a creer.

    DORIS ALCÓN HUAYTA BOLIVIA 02 DE MAYO DE 2019 17:50 h

    En la galería de la Academia de Florencia (Italia) se exhibe una de las obras maestras más famosas de Miguel Ángel. Sobre un pedestal, de pie, el cuerpo de un hombre de 5,17 m de altura. Sus tendones y venas son claramente perceptibles en todo su cuerpo musculoso y seductoramente definido. El cabello rizado, el rostro concentrado con el ceño fruncido que le da un aspecto de profundidad a su mirada, como listo para salir al combate. En la mano derecha sostiene una piedra y en la otra mano una onda. “El David” de Miguel Ángel es una escultura que representa al David bíblico en el momento previo a enfrentarse con Goliat.



    Razones hay para decir que esta obra representa los ideales renacentistas de la época. El David simboliza la libertad en fusión con la belleza, tópicos del renacimiento. La gallardía y el valor se expresan en cada posición y dirección de sus miembros. El David de Miguel Ángel debía mostrar esa imponencia, belleza y astucia que el hombre de aquella época admiraba.



    El concepto de lo bello ha sido discutido a lo largo de los siglos, sobre todo entre los afiliados al arte. ¿Qué es realmente bello? ¿Lo bello, necesariamente tiene que ser perfecto?



    Uno de los cuadros de William Turner retrata el momento justo cuando una barca es atrapada por las olas del mar. Lo que más resalta allí es la fuerza, intensidad y magnitud con que las olas y los vientos se levantan y hunden la barca haciéndola casi invisible. Muchos han considerado a este cuadro, a causa de esto, la escena donde lo bello llega a los niveles más altos de su expresión: lo sublime.



    Según el filósofo Kant, “lo sublime es un objeto de la naturaleza que hace a la mente contemplar la elevación de la naturaleza como algo fuera de nuestro alcance racional. Es algo que conmueve, excita, atemoriza, amenaza, asombra. Una sensación de gran poder e infinidad”.



    En el Génesis dice: “Y la tierra estaba desordenada y vacía… Y dijo Dios: Sea la luz y fue la luz”. Lo sublime en el origen del universo va más allá de lo que afirma Kant, pues no sólo es la expresión magnífica de la naturaleza lo que es sublime, sino aquella Palabra que genera esa misma magnificencia, ese mismo movimiento de la materia. La Palabra que da vida al objeto; la que ordena y se hace; la que crea y puede destruir. Se dijo que lo sublime es poderoso y a la vez atemoriza por su grandeza. Mas el universo atemoriza por la calidad extrema de su coherencia y orden. La belleza del universo puede fascinar a todo hombre, creyente o no, pero lo sublime lo excita a pensar más allá, reta a su razón, lo rinde a creer.



    Lo sublime está en ese acto creativo, pero también está en el acto de innovación, porque ¿de dónde vino esa Palabra?, ¿en qué instante del tiempo apareció? Esa es la esencia de lo sublime, aquello al que no se le puede marcar un principio. Lo sublime debe ser infinito. Dios es la esencia de lo sublime.



    Sabemos de los fenómenos naturales que ocurrieron en el Antiguo Testamento. La columna de nube y de fuego que iban delante del pueblo de Israel, la llama de fuego en medio de la zarza que se mostró a Moisés, el torbellino por el cual Dios respondió a Job, etc. A la vista de cualquier hombre debieron ser impresionantes, amenazantes por sus dimensiones. Mas esta belleza se pudo desvanecer en su mente si lo Sublime no lo hubiese tocado. La presencia de Dios estaba en medio de estos fenómenos como el dominante de la naturaleza. La zarza no se consumía porque lo Sublime lo estaba controlando. Así Dios se glorifica.



    En Éxodo 3:5 leemos: “Y Dios dijo a Moisés: quita el calzado de tus pies porque el lugar en que tú estás es tierra santa”. Y en 1º de Reyes 8:11: “Y los sacerdotes no pudieron permanecer por causa de la nube; porque la gloria de Jehová había llenado la casa de Jehová”. Lo sublime, además, sacraliza. Un objeto se hace sagrado sólo porque lo Sublime se ha expresado en él.



    El templo de Salomón era sagrado porque Dios se había manifestado en él e hizo un pacto con Salomón. Mas un objeto no puede ser sagrado sólo porque “representa” a lo Sublime. El crucifijo no es sagrado sólo porque representa a Cristo; el hombre lo sacraliza porque lo vuelve en amuleto. Lo sublime es “irrepresentable”. La imaginación finita del hombre no puede figurar la imagen de un Dios infinito.



    Por esto uno de los pasajes más sublimes de la Biblia está en Éxodo 20: “No te harás imagen ni semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra…”. El mensaje es que al Dios sublime no lo puedes reducir a una imagen, eso es profanación. Cuando ocurre esto se le atribuyen los poderes que uno quiere, y entonces deja de ser Dios.



    Lo Sublime, por tanto, ha creado, maravillado, atemorizado, sacralizado, demostrado su valor irrepresentativo; no se descarta ahora su más grande dimensión: lo Sublime puede hacerse visible a sí mismo, no es que se representa, sino que se muestra tal cual es, no en un objeto, sino en un Hombre: Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad (Juan 1:14).



    Jesucristo es el acto más sublime de Dios. Jesucristo es el Dios sublime. Cuando lo trascendente entra en relación con el mundo inferior, esto es lo más magnánimo, elevado y cautivador en toda la historia. Aquello a lo que Kant no pudo llegar, porque para él lo sublime es irrepresentable y nada más, pero nunca dijo que si algo es sublime es porque también tiene la capacidad de hacerse visible a sí mismo, tangible, accesible a ese mundo inferior del cual él hablaba. 



    Lo sublime, entonces, no se ha reservado, ha llegado al estado de encarnación y ha cumplido su propósito de salvación. Ha transformado al hombre, de modo que ya no es el mismo: lo Sublime lo ha tocado y lo ha hecho santo. La lógica, por tanto, en todo esto está en que no hay acto más bello y sublime que el que redime al hombre y lo conserva para siempre.



     



    Doris Alcón Huayta – Literatura y Teología – La Paz (Bolivia)


     

     


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