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Maná para el peregrino XIV
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La nueva libertad en Cristo y la esclavitud

Cristo es nuestro modelo por excelencia, pero también se goza por los que intentan y consiguen copiar este modelo.Y lo son para otros.

MUY PERSONAL AUTOR Jacqueline Alencar 07 DE ABRIL DE 2018 20:50 h
Pablo está apelando a corazones transformados que darán testimonio a la sociedad de su época. / Jacqueline Alencar

En estos días en los que hemos oído con más frecuencia acerca de Uno que cargó con nuestras culpas y fue condenado y sentenciado a muerte, y muerte de cruz, particularmente me he sentido impelida a reflexionar sobre la magnitud de tal hecho, y si yo debo tomar como modelo en mi trayectoria diaria a ese Jesús que puso su vida para sacrificio tan grande. Así lo corrobora Pablo en sus cartas: “Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados. Y andad en amor, como también Cristo nos amó y se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante”.



Él es el modelo, pero, salvo que alguien más entendido me afirme lo contrario, en la tierra también podemos tener modelos que nos ayudan a seguirle. Y él, Pablo, no es que hubiera conseguido ya llegar a la perfección, pero, prosiguiendo a la meta, les decía: “Hermanos, sed imitadores de mí y mirad a los que así se conducen según el ejemplo que tenéis en nosotros…”. O sea que podía ser ejemplo, pues para ganar a Cristo y ser hallado en él, lo había perdido todo, no echando mano de su propia justicia, sino de la que se adquiere por la fe en Cristo.



Rondaba el año 2005 cuando un grupo de mujeres iniciamos unos estudios bíblicos, dentro del cual incluimos la señalada carta. Algunas de las pocas líneas que escribí en esas fechas, las incluyo hoy en esta pequeña reflexión. Parecieran sin importancia, pero estas grageas de la Palabra han sido pan para el Camino de ayer y de hoy. Alimentan nuestra historia.



Cristo intercede por nosotros, es nuestro abogado; como también muchas veces podríamos nosotros serlo de alguno. Como lo fue el apóstol, según se desprende de esta carta a Filemón, que aporta sus granitos de arena a nuestro caminar, ya que, durante el mismo, cunden la diversidad y las barreras de todo tipo entre las personas, que a veces constituyen un obstáculo a la hora de viabilizar la fraternidad.



Estas situaciones se dan en todas partes. Y se daban allá por la época de los primeros cristianos. Ya conocemos la historia sucedida entre Filemón y un esclavo suyo, Onésimo. Pablo aboga por la reconciliación y pienso que desde ya podemos percibir el germen de lo que sería la abolición de la esclavitud. No por la fuerza sino porque ahora estaban en Cristo; Él era la paz de ellos, derribando las barreras para que de ambos pueblos surgiera solo uno. Mediante la cruz los había reconciliado en un solo cuerpo, como se nos dice en Efesios.



Era una carta delicada, había que tener tacto y el apóstol lo tiene. El preámbulo de la misma, antes de abordar el asunto, es sorprendente. Pablo no impone su autoridad ni alardea de sus cargos, sino que se presenta como prisionero de Jesucristo, como un anciano ya, como fiel ministro de Dios en mucha paciencia, en necesidades, en angustias, en azotes, en cárceles… “aunque tengo mucha libertad en Cristo para mandarte lo que conviene…”. Pero no; más bien reconoce las cualidades de amor, de fe y de buenas obras de Filemón, recordándole cómo por él habían sido reconfortados todos los de la comunidad. Lo llama “amado y colaborador nuestro”, recalcando que trabajaban con un mismo fin, por una misma causa. Y no es que se acuerde de él en momentos puntuales, cuando surge algo, sino que le recuerda que está constantemente en sus oraciones. Le habla como de padre a hijo. Con franqueza, a corazón abierto. Baja los escalones, más bien le ruega por amor, como prisionero. Hay confianza, algo vital, imprescindible.



¡Cuánta ternura emana de sus palabras! Soy incapaz de comprender la profundidad, el alcance de todo esto, que excede mis conocimientos.



Y luego, llega la apelación. Apela por su hijo Onésimo. Alucino cuando llama a Onésimo “mi hijo”, “a quien engendré en mis prisiones”. Es decir, a mi modesto entender, que se puede sentir algo tan grande; Onésimo era su hijo en la fe. Qué entrañable afecto percibo entre Pablo y este nuevo convertido. En otra carta he leído ese “hijitos míos”. Sabe que Onésimo anteriormente no había sido un dechado de virtudes para con Filemón, pero ahora Pablo habla de un pagano como si fuese su propio hijo. Pablo quien había sido fariseo y todo lo que eso conllevaba. Él, que antes había sido blasfemo, perseguidor… había sido fortalecido por Cristo, y tenido por fiel, al punto de ser puesto en el ministerio. Había sido recibido a misericordia, como leemos en 1 Timoteo, porque anteriormente había actuado así por ignorancia e incredulidad.



He aquí otra actitud ejemplar de Pablo. Él no olvida el acto perjudicial de Onésimo con respecto a Filemón, pero dice algo contundente que no es habitual: “… Y si en algo te dañó, o te debe, ponlo a mi cuenta”. ¿No os recuerda a ese Buen Samaritano de los evangelios, quien movido a misericordia vendó las heridas de un hombre que había caído en manos de unos ladrones mientras iba de camino de Jerusalén a Jericó?, ¿y luego lo llevó a un mesón, lo cuidó, y al partir dijo al mesonero: ‘Cuídamelo, y todo lo que gastes de más yo te lo pagaré cuando regrese’? Ni siquiera lo conocía, ignoraba sus antecedentes, si era perseguidor de los samaritanos o no. Lo tuvo como carne de su carne. No lo vio como un extranjero, ya que él era samaritano. Eso es lo que hay que hacer dirían muchos. Pero yo diría que se hace fácil cuando es un familiar o amigo muy cercano. En cambio, este extranjero samaritano atiende a uno que podría considerarlo como enemigo. Y hace que se le impute a él cualquier deuda. Como aquel al que se le imputaron nuestras faltas, y del que hemos estado hablando y recordando con tanto fervor.



Ahora a Pablo le cuesta desprenderse de él. ¿Seré capaz de sentir algo así por aquellos a quienes he enrolado en esta causa? ¿Siento dolor como de parto cuando me los arrebatan? ¿Se abate mi lama ante las pérdidas o dolor de alguno de ellos?



No es por la fuerza, ni con ejércitos, sino por pura gracia. Por la libertad que Cristo nos da. Así se lo hará entender a Filemón, su colaborador. Le insta a no caer de la gracia, como había escrito a los gálatas. “Nosotros por el Espíritu, aguardamos por fe la esperanza de la justicia, porque en Cristo Jesús ni la circuncisión vale algo ni la incircuncisión, sino la fe que obra por el amor”. Le habla como a un cristiano, que anda por el Espíritu, en sintonía con él. ¡Qué prueba! Qué pensarían los vecinos y los amigos acerca de estos cambios que no eran normales. Las consecuencias económicas, políticas y sociales que podrían darse. Cuando observaran el nuevo trato que daría a su esclavo. La carta no habla de estos detalles, pero los hombres seguimos siendo los mismos, con nuestras debilidades.



Sin duda Filemón había retenido firmemente lo que Pablo les había mandado en su carta a los colosenses, donde insistía sobre ‘la vida antigua y nueva’: “… habiéndoos despojado del viejo hombre con sus hechos y revestido del nuevo. Este, conforme a la imagen del que lo creó, se va renovando hasta el conocimiento pleno, donde no hay griego ni judío, circuncisión ni incircuncisión, bárbaro ni extranjero, esclavo ni libre, sino que Cristo es el todo y en todos”. Filemón lo sabía porque era un seguidor de Cristo, y que se comportaba como es digno del evangelio. Pablo apela a un corazón transformado para cambiar las leyes injustas que mantenían la esclavitud; no llama a la guerra sino al cambio de una sociedad a través del ejemplo. Su ejemplo se extendería aun en medio de las costumbres de la época. Pues los problemas bajo el señorío de Jesucristo se resuelven de otra manera, se han roto las barreras… “ya no hay esclavo ni libre…”. En esa nueva comunidad surgida bajo este señorío, sigue el ejemplo de Jesucristo, guiada por el Espíritu.



Como consecuencia de lo arriba señalado, en esa comunidad amos y esclavos viven en libertad, pero una libertad auspiciada por Jesucristo. De ahí que el apóstol trate tanto a Filemón como a Onésimo sin diferencias, pidiendo a ambos que tengan una actitud de hermanos en la fe. Puede continuar sirviendo, pero ahora como hermano. Bajo un trato revolucionario para la época. A esclavos y amos les dice que se traten según debe hacerlo ese nuevo hombre que sirve como si lo hiciera para el Señor, ya sin amenazas, sin murmuraciones ni contiendas; sabiendo que el Señor de ambos está en los cielos y que para Él no hay acepción de personas.



Es admirable la sutileza de la que echa mano el apóstol al dirigirse a Filemón. “Yo quisiera retenerlo conmigo, para que en lugar tuyo me sirviese…”, dice, en vez de recordarle los beneficios espirituales que había recibido de él. Los mismos que había recibido ahora Onésimo, pudiendo quedarse con él para que le sirviera en el ministerio. Nada debía hacerse por obligación, sino apelando a esa nueva vida. También intenta hacerle ver lo sucedido como algo que confluirá para bien: “Tal vez se apartó de ti por algún tiempo para que lo recibas para siempre, ya no como esclavo, sino como más que esclavo, como hermano amado, mayormente para mí, pero cuanto más para ti…”. Todo parecía augurar un nuevo comienzo dado no por cambios en la Ley, sino por cambios en los corazones.



Pablo está apelando a corazones transformados que darán testimonio a la sociedad de su época. Cartas vivas de Cristo para sus semejantes, sin acepciones.



Llegaba otra era. Una era que daba directrices para una nueva vida donde la esclavitud no estaba contemplada. El mismo Jesús, al iniciar su ministerio público, leyó, en la sinagoga de Nazaret, las bases de su comisión. Una de ellas, liberar a los oprimidos en todos los sentidos (aclaro), lo cual nos indica a los de las generaciones postreras cómo debíamos transitar por el Camino.



Cristo es nuestro modelo por excelencia, pero también se goza por los que intentan y consiguen copiar este modelo. Y lo son para otros.



Concluyo. Sea ésta una pequeña reflexión en la que recuerdo a tantos hermanos que son modelo para nosotros. Si rebusco más en esta carta, me encuentro en las salutaciones que Pablo le dice a Filemón: “Te saludan Epafras (que era líder de la iglesia de Colosas), mi compañero de prisiones por Cristo Jesús…”, recordándole que estaban prisioneros por la causa de Cristo. Una inyección de estímulo…


 

 


5
COMENTARIOS

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Jaime Mendoza
09/04/2018
13:09 h
2
 
Puestos a citar, supongo que G. Pérez no habrá leído a Isaías y a los demás profetas de la justicia social, Cristo incluido: "¿No es más bien el ayuno que yo escogí, desatar las ligaduras de impiedad, soltar las cargas de opresión, y dejar ir libres a los quebrantados, y que rompáis todo yugo? ¿No es que partas tu pan con el hambriento, y a los pobres errantes albergues en casa; que cuando veas al desnudo, lo cubras, y no te escondas de tu hermano?". ¡Ojalá alguna vez imiten al samaritano!
 
Respondiendo a Jaime Mendoza

Guillermo Pérez
09/04/2018
23:45 h
3
 
Sí lo he leído. Pero también he leído: "Escrito está: No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios." (Mateo 4:4) y "Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los judíos; pero mi reino no es de aquí." (Juan 18:36) En mi comentario solo estaba señalando que la libertad o la paz o la justicia para el mundo no siempre son equivalentes a las de Dios ni hemos de buscarlas ajenas a Dios.
 
Respondiendo a Guillermo Pérez

Guillermo Pérez
12/04/2018
14:54 h
5
 
Sí, hay que proclamar toda la palabra de Dios, Jaime. Hay que dar de comer al hambriento y de beber al sediento (tanto en el aspecto material como en el espiritual). Pero ni siquiera Cristo cuando estuvo en este mundo dio de comer y de beber a todos los seres humanos, ni libertó a los esclavos (en el sentido humano). Hagamos cada uno nuestra parte, solos o asociados. No veamos esto como algo que debe ser cambiado de forma masiva usando las herramientas del César (política) sino las de Dios.
 
Respondiendo a Guillermo Pérez

Jaime Mendoza
10/04/2018
18:54 h
4
 
Pues si se ha leído hay que proclamar la Palabra toda. No vale escorarse hacia uno u otro lado, de acuerdo a intereses o apetencias.
 

Guillermo Pérez
08/04/2018
23:15 h
1
 
Liberar a los oprimidos, sí. A los oprimidos por la esclavitud al pecado, a los oprimidos por la esclavitud a Satanás, a los oprimidos por la esclavitud a sus propias concupiscencias, a los oprimidos por su amor al mundo. Para que se conviertan en siervos de Cristo. No en librepensadores ni en amos, no. En siervos, en esclavos del Señor. La libertad es ser siervo de Cristo. La libertad, al estilo mundano de entenderla, es esclavitud a Satanás.
 



 
 
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