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Vida después de la vida

La responsabilidad personal solamente tiene sentido cuando hay libre albedrío, cuando la persona puede elegir entre cosas diferentes.

CONCIENCIA AUTOR Antonio Cruz 04 DE AGOSTO DE 2018 23:10 h

Muchas personas creen que con la muerte se acaba todo. De hecho, los filósofos naturalistas siempre han defendido esta idea acerca del fin radical de la existencia humana. Si solamente somos cuerpo y cerebro, y éstos están constituidos sólo por células, que en el fondo son átomos materiales, la materia vuelve a la materia y todo se recicla incesantemente. Tal como decía el famoso divulgador, Carl Sagan: sólo somos polvo de estrellas, porque nuestros átomos se habrían gestado en el núcleo de tales astros. 



Ahora bien, frente a esta postura materialista, podríamos también preguntarnos: ¿hay alguna evidencia de vida después de la muerte humana? ¿Existe algo en nosotros que trascienda nuestra existencia física y terrenal?



Algo realmente misterioso, que ha venido preocupando desde siempre a científicos y pensadores y que permite intuir ese “algo más”, es la conciencia humana. El argumento que sostiene que la conciencia es inmaterial, posee verdaderamente mucho peso. La idea de que las sensaciones, las emociones, los pensamientos, las creencias, el yo humano, los valores que sustentamos, el sentido de la moral y de la justicia, la estética, la pasión por la belleza, etc. son características humanas que van más allá de lo puramente físico, es una idea realmente sólida. Todos estos estados conscientes se caracterizan por una percepción íntima y personal. Son algo que sólo se puede conocer por medio de la introspección (de la observación íntima de uno mismo). En cambio, los estados físicos no tienen estas características. Por lo tanto, la conciencia humana no puede ser algo meramente físico. Sí que depende de las neuronas de cerebro pero no se reduce a ellas. Hay algo sospechoso en la conciencia del ser humano que permite pensar en que se trata de alguna cosa más que física y química del cerebro. 



Otra cuestión, relacionada con lo anterior, tiene que ver con el cambio constante que experimenta la materia de la que estamos hechos. Si dejamos aparte las células nerviosas, casi todos los demás tejidos de nuestro cuerpo se renuevan por completo aproximadamente cada siete años. Hoy no poseemos las mismas células vivas que teníamos hace una década. Esto podría tener incluso implicaciones legales. Si la persona sólo fuera materia, algún delincuente podría decir que él no es el mismo que cometió aquel crimen del que se le acusa, porque su cuerpo es otro diferente. Su identidad física se habría ido modificando con el tiempo y ya no es la misma persona. ¡Es dudoso que con semejante argumento pudiera convencer a ningún juez, ni siquiera en una época tan materialista como la actual! Sin embargo, esta cuestión del cambio material de nuestro ser pone de manifiesto la continuidad inalterable del alma humana que determina nuestra identidad personal a través del tiempo. Nuestro cuerpo cambia pero nuestro yo sigue siendo el mismo.



En tercer lugar, está la cuestión del libre albedrío. La libertad humana presupone que no somos robots materiales. Algunos creen, por el contrario, que si sólo somos materia, las decisiones supuestamente libres serían únicamente el producto de las partículas subatómicas, los genes y la química cerebral. Por tanto, no tendríamos libertad de elección sino que todo estaría determinado de antemano por el destino. Pero, claro, en este determinismo fatalista, ¿hasta qué punto seríamos responsables de nuestros actos? La responsabilidad personal solamente tiene sentido cuando hay libre albedrío, cuando la persona puede elegir entre cosas diferentes. Pero, si todo es sólo pura materia, la razón se reduce a un simple reflejo condicionado. Más aún, el mero concepto de amor pierde todo su significado, y en lugar de ser un acto voluntario, se convierte en una actividad robótica determinada de manera fatalista sólo por procesos físicos y químicos. Esta cosmovisión es profundamente pesimista y no puede satisfacer al ser humano.



También existe la opinión, bastante popular, de aquellas personas que murieron clínicamente, abandonaron sus cuerpos, tuvieron diversas experiencias y regresaron a la vida. Los intentos de catalogar dichas experiencias personales como fenómenos naturales, o simples jugarretas del cerebro que se apaga, fracasan en aquellos casos en los que la persona incorpórea toma conocimiento de cosas o situaciones que no podía saber de ninguna otra manera. Hay que tener cuidado con las interpretaciones teológicas que se le dan a tales experiencias. Pero, lo cierto es que, su existencia se ha confirmado. Algunos dicen que, aunque tales experiencias fueran ciertas, sólo demostrarían una supervivencia temporal después de la muerte. Esto es verdad, pero si la muerte biológica no es capaz de acabar con la conciencia humana, ¿qué otra cosa podría hacerlo? 



Si bien todos estos argumentos racionales son interesantes, desde mi punto de vista, hay un razonamiento de más peso y mucho más persuasivo, que demuestra la realidad de la vida más allá de la tumba. Se trata de la resurrección de Jesucristo.



Los eruditos más destacados del mundo, tanto de las épocas antiguas como de las modernas, están de acuerdo, sin lugar a dudas, en que el trauma físico que sufrió Jesús en la cruz romana fue mortal. La tumba vacía es también uno de los hechos mejor comprobados de la historia antigua. Los primeros seguidores de Cristo fueron en varias ocasiones testigos de apariciones posteriores a la resurrección de su Maestro. Pocas semanas después de dicha resurrección, un grupo de al menos 3000 judíos experimentó una transformación tan radical y extraordinaria, que les hizo abandonar voluntariamente sus tradiciones, cultura y religión (es decir, casi todo aquello que les identificaba como pueblo) para convertirse en seguidores de Jesús. Algunos pagaron con sus vidas el haberse hecho cristianos.



Por medio de la resurrección, Jesús no sólo demostró que está por encima de Abraham, de Buda o de Confucio, sino que también brindó una prueba de que hay vida después de la muerte. En general, toda la Biblia afirma que, después de la existencia terrena, hay algo más. Ya en el Antiguo Testamento, el salmista decía: Pero Dios redimirá mi vida del poder del Seol (= la muerte). Porque él me tomará consigo.(Sal. 49:15). Mientras que en el Nuevo Testamento el evangelista Juan pone en los labios de Jesús estas palabras: Y esta es la voluntad del que me ha enviado: Que todo aquel que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero (Jn. 6:40). De la misma manera, unos capítulos después, a propósito de la muerte de Lázaro, quien fue un gran amigo de Jesús, Juan vuelve a escribir (Jn. 11:21-26): Y Marta dijo a Jesús: Señor, si hubieses estado aquí, mi hermano no habría muerto. Mas también sé ahora que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo dará. Jesús le dijo: Tu hermano resucitará. Marta le dijo: Yo sé que resucitará en la resurrección, en el día postrero. Le dijo Jesús: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto?



El ser humano siempre ha tenido a su disposición suficientes evidencias para creer que después de la vida continúa habiendo vida.


 

 


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