Esta noche te van a matar

Nehemias 6, novelado

20 DE ABRIL DE 2015 · 07:20

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Como si tratara de ocultarse con las sombras del atardecer  Nehemías camina  por las callejuelas de Jerusalén. Mira a uno y otro lado del callejón  que está desierto. El cielo está cubierto y la luna aparece y desaparece tras las negras nubes.  Por fin llega a la casa de  Semaías.  Golpea suavemente con el picaporte  como para no hacer mucho ruido,  pero no hay respuesta. Vuelve a llamar, esta vez con algo más de fuerza y nadie contesta.

Al tercer intento ya lo hace más fuerte y ahora sí se escucha una vocecilla amedrentada, apenas perceptible que dice:

-¿Quién es?

Nehemías responde:

 -Soy yo.

 -Espere, ya abro.

Se escucha el ruido de maderas y hierros que se mueven, desatrancando la fuerte puerta.

Por fin entra en la habitación que parece una pequeña fortaleza. El dueño de casa se ha atrincherado, colocando muebles pesados detrás de cada abertura.

Nehemías saluda a   Semaías y le dice:

-Aquí estoy, ¿por qué me llamaste con tanta urgencia y secreto?

Semaías -que podría ser un buen actor de teatro-, está agitado y tartamudea.

Mira al gobernador, y afectando una voz grave y lúgubre le dice:

 -¡A la noche vendrán para matarte! Tenemos que escondernos en un lugar que sea seguro. Reunámonos en la Casa de Dios, dentro del templo, y cerremos las puertas del templo.

Por unos momentos Nehemías guarda silencio.  Siente que su corazón palpita con fuerza.  Ve el rostro aterrorizado de aquel que cree es su amigo. Pero  pocos segundos después una paz profunda le inunda. Su corazón recupera su ritmo normal.

Las palabras de David resuenan en su alma “El SEÑOR es la fortaleza de mi vida; ¿de quién me he de atemorizar?”  (Sal. 27:1).

Nehemías como que siente que el Señor le está diciendo “Yo estoy contigo, no temas”  y en su mente repite la  corta oración  ¡Oh Dios, fortalece mis manos! (6:8).

Semaías, como  un disco compacto rayado sigue repitiendo: “esta noche te van a matar, esta noche te van a matar…”.

Nehemías escudriña los ojos de Semaías de una manera tan penetrante que el rostro de este se ruboriza. Luego se levanta y alzando la voz responde:

-¿Un hombre como yo ha de huir? Y Vd.  ¿Quién se cree que  soy yo?  ¡No  soy un cobarde! Las amenazas no me asustan, porque sé que mi SEÑOR, invencible y eterno, está sentado en su Trono. ¡Un hombre como yo no huye!

Pasan unos momentos de silencio sepulcral y continúa:

-¿Quién siendo como yo entraría en el templo para salvar su vida? ¡No entraré!

Semaías, si tú crees que por salvar mi “pellejo” voy a esconderme en el  templo del SEÑOR estás equivocado. Yo sé que Dios  me protegerá.

El rostro de Semaías ha cambiado. Se ha dado cuenta que su treta no funcionó.

Nehemías nuevamente lo mira como si lo fuera a traspasar.  Con voz firme, como si fuera un comisario de policía le pregunta:

-¿Quién te dijo que me iban a matar?

Semaías,  temblando y nuevamente con cara de tomate maduro  responde:

 -Yo no sé, es un rumor que se corre…

El gobernador responde:

-Yo no huyo ante rumores ni de mis responsabilidades.

Nehemías pronuncia  unas pocas palabras  más y se retira. Semaías, en cuanto lo ve perderse en la distancia corre a  informarles a sus cómplices que el plan ha fallado.

Nehemías va andando hacia su casa y medita  en lo que el Señor ha revelado a su corazón. Se pregunta a sí mismo una y otra vez: -¿Cómo es posible que Semaías me sugiera que usemos el santo templo de Dios para escondernos y protegernos?  “Así entendí que Dios no lo había enviado”…(v.12).  Se da cuenta entonces que aquel que él creía su amigo,  es un traidor y está siendo  utilizado  por el enemigo.  Ahora todo tiene sentido:

-Semaías quería “que yo fuera intimidado e hiciese eso, y así pecara, de modo que les sirviese de mal nombre para desacreditarme” (v.13).

El gobernador llega a su morada. Esa noche duerme apaciblemente. Al día siguiente   abre  las  ventanas de par en par  para que todos sepan que está en su casa y que no teme las amenazas humanas.

Varias   semanas antes había comenzado la reparación de la muralla de Jerusalén.  Bajo la dirección de Nehemías el trabajo  está progresando rápidamente. Sus enemigos han tratado de detener la obra atacando en distintas formas y maneras.

Ese día uno de los criados se  acerca con respeto  a Nehemías:

-Gobernador, tengo otra carta procedente de Sanbalat y Gesem. 

Esta es la quinta  que le envían. La lee.  Parece una reproducción textual de las otras cuatro; una fotocopia de las anteriores.

Tras los saludos protocolares dicen: “Ven y reunámonos en alguna de las aldeas del valle de Ono. Allí podremos discutir la situación no sólo de la ciudad sino también del país y podemos llegar a un acuerdo para usar nuestros esfuerzos en forma conjunta. Firman: Sanbalat y Gesem.

Nehemías ordena a su secretario que envíe la respuesta. Esta también es exactamente la misma que a los cuatro mensajes anteriores.

Sanbalat y Gesem la leen como escudriñando cada palabra:

Señores: “Estoy realizando una gran obra. No puedo ir, porque cesaría el trabajo, si yo lo abandonase para ir a vosotros” (v.3).

 

La Historia Bíblica y Nosotros.

¿Qué clase de personas  somos nosotros? ¿De que clase de “material” estamos hechos?  Con la nieve se pueden hacer estatuas muy lindas, pero cuando sale el sol desaparecen. Con la arena de la playa es posible  levantar castillos muy llamativos,  pero cuando sube la marea se los lleva. En ambos casos la fragilidad del proyecto  tiene que ver con el material y/o la ubicación. Nehemías era un hombre que en su interior  poseía  la dureza del acero. Cuando experimentaba la presión de aquellos que trataban de intimidarlo,  de inmediato iba a Dios  en oración (6:9).  Sus cimientos no estaban en la arena movediza sino en una confianza firme en la fidelidad del Omnipotente.

El huir del peligro no era parte del plan de Nehemías. Si hubiese optado por una vida sin riesgos se podría  haber quedado disfrutando de las comodidades y tranquilidad de la ciudad de  Susa. Nehemías  suponía   que Semaías era uno de sus amigos, pero luego de la sacrílega  propuesta se dio cuenta que no era así. Sus enemigos  habían subestimado  el carácter del gobernador.

Ingenuamente creyeron que el “Tirshata” se iba a asustar cuando uno de los de su “confianza” le informara del peligro. Cualquier individuo  se hubiera asustado pero Nehemías no era un hombre común.

Nehemías no se apoca. No tiene de sí un “concepto más alto que el que debe tener” (Rom.12:3) pero tampoco tiene una opinión  indebidamente baja.   Él  es un hombre de oración.  No debe tomársele como alguien que se pone a orar por  horas interminables  y se olvida de sus responsabilidades. Una y otra vez en este libro leemos de sus plegarias.  Son cortas y precisas. Algunas se pueden decir en 15 segundos, pues son súplicas de un alma que depende de Dios y sabe que Él puede obrar.

La estratagema de Semaías y sus cómplices era lograr que Nehemías se escondiera en el templo para protegerse del “peligro”. Si lo hubiera hecho, hubiera quedado manifiesto que no tenía confianza en Dios como decía sino que su seguridad dependía de  sus habilidades y recursos.

Por supuesto que de inmediato la obra  de la reconstrucción de la muralla se hubiera interrumpido, por temor a que la persecución se extendiera a los colaboradores del gobernador.

En el ardid  de Semaías y sus secuaces   se pueden ver varios aspectos:

1)  Los adversarios crean una falsa  emergencia o crisis. “No hay tiempo que perder.  El ataque  se va a producir esta misma noche”.  “Tenemos que apresurarnos a hacer algo de inmediato”.

El creyente debe guardarse de esas decisiones precipitadas  en las cuales “no se puede esperar”. El Señor nos da  no el espíritu de esclavitud para estar otra vez bajo el temor” (Rom. 8:15).

Las Escrituras rebozan de frases que nos hablan de la importancia de “Esperar en el Señor” (Sal.27:14).

2) Se sugiere utilizar  el templo como  refugio. El único sector  que sería realmente seguro seria el “lugar santísimo”. En éste  puede entrar únicamente  el sumo sacerdote una vez al año.  Nehemías no cometería  esa profanación conociendo bien la ley y el castigo al infractor  rey Uzías (2 Crón. 26:19).

3) Se  plantea como  solución una conducta   contraria a las enseñanzas de las Escrituras. Cuando esto sucede, debe sonar una alarma  a la  espiritualidad y principios bíblicos que  posee la  persona.  Un creyente que tiene conocimiento de la Palabra y  reverencia a Dios nunca claudicará. Nehemías se da cuenta inmediatamente que no puede ser la voluntad divina hacer algo que Dios  mismo ha prohibido.

4) El propósito de Semaías y los enemigos era desprestigiar su “buen nombre”. Nuestra reputación y comportamiento  es importante, por eso las Escrituras dicen: “Así alumbre vuestra luz... de modo que vean vuestras buenas obras…” (Mat.5.16).

 Si hubiera seguido  el plan insinuado hubiera sido obvio que él temía a los hombres; que no confiaba que realmente Dios le podía ayudar y que con tal de salvar su vida estaba dispuesto a hacer cualquier cosa, inclusive cometer el sacrilegio de esconderse en el templo.

5) Al comienzo del capítulo 6 vemos la invitación a reunirse para conversar en el valle de Ono. Este está situado al sureste de Jope (11 Km.) y a unos 50 km. al occidente  de Jerusalén.

Al igual que en el caso de Nehemías, el  enemigo siempre quiere sacarnos del lugar donde el Señor nos ha puesto para servirle.

La respuesta de Nehemías tiene varias enseñanzas. Revela que el gobernador no ignora las intenciones de esos que pretenden ser sus amigos. “Ellos habían pensado hacerme daño” (v.2). Se ha enterado de la conspiración por medio de sus colaboradores.

Él está consciente que lo que está haciendo es una “gran obra”. Se podría argumentar que Nehemías  está sobrestimando lo que está haciendo. Reparar las murallas, aunque era un gran proyecto, era relativamente pequeño comparándolo  con  los gigantescos planes  arquitectónicos promovidos en esos tiempos por los  egipcios, los medos y los persas.  Pero para “El Thirsata” su trabajo de reparación  era una gran obra.

Dios nos ha dado una “gran obra” a todos los  creyentes: “Id y haced discípulos a todas las naciones” (Mat.28:19).   Pero también creo firmemente que el SEÑOR le da una obra específica  a cada creyente. (“Se requiere de los administradores que cada uno sea hallado fiel” 1 Cor.4:2).  La ejecución escrupulosa de esa obra pequeña hará que el Señor nos dé otra de mayor responsabilidad (Mat.25:23).

Nehemías tiene un objetivo y es terminar su proyecto. En 52 días logran restaurar la muralla en forma tal que la ciudad está nuevamente defendida.   Él  se niega a  interrumpir el trabajo aún por un breve tiempo. El desea concluir la empresa que Dios le puesto en el corazón que debe ejecutar.

Después de la negativa de ir al valle de Ono,  los adversarios le hacen un ataque frontal donde se le acusa de  traición con el deseo de coronarse a sí mismo e independizarse del monarca Artajerjes (v.6).

Nehemías responde con una negación concluyente al decir: “No han sucedido estas cosas que tú dices, sino que tú las inventas en tu corazón” (v.8). No proporciona  una serie de razones complicadas que podrían confundir, sino que sencillamente le está diciendo: “No es verdad, sino que mientes”.

 Matthew Henry dijo: “El mayor daño que nuestros enemigos nos pueden hacer es asustarnos para que no hagamos nuestro deber y llevarnos a hacer lo que es pecaminoso”.

Una vez más él hace la pequeña pero profunda oración: “¡Oh Dios, fortalece mis manos!”.

La reacción de Nehemías a la amenaza de ser muerto nos hace recordar a la de nuestro Señor a la reconvención de Pedro (Mt. 16:21-23) y también a como se sobrepuso a la sensación de agonía en el Jardín de Getsemaní tras decir: “Mi alma está muy triste,  hasta la muerte” (Mat.26:38).

En el caso del gobernador de Jerusalén fue una intimidación  que no se llevó a cabo. En el caso del Señor Jesucristo fue una amenaza que sí se cumplió. Pero Él pudo decir “No sea como yo quiero, sino como tú” (Mat.26:38), pues a eso había venido, lo sabía, y se lo había anticipado a los suyos, aunque entonces no le entendieran.

Para Nehemías el acabar la obra era muy importante.  Para  El Señor Jesús era de primordial importancia. Él podía anticiparse a decir: “Yo te he glorificado en la tierra, habiendo acabado la obra que me has dado que hiciera” (Jn 17:4).

Cuando Dios  nos da una responsabilidad tenemos que ser fieles y cumplirla.

A veces tenemos oposición o dificultades y ya estamos pronto a desistir. Permaneciendo firmes un poco más en el lugar que el Señor nos ha puesto, vamos a experimentar su  bendición,  que es la que enriquece.

Tenemos que recordar continuamente  que cualquiera sea  nuestra situación presente,  somos príncipes, dado que somos  hijos del Rey e  hijos de Dios (Juan 1:12). A veces pensamos en nuestras limitaciones y decimos como el apóstol “¡Miserable hombre de mí!” (Rom.7:24). Soñamos con  todas las cosas y habilidades que nos gustaría tener y que no poseemos.  Entonces con  aire de conformismo espiritual decimos “somos siervos inútiles”. Pero debemos ser equilibrados en este asunto. No debemos imaginar  que somos más de lo que somos, pero tampoco tener esa falsa humildad que nos paraliza al convencernos  que somos inservibles.

El apóstol podía decir con confianza “¡Todo lo puedo en Cristo que me fortalece!” (Fil.4:13).

Y en otro lugar agrega “Somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó” (Rom.8:37).

                                          

Temas para desarrollar

¿De qué cosas el creyente debe huir?  Deseos mundanos, fornicación, etc. ¿Cómo puedo resistir si no soy un “creyente fuerte”? “Bástate mi gracia porque mi poder se perfecciona en la debilidad” (2Cor.12:9).

¿Cómo debemos actuar ante  la calumnia?

¿Dónde radica la fortaleza del creyente?

¿Por qué no hay protección para la espalda en la armadura de Efesios cap. 6?

Bibliografía.

Matthew Henry  Commentary on the Whole Bible. Hendrickson 1991  Vol.2 pag.840.

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