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    Sufrimientos espirituales en el despacho de psicología

    La psicología o cualquier otra disciplina no deberían nunca suplantar la acción de la Palabra y el Espíritu.

    EL ESPEJO AUTOR Lidia Martín 02 DE DICIEMBRE DE 2017 23:55 h
    Foto: Eric Ward Unsplash.

    A nadie le sorprenderá saber que muchas de las personas que vienen a la consulta no solo cargan con cuestiones psicológicas por resolver, sino que en muchas ocasiones vienen también con cargas espirituales que les producen un malestar intenso y, a veces, hasta inmanejable.



    En ocasiones, creo, son aspectos que solo un pastor debería manejar porque en ellos están implicados de forma casi exclusiva elementos relacionados con la fe; en otras, desde la propia pastoral se agradece que alguien que conozca acerca del comportamiento humano y sus diversas formas de patología, que las hay, de forma más específica les ayude a reconducir determinados aspectos en la persona que sufre y a llevarles hacia un camino de sanidad.



    Porque en un cuerpo tocado por la caída nuestra mente también ha sufrido de ese golpe, y no podemos olvidarnos de que nuestra espiritualidad reside en ese mismo lugar, como nos demuestran tantas y tantas dolencias.



    De esa forma y con esta perspectiva, la colaboración suele ser habitual entre pastoral y cristianos que saben de psicología, aunque algunos sigan tildándonos, porque tuvimos la bendición o la desgracia de estudiar esa carrera y sin saber lo que hacemos en nuestras consultas, prácticamente de herejes.



    Por supuesto, yo en mi caso no me doy por aludida, aunque reconozco que el tema ya viene siendo más que agotador, ya que nunca escogí la profesión que tengo –vengo de la ingeniería, que sí escogí, aunque no fue una buena elección en mi caso- ni tampoco ejercer como clínico (eso fue otra “carambola” que aún no comprendo muy bien).



    En ese sentido, no creyendo además en las casualidades, tengo bien claro quién me llevó hasta el punto donde estoy hoy y no renuncio a ello porque lo viviría prácticamente como un acto de rebelión por mi parte hacia quien me trajo aquí.



    Los que me conocen de cerca saben, además, lo cuesta arriba que se me hace cada vez con más frecuencia dedicarme a esta profesión y la única razón por la que sigo adelante muy a pesar de mí es que creo que, de momento, Dios me quiere aquí.



    Así que igual conocer esto ayuda a entender algunos de los planteamientos que haré más adelante y también invita a otros a ser algo más medidos en cuanto a sus juicios al respecto.



    Sobre el asunto que nos ocupa, en cualquier caso, y hecha la aclaración anterior, me gustaría evitar desde el primer momento las conclusiones rápidas y simplistas, tipo “respuesta de Trivial que hay que saberse”, al más puro estilo de que “cualquier dolencia del tipo que sea está asociada a un pecado concreto en la persona”. Eso sería, desde luego, lo más fácil: sota, caballo y rey.



    Sin embargo, ya en su momento se encargó Jesús de reconducir esa cuestión cuando le preguntaron quién había pecado, si aquel ciego al que sanó, o más bien sus padres. Por supuesto que en primera y última instancia fue la entrada del pecado en el mundo la que lo emborronó todo (y aquí no hablo como psicóloga, sino como creyente que creo en el texto bíblico), pero lo específico en muchas ocasiones no está tan claro.



    ¿Qué trae a esa persona concreta a sufrir específicamente lo que está viviendo? Es siempre el pecado de esa persona lo que la llevó allí? Las respuestas sencillas, en lo que tiene que ver con personas, simplemente no existen, y hay mucho más detrás de lo que a menudo vemos.



    Cuántas veces se sufre, no tanto por la propia conducta, sino por la de otros, o por obedecer al Señor, o por negarnos a nosotros mismos en beneficio de otros… por mencionar solo algunos casos. Así que no seamos simplones, por favor, y tengamos temor a la hora de valorar estas cosas, si es que debemos hacerlo.



    Lo que está claro es que la distinción entre intelecto, cuerpo y espíritu es muchas veces más pedagógica que real, y que por más que la psicología como disciplina moderna se empeñe, determinadas cuestiones como las espirituales, que también crean malestar, no pueden dejarse fuera de los despachos eternamente.



    Pero tampoco todo puede reducirse a cuerpo y espíritu, por más empeño que otros en nuestros foros evangélicos pongan. La Biblia se manifiesta sobre todos los temas relevantes para la vida del ser humano, pero no es un tratado de medicina, como no lo es de física, ingeniería, economía, ni tampoco de psicología.



    Así que no podemos anular lo uno ni lo otro, lo espiritual ni lo mental, o no mientras estén reposando en el soporte que es nuestra mente.



    Desde un punto de equilibrio, no pueden abordarse de forma única en los despachos, por supuesto, y de hecho normalmente no se hace por cuestiones que ya hemos mencionado.



    Pero cuando el proselitismo no es una sospecha, sino que terapeuta y paciente están alineados en una misma fe y lenguaje, las posibilidades que toma esa relación terapéutica son muchas y esos temas pueden abordarse desde la pastoral en colaboración con cualquier otra disciplina en la que el Señor nos haya permitido formarnos a Sus hijos.



    En lo que me toca a mí en particular, que es el dolor humano, en ese momento, desde la libertad y la colaboración con los mismísimos equipos pastorales, las personas encuentran un foro donde poder profundizar sobre las cuestiones que se entremezclan en el sufrimiento, no teniendo la necesidad de dejar ninguna fuera, ni las emocionales, ni mucho menos las espirituales.



    Y creo que esto es posible entendiendo cada uno cuál es nuestro papel y no procurando usurpar espacios que no nos corresponden. Podemos asumir ser herramientas, un medio, pero nunca el fin. Y por supuesto, la Palabra y el Espíritu son suficientes, pero recordemos que muy a menudo se valen de medios para obrar en las personas.



    Por eso y desde este planteamiento, la psicología o cualquier otra disciplina no deberían nunca suplantar la acción de la Palabra y el Espíritu. Seguramente algunos se han enamorado de la profesión y la han puesto en un lugar equivocado.



    Pero todos no estamos en el mismo saco y lo que parece mentira es que haya que recordarlo constantemente en un ejercicio de aparente autojustificación que ya agota. Algún día dejaré de hacerlo, quizá, pero me cuesta cuando veo a cada persona entrar por la puerta del despacho y me siento llamada a ayudarla desde ambos prismas.



    Por ello, y sin negar lo anterior, también creo firmemente que el Señor se vale de personas formadas acerca del comportamiento para ayudarnos a reconducir ciertos aspectos, también en el ámbito espiritual.



    Porque, por poner un ejemplo, la palabra nos habla de que nuestro corazón es engañoso en un sentido general, y así es efectivamente, pero el conocimiento sobre las emociones puede venir a poner cara, nombre y apellidos a esa volubilidad, enseñándonos en qué consiste y ayudándonos a ponerla en orden.



    Sirva este botón solo como muestra de lo que podríamos generalizar a otros muchos ámbitos hacia los cuales la Biblia apunta y en los que nosotros podemos y debemos profundizar.



    La psicología entonces no es que esté descubriendo la rueda, pero a veces la pone a funcionar y creo que de manera legítima. Rechazo muchos planteamientos humanistas de la profesión y me limito a aplicar aquello que creo conveniente.



    Por esta razón, y por más que muchos cristianos se empeñen, estudiar el comportamiento humano no es pecado, al menos tal y como yo lo entiendo, e intentar comprender nuestras reacciones desde el punto de vista emocional y mental tampoco lo es. Lo sería si perdiéramos de vista que no podemos colocar ningún conocimiento o ciencia en el lugar que solo corresponde al Creador.



    Pero esto es algo aplicable a cualquier ámbito de la vida, ya que siendo las personas tan proclives a crear ídolos, cualquier cosa puede convertirse en uno. Ser demasiado simplistas en nuestra forma de analizar las cosas nos llevaría a poder decir, por el mismo razonamiento, que el matrimonio es pecado, tener dinero es pecado o que trabajar es pecado, solo porque uno puede idolatrar a su cónyuge, sus pertenencias o su trabajo.



    La clave viene siendo, como en casi todas las cosas, no demonizar ni generalizar de forma genérica, sino más bien entresacar lo precioso de lo vil y retener aquello que verdaderamente merece la pena, que es mucho, sacudiéndonos de todo aquello que no conviene. A eso se le llama discernir, y es un llamado del todo bíblico, por cierto, tanto como rechazar lo que claramente sea pecado.



    Por supuesto, el despacho no es el lugar para ninguna clase de proselitismo, adoctrinamiento o nada similar, y esto es un principio que debe aplicarse con absoluto rigor. Yo, al menos, así lo entiendo y lo ejecuto con rigidez extrema, aunque algunos no lo entiendan siempre y les sorprenda la vehemencia con la que defiendo este principio.



    En ocasiones, sin embargo, cuando el paciente creyente sabe y conoce de las creencias del terapeuta que tiene delante, entre otras cosas porque quizá por eso lo eligió, como suele ser mi caso, habla con plena libertad de las cuestiones espirituales que le atañen y le duelen, a sabiendas de que quien le escucha, además, le entenderá, e intuye que lo espiritual toca a los demás aspectos de su vida y que les añade o les resta parte del dolor que sienten.



    Desde ese trampolín, entonces, que supone la confianza de saberse comprendido, al menos en la terminología y el idioma que empleamos los creyentes para hablar de lo que nos sucede, terapeuta y paciente hablamos a menudo, si la situación se presta y el paciente así lo desea, de todos aquellos aspectos, también espirituales, que el paciente sospecha que tienen que ver con su situación.



    Y, como apuntábamos al principio, aunque no siempre hay un pecado específico detrás, y en muchas ocasiones más bien lo que uno sufre es el resultado del pecado de otros, en ocasiones la consulta nos hace partícipes a los terapeutas de las luchas internas que cada persona lidia en su crecimiento espiritual y su propio proceso de santificación, que no está libre de obstáculos y dolor.



    En ese contexto aprendemos como terapeutas, como personas y como creyentes por presenciar y participar de las vivencias de esos individuos que sufren y que, en no pocas ocasiones, buscan al Señor con todas sus fuerzas, buscando agradarle y gestionar sus problemas desde el temor reverente al Dios en quien han creído.



    Contribuimos a soportar sus cargas, a llevarlas conjuntamente, oramos por nuestros pacientes en el seno de nuestros hogares y ponemos su recuperación en las manos de quien todo lo puede.



    En ese reflejo, ayudando a otros a llevar sus cargas, nos encontramos a nosotros mismos, nuestras propias luchas también, nuestras inquietudes, y nos vemos en ellos como en un espejo que nos lleva a la reflexión acerca de nuestra propia vida y de lo que deberíamos ser, evitando errores y previniendo nuevos males en otros y en nosotros.



    Y también reflexionamos sobre el dolor en este tiempo y cuán necesario se hace, de nuevo, el clamor por un futuro mejor, más luminoso y claro, en el que nuestras lágrimas sean secadas y el dolor no reine más. Y nos decimos, como cualquier otro creyente que anhela lo que está por venir, que es mucho mejor, “Señor Jesús, ven pronto”.


     

     





     
     
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