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    Tratado contra la conversión de Manuel Aguas (3)

    Enríquez Orestes creía que la conversión de Manuel Aguas fue espuria.

    KAIRóS Y CRONOS AUTOR Carlos Martínez García 04 DE JUNIO DE 2017 09:50 h

    Para su principal crítico la conversión de Manuel Aguas fue espuria.



    Así lo manifestó en la parte final del tratado que escribió Enríquez Orestes para deslegitimar el involucramiento con la Iglesia de Jesús y el alejamiento de la Iglesia católica romana que hizo público Manuel Aguas en su carta de conversión. A continuación reproduzco la sección final del ataque redactado por Orestes.



    ARTÍCULO III Su conversión no es verdadera.



    Por cualquier causa que el sacerdote católico se haya extraviado y separado del redil por algún tiempo, si ama a Dios, tiene que volver al seno de la Iglesia, desengañado y de buena fe: o si no, tiene que pasar más allá del protestantismo y de cualquiera otra religión; porque todas ellas son insuficientes para contener los avances de la razón desbordada, de la filosofía investigadora que todo lo examina y analiza; es decir, debe caminar con paso rápido al inconmensurable espacio del ateísmo, de la incredulidad.



    Porque, si bebe de las fuentes de los grandes reformadores, no halla argumentos que resuelvan sus dudas, ni principios que halaguen sus esperanzas y ansiedades: si escudriña las obras dogmáticas del protestantismo, se ve asaltado de mayores dificultades e incertidumbres; porque, tratando de combatir en estas el culto y la pureza de María, destruyen incautamente la divinidad de Jesucristo: tales son los fundamentos de los protestantes.



    Entonces el sacerdote católico que ha reconocido siempre al Hijo uno con el Padre, y a la Madre como la criatura más pura y perfecta que haya salido de las manos del Eterno, se ve inundado de un torrente de luces fugaces y vertiginosas que lo postran en un estado de fascinación y anonadamiento.



    Pero luego, alentado por la reflexión, y robustecido por la fe, examina con avidez el terreno fangoso de la religión de la Biblia, lo encuentra sin base sólida; ve entonces muy claro un abismo insondable de eterna perdición. Abismo que muchas veces presenta en su fondo una capa superficial de plata, y una risueña perspectiva de ventura, que suele deslumbrar a los espíritus apocados; pero los que con suspicacia se fortifican en la fe, conocen el peligro, y convencidos retroceden en buen orden.



    No: un sacerdote católico, honrado, sincero, no puede aceptar de buena fe el protestantismo en ninguna de sus formas; pero ni el simple católico medianamente instruido, que ame sus creencias; porque allí se destruye la base de los dogmas, de todo el cristianismo; porque allí el hombre pensador adquiere necesariamente una filosofía escéptica que le arrastra al indiferentismo, a la incredulidad, al ateísmo.



    Así es que, sólo por una fría especulación, o por alguna alucinación deplorable, puede un ministro católico como protestante algún tiempo, aparentando creer lo que no cree; pero su conciencia intranquila, llena de zozobras, y el espíritu abrumado de tinieblas, tiene que arrancarle de aquella situación anómala y violenta, para volverle al seno de la verdadera Iglesia; adonde irá con el corazón desgarrado por el dolor, llevando en sus labios, trémulos de emoción, aquellas sentidas lamentaciones del hijo pródigo al volver a la casa de su padre: Peccavi in coelum et coramite: jam non sum dignus vocari filius tuus. “He pecado contra el cielo y delante de ti; ya no soy de ser llamado hijo tuyo” [Lucas 15:21].



    Esto mismo creo que tendría que sucederle al Sr. Aguas cuando se haya disipado la bruma que le rodea, porque su apostasía no tiene visos de conversión verdadera: esta hizo el P. Domínguez al volver a México, después de haber sido ministro de de la Iglesia Episcopal Protestante; abjuró sus errores y murió católico en San Luis Potosí.



    Examinemos ahora el tránsito religioso del sacerdote dominico, para ver si es verdadero, y si, bajo algún aspecto, puede tener mérito a los ojos de sus nuevos hermanos.



    Los corifeos de la Reforma, cuyas distintas denominaciones se hallan diseminadas en el mundo, no fueron impelidos a romper el eslabón que los uniera al catolicismo, por una inspiración divina, por un celo esencialmente religioso; hubo en todos ellos un pretexto ostensible, que no era mas que el siniestro estímulo de una pasión mal encubierta.



    El resentimiento, la envidia, la ambición, la ira, la vanidad, el orgullo, todas esas flaquezas a que esta ligada nuestra pobre humanidad, fueron los combustibles de que estaban harto repletos los corazones volcánicos de los novadores. Los que con su terrible explosión hicieron una gran sacudida en las naciones principales de Europa, mutilando el vasto terreno del catolicismo con grietas y divisiones heterogéneas, inconciliables entre sí; perturbando con sus densas tinieblas, la paz y la conciencia de los pueblo, llevando a todas partes, en la corriente de sus lavas, la muerte y el dolor. ¡Lamentables consecuencias de las pasiones desencadenadas por las funestas guerras de religión!



    Los reformadores empezaron por atacar con furor los abusos de algunos papas, los errores de algunos dogmas y la intolerancia del catolicismo. Pero ¡ah! ¡cuánto hubieran alcanzado, si guiados por la sabia prudencia de un talento culto y previsor, hubiesen combatido los abusos con la virtud, los errores con la verdad evangélica, la intolerancia con la mansedumbre y libertad religiosa!



    Mas no podía ser así; porque ellos no fueron inspirados por Dios al romper el fuego de sus contiendas: no tenían conciencia de la justicia y santidad de su causa, la que aconseja siempre una conducta benévola, propia para refrenar las pasiones.



    Ellos combatieron los abusos de sus adversarios, con mayores excesos de todo género; los supuestos errores, con monstruosos errores dogmáticos y disciplinantes, por naturaleza disolventes; la intolerancia habitual de una religión universalmente profesada, con la intolerancia impropia, rígida e intransigente; ellos, en fin, no sólo contendían con la Iglesia Católica, madre de todos ellos, sino que, suponiendo cada jefe infalible, inspirado, luchaban entre sí con encarnizamiento desastroso: de cuyo delirio revolucionario han nacido los diversos símbolos de la religión reformada, juguete del capricho y presunción del hombre.



    Basta para conocer tamaña divergencia, leer las furibundas impugnaciones con que se reprochaban mutuamente sus errores, entre los que sobresalen las de Lutero y Enrique VIII. Estos dos iracundos perturbadores de la paz, Zuinglio, Calvino, Muncero [Müntzer] Schmildelin, Severt [Servet], Bucero, Becold, y demás califas de la revolución fueron unos seudo profetas poseídos del espíritu de Mahoma, que en su loco devaneo se declararon obispos, papas y aun reyes; arrogándose las mismas facultades y prerrogativas que reprobaban en el Soberano Pontífice.



    Así extraviaron a los pueblos con sus doctrinas y los tiranizaron con sus injusticias. Sólo Melanchton y Ecolampadio, doctos, benignos, prudentes y humildes, aparecieron en el desorden como un contraprincipio: ellos fueron con profundos remordimientos, víctimas sacrificadas al amor y lealtad de sus amigos; en ellos estaba el genio de la Reforma.



    Ahora bien: si Dios hubiera inspirado a esos dogmatizadores, les habría comunicado una misma luz, un mismo espíritu, unas mismas ideas, una misma fe; y de esta manera habrían tenido una unión compacta, fraternal, estable. Mas no siendo así, es evidente que obraron instigados por el aguijón de las pasiones; mientras la Iglesia Católica, en medio de tantos desastres y de tan agitadas contiendas, ha permanecido una, inalterable, fuerte y majestuosa, sostenida por un solo espíritu, por una sola luz, por una sola fe.



    Mas tales hombres, acometiendo una empresa sembrada de peligros, se conquistaron la nombradía de sus funestas proezas, alcanzaron la fama de sus innovaciones, y la admiración de su atrevimiento; por lo que fueron amados de unos y aborrecidos de otros.



    Pero, volviendo al blanco de mi razonamiento, investiguemos si el reverendo padre Aguas ha probado su conversión, no digo ya con la más insignificante hazaña de los referidos novadores, pero siquiera con la fe y convicción de sus verdaderos adeptos.



    Para esto, veamos qué es lo que ha hecho, cómo, y en qué circunstancias. ¿Qué ha hecho? Pasarse del catolicismo, hoy pobre y abatido en México, al protestantismo rico y poderoso de Norteamérica; lo que además de ser indigno de un sacerdote mexicano, tiene el mismo espíritu que lleva un militar que se pasa al enemigo, cuando este tiene seguridad del triunfo; lo que no se hace por conciencia ni adhesión, sino por temor servil, por sórdidos intereses, por la esperanza de una recompensa ignominiosa.



    ¿Cómo? Sin conocimiento de causa, sin fe, porque la religión que ha abrazado, como predicador, es el protestantismo en globo, sin forma ni símbolo determinado; es un mixto de todos, al capricho de un hombre.



    En San José de Gracia, en el salón de Letrán, no se celebra el culto episcopal, el presbiteriano, el metodista ni otro alguno de la religión reformada. ¿Cómo en tal confusión e incertidumbre, puede suponerse la fe de la verdadera conversión, en un sacerdote que acaba de abandonar el catolicismo? ¿Qué convicción puede tener de si es bueno y verdadero lo que es tan nuevo y desconocido?



    ¿En qué circunstancias? En plena paz, cuando la libertad religiosa, no solo es una sanción civil, sino un principio conquistado por la civilización, adoptado por toda la República. Hoy el ministro de cualquier culto puede libremente predicar sus doctrinas, apoyado en las garantías de la ley; sin oposición del pueblo ni del clero católico, que ve ya las ventajas de la tolerancia religiosa, a cuya sombra progresa y se dilata el catolicismo en los Estados Unidos, con espontánea aceptación de todas las gentes.



    Contratado el Sr. Aguas para las predicaciones de Letrán y San José de Gracia, recibió allí un número respetable de creyentes, congregados en su mayor parte por Ponce de León, el presbítero Ramírez Arellano, y otros cuyas tareas propagandistas no han sido recompensadas.



    El moderno predicador de la reforma, no se ha ganado por esto ninguna reputación: no tiene la fama del innovador, porque no ha hecho ni predicado nada nuevo: ni el mérito del activo propagador porque no ha trabajado para crear alguna hermandad, ni ha afrontado una situación difícil; en una palabra, él es su comunidad, un contrasentido, porque no cree lo que predica, ni predica lo que cree; sus hermanos deben estar poco o nada satisfechos de su conversión.



    Son más dignos de la consideración de los protestantes, Ponce de León y Sóstenes Juárez. El primero, humilde, laborioso, constante, ha reunido varias congregaciones con sus propios elementos, y en su hermandad de las Golosas, hace un culto semejante al presbiteriano.



    El segundo, más liberal, más franco, más independiente, sin haber querido unirese al extranjero, celebra en Behtlemitas un culto demasiado sencillo: más político que cristiano, más racionalista que protestante; muy parecido al de los humildes, industriosos y benéficos cuáqueros.



    De todas las observaciones anteriores, de todos los argumentos aducidos, se infiere rectamente, que el reverendo presbítero no podrá nunca disculpar sus errores ni justificar su pretendida comprensión; que sin antecedentes y sin méritos se ha introducido en esa sociedad de cristianos, como un advenedizo que nada ha hecho por su causa.



    Luego, según todo lo expuesto, queda minuciosamente demostrado, que la conversión del Sr. Aguas, es falsa, interesada y transitoria: que se hará protestante mientras le paguen sus propinas.



    Las creencias religiosas del hombre honrado, del sacerdote que ha estudiado debidamente la religión que ha profesado toda su vida, no se cambian intempestivamente por una leyenda vulgar, por los seductores argumentos de los grandes sabios, por las promesas, por las amenazas, por ningún inetrés, porque allí se juega nada menos que la conciencia, la reputación, el respeto de sí mismo, la imprescindible tranquilidad del individuo.



    Y, ¿qué concepto favorable puede sumarse, no digo ya del sacerdote, sino del simple creyente que tan incautamente cambia de religión como de vestido? Y, el que así se desprende de esos principios tan sagrados como respetados de todo el mundo, ¿qué garantías ofrece a la sociedad, de su probidad y buena fe en las demás cosas de la vida? ¿Cómo, por último, una comunidad de cristianos, más o menos ilustrados y creyentes, puede dirigirse por las predicaciones de un neófito que no ha rendido pruebas de su fe, ni de su adhesión desinteresada?



    La Iglesia Católica nada ha perdido con la separación de las ovejas y pastores que han adoptado otro símbolo de fe. En todas las religiones del mundo ha habido siempre un número, más o menos considerable de adeptos, que, permaneciendo tibios o dudosos; por escepticismo, por abandono, o por ignorancia, están dispuestos a plegarse a las primeras doctrinas que se acomoden más a sus ideas o caprichos.



    Esto ha sucedido hoy en México con la libertad religiosa: los que no eran verdaderos católicos, se han lanzado en pos de otras creencias; se ha despejado la incognita, y la Iglesia sabe ya quienes son sus fieles hijos, y quienes no lo eran.



    Antes parecía mayor el número de incrédulos o indiferentistas, porque erróneamente se creía que el partido liberal en masa iría a dar al seno del protestantismo.



    Pero se está viendo que todo ese partido, en todas sus clases, pertenece de corazón a la Iglesia Romana, aunque reprobando siempre ciertos abusos, propios de los hombres y que pueden corregirse.



    Pocas personas ilustradas y notables del partido republicano se hallarán en esos círculos o congregaciones llmadas evangélicas: cuanto más se vaya estableciendo el protestantismo y vaya dando a conocer su espíritu e influencia, y su necio fanatismo, menos prosélitos ha de ir teniendo entre la gente liberal, que busca filosofía y fundamento en toda religión.



    Así es que, el catolicismo en México, en vez de perder, ha ganado con la libertad religiosa y con la aparición de esas nuevas sociedades; porque encuentra que tiene mayor número de hijos fieles, que el que se suponía.



    Todo buen católico debe ver en esos creyentes unos hermanos, que por el siniestro camino en que se encuentran, son dignos de nuestra compasión; que no debemos hostilizarlos en nada, sino ser afables y benévolos con ellos, para atraerlos a su antiguo redil; porqu el que tiene la verdadera fe debe ser siempre suave, prudente, benigno, tolerante y lleno de caridad para con sus adversarios, como lo eran Jesucristo y los apóstoles con los suyos: Diligite inmicos vestros. “Amad a vuestros enemigos; haced bien a los que os aborrecen, y rogad por los que os persguen y calumnian”.



    Muy escaso, comparativamente hablando, ha sido el número de clérigos liberales y patriotas; pero estos no han dado más contingente al protestantismo, que el del presbítero Juan Francisco Domínguez, que en Nueva York aceptó el credo de la Iglesia Episcopal; mas vuelto a su patria abjuró de todos sus errores en Monterrey, y murió contrito y enmendado, en el seno de su propia iglesia.



    El presbítero D. Rafael Díaz Martínez, de quien se dice que fue consagrado obispo en Nueva Orleans, suceso muy incierto y dudoso; pórque o fue consagrado por obispo católico y necesitó bulas de Su Santidad, o por protestante, y debió preceder la profesión del dogma episcopal, de lo que no hay constancia.



    Lo cierto es, que desde que el volvió a México, se ha sujetado a un profundo silencio y aislamiento; y no es porque le hayan faltado invitaciones para presidir el culto de Letrán o San José de Gracia.



    El sería alí una figura más importante y significativa que el P. Aguas, a quien es superior bajo todos aspectos; pero él no está con los evangélicos.



    El presbítero D. Ignacio Escalante, de buena capacidad e instrucción, de fina capacidad, y que tan buenos servicios ha prestado a la causa de la libertad e independencia, ha resistido con firmeza las instancias de los hermanos bíblicos.



    Los doctores Caserta, Verdía y Herrera de Guadalajara, tan conocidos por su vasta instrucción y principios dempcráticos, el respetable cura Sertuche, de Tampico, que sufrió con heroismomil penalidades en la invasión pasada, por el amor a su patria; el cura D. Ramón Lozano de Santa Bárbara, y los demás clérigos de Nuevo León, Tamaulipas, Zacatecas, Oaxaca, Querétaro, Veracruz, Puebla y Tlaxcala, que sería dilatado enumerar; todos ellos, más o menos ilustrados, pero todos liberales, patriotas y tolerantes decididos, ninguno ha estado por recibir bajo alguna forma, los dogmas del protestantismo.



    En verdad que algunos de estos, casados civilmente, viven separados del ministerio católico, pero no han entrado a la Iglesia reformada. Con lo que dejo demostrado lo que asenté al principio de este artículo, que ningún sacerdote católico, de honradez y criterio, puede pasar de buena fe ni por convicción al protestantismo: será, si se quiere, un filósofo, un incrédulo, pero no un protestante; porque esto no satisface el corazón del hombre que busca la religión divina. Todo esto es una prueba irrefutable de que el partido republicano de México, que en todo busca la razón, pagará un tributo muy exiguo a la implantación empeñosa de la bibliomanía.



    Han circulado varios papeluchos anónimos, con el lema de mentís, que se suponen autorizados por la sagrada mitra, lo que no pasa de una injusta inculpación que se ha visto con desprecio; la Iglesia Católica desdeña tales defensores, ella sola se basta para quedar ilesa de ataques como los del presbítero Aguas.



    Los autores de los mentís y el del memorable diálogo entre el confesor y penitente entre el confesor y penitente, se propusieron hacer su retrato, moral y literario, en estos impresos: ni el uno ni los otros llenaron su misión; estos no son lumbreras de la Iglesia Católica, ni el dialoguista rd lucero de la Protestante.



    Los creyentes sensatos e ilustrados de la religión reformada que hayan leído el citado diálogo, habrán conocido, con rubor, que el autor, al escribirlo, tenía el juicio perturbado por la pasión del odio, y que bajando a la quimera cayó en el ridículo.



    Con esto concluyo esta primera parte. Sé que varias personas se proponen escribir contra mí; con esta persuasión salté a la arena cuando lo creí oportuno, sin que a ello me haya movido alguna pasión ruin.



    Deseo ver lo que se escriba con relación a mí: creo estar en buen terreno; no me jacto de la seguridad del triunfo, pero me defenderé con razones. Combatiré los errores y falsedades, no el personal de los amigos a quienes amo de corazón, sean cuales fueren sus creencias; y aunque me hayan retirado su amistad, sin más motivo que por exponer francamente mis convicciones, bajo mi humilde nombre.


     

     





     
     
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