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    Cuando todo parece perdido, Dios puede obrar

    Un estudio novelado de Isaías 37, 2 Reyes 19:1-35 y 2 Crónicas 32:1-21

    AHONDAR Y DISCERNIR AUTOR Roberto Estévez 27 DE NOVIEMBRE DE 2016 21:25 h
    Ezequias extendió la carta delante del Señor en el templo.

    Es posible que la noche fue muy tormentosa y hubo muchos relámpagos, truenos y lluvia.



    El viento que pasaba entre las montañas rugía con furor. El cielo estaba lleno de saetas luminosas que se transformaban en un tronar que rompían con estrépito el bramar del viento.



    La carpa era de grande dimensiones. Los centinelas, armados fuertemente, caminaban su rutinario sendero como si estuvieran bailando una danza macabra. En uno de los compartimientos había lujosas alfombras colocadas aquí y allí.



    Recostado sobre esas mantas delicadas y adornadas descansaba Senaquerib el emperador de Asiria. Cuando los colores del alba empiezan a pintar el horizonte se levanta para empezar un nuevo día.



    Tenia un dolor intenso de cabeza después de la orgía de la noche anterior. Se postra delante del ídolo que está en un rincón en un pequeño altar. De pronto se escuchan unos gritos de dolor que parecen alaridos.



    Llama a uno de sus fieles asistentes que está durmiendo fuera de la improvisada puerta formada de cortinas:



    - ¡Asistente, venga de inmediato!



    El ayudante entra y se cuadra en posición militar.



    - Llámeme al general J al Capitán E y al comandante R.



    - ¡Sí mi rey! - responde el agregado.



    A los pocos minutos vuelve gritando, desesperado, como si estuviera fuera de sí:



    - ¡Mi rey, mi rey, oh, no!



    - ¿Qué pasa? - dice el rey Senaquerib - ¿Por qué no viene el general, el capitán y el comandante?



    - Alteza - dice el asistente - ¡No pueden venir porque están todos muertos!



    - ¿Qué dices? – El rostro del rey se enrojece y sus ojos sanguinarios como que se salen de sus órbitas.



    - ¡Sí, - responde el ayudante principal - por todos lados hay cuerpos muertos. El general, el capitán y el comandante yacen sin vida en sus tiendas.



    - ¿Pero cómo es posible si no escuché nada? Sí… la tormenta anoche fue tremenda… pero esta es la época del año que esto sucede.



    A los pocos minutos llegan otros asistentes:



    - Mi rey, ¡ha sucedido algo terrible! Nuestros soldados están muertos. Sus cuerpos están tendidos por todas partes.



    El rostro que unos momentos antes era rojo ahora empalidece. Su voz tartamudea. Parece que se va a caer y se recuesta sobre unas almohadas.



    - ¿Quién lo hizo? - pregunta el rey.



    - Majestad, - responden los ayudantes - Lo ignoramos. Los cadáveres de los hombres no tienen heridas. No se ve sangre por ningún lado.



    - ¿Cuántos batallones nos quedan?



    - Mi rey, todo el ejército está destruido. Sólo unos poquitos estamos vivos.



    - ¡No puede ser! - exclama Senaquerib - ¡Esto no puede ser, tiene que ser una pesadilla!



    Los asistentes todos temblorosos guardan silencio. Del grupo de asalto no ha quedado uno.



    Todo había empezado un tiempo atrás. Reinaba en Jerusalén capital del reino del Judá el rey Ezequías. Había comenzado su reinado a los 25 años de edad. Este hombre joven tenía muchas buenas cualidades espirituales:




    • Era un hombre de integridad. “Hizo lo recto ante los ojos del Señor” (2 Rey. 18:3)

    • Era un hombre de fe y visión espiritual “puso su esperanza en el SEÑOR” (2 Rey. 18:5)

    • Era un enemigo de la idolatría e “hizo pedazos la serpiente de bronce que había hecho Moisés” (2Rey. 18: 4)

    • Era un hombre de logros: “ tuvo éxito en todas las cosas que emprendió” (2 Rey. 18:7)

    • Por medio de él Dios comenzó un avivamiento espiritual. “El buscó a su Dios en toda obra que emprendió en el servicio de la casa de Dios, en la ley y los mandamientos. Lo hizo de todo corazón y fue prosperado”.

    • Fue un ejemplo: “Ni antes ni después hubo otro como él entre todos los reyes de Judá porque fue fiel al SEÑOR”.



    Pero de pronto, en ese cielo sereno en la historia de una nación que tuvo poco reyes tan fieles como Ezequías, aparecen unos nubarrones muy obscuros y se siente que se va a desatar una gran tormenta.



    Hace cuatro años que Ezequías es rey. Acaba de cumplir sus 29 cuando es informado que el ejército de los Asirios ha sitiado la ciudad de Samaria. Dos años después llegan las noticias de la caída. Pasan unos pocos años con relativa tranquilidad. Es un hombre joven pero maduro que ha servido con fidelidad y honestidad a Dios.



    Lo que hace tiempo teme, sucede. El rey de Asiria envía un ejército poderoso contra Jerusalén. El comandante en jefe es Rabsaces.



    El proyecto y ultimátum de este hombre impío se lee en 2 Reyes 18: 29 al 35.



    Es interesante observar como el enemigo utiliza lo que hoy llamamos “guerra psicológica”. Los principios que se usan en este ataque psicológico son los mismos - aunque algo disfrazados - que nosotros enfrentamos en el día de hoy en muchas oportunidades:



    Estás solo, no tienes fuerzas : “Tú has dicho tener plan y poderío para la guerra” (Isa.36:5).



    No tienes amigos o lo son muy débiles: “Tú confías en Egipto, en ese bastón de caña cascada” (v. 6).



    Yo vengo porque Dios me “ha enviado”. Este argumento es muy sutil. Trata de utilizar “la voluntad deDios” como argumento: “El SEÑOR me ha dicho: “Sube a esta tierra y destrúyela” (v.10)



    Promete falsamente un país mejor: “hasta que yo venga y os lleve a una tierra como la vuestra, tierra de grano y de vino, tierra de pan y de viñas” (v.17).



    Tu Dios no te puede ayudar. Ahora la embestida es directa: “No os engañe Ezequías , diciendo: el SENOR nos librará” (v. 18).



    6) La historia, el pasado está a nuestro favor. “¿Dónde están los dioses de Hamat y de Arfad? (v.19).



    Pero los Asirios ignoran que el Dios de Israel es muy distinto que el de Hamat y el de Arfad. Que el SEÑOR de los Ejércitos es real.



    En el proceso de la guerra psicológica el nombre del Señor ha sido blasfemado y esto no va a quedar impune.



    Al oír este mensaje los embajadores callaron y no respondieron ni una palabra. Cumplieron la orden que el rey les había dado. Los enviados del rey de Judá rasgan sus vestidos en señal de tristeza profunda y le comunican a Ezequías el mensaje del rey de Asiria.



    - Su alteza, - dicen los enviados - un enorme ejército está muy cerca de la ciudad. Son casi doscientos mil soldados. Están armados con los mejores equipos de guerra que existen. Son soldados profesionales.



    Ezequías ahora tiene 39 años. Es un hombre maduro. Se entera de todos los detalles que le dan. Escucha las frases que el enemigo ha usado para desalentarlo y para que se rinda. Su rostro muestra la tristeza y preocupación de su corazón.



    Delante de sus embajadores rompe sus vestiduras reales y se cubre con unas ropas rústicas como era costumbre para demostrar un dolor muy grande.



    - Majestad, estamos perdidos. Es absolutamente imposible que podamos salir a luchar contra este ejército tan poderoso. No tenemos ninguna probabilidad de vencerlos. Quizás si nos rendimos tengan compasión; un rendimiento con honor es mejor que una derrota total y…



    - ¡Basta! - responde el rey - Yo sé que este enemigo es formidable, pero nuestro Dios es fiel. Se acuerda cuando él mismo dijo : “No temáis ni desmayéis…porque más poderoso es el que está con nosotros que el que está con él. Con él está un brazo de carne; pero con nosotros está el SEÑOR, nuestro Dios, para ayudarnos y para llevar a cabo nuestras batallas” (Isa. 32: 7,8).



    - ¡Denme las cartas! - dice el rey.



    Los rollos son entregados en las manos de Ezequías. Sale del palacio real y comienza a caminar. Todos sus ayudantes y ministros lo siguen. Se dirige al templo y mientras camina quizás va pensando en las palabras del Salmo “Porque en su enramada me esconderá en el día del mal; me ocultará en lo reservado de su tabernáculo; me pondrá en alto sobre una roca (27:5).



    Llega al templo, toma la carta “y la extendió delante del SEÑOR” (2 Rey. 19:14).



    En cuanto lo hace su rostro cambia. Las arrugas de su cara desaparecen y una expresión de paz y serenidad hay en su faz. Ha aprendido lo que mucho después el apóstol lo expresa al decir “echad sobre él toda vuestra ansiedad, porque él tiene cuidado de vosotros”(I Ped.5:7)



    Con voz clara y desde lo profundo de su corazón eleva a Dios su oración.



    Esta plegaria nos permite escudriñar el alma de Ezequías.



    Comienza reconociendo la Soberanía de Dios. “Oh SEÑOR de los Ejércitos, Dios de Israel que tienes tu trono entre los querubines”.



    Senaquerib está sentado en el trono de Asiria que es insignificante comparándolo con el trono que está entre los seres angelicales.



    Luego reconoce que Dios es incomparable: “Sólo tú eres Dios de todos los reinos de la tierra”.



    Se dirige a Dios como el Creador “Tú has hecho los cielos y la tierra” (Isaías 37:16).



    Luego, con la sencillez de un niño que golpeado por otro mayor acude a su madre quejándose:¡Mira lo que me hizo! “Inclina ,oh SEÑOR, tu oído y escucha; abre, oh SEÑOR, tus ojos y mira”.



    Luego se refiere al monarca. Pero no lo llama emperador ni rey. Es que después de meditar en Aquel que tiene su estrado entre los querubines los tronos humanos son meras sillitas de bebé. Así que a secas lo llama por su nombre, sin títulos.



    De inmediato toma las mismas palabras que los embajadores han utilizado en cuanto a los reyes de las naciones gentiles que fueron destruidos y agrega: “pero éstos no eran dioses, sino obra de mano de hombre, de madera y de piedra.”



    Queda implícito el pensamiento que el SEÑOR de los Ejércitos es real. En la última frase Ezequías da su argumento final. No le pide a Dios que los salve de la muerte. Por supuesto que Ezequías desea que su pueblo se salve del enemigo.



    Como otros grandes hombres de Dios, el argumento de la oración es la gloria de Dios. “Ahora pues, oh SEÑOR, Dios nuestro, sálvanos, para que todos los reinos de la tierra conozcan que sólo tú, oh SEÑOR, eres Dios”. Pero su corazón de hombre piadoso está indignado por la manera en que el nombre de Dios ha sido ultrajado.



    Cuando se levanta de la oración su cara muestra la paz y serenidad que tienen aquellos que han recibido una respuesta de Dios en sus corazones.



    Vuelve al palacio real ahora, no con la cabeza agachada como cuando vino, sino con sus ojos dirigidos al cielo y con tranquilidad en su semblante.



    La contestación a la oración de Ezequías viene por medio del profeta Isaías. Es una respuesta larga y se puede sintetizar en que Dios ha sido blasfemado y ofendido.



    “La virgen hija de Sión te menosprecia; hace burla de ti. Mueve su cabeza a tus espaldas la hija de Jerusalén”. Aquí la imagen es de una jovencita que está ridiculizando a ese emperador tan arrogante. No es Dios el que se burla sino que es la “virgen hija de Sión”. Mathew Henry con su habitual lucidez nos dice: “ El enemigo, Senaquerib, pensó en aterrorizar a la hija de Sión, esa casta y hermosa virgen.



    Pero siendo una “virgen en casa de su Padre” y bajo su protección ella lo desafía, lo desprecia y se ríe de él. La malicia del enemigo es ridiculizada.” Fin de la cita. “Mueve su cabeza a tus espaldas la hija de Jerusalén” es una expresión similar a la que usamos al gesticular con el índice en la sien como diciendo: ese está loco.



    El SEÑOR ahora es el juez e interroga al acusado: “¿A quién has afrentado e injuriado? ¿Contra quién has levantado la voz y alzado los ojos con altivez?” (23)



    La respuesta es: ¡Contra el Santo de Israel! El emperador ignoraba que al atacar a su pueblo está atacando a Dios. El concepto es similar a cuando Jesucristo le pregunta a Saulo “¿Por qué me persigues? Yo soy Jesús a quién tu persigues”.



    Saulo estaba acosando a los creyentes sin saber que el Señor Jesús lo tomaba como algo en contra de su propia persona (Hech. 9:4,5). La misma idea la expresa David al decir “Guárdame como la niña de tu ojo” (Sal. 17:8).



    El veredicto final es tremendo “Porque te has enfurecido contra mí, y tu arrogancia ha subido a mis oídos, pondré mi gancho en tu nariz y mi freno en tus labios. Y te haré regresar por el camino por donde has venido”.



    La comparación es con una bestia bruta a la que se le pone un garfio en la nariz para controlarla. Allí se utilizaban ganchos de metal para dirigir a los camellos, dromedarios y otras bestias. Al emperador que piensa tan altamente de sí mismo, Dios lo va a tratar como a una bestia bruta (Rom. 1:28).



    La advertencia del Salmo se ha cumplido: “No seáis sin entendimiento, como el caballo, o como el mulo, cuya boca ha de ser frenada con rienda y freno” (32:9).



    La razón que Dios da es “Yo defenderé esta ciudad para salvarla, por amor a mí mismo y por amor a mi siervo David” (Isa 36:35).



    Cuando nosotros hablamos de alguien que tiene mucho amor a sí mismo pensamos en egoísmo o decimos que la persona es egocéntrica. Las Escrituras tienen muchos versos que nos dicen que Dios actúa por amor a sí mismo.



    La segunda razón que Dios da para defender a Jerusalén es su amor a David.



    Si Dios hizo lo que hizo por amor a su siervo David, ¿qué es lo que no hará por los creyentes por amor al Señor Jesús? Por eso nuestros corazones se llenan de gratitud al pensar en aquel “que no eximió ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará gratuitamente también con él todas las cosas?” (Rom. 8:32).



    “Entonces salió el ángel de Jehová e hirió a 185.000 en el campamento de los asirios. Se levantaron por la mañana, y he aquí que todos ellos eran cadáveres” Isa.37:36. Se ha intentado dar distintas explicaciones a lo sucedido. Se ha considerado la posibilidad que fue una epidemia como peste bubónica u otro tipo de enfermedad contagiosa. Las Escrituras dicen que fue el “ángel del Señor”.



    Una epidemia normalmente se extiende y puede hacer un daño tremendo pero lleva varios días antes que todo el ejército se enferme y perezca. En ese caso todo sucede durante la noche y al parecer en el cuartel general no ha habido indicación que algo anormal ha acontecido. Algo tremendo sucede durante la noche y al salir el sol el campamento de los asirios está lleno de cadáveres.



    Como médico quiero señalar que no se nos dice que los cuerpos estaban quemados. Sin duda que si así hubiera sucedido hubiera sido fácil de reconocer. Tampoco se nos informa que los cadáveres mostraban evidencias de heridas cortantes. Si eso hubiera pasado habría evidencia de un gran derramamiento de sangre como sucedió en otra oportunidad (Crón. 20:22,23). Simplemente se nos dice que todos estaban muertos.



    Aquel que da la vida a toda alma que camina, que otorga la existencia a cada pájaro de los millones que vuelan y a cada ser viviente puede sin dificultad detener la respiración de todo un gran ejército. Dios no necesita los instrumentos que los seres humanos utilizan para la guerra. Se han cumplido las palabras “ De la casa de Judá tendré misericordia y los salvaré por el SEÑOR su Dios. No los libraré con arco, ni con espada, ni con guerra ni con caballos y jinetes” (Ose. 1:7).



    El emperador ha perdido la mayor parte de su ejército. Los modernistas se preguntan cómo podemos aceptar que un Dios de amor envíe su ángel y mate a 185.000 soldados. Sin embargo, se olvidan, que estos guerreros no eran personas bondadosas. No seguían reglamentos similares a los que dos mil quinientos años después van a surgir en la convención de Ginebra con referencia a los prisioneros de guerra y los derechos humanos.



    Eran soldados famosos por su crueldad. Estaban dispuestos a matar hombres y niños y violar a las mujeres. Dios al actuar de la manera que lo hace salva un número muy elevado de personas. El mismo Senaquerib sobrevive para ver su ejército aniquilado. Esto tiene que haber sido un tremendo golpe para su orgullo. Cuando Israel estaba para ser libertado de Egipto leemos : “aconteció a la medianoche Jehová hirió a todo primogénito en la tierra de Egipto desde el primogénito de Faraón” (Exo.12:29).



    Cuando el Señor Jesucristo es entregado y Pedro trata de defenderlo con su espada, el Mesías dice: “¿o piensas que no puedo invocar a mi Padre y que él no me daría ahora mismo más de doce legiones de ángeles? (Mat.26:53). Si un ángel pudo matar 185.000 soldados nos preguntamos: ¿Qué podrían hacer doce legiones de ángeles? El cálculo matemático nos daría una cifra altísima. El Salvador no llamó a las legiones de ángeles en su ayuda porque el vino con el propósito de “buscar y salvar lo que se había perdido”, Por el contrario sus palabras son “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” (Luc. 23:34.



    Esa mañana en el campo de los asirios hay gritos de desesperación. Adentro de las murallas de Jerusalén es muy distinto. Llegan las noticias de lo que le ha acontecido al enemigo.



    - Su majestad - exclaman los correos - ¡Algo tremendo ha pasado en el campamento asirio!



    - ¿Qué dices? - pregunta el rey, quien acaba de hacer su oración matutina al Dios de Israel.



    Cada pocos minutos vienen más noticias. Cuando se conoce toda la historia todos los corazones están llenos de agradecimiento al Señor.



    En las calles los jóvenes danzan al son de los panderos, címbalos y cornetas. La ciudad entera está de fiesta. Aleluyas surgen de los labios de los niños , los jóvenes y los ancianos.



    El profeta Isaías ora a Aquel que está sentado en un trono alto y sublime.



    El rey Ezequías ha aprendido que Dios escucha y responde la oración de sus hijos.



    De vuelta en las posiciones invasoras, el rey recorre el campamento. La muerte reina en todo lugar. La mayoría de sus centinelas y “guardia personal” están tirados, muertos; en las más variadas posiciones.



    Unos días después una pequeña caravana emprende el regreso. No hay música triunfal. Los banderines y estandartes asirios no están flameando. Aquel gran ejército que vino con tanta soberbia y jactancia parece una pequeña caravana de dolientes que retornan de un cementerio.



     



    Notas:



    El amor de Dios hacia sí mismo (seudo egoísmo) se manifiesta en



    1) Perdonar los pecados de Israel. “Yo, yo soy el que borro tus rebeliones por amor de mí, y no me acordaré más de tus pecados” (Isa. 43:25)



    2) Longanimidad hacia Israel “”Por amor de mi nombre, refreno mi furor” (Isa. 43:9)



    3) Prueba: “ He aquí que te he purificado, pero no como a plata; te he probado en el horno de la aflicción. Por mí, por amor de mí mismo lo hago” (Isa. 43:10,11).



    El famoso historiador Josefo menciona una enfermedad pestilencial. Sin embargo por las razones dadas creemos que sencillamente fue hecho por el Ángel del Señor.



    La historia nos dice que años después Senaquerib fue asesinado por dos de sus propios hijos estando en el templo de su dios. Al parecer el padre quería ofrecer a sus hijos en sacrificio a su dios pagano y estos lo mataron antes de ser ellos mismos sacrificados. Por supuesto que su ídolo no pudo salvarlo, ni aún en su propio templo.(701 A.C.)



    Temas para grupo de estudio




    • La importancia de la oración y de “poner la carta delante de Dios”

    • El pecado de Senaquerib

    • El juicio de Dios sobre el arrogante

    • ¿Es justo Dios al destruir un ejército de 185 mil soldados?

    • El carácter piadoso de Ezequías.



    Referencias



    Mathew Henry. Commentary on the Whole Bible vol. 2 Pag 626 Hendrickson 1994  Josefus The Antiquities of the Jews Libro 10, capítulo 1, parágrafo 5. pag 267 Whiston


     

     


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