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    El mal de la naturaleza

    Es lógico que el ser humano se haya venido preguntando desde siempre acerca de la paradoja que supone la creencia en un Dios bondadoso y poderoso, frente a la cruel realidad del mal que evidencia la naturaleza.

    CONCIENCIA AUTOR Antonio Cruz 03 DE NOVIEMBRE DE 2019 13:30 h

    El mundo en el que vivimos tiene muchas cosas buenas pero también está empapado de maldad. Es lógico que el ser humano se haya venido preguntando desde siempre acerca de la paradoja que supone la creencia en un Dios bondadoso y poderoso, frente a la cruel realidad del mal que evidencia la naturaleza. El famoso biólogo ateo, Richard Dawkins, se complace en constatar el mal natural como un poderoso argumento contra la realidad del Dios creador: “La selección natural es un proceso profundamente malvado. El mismo Darwin exclamó ‘¡Qué libro podría haber escrito el capellán del Diablo con las torpes, despilfarradoras y horriblemente crueles obras de la Naturaleza!’ El problema es que la teoría de la selección natural parece calculada para fomentar el egoísmo a expensas del bien común; la violencia, la pertinaz indiferencia al sufrimiento, la avaricia a corto plazo a expensas de la previsión a largo plazo”[1]. ¿No habría podido Dios impedir todo este mal? Si ya conocía de antemano las consecuencias de la libertad humana, ¿a qué permitir tanto dolor? ¿Por qué no elegir otro método más en consonancia con su carácter bondadoso? La sola existencia de tanto sufrimiento, ¿acaso no constituye una prueba contundente contra la existencia de Dios?



    Aunque la teoría del Diseño inteligente no acepta que la selección natural darwinista sea el principal motor de la creación, a pesar de todo, el diseño maligno sigue siendo una realidad natural del presente. Por tanto, todas estas preguntas anteriores cuestionarían a Dios si realmente fuésemos incapaces de crear una “teodicea”. Es decir, una explicación de por qué el creador permite la existencia del mal en el mundo actual. Al margen de la revelación y la doctrina bíblica de la Caída -que complace a los creyentes-, creo que también es posible responder satisfactoriamente a tales cuestiones desde la sola razón humana. Pienso que debemos realizar el esfuerzo intelectual necesario para convencer a los no creyentes de la razonabilidad de la existencia de Dios, con el fin de que cada cual adopte libremente una decisión personal. La Biblia enseña que el mal entró en el mundo como consecuencia del pecado humano. La creación vio así drásticamente alterada su bondad primigenia y la muerte empezó a formar parte de la vida. ¿Es posible expresar este misterio del mal en términos más próximos a la mentalidad racional de hoy?



    Hay dos clases de mal en el mundo. El llamado “mal moral” sería aquel que realizan deliberadamente las personas o se desprende de sus acciones cuando éstas no son correctas. Mientras que suele considerarse “mal natural o físico” a todo daño o perjuicio que no ha sido causado por el ser humano. Entran dentro de esta segunda categoría los desastres naturales, accidentes, enfermedades, así como la propia crueldad que se detecta en la naturaleza. 



    Este tema ha sido minuciosamente estudiado por algunos pensadores, como el filósofo inglés, Richard Swinburne, que fue profesor de la universidad de Oxford hasta su jubilación en 2002. Que yo sepa, tres de sus obras han sido traducidas al castellano y constituyen una verdadera delicia para quien gusta reflexionar acerca de la existencia de Dios. Se trata de Fe y Razón (1981), ¿Hay un Dios? (1996) y La existencia de Dios (2004)[2]. Estos excelentes trabajos me han servido de inspiración para el presente artículo.



    Creo que el meollo de la teodicea, tal como ya se ha mencionado, es la defensa de la libertad humana. Supone un gran bien para las personas el hecho de poder elegir libre y responsablemente. Si no tuviésemos esta capacidad de libre albedrío no seríamos realmente humanos. Pero, a la vez, al poseerla estamos abocados a la posibilidad del mal moral. Dios no puede crearnos como seres libres y al mismo tiempo obligarnos a que siempre utilicemos nuestra libertad correctamente. Hacer hombres y mujeres libres significa asumir el riesgo de que se equivoquen. El de que sean capaces de tomar decisiones importantes entre el bien y el mal que no siempre serán acertadas. Y que tales decisiones no sólo tengan efectos sobre ellos mismos, sino también sobre otras personas y sobre la naturaleza. Dios no puede dar cosas buenas al ser humano sin permitir, a la vez, algunas cosas malas. La libertad del hombre es buena pero sus consecuencias no siempre lo son.



    A parte de esto, ¿hay algo positivo para la humanidad en la existencia del mal natural? En primer lugar, el mal que observamos en la naturaleza nos proporciona conocimiento que puede sernos muy valioso. Por ejemplo, cuando un médico descubre cómo evolucionan y se multiplican las células en un determinado tumor maligno, adquiere el poder para impedirlo, curar al paciente y evitar que nadie más muera de ese tipo de cáncer. Pero, su libertad de decisión, también le permite guardarse para sí, o para su propia clínica, tal conocimiento y curar sólo a aquellos pacientes que puedan pagarse el tratamiento. Incluso, aunque descubra las causas naturales que provocan dicho mal, puede dejar de manera negligente que otros sigan expuestos a ellas y contraigan así la enfermedad o llegar al extremo de vender sus hallazgos a cualquier ejército o grupo terrorista, como armas biológicas susceptibles de producir tumores malignos al enemigo. Estudiar el mal en la naturaleza le abre al ser humano un amplio abanico de decisiones y posibilidades. De esta manera aprendemos a provocar el bien pero también el mal.



    ¿No podría Dios revelarnos al oído la opción correcta en cada caso y así nos evitaríamos las malas consecuencias de nuestras equivocaciones? Desde luego que podría hacerlo, puesto que es Dios. Sin embargo, si lo hiciera continuamente estaría coartando nuestra libertad de decisión, nuestra responsabilidad directa, y dejaríamos inmediatamente de ser humanos. Seríamos como computadoras programadas. Por tanto, sólo los procesos naturales sometidos al mal nos confieren el conocimiento necesario acerca de los efectos de nuestras acciones, sin menoscabar para nada la libertad que nos caracteriza. Si somos libres, el mal tiene que ser una opción para nosotros, y esto nos confiere responsabilidad delante de Dios, las demás personas y la naturaleza. No estoy diciendo que el mal sea algo bueno. No lo es. Pero nos proporciona el entendimiento imprescindible que nos hace humanos.



    Además de conocimiento, el mal natural le otorga libertad al hombre ya que le permite elegir entre diferentes respuestas. Veamos otra ilustración. Pensemos en una persona que padece fibromialgia, esa enfermedad crónica caracterizada por el dolor músculo-esquelético generalizado sin alteraciones orgánicas aparentes. El dolor que sufre, aunque en sí mismo es un mal, le capacita para resignarse y soportarlo con paciencia, o bien lamentar de por vida su mala suerte. De la misma manera, cualquier familiar o amigo de esta persona puede elegir mostrarse compasivo con ella o indiferente e insensible hacia su dolor. El mal de esta enfermedad hace posible todas estas decisiones humanas libres que, de otro modo, no se darían. Nada garantiza que tales decisiones vayan a ser moralmente correctas pero el dolor abre la posibilidad de llevar a cabo buenas acciones. Si decido sufrir pacientemente, mi amigo puede elegir consolarme con cariño o burlarse de mí, como hicieron los amigos de Job. Si, por el contrario, me lamento siempre del mal que me aqueja, mis compañeros pueden demostrar con su actitud lo buena que es la paciencia, o cansarse de mis continuas quejas y abandonarme. El mal natural abre la posibilidad de llevar a cabo múltiples acciones que pueden permitirnos dar lo mejor de nosotros mismos. Podría decirse que en la oscuridad generada por el mal puede brillar radiante la luz del bien.



    A pesar de todo, ¿tiene Dios derecho a permitir el mal natural? Dios es Dios y puede hacer lo que quiera. No obstante, es lógico pensar que tiene la potestad de permitir el mal hasta un cierto límite. Es una tontería concebir un Dios que se complace en multiplicar los males naturales del mundo para conceder a los mortales la posibilidad de ser héroes morales. Sin embargo, Dios permite al hombre alguna oportunidad para que éste demuestre que es capaz de actuar honestamente. ¿Por qué? Pues porque esto posibilita nuestro desarrollo personal y supone un claro beneficio para nosotros mismos. En general, los males físicos hacen posible el conocimiento necesario para poder elegir entre el bien y el mal con sabiduría. También nos ofrecen la oportunidad de realizar valiosas empresas morales.



    Si dejamos por un momento de lado al ser humano y nos fijamos en el resto de la creación, ¿cómo explicar el sufrimiento de los animales que carecen de la libertad responsable propia del hombre? Los creacionistas que asumen la literalidad de Génesis creen que la muerte no pudo existir antes de la Caída. Desde esta perspectiva, el ser humano, los animales y el resto de la naturaleza empezarían a experimentar las consecuencias del mal de forma simultánea. Por su parte, los evolucionistas cristianos suponen que los animales llevaban mucho tiempo sufriendo antes de que apareciera el hombre en la Tierra. La muerte animal sería por tanto anterior a la rebeldía humana. La cantidad de tiempo de tales padecimientos dependería en cada especie no sólo de su posición filogenética, en la hipotética escala evolutiva, sino sobre todo del grado de consciencia alcanzado.



    Aquí habría que tener en cuenta que, si bien se puede considerar que los animales superiores sufren, es poco probable que los inferiores lo hagan en la misma medida que las personas. Si el dolor y el sufrimiento dependen de la complejidad cerebral y de su interacción con otras partes del cuerpo, se podría concluir que la inmensa mayoría de los organismos en la naturaleza, es decir, los seres inferiores no sufren prácticamente nada. A diferencia de ellos, las personas sufrimos mucho y experimentamos el dolor de manera intensa. Mientras que los organismos que presentan una complejidad intermedia sufren moderadamente. Por lo tanto, la teodicea que intente explicar el sufrimiento animal no tiene por qué ser tan potente como aquella que se centra en el dolor humano. Algunas respuestas pueden valer para las dos.



    Los animales poseen conductas intencionales que pueden ser realmente significativas y valiosas. Buscar pareja, construir nidos, cuidar y alimentar a la prole, huir de los depredadores, explorar el territorio para conseguir alimento, etc. Todo este comportamiento implica riesgo, fatiga, dolor y peligro. La acción heroica de rescatar a las crías frente a un incendio no puede darse, a menos que el peligro o el mal real exista. Es cierto que los animales no eligen llevar a cabo estos actos pero, a pesar de eso, estas acciones valen la pena. Es hermoso y noble, por ejemplo, que las águilas den de comer a sus pollos antes de alimentarse ellas mismas. Es heroica la capacidad que poseen otras aves, como el alcaraván, para plantar cara a depredadores mucho más grandes y poderosos que ellas, alejándoles del nido con el fin de proteger a sus crías. La zoología es capaz de ofrecer miles de ejemplos similares de altruismo animal. Todo esto, aunque implique sufrimiento, proporciona también valor a la vida de los animales. 



    Si pudiéramos preguntar a cualquier organismo, que todavía no ha nacido, si desea nacer a pesar del sufrimiento que experimentará a lo largo de su vida, y vivirla de todos modos, ¿qué nos diría? ¿Cuál sería la respuesta si nos hacemos nosotros mismos esta pregunta? Si antes de nacer, Dios me hubiera susurrado al oído cómo era el mundo, o me hubiera hablado acerca de los dolores y sufrimientos que experimentaría en él, pero también de la alegría de conocer a otras personas y de que, a través de mí, otros llegarían a existir, a reír y experimentar lo mismo que yo, sin dudarlo un segundo le habría respondido positivamente: ¡sí Señor, a pesar del mal, yo quiero nacer y vivir la vida que me regalas! Quizás otros dirían que preferirían no haber nacido, como se planteó Job. Aunque es posible que lo hicieran en un arrebato de amargura y luego se arrepintieran, como también le ocurrió a aquel hombre justo del Antiguo Testamento.



    Es posible que alguien acepte la posibilidad de la existencia de un Dios bondadoso que permita el mal con el fin de que los seres humanos podamos ser libres, pero con una condición. La de ofrecernos también una vida feliz después de la muerte natural. ¿Existe alguna razón capaz de sustentar semejante teodicea? El cristianismo sostiene precisamente este argumento. Su razón se llama Jesucristo. Dios ha creado dos mundos diferentes: el presente y el venidero. Si aquí algunas personas deciden negarse a sí mismas y rechazar ciertos bienes por amor a Cristo, en el más allá jamás podrán rechazar el sumo bien. El mal de la naturaleza actual sigue siendo malo pero es menos malo, y más comprensible, desde la teodicea de Jesús.



     

    Notas



    [1] Citado en Hahn, S. y Wiker, B., 2011, Dawkins en observación, Rialp, Madrid, p. 163.





    [2] Swinburne, R., 2012,  Fe y Razón, San Esteban,  Salamanca.



    Swinburne, R., 2012, ¿Hay un Dios?, Sígueme, Salamanca.



    Swinburne, R., 2011, La existencia de Dios, San Esteban, Salamanca.




     

     


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