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Protestante Digital

 
Cantar de los Cantares (39)
 

Los pies de la amada

La esposa es perfecta porque la relación con el esposo le perfecciona.

COHELET AUTOR J. M. González Campa 10 DE FEBRERO DE 2019 10:20 h
Foto: Pixabay.

De la descripción de la esposa que se hace en el capítulo 7 de “Cantar de los Cantares”, lo primero que llama la atención es el orden en el que está escrita.



Esta descripción se diferencia del resto de las que se realizan en este libro, algunas de las cuales, son meramente simbólicas (la paloma, la yegua, el huerto), en que la que aquí se explicita es literal y también peculiar, porque se describe de abajo a arriba, es decir, de los pies a la cabeza.



Y este orden expresa también los contenidos oníricos que se guardan en el corazón de la esposa.



En algunas de las descripciones de la esposa que contiene “Cantares”, se llega a decir que es perfecta. ¿Cómo se puede afirmar que una persona a la que se ama, es perfecta?



El esposo no solo la llama “amiga mía”, “esposa mía”, “compañera”, sino que llega a manifestar que es perfecta y bienaventurada. De estas calificaciones algunos exégetas católicos dedujeron y llegaron a ver en la esposa una imagen alegórica de la misma Virgen María.



No existe ninguna posibilidad de exégesis y hermenéutica bíblica para validar dicha afirmación. Además, la esposa no es perfecta por sí misma, antes bien, la esposa es perfecta porque la relación con el esposo le perfecciona.



Respecto al número de miembros del cuerpo de la esposa, se describen ocho, qué en mi opinión, podrían representar-alegóricamente- a la Iglesia funcionando con todos sus dones.



Si hablásemos del amor humano estaríamos haciendo referencia a una persona funcionando con todas sus posibilidades físicas, anímicas y pneumáticas: al ser humano antropológicamente completo en su integridad psico-somática.



Esta apreciación lingüístico-literaria no daría la razón a los que aducen que el número siete es la representación, por excelencia de la plenitud y de la perfección. Pero esto supone una opinión personal que no merece una consideración hermenéutica seria.



 



DE LA DESCRIPCIÓN DEL CUERPO A LOS DONES DE LA IGLESIA



Los pies



“¡Cuán hermosos son tus pies en las sandalias, Oh hija de príncipe!”



A la hora de describir el cuerpo de la esposa, lo primero que llama la atención, como ya hemos visto, es el orden en que se hace: se empieza por los pies y no por la cabeza.



Creo que se empieza por los pies, por ser la parte del cuerpo de una persona mediante el cual se establece un contacto orgánico con la realidad material: es decir, el contacto del ser con su perimundo desde el punto de vista organoléptico y también como sistema.



Por otro lado, si estuviéramos realizando una interpretación psicoanalítica, necesariamente tendríamos que valorar que los pies, en la intimidad amorosa de una pareja, tienen una significación y una dimensión fálica o erótica.



Primero, vamos a analizar la utilidad de los pies desde el punto de vista anatómico, y luego, que significación tienen en el devenir funcional y dinámico-pneumático en la Iglesia.



La función primordial de los pies es la de andar. Sirven también para sostenernos erectos y mantenernos en pie. Pero para esta segunda función necesitan la colaboración de otros órganos (oído, cerebelo, etc.)



Prestemos la máxima atención a lo que dice el versículo: “¡cuán hermosos son tus pies en las sandalias!” Se afirma que los pies son hermosos, pero en las sandalias. En la bella descripción del cuerpo de la esposa, ¡esa es la única parte de su cuerpo que está vestida! Conociendo el trasfondo de la narración podemos saber de que tipo de sandalias se está hablando.



En esta época había dos clases: las cerradas, que utilizaban los griegos y los romanos, y las abiertas, que utilizaban –fundamentalmente– los egipcios y los hebreos.



Estas sandalias abiertas tenían tres puntos de apoyo por donde se sujetaban: a los talones, al dorso del pie y a los dedos. Las sandalias de los judíos solían ser de suela y estaban reforzadas, en algunas ocasiones, por una lámina de hierro para evitar que alguna anomalía que encontrasen en el camino dañase el pie.



Eran unas sandalias fuertes y muy bien sujetas a los pies, ya que se utilizaban para correr, para ir a la guerra y para otros usos de no menor importancia.



La primera pregunta que surge es: ¿por qué se habla de las sandalias? Las sandalias sirven para protegernos de los accidentes en el camino, ya que, si anduviésemos sin ellas, podríamos herirnos los pies.



Si lo aplicamos al terreno espiritual, tendríamos que admitir que necesitamos andar con sandalias para protegernos de los peligros que conlleva nuestro contacto con “el mundo”.



La Iglesia, para caminar segura en un mundo descreído y totalmente secularizado, necesita llevar puestas y bien sujetas las sandalias que la protejan de tantos peligros que la acechan.



Y la siguiente cuestión es: ¿qué tipo de sandalias debe de calzarse la Iglesia en el perimundo en el que vive inmersa? ¿sería adecuado calzarse las sandalias de la sabiduría humana?



La Iglesia ha pasado por épocas muy obscurantistas. El apoyo en métodos y prácticas de la sabiduría humana para dar su testimonio soteriológico, le ha traído al “cuerpo de Cristo” consecuencias nefastas.



Fundamentarse en la sabiduría de los hombres y no en el poder de Dios, ha devenido a la Iglesia en un poder político-religioso que no tiene nada más que ofrecer a los hombres que un conjunto de tradiciones, liturgias y ceremonias que cercenan al verdadero cristianismo.



De esta manera, lo convierten en un sistema religioso narcotizante para calmar los sentimientos de culpa colectivos que inundan su conciencia, y buscar una liberación que el poder y el dinero no pueden satisfacer.



Un ejemplo claro se nos explicita en una iglesia novo-testamentaria de la que se escribe sobre el año 54-55 d.C. Se trata de la Iglesia de los Corintios fundada por el apóstol Pablo.



Esta Iglesia se puso las sandalias de la sabiduría humana y le fue muy mal, moral y espiritualmente. A este respecto, es ineludible preguntarnos: ¿cómo una iglesia que poseía todos los dones que el Espíritu de Dios imparte, funcionaba tan mal? La respuesta nos la facilita el mismo apóstol, en la primera carta que le dirige:



“Si tenéis celos, divisiones, envidias y contiendas, ¿no sois carnales y andáis como hombres? Así que no pude hablaros como a espirituales, sino como a carnales, como a niños en Cristo”



Tengamos en cuenta que Pablo, que se había formado en la escuela teológica más prestigiosa de la época, era un hombre con grandes conocimientos humanos, culturales, históricos y filosóficos.



El llamado apóstol de los gentiles, no despreciaba la sabiduría humana, sino que la sometía al filtro de la sabiduría que viene de lo alto, de la sabiduría de Dios.



A pesar de sus extensos conocimientos, escribe a los corintios, diciéndoles que para llevarles al conocimiento del Evangelio del Reino de Dios, no utilizó su gran sabiduría en diversos campos del conocimiento humano, sino que los confrontó con los contenidos de la Revelación recibida del mismo Dios:



“Ni mi palabra, ni mi predicación, fue con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder, para que vuestra fe no esté fundada en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios” (1ª Cor. 2: 4-5).



Cuando la Iglesia se pone las sandalias de la sabiduría humana, está asegurando su fracaso para llegar al corazón de los hombres con un mensaje de trascendencia y de esperanza.



La utilización de métodos psicológicos para conseguir la conversión de las personas, nos llevaría a una predicación fraudulenta, espuria y bíblicamente inaceptable.



Ni el Señor Jesús, ni los apóstoles, utilizaron jamás semejantes métodos. La proclamación del Evangelio de Dios nunca debe de suponer la manipulación de las conciencias.



Ningún ser humano puede convertir a nadie, solo el Espíritu de Dios cambia la mente o la manera de pensar; solo Dios convierte modificando lo más profundo de la esfera de la intimidad del ser.



Al mensajero solo se le demanda que sea un testigo fiel con la proclamación de los contenidos de la Revelación que Dios le ha entregado.



Así, pues, las sandalias de la sabiduría humana no sirven, así como tampoco sirven otro tipo de sandalias, como la acomodación al “Sistema”.



La Iglesia ha tenido siempre la tentación, desde la época de Constantino, de calzarse las sandalias del poder y del dinero.



Casi siempre detrás de esta acomodación se esconden intereses inconfesables, tanto por parte de las superestructuras de poder de las Iglesias como por casi todos aquellos que las componen.



Se suele criticar a los denominados “líderes”, cuando en el fondo se está añorando y deseando estar en su misma situación de privilegios, distinciones y vanagloria, que es el pago de sacrificar la esencia del evangelio para proclamar un pseudo evangelio y un pseudo Cristo.



A los poderosos de esta Tierra les interesa tener iglesias que solo aporten al sistema un cristianismo domesticado y acrítico con los poderes temporales: es decir, mantener las conciencias domesticadas para que las injusticias continúen esclavizando y alienando a los seres humanos.



Cuando las iglesias se convierten en meras instituciones religiosas es cuando tiene sentido afirmar que la religión se convierte en “el opio del pueblo”.



La estrategia política frente a la denuncia profética del cristianismo, es fraudulenta y demagógica. El fin justifica los medios: cambiar todo, para que no cambie nada.



Los cristianos que se denominan de la “sana doctrina” manifiestan que no es posible mejorar la vida en esta tierra, que esos cambios no se podrán efectuar hasta la Segunda Venida de Cristo, y por consiguiente terminan confirmando las palabras del gran dictador español que aconsejaba: “para no tener problemas, no os metáis en política”.



El Caudillo y Generalísimo de los Ejércitos por la gracia de Dios ha dejado muchos discípulos en amplísimos ámbitos, incluidas muchas Iglesias Evangélicas.



La Iglesia también se puede calzar las sandalias de la esperanza escatológica, entre tanto que Jesucristo vuelve a esta tierra para establecer el Reino de Dios en toda su plenitud.



Hay una iglesia novo-testamentaria, Tesalónica, donde algunos pensaban qué dada la venida inminente de Jesucristo, lo mejor que se podía hacer era no trabajar; dejar el trabajo para los hermanos carnales, dedicarse a la contemplación de la maravillosa creación y vivir, “mariposeando” de casa en casa, a costa de los demás.



Pablo les envió una orden tajante: “el que no trabaje, que tampoco coma”.



Hay otras sandalias como las del dogmatismo y de la intransigencia, que destruyen todo lo que pisan. Los dogmas fosilizan el crecimiento de la Iglesia; cuando la Iglesia no puede respirar el aire puro de Espíritu se asfixia en su propia y supuesta ortodoxia.



Creo que yo mismo utilicé-durante algún tiempo- ese tipo de sandalias, que estuvieron a punto de abocarme a un dogmatismo desestructurante de una conciencia libre.



Un día tuve un sueño en el que me veía andando con otro tipo de sandalias que me conducían por el camino de la libertad. A partir de ese día me desprendí de cualquier prejuicio denominacional y consideré que con llamarme cristiano era más que suficiente.



Aprendí de los Gálatas que las sandalias del legalismo les estaban quitando la libertad que tenían en Cristo y convirtiéndolos en esclavos, y comprendí mucho mejor la extraordinaria aseveración del apóstol Pablo cuando escribe “no os hagáis esclavos de los hombres”.



Este grito por la libertad no solo está asentado en los niveles más elaborados de mi conciencia, sino que también está introyectado en los estratos más profundos de mi ser.



Las sandalias de las filosofías esotéricas tampoco son las más adecuadas para ampliar la Revelación que hasta el momento actual Dios ha querido darnos.



Podríamos mencionar muchas más clases de sandalias, pero las que verdaderamente importan son las que el Señor nos ha regalado- por gracia- para que caminemos con ellas.



Y ¿cuáles son? Están indicadas en Efesios 6:15: “...y calzados los pies con el apresto del evangelio de la paz”. La última parte del capítulo 6 de Efesios se interpreta como la armadura del creyente y suele exhortarse con ella al mismo como ser individual.



Pero la verdad es que está escrita para la Iglesia como entidad colectiva. El término apresto significa preparación, disposición y presteza. Dios ha dotado a la Iglesia de pies preparados y dispuestos para calzarnos el evangelio de la paz.



Pero ¿a que llamamos evangelio? ¿A repartir tratados por las calles, anunciando “el evangelio de la gracia barata”, como lo denominaría Dietrich Bonhoeffer?



¿O a las grandes campañas, donde los predicadores llevan guardaespaldas? ¿Llamamos evangelio al fraude de hablar de “curaciones milagrosas” donde en realidad lo que existe son trastornos neuróticos convertidos en alteraciones orgánicas funcionales?



Trastornos que podrían ser resueltos por cualquier aficionado a la hipnoterapia. ¿Llamamos evangelio a una predicación que carece de influencia sobre las conciencias individuales o sobre la conciencia colectiva?



El Evangelio es una respuesta a los problemas de los individuos, de los pueblos y de las naciones. La espiritualización del evangelio, desposeyéndole de su dimensión humana, económica, social y política es el gran fraude del cristianismo.



Hoy se predica un evangelio tan desvinculado de los grandes problemas de la Humanidad, que más que sandalias de denuncia profética, parece que los pies de la Iglesia van calzados de alpargatas de andar por casa.



Se predica para “los que no creen”: ¿pero el Evangelio del Reino de Dios es solo para éstos? Veamos a quién creía el apóstol Pablo que había que predicarle el Evangelio: “Así que, en cuanto a mí, pronto estoy a anunciaros el evangelio también a vosotros que estáis en Roma” (Romanos 1:15).



Así, encontramos que el evangelio es también, y yo diría que preferentemente, para los creyentes. Los que tenemos que calzarnos las sandalias del evangelio mientas que devenimos nuestra existencia en este mundo, somos los creyentes.



Si queremos conocer cuales son los contenidos del Evangelio, la respuesta está plasmada en la Epístola a los Romanos, con sus contenidos salvíficos, soteriológicos, antropológicos, escatológicos, sociológicos, psicológicos y cosmológicos.



Volviendo a los pies, a la hora de vestirlos, debemos tener en cuenta dos aspectos importantes: primero, los pies deben de estar descalzos en la presencia del Señor, y segundo, los pies deben estar calzados mientras estamos en el mundo.



En el sistema en el que estamos ubicados, bio- existencialmente, nuestros pies deben de ir bien calzados con el apresto del evangelio de la paz.



De esta manera, cuanto mejor conozcamos la Revelación de Dios, tendremos mejores armas para combatir la batalla de la fe y librarnos de tantos peligros que nos acechan.



Por el contrario, en la presencia de Dios nuestros pies deben de estar desnudos. Recordemos la visión de Moisés en el Sinaí, cuando apacentaba el ganado de su suegro.



Allí tuvo una visión extraña y extraordinaria: “Y se le apareció el Ángel de Jehová en una llama de fuego en medio de una zarza, y miró, y vio que la zarza ardía en fuego, y la zarza no se consumía. Entonces Moisés dijo: Iré yo ahora y veré esta gran visión, por qué la zarza no se quema. Viendo Jehová que él iba a ver, lo llamó Dios de en medio de la zarza, y le dijo: ¡Moisés, Moisés! Y él respondió: Heme aquí. Y dijo: no te acerques; quita tu calzado de tus pies, porque el lugar en que estás tierra santa es. Entonces Moisés cubrió su rostro, porque tuvo miedo de mirar a Dios. Y dijo Dios: Yo soy el Dios de tu padre, Dios de Abraham, Dios de Isaac y Dios de Jacob” (Éxodo 3:1-6).



El acercarse a Dios no supone peligro, por el contrario, expresa la necesidad de nuestra realización en Aquel que es el “Ser Inefable” por antonomasia. El Evangelio no es para defendernos delante de Dios, el Evangelio es para defendernos ante el “mundo”.



En el capítulo 13 del Evangelio de Juan se narra el episodio en que Jesús lava los pies a sus discípulos. Pedro se resiste y le dice a Jesús: “No me lavarás los pies jamás”



Jesús le respondió: “Si no te lavare no tendrás parte conmigo” Le dijo Simón Pedro: “Señor, no solo mis pies, sino también, las manos y la cabeza” Jesús le dijo: “el que está lavado no necesita sino lavarse los pies, pues está todo limpio”.



Nuestros pies son la parte de nuestro cuerpo que contacta con el camino en que vamos deviniendo nuestra vida. En esta peregrinación caminamos por sendas polvorientas que, a pesar de llevar sandalias, pueden ensuciar nuestros pies.



Los términos que en griego se emplean para lavarse los pies y lavarse el resto del cuerpo son diferentes. Para lavarse el cuerpo se usa una palabra que expresa “el que se da un baño corporal entero”.



Pero al salir del baño pueden volver a ensuciarse nuestros pies. Por consiguiente tenemos que limpiarlos. Los sacerdotes en la época en que ministraban en el Templo, antes de empezar su servicio se lavaban las manos y los pies en la fuente de bronce que había en el atrio, que se encontraba entre el tabernáculo y el altar de los sacrificios.



Es decir, para servir hay que estar limpios física y espiritualmente.



La traducción de la Versión Moderna del verso primero del capítulo 7 de “Cantares”, reza así: “cuán hermosas son las pisadas de tus pies en las sandalias”.



Para Dios nuestras pisadas son hermosas cuando llevamos determinadas sandalias: cuando llevamos bien puestas y ajustadas las sandalias del Evangelio.



Pero, además, los pies y las pisadas, dejan huellas. En el campo de la criminología las huellas que dejan nuestros pies son un rastro importante que sirve para la identificación de las personas, al igual que ocurre con las huellas de los dedos y de las manos.



Por las huellas que dejan unos pies calzados se pueden conocer valiosos datos sobre las personas: peso, altura, el tipo de calzado que usa, etc.



Así, pues, las huellas denuncian la clase de calzado que una persona lleva. A su vez, por el calzado, se puede llegar a conocer a la persona que dejó sus huellas en el camino.



Nos podemos aplicar esto a nuestra conducta como cristianos y pensar: ¿tenemos que dejar nuestras propias huellas? Si calzamos nuestros pies con el evangelio de la paz, ¿qué huellas dejaremos?



El gran poeta Antonio Machado escribió uno de sus versos más conocidos: “caminante no hay camino, se hace camino al andar”. Como seres humanos admiramos la profundidad de esos versos, pero como cristianos tenemos que disentir de su significación más profunda y trascendente.



Para los cristianos si hay un camino que dejó a su paso por este mundo un hombre llamado Jesús de Nazaret. Sus pisadas han quedado marcadas en la arena de la vida. Sus huellas nos conducen a la trascendencia, a la Verdad y a la Vida eterna.



A este respecto escribía el apóstol Pedro: “pues para esto fuisteis llamados; porque también Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas” (1ª Ped. 2:21).



A los cristianos nos corresponde plasmar las pisadas de nuestros pies sobre la huella de las pisadas del Maestro. El apóstol Juan en su primera epístola escribe: “El que dice que permanece en él (en Cristo), debe andar como el anduvo” (1º Juan 2:6).



En el capítulo primero de “Cantares” la esposa (se ve como una pastora), en sus deliberaciones oníricas, se encuentra perdida, desconcertada y viviendo una realidad velada que le impide ver las huellas en el camino que ha seguido su amado (un pastor).



Desea encontrarse con él y sueña: “Hazme saber tu a quien ama mi alma, donde apacientas (pastoreas), dónde sesteas al medio día… el amado le responde…si tu no lo sabes oh hermosa entre las mujeres (lit: hermosa entre las hermosas) ve, sigue las huellas del rebaño, y apacienta tus cabritas junto a las cabañas de los pastores” (Cant. 1:7-8).


 

 


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