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    El cuerpo como culto y expresión de la cultura

    La Biblia dice que el cuerpo de los creyentes es templo del Espíritu Santo.

    PARA VIVIR LA FE AUTOR Tomás Gómez Bueno 11 DE NOVIEMBRE DE 2018 09:10 h
    Foto: Unsplash (CC).

    El cuerpo, su desnudez o su ocultación, su esbeltez o gordura, su cuidado o abandono, siempre se ha proyectado, no solo como la expresión de ideas religiosas prevalecientes, sino como una de las manifestaciones más propias y significativas de la cultura en las diversas épocas.



    Cuando nos ubicamos en una época o en una cultura, el cuerpo, la forma de vestirlo o decorarlo, nos revela todo. Incluso, dentro de un mismo contexto, el cuerpo de una persona específica, tiende a revelarnos su personalidad, su nivel de adaptación o su acuerdo o desacuerdo con las costumbres imperantes.



    Hasta los traumas y frustraciones de las personas, dejan improntas que se pueden leer en la forma en que están vestidos sus cuerpos.



    La espiritualidad, en el más amplio sentido del término, puede expresarse a través del cuerpo. El hombre y la mujer de hoy saben esto. Lo saben los publicistas. Nada vende más que un cuerpo. Nada impresiona más que un cuerpo. Se trata de un misterio.



    Vaya a los estantes de revistas, deténgase un momento y todo lo que usted va a ver es cuerpos. El cuerpo está sobredimensionado. Yo diría que endiosado. Gran parte de nuestras energías mentales se gastan en el ornato del cuerpo.



    Si estamos convencidos de que nos ven bien, nos sentimos altamente gratificados. Hoy día parecer es más importante que el ser.



    El cuerpo es parte de la vanidad del ser. Lo exhibimos cuando creemos proyecta nuestro ego y nos gana aceptación; lo escondemos o nos movemos con discreción cuando entendemos que los que somos físicamente no se corresponde con el nivel de aceptación que pretendemos.



    La satisfacción que nos puede producir un cuerpo rozagante y hermoso es perturbada por la cita ineludible que el tiempo acuerda con la vejez o con la enfermedad imprevista.



    Estos temores descarnan la corporeidad exaltada y muestran lo débil y quebradiza de esta capa material que nos envuelve.



    Es el gran dilema cuando el hombre se escinde y vive para solo una parte. Esta escisión, este corte transversal que desdobla al hombre, ha sido una constante. En algunas épocas demasiado énfasis en lo espiritual; en otras, demasiado énfasis en el cuerpo.



    El hombre total que Dios ha creado se desequilibra o se mutila en la dinámica de un juego de intereses sociales que él nunca entiende del todo. Es como una trampa.



    La sociedad de hoy ha construido obsesiones que han sometido las vidas y voluntades a mandatos globalizados que si no cumplimos nos condenan al aislamiento; pero también, el afán por cumplirlos puede llevarnos a la confusión y hasta la enfermedad.



    Alrededor de estas obsesiones se ha creado una nueva religión, es el cuidado ritual y compulsivo del cuerpo.



    A través de diversos credos el hombre y la mujer de hoy han creído descubrir que ellos son el centro y esencia de su propia fe. La fuerza que mueve el cosmos, según los nuevos credos, está en la mente del hombre.



    El polo que concentra todas las energías está en la voluntad del yo personal y el cuerpo es la expresión más tangible y concreta de este nuevo dominio, por eso hay que cuidarlo con un esmero y pasión que raya en la egolatría.



    Ya no se trata de personas que necesitan la imagen para promoverse como productos de consumo. El afán por la simetría corporal ya no es un asunto de actores y cantantes.



    Es una religión masiva que afecta a un sin número de profesantes. Incluso, muchos de ellos desconocen por qué tanto empeño y afán.



    El cuerpo humano ha tenido su referente ideológico y religioso. Su realidad es una estampa de la cultura que ha cambiado de forma y valoración a través de la historia. En la Edad Media se caracterizó por dos ejes bien definidos y opuestos.



    Tierra, cuerpo y pecado formaban un eje. Alma, cielo y salvación formaron el otro. El cuerpo quedó identificado con lo terrenal y pecaminoso. Era de la dicotomía de lo sagrado contra lo profano. Entonces el cuerpo pasó a ser algo despreciable, vil, impuro y corrompido.



    Pero vale una acotación más. El cuerpo de la mujer por tiempo ha estado identificado con lo tentador y lascivo. Hoy día ha sido cosificado por la publicidad y el comercio, y al mismo tiempo ha sido envuelto en la corriente mística y ritual imperante.



    Las últimas novedades de la cultura del cuerpo humano demandan un rediseño de la antropología bíblica, para ofrecer la respuesta adecuada en este sentido.



    La Biblia dice que el cuerpo de los creyentes es templo del Espíritu Santo. Toda la teología bíblica nos muestra a un hombre y una mujer integral.



    El Antiguo Testamento abunda en recomendaciones para el cuidado y la higiene del cuerpo, pero sin caer en las extravagancias y el culto a que ha sido llevado en estos tiempos.



    Las Escrituras nos presentan a un ser humano equilibrado, sin énfasis desmedidos. Ellas nos revelan la totalidad del hombre y la mujer funcionando en un marco de equilibrio donde cuerpo y alma tienen su despliegue adecuado y proporcional.



    Esta proporcionalidad de todo el ser es una tarea teológica que los cristianos debemos recuperar en medio de una cultura de personas que no saben qué hacer con su cuerpo y mucho menos con su alma.


     

     





     
     
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