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    ¿Es Dios una droga evangélica?

    Seguramente el deseo por Dios que se encuentra en el ser humano se debe a la existencia del Creador del universo.

    BRISA FRESCA AUTOR Will Graham 15 DE NOVIEMBRE DE 2014 23:20 h
    jeringa Foto: Brian Hoskins.

    Uno de los argumentos más ampliamente citados por el Nuevo Ateísmo es que Dios es un simple invento humano. Es fruto de las esperanzas humanas. A grandes rasgos el argumento se puede resumir de la siguiente forma: “Dios sólo existe porque quieres que exista”.



    La primera vez que recuerdo haber escuchado ese argumento en un contexto formal fue en un debate en vivo entre el biólogo inglés Richard Dawkins (el Billy Graham del ateísmo contemporáneo) y el matemático norirlandés John Lennox (apologeta renombrado). Dawkins declaró que Dios sólo existe para las personas que quieren que exista. En otras palabras, Dios es una fantasía subjetiva. Los creyentes crean a Dios por razones puramente psicológicas. Objetivamente hablando, no hay Dios. La afirmación de Dawkins me hizo pensar en algo que un compañero de universidad me había comentado años antes: “Dios es vuestra droga evangélica”.



    Me quedé paralizado. ¿Qué podría decir a eso como seguidor de Cristo?



    Pues, justamente de eso se trata mi artículo de hoy. Entonces, ¿es Dios un simple invento humano? ¿Producto de nuestra mente? ¿Un sencillo espejismo? ¿Una droga evangélica?



    Dividiré el estudio en dos partes: 1) explicar el desarrollo histórico del argumento y 2) ofrecer algunas posibles refutaciones ante dicho argumento.



    Espero que os ayude a todos a la hora de hacer apologética y evangelismo en las calles de España.



     



    #1: EL DESARROLLO HISTÓRICO DEL ARGUMENTO



    El argumento ateo a partir del ‘deseo’ es relativamente nuevo en la historia de la tradición intelectual occidental. Hoy día se trata de una tesis bien conocida gracias a las publicaciones de los cuatro jinetes del Nuevo ateísmo, a saber, Richard Dawkins, el ya difunto Christopher Hitchens, Sam Harris y Daniel Dennett, los cuales se basan en las teorías de Karl Marx (1818-83) y Sigmund Freud (1856-1939). No obstante, tanto Marx como Freud heredaron la hipótesis de parte de otro pensador ateo alemán del siglo XIX, a saber, Ludwig Feuerbach (1804-72).



    Feuerbach criticó la idea de Dios en su obra monumental La esencia del cristianismo (1841), aseverando que el concepto de Dios se debe a la experiencia humana. Dios, razonó el alemán, no es nada más que el reflejo de los anhelos más profundos del alma humana. En este sentido, Dios es la creación del hombre. La religión fabrica a Dios con el fin de consolar a los seres humanos.



    No es difícil ver cómo tal razonamiento resultó tan sumamente atractivo para Marx y Freud. Por un lado, Marx desarrolló esta convicción central de Feuerbach en su ensayo Contribución a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel proclamando que la religión era el opio del pueblo. “La religión es el suspiro de la criatura agobiada, el estado de ánimo de un mundo sin corazón, porque es el espíritu de los estados de cosas carentes de espíritu. La religión es el opio del pueblo”.1 Los pobres y los marginados inventan a Dios para soportar las dificultades socio-políticas de la vida. Por otro lado, Freud –en su libro Futuro de una ilusión (1927)- propuso algo parecido, indicando que el concepto de Dios es la consecuencia de un espíritu infantil en el ser humano. Puesto que éste no puede con las dificultades de la vida, necesita depender de una especie de figura paternal para seguir adelante. Esa figura paternal es Dios.



    Ahora bien, antes de criticar cualquier filosofía, hay que entenderla a la luz de su contexto histórico. No nos olvidemos de que Feuerbach escribía en una época cuando la teología ilustrada de Friedrich Schleiermacher (1736-1834) estaba de moda. Schleiermacher, padre de la teología evangélica liberal, fundamentó todo su sistema teológico sobre la experiencia del ser humano, o más concretamente, la experiencia de “dependencia absoluta”. La realidad de Dios, según el método de Schleiermacher, dependía de la experiencia del creyente.2



    Tristemente, esta metodología teológica redujo a Dios al nivel de ser, en última instancia, una fabricación del espíritu humano. En términos técnicos, la teología se convirtió en antropología. El hombre empezó a ocupar el lugar que antes había correspondido únicamente a Dios en el protestantismo. Por eso Karl Barth se levantó en el siglo XX reprochando a los teólogos liberales por haberse entregado “a una nueva cautividad babilónica” dado que su teología llegó a convertirse en prisionera de la antropología.3



    A la luz de tal contexto histórico, los evangélicos conservadores podemos apropiarnos del argumento de Feuerbach para derribar la resurrección de varios elementos liberales que van apareciendo en nuestros días. El tipo de ‘dios’ que predomina en círculos liberales es el que suelo llamar ‘el dios mariposa’, ‘el dios osito de peluche’ o ‘el dios Barbie’ que va flotando por el aire vestido de rosa con el único deseo de regalarnos chuches y comernos a besitos. Ése no es el Dios todopoderoso de la Biblia; es un invento del creyente liberal que ya no cree en el pecado ni la santidad ni el juicio ni la ira de Dios ni cualquier cosa que suene mínimamente negativo. ¡Vamos, es una deidad fabricada por la razón caída del ser humano!



    En cierto sentido damos gracias a Dios por la perspicacia de Feuerbach ya que era capaz de ver la vaciedad del sistema liberal.



     



    #2: ALGUNAS POSIBLES REFUTACIONES DEL ARGUMENTO



    Existen varias maneras en qué podemos responder ante el argumento de Feuerbach.



    1ª respuesta: devolver el mismo argumento a Feuerbach. Cuando Dawkins dijo a Lennox que Dios sólo existe porque las personas quieren que exista, Lennox –de forma experta- dio la vuelta al argumento del biólogo, respondiéndole, “Dios no existe para los ateos porque simplemente no quieren que exista”. Es exactamente la misma lógica. Dawkins, claro está, no supo cómo responderle. ¡Feuerbach tampoco sabría qué contestar!



    2ª respuesta: el desear algo no implica para nada su no existencia. La presuposición fundamental de Feuerbach podría resumirse de la siguiente manera: “Quieres que Dios exista por lo tanto no existe”. Pero si quito la palabra ‘Dios’ de la premisa, reemplazándola con el vocablo ‘pizza’, ¿qué estaríamos diciendo? ¿Qué la pizza no existe? ¡Qué va! ¿No sería más bien al revés, o sea, que mi deseo por la pizza revela que la pizza de verdad existe? C.S. Lewis ofreció un argumento algo similar en su tomo Mero cristianismo (1944) para enseñar que nuestro deseo por Dios es una clara señal de que Dios existe:



    “Las criaturas no nacen con deseos a menos que exista la manera de satisfacer tales deseos. El niño siente hambre, y existe una cosa llamada comida. Un pato quiere nadar, y hay una cosa que se llama agua. Los hombres sienten deseos sexuales, y hay una cosa que se llama sexo. Si hallo en mí un deseo que ninguna experiencia en este mundo puede satisfacer, lo más probable es que yo estoy hecho para otro mundo. […] Probablemente los deseos terrenales no se hicieron para darle completa satisfacción, sino para incitar, para sugerir lo que de veras lo satisface”.4



    3ª respuesta: ¿de dónde surge semejante deseo por Dios? Si somos frutos de un proceso cósmico y evolutivo ciego ‘dirigido’ por el azar, ¿cómo es que encontramos el concepto de Dios tan metido dentro de nuestro corazón? ¿Cómo explicar este deseo si Dios no existe? ¿Por qué los seres humanos anhelamos tanto a Dios? En palabras de Timothy Keller, “Anhelamos algo que nada en este mundo va a poder satisfacer. ¿No constituye eso un indicio de la existencia de ese “algo” que queremos?”5 El argumento de Feuerbach da por sentado que los seres humanos desean a Dios; pero el alemán nunca explica de dónde brota dicho deseo.



    4ª respuesta: muchas personas creen en Dios por razones no volitivas. Hay personas que empezaron a creer en Dios gracias a sus investigaciones académicas (Lee Strobel), evidencias científicas (Anthony Flew) o encuentros personales con Dios (Wolfhart Pannenberg). No buscaban ni anhelaban a Dios, sin embargo, no podían resistir la realidad de su existencia. Por lo tanto, confesaron fe en Dios no por un asunto de voluntad, sino más bien por una inferencia a la mejor explicación.



    5ª respuesta: ¿quién tendría ganas de inventar a un Dios como aquél de la Biblia? Si Dios fuese un invento del hombre, ¿cómo explicar la deidad revelada en la Biblia? ¿A quién se le ocurriría la idea de fabricar a un Señor que dijere a los hombres: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame” (Lucas 9:23) o “Así, pues, cualquiera de vosotros que no renuncia a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo” (Lucas 14:33)? ¿No sería el dios de la mente humana un ser tranquilo, guay, buena gente, positivo, amigable, chistoso y que siempre nos deja llevar la razón? ¿No es ése el tipo de dios que todos deseamos por naturaleza? ¿Cómo, entonces, explicar la revelación del Dios cristiano? Es tan enteramente Otro, tan diferente a nosotros, tan temible, tan santo. Es un Dios que el deseo humano nunca crearía. Nuestro amigo valenciano Josué Ferrer lo expresó bien cuando escribió:



    Si Dios es, “únicamente una invención humana para atenuar y acallar nuestros temores… ¿cómo es posible que esta invención termina generando en nosotros un terror mucho mayor que aquel o aquellos que queríamos resolver? Para el teólogo alemán Rudolf Otto no es lógico ni racional que un “concepto” (Dios) que inventamos para lidiar con nuestros temores termine generando en nosotros sus “inventores” un temor aún mayor que aquellos que queríamos solucionar. Es un sinsentido. ¡A no ser, claro está, que Dios no sea un invento del ser humano, sino más bien una realidad independiente de él!”6



    6ª respuesta: la hipótesis de Feuerbach sigue siendo, bueno, una hipótesis. Feuerbach no ofrece ningún tipo de apoyo empírico para verificar sus especulaciones. Simplemente acusa a los creyentes de haber creado a Dios. Pero es una denuncia que uno simplemente ha de aceptar por fe (por no decir credulidad). ¿Quién es Feuerbach para que le demos crédito a sus recriminaciones dogmáticas?



     



    CONCLUSIÓN



    Entonces, ¿es Dios un simple deseo humano? ¿Producto de nuestra mente? ¿Un sencillo espejismo? ¿Una droga evangélica? ¡De ninguna manera! El ateísmo, más bien, parece ser un simple deseo humano. Seguramente el deseo por Dios que se encuentra en el ser humano se debe a la existencia del Creador del universo.



    Como explica la Biblia, Dios colocó sed por Él en nosotros con el fin de que le buscáramos y fuéramos satisfechos con la riqueza de su bondad y amor. Nuestro deseo por Dios es una de las mayores pruebas de su existencia.



     



    1 MARX, Karl, Contribución a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel, citado en HITCHENS, Christopher, Dios no existe (Debolsillo: Barcelona, 2011), p. 115.



     



    2 Schleiermacher desarrolló esta idea sistemáticamente en su magnum opus ‘La fe cristiana’.



     



    3 BARTH, Karl, Introducción a la teología evangélica (Sígueme: Salamanca 2006 [Versión original: 1962]), p. 26.



     



    4 LEWIS, C.S., Cristianismo y nada más (Caribe: Miami, 1977), p. 135. La obra Cristianismo y nada más es mejor conocida como Mero cristianismo.



     



    5 KELLER, Timothy, La razón de Dios (Andamio: Barcelona, 2014), p. 214.



     



    6 FERRER, Josué, ¿Por qué dejé de ser ateo? (Dinámica: Florida, 2009), p. 66.



     


     

     


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    COMENTARIOS

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    Asun
    23/11/2014
    08:33 h
    3
     
    Madre mía!!! Qué artículo tan bueno y tan práctico!! Gracias Wiliam Graham.
     

    Hector de Cristo
    19/11/2014
    02:26 h
    2
     
    Excelente publicación, ligera pero contudente, que el Señor lo bendiga.La existencia de Dios es más evidente que la del hombre (George Berkeley)
     

    Alfredo
    17/11/2014
    10:33 h
    1
     
    La Palabra de Dios escrita en la Biblia es perfecta, mas nuestra naturaleza caída nos lleva a veces a malinterpretarla. Humildemente podemos confiar en el consenso de la Iglesia a través de los siglos o fiarnos de la corazonada de un hombre.Los pobres en su humildad, están cerca del corazón de Dios, al contrario de los ricos con su arrogancia, que solo confían en sí mismos. Es falsa la concepción de que al justo le va bien y q la pobreza es consecuencia de una mala vida(Mt8:20;Jn12,15;Num12,3).
     



     
     
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