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En el día que temo...

Confiar en Él más bien significa esperar, escuchar, buscarle, procurar honrarle en ese tiempo difícil… obedecerle, en definitiva.

EL ESPEJO AUTOR Lidia Martín 08 DE ABRIL DE 2017 23:40 h

Viene a mi mente en estos días una y otra vez la reflexión de cuál es nuestra elección frente al día de la angustia.



Evidentemente no pienso tanto en las personas no creyentes, que al vivir sin Dios muchas veces ni siquiera se plantean la posibilidad de que el afrontamiento se pueda hacer desde la fe, o lo descartan por completo.



Me refiero a las personas creyentes en Dios, que han depositado su fe en Cristo, en Su muerte y en Su resurrección como las primicias de lo que es la victoria absoluta sobre el mal en el sentido más amplio del término, y en lo que es nuestra reacción, nada previsible, por cierto, nada ajustada tantas veces a lo que decimos creer.



La razón por la que en este tiempo último se me ha vuelto a presentar esta inquietud es bien sencilla. Quizá es pura coincidencia (que no casualidad) que son cada vez más cristianos los que hacen un afrontamiento absolutamente secular de sus dificultades en la vida y veo esto cada día en la consulta.



Vienen a buscar un terapeuta que sea cristiano, no porque haga una terapia diferente, sino porque la comprensión de la situación al incorporar el plano espiritual será distinta y el abordaje resultante, también. Pero aunque buscan ese enfoque espiritual, tristemente la espiritualidad no aparece por ninguna parte.



Y uno se pregunta, no sin cierto desánimo, por qué eligieron un terapeuta que tuviera valores cristianos. En ese sentido, como en tantos otros, tristemente, los no creyentes vuelven a darnos grandes lecciones, porque muchos, desde su dolor, sí se plantean por primera o definitiva vez volverse al Dios que controla las circunstancias.



Y en ese tiempo descubren, con sorpresa, probablemente, la presencia real de un Dios que ha decidido implicarse de manera activa en la vida de Sus criaturas. Pero los cristianos más bien escogemos demasiadas veces los momentos de angustia para alejarnos, a pesar de haber conocido del poder de Dios en primera persona y haberle reconocido como Salvador y Señor.



En ese reconocimiento, por cierto, lo que uno hace es reconocer la intervención de Dios en nuestra vida para salvación de nuestra alma respecto a la eternidad (Él es el Salvador de nuestras almas), y por otro lado, reconocer la intervención de Dios en nuestra vida en cada aspecto de lo cotidiano (Él es Señor de nuestras vidas).



Sin embargo, ¡cuánto nos cuesta aceptar el señorío de Cristo, más en el día difícil, en el día que tenemos! Y en esto estamos todos, absolutamente todos, pero unos lo vivimos con lucha, y no queremos renunciar a que esto pueda ser cada vez más una realidad en nuestras vidas, y otros sin embargo se abandonan como si nunca hubieran conocido a un Dios cercano y personal.



Es justamente en la resolución de lo cotidiano donde renunciamos a que el Señor sea el Señor, y nos colocamos en posición de Dios al cuestionar por qué hace las cosas de una manera o de otra, o por qué permite tal o cuál circunstancia o, incluso, por qué calla cuando nosotros estamos esperando, quizá, un letrero luminoso de Su parte que quizá nos resuelva la vida. Dios no se somete ni se someterá jamás a nuestras exigencias.



Y no ha dejado de esperar de nuestra parte lo que siempre nos pidió: amor y obediencia. Pero nosotros no estamos a la altura, y los cristianos mucho menos. Lo hacemos, si cabe, tantas veces peor que el resto, cuando a nosotros, dándosenos lo que se nos dio, se nos requiere incluso más responsabilidad.



A Dios no le damos igual. Ninguna de sus criaturas le es indiferente, y por supuesto, tampoco ningún ser humano. Pero nosotros, unos y otros, cristianos y no cristianos, decidimos demasiado a menudo vivir sin Dios.



Lo sorprendente sigue siendo, para mí, que lo hagamos los que hemos decidido seguir a Cristo. Y pudiera ser que el problema sea mío, que me sigo sorprendiendo de que ante los momentos más duros de la vida los creyentes no se agarren al Señor con uñas y dientes, pero es que no quiero llegar a un punto en que no me sorprenda, la verdad.



Los cristianos somos demasiadas veces los que vivimos, tal como le pasaba al hermano mayor de la parábola del hijo pródigo, vidas aparentemente cercanas a Dios pero que, en el fondo, están demasiado alejadas de Él. Vidas de apariencia que, llegado el momento, utilizamos para intentar manipular a Dios y que Él se sienta obligado a hacer lo que nosotros queremos. Pero no vidas profundamente arraigadas en el Señor que fue antes nuestro Salvador.



Cuando hablo de que no reconocemos tantas veces el señorío de Cristo no me refiero a la realidad con la que todos luchamos de intentar mortificar el pecado que vive en nosotros y no solemos conseguirlo como nos gustaría, lo cual es o debería ser la lucha de cada creyente.



Efectivamente, necesitamos someternos al Señor cada día para enfrentar esa lucha, eso está ahí, y sigue siendo nuestra gran asignatura pendiente: lo que no queremos hacer, eso hacemos, y lo que querríamos hacer, no hacemos. Pero no es mi tema en este momento.



Cuando hablo de esto me refiero a que, cuando se acercan o nos han sobrevenido las verdaderas curvas de nuestra vida, el día malo del que se nos advierte y sobre el cual no solemos detenernos demasiado a pensar porque creemos que nunca llegará, nos decantamos por una vida alejada de Dios, argumentando que, por ejemplo, ese Dios no responde a lo que nosotros querríamos de Él, lo cual debe ser explicación suficiente para desvincularnos, o porque nuestros tiempos no corresponden a los Suyos (otra razón de peso, aparentemente).



Hay otras muchas otras razones detrás de esa actitud nuestra de renuncia práctica a lo que hemos creído cuando llegan los problemas, pero todas se reducen en un sentido práctico a varias realidades muy concretas.



En el fondo, no creemos realmente que Dios sea relevante en la solución de nuestro temor, de nuestra angustia, de nuestro día malo, o al menos no si no lo va a hacer según nuestros parámetros.



Priorizamos nuestros tiempos sobre los Suyos, nuestras intenciones sobre las Suyas, nos creemos mucho más listos y además no rebelamos diciendo “Mi vida es mía y yo hago con ella lo que me place; tú, al fin y al cabo, mira a dónde me has traido”.



Tenemos temor ante las situaciones que nos acechan, pero creyéndonos sabios en nuestra propia opinión, más bien intentamos hacer las cosas a nuestra manera, en vez de confiar en Dios y en la voz del Verbo que demostró que ni siquiera la muerte podía retenerle de hacer lo que realmente quería hacer por nosotros: hacernos bien, darnos futuro y esperanza y un camino mucho más excelente para enfrentar la vida, en lo bueno y lo malo que trae consigo.



Las personas, sin embargo, seguimos siendo profundamente necias. Decimos cosas tremendas (que no hacen sino reflejar lo que nuestro corazón alberga) como “he sacado a Dios de la ecuación”, “A Dios, en mi vida, ni se le ve ni se le espera”, “Hace mucho tiempo que he dejado de pedirle a Dios tal o cual cosa…” y un sinfín de planteamientos que dejan entrever cuál es la manera pobre en la que entendemos a Dios en medio de nuestros tiempos difíciles.



Cuando pedimos, en tantas ocasiones solo somos capaces de pedir un cambio de circunstancias, pero no pedimos ser transformados. No glorificamos a Dios cuando las cosas nos van bien, ni somos capaces de verle sosteniéndonos cuando nos van mal. Más bien nos sentimos en el derecho de tratarle de igual a igual y poner exigencias encima de la mesa.



De forma que, cuando no las cumple, desertamos del cristianismo y de todo lo que pueda tener que ver con Él, como si Dios no nos mereciera. Efectivamente, en un sentido no nos merece, pero no por las razones que nosotros sentimos.



La actitud a la que se nos llama en la Escritura es bien distinta a la anterior. Y la vemos reflejada en las decisiones y manifestaciones de hombres y mujeres como nosotros, que también ante sus propias dificultades tuvieron que posicionarse respecto a Dios y sobre si seguirían creyendo que Dios, el Dios de sus padres, sería su propio Dios y si lo consideraban bueno para con ellos, si aceptarían lo que Dios había manifestado acerca de Su propio carácter y de Sus intenciones.



“En el día que temo, en ti confío” fue la manera en la que el salmista expresó Su dependencia de Dios en el tiempo difícil (Salmo 56:3). No suele ser la nuestra, tristemente. Esa actitud y decisión, que no debía ser sencilla, choca frontalmente con abordar las cosas en nuestras fuerzas, con enfadarse con Dios por el día malo o con precipitar problemas colaterales “echándole una manita” a Dios.



Confiar en Él más bien significa esperar, escuchar, buscarle, procurar honrarle en ese tiempo difícil… obedecerle, en definitiva, creyendo que, como Él nos promete tantas veces, en Su presencia hay plenitud y delicias para nosotros. También en el día de temor, que se vive de forma diametralmente distinta cuando nuestra ecuación cuenta con Dios, respecto a cuando la reducimos a una simple consecución de números sin tino ni concierto, aunque según nuestra propia opinión aparenten tener mucho más sentido.


 

 


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COMENTARIOS

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Rafael
13/04/2017
17:59 h
2
 
Gracias!!!... Es excelente leer este articulo en el día malo y confirmar lo que dices, Dios es el soberano de nuestras vidas ... desde Venezuela donde muchos "cristianos" han abandonado la fe y muchos "mundanos" la han abrazado...
 

Noa Alarcón
09/04/2017
11:15 h
1
 
Gracias por este texto. Lo he visto también en un montón de ocasiones. Ya sabe, donde está nuestro tesoro está nuestro corazón, y a veces nuestro tesoro no está en Cristo, sino en tener una vida normal y cómoda y libre de preocupaciones… Tristemente.
 



 
 
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