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    El poder transformador de la palabra XCIII
     

    Bases de una familia sana

    Continuando la serie donde se abordan las relaciones dentro del matrimonio, hoy publico este artículo del Dr. Pablo Martínez Vila.

    MUY PERSONAL AUTOR Pablo Martínez Vila 10 DE SEPTIEMBRE DE 2017 13:05 h
    Pablo Martínez Vila, en Comarruga, en 2015. / J. Alencar

    Continuando la serie donde se abordan las relaciones dentro del matrimonio, hoy publico de nuevo un artículo del Dr. Pablo Martínez Vila, "Bases de una familia sana", en el que se reflexiona sobre esta temática. El mismo apareció en el primer número de la revista SEMBRADORAS del año 2007. 



     



    BASES DE UNA FAMILIA SANA



    Pablo Martínez Vila*



    Como creyentes vivimos hoy atrapados entre dos polos extremos en relación con la familia. Por un lado, el modelo del mundo occidental, para muchos un símbolo de progreso y de modernidad. Los que propugnan este modelo «nuevo» desacreditan, o incluso ridiculizan, a la familia tradicional, la constituida por un padre, una madre y los hijos, incluyendo a veces también a los abuelos. La presentan como una realidad ya pasada de moda y la llaman «patriarcal», porque así suena aún más obsoleta (el uso y manipulación de las palabras es muy importante en el campo de la ética). Su postura es que en pleno siglo XXI «la familia patriarcal» ha sido superada por conceptos mucho más «progresistas». Son modelos en los que se glorifica la independencia de cada uno para hacer «lo que bien le pareciere» en cada momento, guiados por una ética self made hecha a gusto del consumidor.



    «Familias a la carta». Muy ilustrativas son al respecto las declaraciones de una ex ministra del gobierno español y escritora: «Al vivir sola, tus relaciones son totalmente libres y de ese modo ganan en calidad y en profundidad. Puedes vivir sola y tener una relación estable con un señor o señora, una amistad profunda con alguien; puede que tu compañero viva en la misma ciudad o no, que os veáis mucho o poco, siempre o nunca, con hijos o sin hijos, todo es posible, somos libres» (sic). Hacía estas afirmaciones después de ridiculizar la fidelidad matrimonial y descalificar la idea del amor para siempre como un mito. Por cierto, estas declaraciones constituyen todo un manifiesto de religión secular - un verdadero credo laico. ¡Y luego acusan a los cristianos de proselitistas!



    Así, cada uno se organiza la familia a su manera como mejor le convenga: no importa que haya sólo una madre, o dos padres o dos madres. Lo único que importa es la libertad para «montármelo a mi manera porque tengo derecho a ser feliz» (declaraciones textuales). Lo más importante es ser feliz, entendiendo por felicidad la ausencia de problemas o una pérdida de tu independencia.



    «Familias de Disneylandia». Hasta aquí hemos visto el extremo triste de la sociedad actual. Sin embargo, algunos creyentes caen en el polo opuesto, quizás como respuesta a esta ideología tan contraria a la voluntad de Dios para la familia. Es el golpe de péndulo que surge más por reacción que por reflexión. Nos presentan un modelo de familia perfecto, impecable. Una familia sana -creen- nunca tiene problemas, es aquella cuyos miembros nunca discuten o alzan la voz, donde siempre hay sonrisas y buen humor, en una palabra, el cielo en la tierra! Este modelo más parece sacado de Disneylandia que de la enseñanza bíblica. Pero, además, es fuente de frustración para los que intentan alcanzar tal nivel «super-espiritual» (o quizás deberíamos decir «pseudo-espiritual»). Cuidado con los libros o las conferencias que enfatizan este enfoque triunfalista porque no refleja el realismo de la Biblia al abordar la vida de familia.



     



    Hacia un modelo realista de familia



    El modelo bíblico de familia es un modelo realista: no hay familias perfectas. Desde el principio de la historia, en concreto desde la Caída y la entrada del pecado en el mundo, la familia ha estado sujeta a fuertes tensiones y problemas. Recordemos cómo las primeras manifestaciones del pecado aparecen justamente en las relaciones familiares: Adán, en un alarde de irresponsabilidad, se lava las manos de cualquier culpa y señala a su esposa Eva: «la mujer que Tú me diste por compañera me dio...». Por cierto, este patrón de conducta se repite constantemente en muchos matrimonios, incapaces de asumir sus fallos o su responsabilidad. La razón siempre la tengo yo; la culpa siempre la tiene el otro. A esta primera tensión conyugal le sigue el drama de la muerte de Abel a manos de su hermano Caín, acto espantoso de violencia familiar, preludio de la violencia doméstica tan tristemente de moda hoy.



    No podemos disimular ni auto-engañarnos. Desde que el hombre es hombre, la familia ha sido escenario de algunas de las páginas más sangrientas de las relaciones humanas. ¿Por qué? La respuesta nos da una clave importante en nuestro estudio: la familia es uno de los blancos favoritos del diablo. Lo ha sido siempre. Su estrategia -dividir, engañar y hacer violencia- aparece de forma constante aun en las familias de la Biblia. Sorprende que en las familias escogidas por Dios para cumplir sus propósitos hay muchas tensiones y el pecado o los errores no escasearon en su seno. Así fue con la familia de Abraham, de Isaac, de Jacob, por no decir nada del gran rey David, modelo en tantas áreas, pero una calamidad en su vida familiar. Hasta tal punto fracasó David como padre y cabeza de familia que hacia el final de su vida lo reconoció con humildad y confesó en sus palabras postreras: «Mas no es así mi casa para con Dios». (2 S. 23:5). Sin embargo, ¡qué alivio, qué gran consuelo saber que Dios usa familias rotas para cumplir sus propósitos. No importa que vengas de una familia con problemas o que nunca hayas podido disfrutar de la estabilidad de un hogar en paz. Nos alienta descubrir que en la genealogía del Señor Jesús aparecen familias que estaban muy lejos de ser perfectas, incluso hay una ramera. Dios, en su gracia, se vale de vasos de barro aun para los propósitos más excelsos.



     





    Ahí tenemos, por tanto, al creyente en lucha por encontrar la voluntad de Dios para la familia en medio de fuertes presiones. Ello nos lleva a una pregunta capital: ¿Hay una teología práctica de la familia que nos sirva a nosotros hoy? ¿Cuáles son las características bíblicas de una familia sana?



     



    Características de una familia sana



    Decíamos antes que no hay ninguna familia en la Biblia libre de problemas o luchas. He escogido como modelo la familia de Noemí y Rut porque en ella aparecen los elementos clave para una familia sana. Antes de considerarlos, sin embargo, observemos que en la historia de la familia de Rut hay tres ingredientes que aparecen de forma consecutiva:



    • El sufrimiento: las circunstancias que no podemos cambiar, aquello que nos acontece.

    • El amor: la reacción de la familia a estas circunstancias. Es la parte que nos corresponde a nosotros: lo que hacemos ante lo que nos sucede.



    • La restauración: la respuesta y provisión de Dios. Él, en su providencia misteriosa, actúa a lo largo de toda la historia familiar.



    Estos tres elementos se repiten en millones de familias. De ahí que la historia de Noemí y Rut sea un clásico cuyo estudio contiene una enseñanza riquísima para las familias hoy. A la luz del libro de Rut, una familia sana tiene tres características. En el presente artículo consideraremos sólo la primera.



    1.- Sabe sobreponerse a los problemas: capacidad de lucha.



    2.- Sabe expresar el amor en sus diversas facetas: capacidad de transmitir amor.



    3.- Sabe confiar en Dios como el arquitecto de su vida familiar.



     



    1.- Sabe sobreponerse a los problemas: capacidad de lucha



    En una familia sana sus miembros se esfuerzan por superar los problemas y sobreponerse a las adversidades. Unas veces son conflictos internos producidos por las tensiones propias de la convivencia. Nunca enfatizaremos lo suficiente que la salud de un matrimonio no se mide por lo mucho o lo poco que discuten los cónyuges, sino por el tiempo que tardan en reconciliarse. Su capacidad para afrontar estas diferencias y resolverlas de forma madura es mucho más importante que una paz aparente, fruto de una convivencia superficial.



    En otros casos, el golpe viene de fuera, acontece a modo de desgracia: una enfermedad, un accidente, el paro, dificultades económicas, un hijo difícil son eventos que ponen a prueba la unidad familiar. Tanto si los problemas son internos como si nos vienen de fuera a modo de tragedia, la respuesta sana consiste en afrontar tales circunstancias con serenidad y buscar salidas con decisión. La familia inmadura, por el contrario, se derrumba a las primeras de cambio cuando surgen tales tensiones o calamidades, es incapaz de buscar salidas y cae en uno de dos errores frecuentes: los reproches mutuos, buscando cabezas de turco -culpables- en los otros miembros de la familia, o una autocompasión paralizante: «¡Yo no merezco esto; qué mal me ha tratado la vida; nada me sale bien!».



    El libro de Rut ilustra muy bien este principio. En una primera etapa (Rt. 1), encontramos a una familia destrozada por el dolor. Al trauma de la emigración a una tierra extranjera por causa del hambre, se le añade la muerte inesperada de los tres varones, el esposo y los dos hijos. Así, Noemí queda sola, viuda, con sus dos nueras en una tierra extraña. Recordemos que una viuda en aquella sociedad quedaba en una situación de grave marginación, indefensa y desamparada desde el punto de vista social.



    Esta etapa inicial fue tan dura que llega a exclamar: «No me llaméis más Noemí, sino Mara –que quiere decir "amarga"- «porque en grande amargura me ha puesto el Todopoderoso. Yo me fui llena, pero el Señor me ha vuelto con las manos vacías» (Rt. 1:20-21). «Mayor amargura tengo yo que vosotras...» (Rt. 1:13). No es de extrañar que esta mujer piadosa se lamente abiertamente ante Dios. Esta expresión de sentimientos forma parte de la fe, no la contradice, y está en línea con muchos grandes siervos de Dios que en momentos de tribulación abrieron su corazón ante aquel «cuyos ojos están sobre los justos y sus oídos atentos al clamor de ellos» (Sal. 34:15). Dios en ningún momento reprende a Noemí; por el contrario, estaba muy cerca de ella controlando y guiando los acontecimientos para llevarlos a buen fin.



    Ahora bien, la capacidad de lucha requiere un requisito: saber sufrir. Pablo empieza su formidable descripción del amor en 1 Co. 13 precisamente con estas palabras: «El amor es sufrido». ¿Será casualidad que ponga este rasgo en primer lugar? No, en absoluto. El amor maduro tiene como primera característica que sabe sufrir, es capaz de luchar y afrontar los problemas que, de forma inevitable, afectarán la vida familiar. Necesitamos, no obstante, puntualizar que el «ser sufrido» no es una invitación al masoquismo. La idea no es que el cónyuge tiene que aguantar sin rechistar y de manera indefinida todo lo que le venga; por ejemplo, los malos tratos y la violencia repetida. Ésta sería una interpretación torcida, más propia del estoicismo que de la fe cristiana.



    Para entender el amor como «sufrido» necesitamos recurrir a otro concepto bíblico esencial y que ocupa también un lugar central en la vida familiar: la paciencia. En el sentido bíblico ser paciente está muy lejos del fatalismo y la pasividad ante el sufrimiento. La paciencia es ante todo «grandeza de ánimo» (makrotimia). Éste es el sentido que tiene en 1ª Cor. 13:4 cuando se describe la primera característica del amor. 



    ¿Por qué fracasan tantos matrimonios y se rompen tantas familias en nuestros días? ¿Por qué tantos hijos enfrentados con sus padres o los hermanos entre sí? No podemos simplificar un tema difícil y delicado. Como profesional de la psiquiatría conozco la complejidad de los conflictos conyugales y familiares. Pero tengo la convicción profunda de que muchos de estos conflictos se resolverían, independientemente de sus causas, si los cónyuges -ambos- tuvieran mayor disposición a «ser sufridos» en el sentido de buscar activamente salidas a sus problemas. Ello requiere tener paciencia el uno para con el otro, lo cual no abunda en nuestra sociedad hedonista que glorifica el bienestar individual -«tengo derecho a ser feliz»- y desprecia la lucha y el sacrificio en las relaciones personales. Muchos aplican hoy a las relaciones el principio del «mínimo esfuerzo partido por dos». Esta forma de pensar y de vivir está en las antípodas de los principios bíblicos. Los creyentes debemos revisar hasta qué punto estamos despojando nuestras relaciones familiares de este requisito primero del amor, «ser sufrido». Quizás bastaría con añadir pequeñas dosis de amor sufrido y paciencia para prevenir muchas crisis de familia y de matrimonios. Ahí radica una de las claves para correr cualquier carrera de fondo -y la vida familiar lo es- con perseverancia. Se consigue mucho más con unas gotas de miel que con barriles de hiel.



    (*) El Dr. y escritor Pablo Martínez Vila es médico psiquiatra en ejercicio desde 1979. Realiza además un valorado ministerio como conferenciante en España y muchos países de Europa. Muy vinculado al mundo universitario, ha sido presidente de los Grupos Bíblicos Universitarios durante ocho años, siendo en la actualidad su Presidente Honorario. Ha sido presidente de la Alianza Evangélica Española y vicepresidente de la Comunidad Internacional de Médicos Cristianos. Actualmente es miembro de la Comisión Sociopolítica de la Alianza Evangélica Europea. Algunos de sus libros: "Psicología de la oración" (Andamio/Clie, 2002), "Más allá del dolor: superando las pérdidas y el duelo" (Andamio 2006), "El aguijón en la carne" (Andamio 2010).



    Ha adaptado su artículo de otro aparecido en la revista “Pensamiento Cristiano”.


     

     


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