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    El pensamiento cristiano (XI)
     

    Gracia vs Culpa

    No comprender la gracia produce una resistencia activa a asumir alguna responsabilidad por los miles de males que nos rodean. Preferimos deslindar la culpa en los demás, incluyendo a Dios.

    AGENTES DE CAMBIO AUTOR Óscar Margenet 24 DE ABRIL DE 2016 09:30 h

    Concluimos aquí la serie comenzada con ‘El amor no es un sentimiento’ 1 y ‘La gracia no es cosa de graciosos’ 2, basada en la obra ‘La nueva psicología del amor’ del psiquiatra Scott Peck 3.



    El reconocido científico cristiano nos desvela las raíces de numerosos prejuicios que arrastramos desde la niñez, inducidos por la ausencia de la guía divina.



    Uno de ellos es el lugar común de encerrarnos en nosotros mismos en la imaginaria fortaleza que el miedo nos ayuda a construir. Desde allí es muy fácil sostener que uno no es culpable de nada; y que, en realidad, uno es víctima de todo lo que ocurre.



    El autor enfatiza el hecho que pertenecer a un determinado grupo -religioso o secular- no nos libera de nuestra condición de individuos poseedores de una identidad única, original e irrepetible. Por el contrario, que agrega una nueva carga sobre nosotros, consistente en la responsabilidad de interactuar con fidelidad a los principios y objetivos que nos unan.



     





    Invito a leer el cierre de este análisis del Dr. Peck, sobre la paradoja de la gracia divina:



    Por mucho que nos sintamos oprimidos por nuestros padres, por la sociedad o por el destino, necesitamos un poder superior para culparlo de nuestros males; elevarnos hacia una posición de poder en la que la culpa sólo sea nuestra nos aterra. Como ya hemos señalado, si no fuera por la presencia de Dios, que nos acompaña cuando estamos en la cima, nos sentiríamos sobrecogidos por la soledad. Muchos poseen una capacidad tan mínima para tolerar la soledad del poder que prefieren rechazar la presencia de Dios a sentirse los únicos dueños de su existencia, pues la mayoría de las personas desea la paz sin la soledad del poder y la seguridad del adulto que no ha crecido.



    Ya nos hemos referido a lo difícil que es evolucionar. Algunos avanzan sin vacilar hacia la edad adulta, ansiosos por obtener nuevas y mayores responsabilidades. La mayoría, en cambio, ‘arrastra los pies’ y, en realidad, nunca traspasa la categoría de adulto parcial, que se arredra siempre ante las exigencias de la madurez.



    Así ocurre con el desarrollo espiritual, que es inseparable del proceso de maduración psicológica, pues al fin y al cabo la llamada de la gracia es una exhortación a que nos unamos a Dios, a que nos elevemos a su propio plano. Estamos acostumbrados a imaginar la experiencia de la conversión o de la repentina llamada de la gracia como un fenómeno gozoso, pero, según mi experiencia, generalmente es un fenómeno que produce pánico.



    En el momento en que escuchamos la llamada, podemos decir: ‘¡Oh, gracias, Señor!’ o podemos decir:



    ¡Señor, no soy digno!’, o ‘Señor, ¿tengo que hacerlo?’.



    De manera que el hecho de que ‘muchos son los llamados pero pocos los escogidos’ 4 es fácilmente explicable por las dificultades inherentes a responder a la llamada de la gracia.



    La cuestión pendiente no es la de por qué la gente no acepta la psicoterapia o por qué los seres humanos suelen resistirse a la gracia, pues lo común es que esto resulte natural; la cuestión pendiente es la opuesta:



    ¿Cómo se explica que sólo unos pocos oigan una llamada que resulta tan difícil? ¿Qué distingue a los pocos de los muchos?



    No puedo dar respuesta a esta cuestión. Esos pocos pueden provenir de ambientes ricos y cultos o de ambientes pobres y supersticiosos; pueden haber estado muy bien cuidados por sus padres, pero también pueden haber carecido de su afecto y de su interés; pueden iniciar la psicoterapia a causa de problemas menores o a causa de una grave enfermedad mental; pueden ser jóvenes o viejos; pueden escuchar la llamada de la gracia de manera repentina y con aparente tranquilidad, o pueden resistirse a ella, maldecirla y admitirla luego tras grandes esfuerzos.



    Por consiguiente, y atendiendo a la experiencia de los años, me he vuelto menos selectivo al determinar a quién he de atender terapéuticamente.



    El propio Jesucristo se refirió al carácter impredecible de la gracia cuando dijo a Nicodemo:



    El viento sopla donde quiere; tú oyes su sonido, pero no sabes de dónde viene ni adónde va: así sucede con todo el que ha nacido del Espíritu.” 5



    No sabemos a quién se le concederá esta vida procedente del cielo.



    Aunque hayamos hablado con profusión sobre el fenómeno de la gracia, al final hemos de reconocer que su naturaleza continúa siendo un misterio.



     



    Admisión de la gracia



    De nuevo nos encontramos ante la paradoja. A lo largo de toda la obra nos hemos ocupado del desarrollo espiritual como si fuera un proceso ordenado y predecible; se ha dado a entender que el desarrollo espiritual podía aprenderse como se aprende cualquier otro conocimiento, mediante un curso de doctorado; si uno paga la matrícula y trabaja en serio, obtendrá el título.



    He interpretado las palabras de Cristo ‘Muchos son los llamados pero pocos los escogidos’ como que son muy pocos los que deciden escuchar la llamada de la gracia, a causa de las dificultades que entraña.



    De manera consciente podemos desear ávidamente la vida espiritual, pero descubrir luego toda clase de obstáculos en nuestro camino. O bien podemos sentirnos poco atraídos por la vida espiritual y, sin embargo, sentirnos llamados por ella a nuestro pesar.



    Aunque a un nivel decidimos si escuchamos o no la llamada de la gracia, a otro nivel parece claro que es Dios quien decide.



    La experiencia común de los que han alcanzado un estado de gracia, de aquellos a quienes les ha sido otorgada la ‘vida procedente del cielo’ es una experiencia de admiración por haber llegado a ese estado, pero no sienten que se lo hayan ganado; aunque pueden tener una conciencia realista acerca de la naturaleza de su bondad, no atribuyen esta naturaleza a su propia voluntad, sino que más bien creen que ha sido creada por manos más sabias y más diestras que las suyas. Los que se encuentran más cerca de la gracia son los que tienen mayor conciencia del misterioso carácter del don recibido.



    ¿Cómo resolver esta paradoja? No lo sé. Quizás lo mejor que se pueda decir es que a pesar de que no podemos obtener la gracia por nuestra voluntad, sí podemos conseguirla siendo receptivos a su milagrosa llegada, preparándonos para ser terreno fértil, para darle la bienvenida.



    Si somos totalmente disciplinados, si nos convertimos en personas llenas de amor, aunque ignoremos la teología y no dediquemos ningún pensamiento a Dios, estaremos preparados para recibir la gracia.



    Sin embargo, esta sección apunta a que reconocer la existencia de la gracia puede ayudar en gran medida a los que decidieron ir por la difícil senda del desarrollo espiritual.



    En efecto, esta conciencia les facilitará el viaje, por lo menos de tres maneras: les ayudará a beneficiarse con la gracia durante todo el camino, les dará una orientación y los alentará.



    La paradoja que supone el que, a la vez, nosotros podamos decidirnos por la gracia y ésta nos pueda elegir a nosotros, es la esencia del fenómeno de la casualidad afortunada, que ya hemos definido como ‘la cualidad de hallar cosas valiosas o agradables no buscadas’.



    Buda 6 alcanzó la iluminación sólo cuando dejó de buscarla, cuando dejó que la luz fuera hacia él. Por otro lado, ¿quién puede dudar que la iluminación le llegara precisamente porque había dedicado por lo menos dieciséis años de su vida a buscarla? Su objetivo fue ambas cosas: buscarla y no buscarla.



    También las Furias 7 se transformaron en portadoras de gracia, precisamente porque Orestes se esforzó por alcanzar el favor de los dioses y, al mismo tiempo, no esperaba que los dioses le facilitaran el camino. Como consecuencia de esta misma mezcla paradójica de buscar y no buscar, Orestes obtuvo el don de la ‘casualidad afortunada’ y las bendiciones de la gracia.



    Ya hemos visto que los sueños son sólo una de las formas de recibir los dones de la gracia. El mismo enfoque paradójico debería emplearse en todas las otras formas: intuiciones repentinas, premoniciones y otros hechos sincrónicos, y también debería emplearse en el amor.



    Todo el mundo desea ser amado, pero primero hay que hacerse digno del amor. Nos preparamos para ser amados convirtiéndonos en seres humanos llenos de amor y disciplina. Si buscamos ser amados —y lo esperamos— este deseo no se cumplirá; seremos sólo personas dependientes y ávidas de amor, pero no auténticos amantes.



    En cambio, cuando impulsemos nuestro desarrollo y el de otros, sin el interés de hallar una recompensa, nos haremos dignos del amor y el sentirnos amados será la recompensa. Así ocurre con el amor humano y también con el amor de Dios.



    Una de las principales finalidades de esta sección sobre la gracia ha sido ayudar a aprender la capacidad de la ‘casualidad afortunada’ a quienes avanzan hacia el camino del desarrollo espiritual. Y volvamos a definir ahora la ‘casualidad afortunada’ entendida, no ya como un don en sí mismo, sino como una capacidad para reconocer y utilizar los dones de la gracia que recibimos del inconsciente.



    Con esta capacidad comprobaremos que nuestro viaje hacia el desarrollo espiritual está guiado por la mano invisible y la inimaginable sabiduría de Dios, con una exactitud infinitamente mayor de la que podría ser capaz nuestro consciente por sí solo. Con esta guía, el viaje se hace cada vez más rápidamente.



    De una manera u otra estos conceptos fueron formulados antes por Buda, por Cristo, por Lao Tse y por muchos otros. La originalidad de este libro estriba en que yo llegué a las mismas ideas a través de los desviados caminos individuales de mi vida en el siglo XX.



    Si el lector aspira a una mayor comprensión que la que ofrecen estas modernas anotaciones, debe remitirse a los antiguos textos; pero, aunque el viaje hacia el desarrollo espiritual exige valor, iniciativa e independencia de pensamiento, además de la acción y las palabras de los profetas y la ayuda de la gracia, este camino ha de recorrerse en soledad; ningún maestro puede guiarnos, no hay fórmulas precisas. Los ritos son sólo medios auxiliares de aprendizaje, pero no son el saber mismo.



    Comer carne, decir ‘cinco avemarías antes del desayuno’, ‘rezar mirando al este o al oeste’ o ‘ir a la iglesia los domingos’, no nos llevará a nuestro destino 8. Ninguna palabra, ninguna doctrina librará al viajero espiritual de la necesidad de recorrer su propio camino, con esfuerzo y angustia, a través de las circunstancias únicas de su propia vida, hacia la meta de identificar su yo individual con Dios. Incluso cuando comprendemos estas cuestiones, el viaje hacia el desarrollo espiritual es tan solitario y difícil que a menudo nos desanimamos.



    Vivimos en la era de la ciencia, lo cual, aunque presenta un aspecto positivo, encierra una dificultad nada alentadora. Creemos en los principios mecánicos del universo, no en los milagros. Por medio de la ciencia sabemos que el sitio en el que vivimos no es más que uno de los planetas de un astro perdido en medio de una galaxia situada entre muchas otras galaxias, y de la misma manera que nos parece estar perdidos en medio de la enormidad del universo, la ciencia nos da una imagen de nosotros mismos como seres irremisiblemente determinados y regidos por fuerzas internas que no están sometidas a nuestra voluntad (moléculas químicas de nuestro cerebro y conflictos de nuestro inconsciente).



    De este modo, reemplazamos nuestros mitos humanos por la información que nos proporciona la ciencia y nos convertimos en seres insignificantes como individuos y como especie, en medio de un universo cuyas dimensiones ni siquiera la ciencia puede medir.



    Y, sin embargo, es esta misma ciencia la que, en cierto modo, me ha ayudado a percibir el fenómeno de la gracia, a través del cual esa imagen del género humano como algo insignificante empieza a perder validez, pues la existencia, más allá de nuestro consciente, de una fuerza que nos ayuda a evolucionar, indica que nuestro desarrollo espiritual es sumamente importante para alguien cuya grandeza es superior a la nuestra; ese alguien es Dios.



    La existencia de la gracia es en principio una prueba no sólo de la existencia de Dios, sino también de que Su voluntad está dedicada a la evolución espiritual del ser humano.



    Lo que parecía un cuento de hadas es la realidad: vivimos nuestra vida a la vista de Dios, somos el centro de su visión y de su interés. Es probable que el universo, tal como lo conocemos, no sea más que un peldaño que nos conduce al reino de Dios y, por supuesto, no estamos perdidos en ese universo, sino al contrario, ya que el fenómeno de la gracia indica que la humanidad está en el centro del universo. Cuando mis pacientes dejan de sentirse importantes y se desaniman ante el esfuerzo que requiere la terapia, suelo decirles que el género humano está dando un salto evolutivo y ‘que tener o no tener éxito al dar ese salto, depende de su propia responsabilidad’, y de la mía. El universo, ya lo hemos dicho, es un peldaño que nos allana el camino, pero nos corresponde a nosotros recorrerlo trecho a trecho 9.



    La gracia nos ayuda a no tropezar y, por ella, sabemos que somos bienvenidos. ¿Qué más podemos decir? – concluye el autor.



    En el próximo artículo abordaremos otro de los libros que ayudaron a mi educación y al nunca definitivo proceso de maduración. Será hasta entonces, si el Señor lo permite.



    -----ooooo0ooooo-----



    Notas



    Ilustración: ’Culpando a terceros’; http://javier-saludmental.blogspot.com.es/2015/09/blog-post.html



    01. http://protestantedigital.com/magacin/39074/El_amor_no_es_un_sentimiento



    02. http://protestantedigital.com/magacin/39135/La_gracia_no_es_cosa_de_graciosos



    03. Título original: The Road Less Traveled; traducción: Alfredo Báez; Copyright © 1978 by M. Scott Peck, M. D.



    Copyright © Emecé Editores,1997. Emecé Editores España, S.A. Mallorca, 237 - 08008 Barcelona - Tel. 215 11 99



    ISBN: 84-7888-311-822.085. Adaptado del pdf subido a http://www.ignaciodarnaude.com.



    04. Mateo 22:14.



    05. Juan 3:8.



    06. Buda Gautama, Sidarta Gautama, Sakamuni (c.563, 483 – 483, 411 a.C) fue un sabio nacido en la desaparecida república Sakia en las estribaciones del Himalaya. Su filosofía es conocida como ‘budismo’.



    07. Personajes de la mitología griega que castigaban a infractores de leyes de las divinidades; luego transformadas en benefactoras por un hecho casual: Orestes buscaba conocer al autor de la muerte de su padre, el rey Agamenón.



    08. Actualmente no deja de sorprender la cantidad de variaciones de ‘haz esto’, ‘haz aquello’, ‘di amén’, ‘pon me gusta’ ‘pásalo a diez personas más’ todas ellas acompañadas - invariablemente - de la promesa de una súbita o cronometrada recompensa. La estupidez humana verificada en las redes sociales únicamente beneficia a los vivillos de turno.



    09. Comparar el mensaje con que cierra el autor su análisis, con la enseñanza de Jesús respecto de la venida del Espíritu Santo: “Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio. De pecado, por cuanto no creen en mí; de justicia, por cuanto voy al Padre, y no me veréis más; y de juicio, por cuanto el príncipe de este mundo ha sido ya juzgado. Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis sobrellevar. Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir.” Juan 16:8-14.



    Importante: todas las negritas son énfasis del autor de este artículo.


     

     


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