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    Miguel, Margaretha Sattler y la Confesión de Schleitheim (2)

    El consenso alcanzado en la Confesión no significa que ésta sea una Confesión de Fe en el sentido dogmático.

    KAIRóS Y CRONOS AUTOR Carlos Martínez García 22 DE OCTUBRE DE 2017 10:05 h
    la Confesión de Schleitheim.

    Es necesario tener en cuenta la naturaleza de la Confesión o Siete Artículos de Schleitheim. La conversación colectiva y los acuerdos fijados en el documento redactado, tuvieron lugar bajo persecución.



    Los reunidos carecían de condiciones para sostener largas discusiones y el tiempo era corto como para desarrollar posiciones sobre temas cásicos de la teología cristiana. El consenso alcanzado en la Confesión no significa que ésta sea una “Confesión de Fe en el sentido dogmático. Los Artículos no ofrecen un bosquejo completo de las creencias teológicas anabautistas, sino que delinean prácticas esenciales de los anabautistas”.1



    Una vez enviados saludos a “todos aquellos que aman a Dios y con todos los hijos de la luz que están dispersos por doquier”, los congregados en Schleitheim expresan el objetivo del escrito: “Nuestra primera y principal preocupación consiste en consolaros y en fortalecer vuestra conciencia, confusa por un tiempo”.2



    Comunican que alcanzaron unidad en cuanto a lo que van a compartir por escrito con la hermandad: “Hacemos saber –en puntos y artículos– a todos los que aman a Dios que, en cuanto a nosotros se refiere, hemos estado unidos para morar en el Señor, como obedientes hijos de Dios –hijos e hijas que han estado y estarán apartados del mundo en todo lo que hacen y dejan de hacer–, y (Dios sea alabado y glorificado) sin que ningún hermano los contradiga, completamente en paz”.



    Es de notar que participaron en los diálogos mujeres y colaboraron en la construcción del consenso comunitario. Por los desarrollos posteriores ellas demostrarìan que no fueron meras espectadoras sino que participaron activamente en la reunión y al salir de la misma tuvieron parte importante en la diseminación del anabautismo.



    En el primero de los Artículos se establece que el bautismo “debe ser concedido a todos aquellos a quienes se haya enseñado el arrepentimiento y la enmienda de su vida, y crean realmente que sus pecados son borrados por Cristo, y a todos aquellos que desean andar en la resurrección de Jesucristo y estar sepultados con él en la muerte, para poder resucitar con él; a todos aquellos que siendo, de esta opinión, lo deseen y lo soliciten de nosotros”. Se puntualiza el rechazo al bautismo de infantes.



    El artículo segundo se ocupa de la excomunión. Se aplicará ésta a quienes “habiendo ingresado al cuerpo de Cristo por el bautismo”, y por lo tanto son hermanos y hermanas en la fe, incurran en acciones contrarias a la ética del Reino de Cristo.



    Los pasos para proceder a la amonestación y excomunión los basan en el capítulo 18 de Mateo. Subrayan que el proceso debe efectuarse “de acuerdo con la disposición del Espíritu de Dios, antes del partimiento del pan, a fin de que todos –en un espíritu y en un amor– podamos partir y comer un pan y beber de un cáliz”.



    El tercer apartado está dedicado al partimiento del pan, es decir a la Cena del Señor. Los participantes en la conmemoración establecida por Jesús deben ser parte de la comunidad de creyentes y, además, dar testimonio con su calidad de vida de que siguen cotidianamente los principios del Evangelio: “Porque como dice Pablo, no podemos compartir al mismo tiempo la mesa del Señor y la mesa de los demonios, ni compartir y beber de la copa del Señor y de la copa de los diablos.



    Es decir, todos los que tengan comunión con las obras muertas de las tinieblas no tendrán parte en la Luz. Así, todos los que siguen al diablo y al mundo, no tendrán comunión con aquellos que hayan sido llamados fuera del mundo, hacia Dios. Todos los que hayan sucumbido al mal, no tendrán parte en el bien”.



    El quinto artículo establece la función de los pastores dentro de las comunidades anabautistas, acosadas por sus perseguidores y, por lo mismo, en permanente peligro de ser disueltas. “El pastor de la comunidad debe ser –en un todo con la regla de Pablo (1 Timoteo 3:7)– una persona que tenga buen testimonio de los extraños a la fe. La misión de tal persona será leer y exhortar y enseñar, prevenir, amonestar, excomulgar en la comunidad, y presidir debidamente a los hermanos y hermanas en la oración y en el partimiento del pan, y guardar el cuerpo de Cristo en todas las cosas, a fin de que éste pueda ser edificado y perfeccionado, para que el nombre de Dios sea alabado y se silencie la boca de los calumniadores”. Entre los requisitos estaba que el pastor debería ser elegido por la comunidad, y ella misma estaba facultada para llamarlo al orden si no desarrollaba su ministerio de acuerdo a los principios del Evangelio.



    El apartado sexto definió cuál era la función de la espada, la violencia fuera del cuerpo de Cristo y la prohibición de usarla para dirimir asuntos de fe en la comunidad de creyentes. Los anabautistas ya habían sufrido la “espada” del Estado y de las iglesias territoriales, pero ellos y ellas rechazaban enfáticamente su uso en la familia de la fe:



    “La espada es una orden de Dios, fuera de la perfección de Cristo. Castiga y mata a los malvados y defiende y ampara a los buenos. En la Ley, se establece la espada sobre los malvados para su castigo y muerte. Las autoridades temporales se han establecido para esgrimirlas. Pero en la perfección de Cristo sólo se utiliza la excomunión para la admonición y exclusión de quienes han pecado, sin la muerte de la carne, sólo por medio del consejo y de la orden de no volver a pecar […] Los gentiles se arman con púas y con hierro; los cristianos, en cambio, se protegen con la armadura de Dios, con la verdad, con la justicia, con la paz, la fe, y la salvación y con la palabra de Dios”.



    Otros a ellos les condenaron al destierro, a recibir castigos crueles, y hasta la muerte por ir contra la doctrina oficial de la simbiosis Estado-Iglesia.



    Finalmente, el séptimo punto, afirma que a los cristianos no les está permitido hacer juramentos porque en razón de la falibilidad humana es imposible garantizar el cumplimiento de lo prometido.



    Hay que tener en cuenta que en distintos lugares las iglesias territoriales, ya fuesen católicas o protestantes, obligaban a los ciudadanos a jurar lealtad religiosa y política. Para los reunidos en Schleitheim “el juramento es una confirmación entre quienes disputan o hacen promesas.



    En la ley se ordena que sólo se formule en nombre de Dios, únicamente en verdad, no con falsía. Cristo, quien enseña la perfección de la Ley, prohíbe a los suyos todo juramento –sea verdadero o falso, sea por el cielo o por la tierra, sea por Jerusalén o por nuestra cabeza– y lo hace por las razones que se dan a continuación: ‘Porque no puedes hacer un cabello blanco o negro’ (Mateo 5:32-36). Vedlo, pues; por eso se prohíbe todo juramento. No podemos garantizar lo que hemos prometido con el juramento porque no podemos transformar lo más mínimo en nosotros”.



    Los principios eclesiológicos refrendados en Schleitheim apuntan hacia una identidad teológica que, irremediablemente, devino en un reto al régimen de Cristiandad, ya fuese católico o protestante.



    En esta óptica es, como bien ha observado Heinold Fast “fundamental la neta separación que se establece entre la comunidad y el mundo. Este divorcio no surge de demonizar este último, sino de la disposición de los miembros del cuerpo de Cristo a un discipulado consecuente.



    El mundo conserva los deberes que Dios le ha asignado, pero esos deberes no pueden ser los de los cristianos. La separación de Iglesia y Estado, tan importante para los anabautistas, es sólo una variante de este divorcio básico.



    Por lo tanto Iglesia libre no es, ante todo, un concepto sociológico: es la consecuencia sociológica de una verdad teológica más profunda. Por eso –más allá de sus motivos inmediatos– los artículos de Schleitheim adquieren el significado de una confesión fundamental”.3



    La Confesión, así lo establece John H. Yoder, “no era de carácter dogmático o doctrinal, sino de carácter eclesiástico. Los Siete Artículos ponen las bases de una comunidad capaz de vivir y de seguir cumpliendo con su misión apoyo mayoritario ni político”.4 No es un documento acabado en cuanto a teología y doctrina se refiere, sino un “punto de cristalización” acerca de las comunidades de fe y su diferenciación del mundo.5



    También, como escribe J. Denny Weaver, los Siete Artículos representan “la primera articulación de la Iglesia libre, la idea de una Iglesia de creyentes independiente de la Iglesia establecida y de las autoridades civiles”.6



     




    1 C. Arnold Snyder, Life and Thought…, p. 156.





    2 El documento se encuentra reproducido en John Howard Yoder, Textos escogidos…, pp. 145-158.





    3 John Howard Yoder, Textos escogidos…, p. 146.





    4 Idem.





    5 C. Arnold Snyder, Anabaptist History and Theology…, p. 61.





    6 J. Denny Weaver, Becoming Anabaptist. The Origins and Significance of Sixteenth-Century Anabaptism, segunda edición, Scottdale, Pennsylvania, Herald Press, 2005, p. 61.



     

     


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