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    Los pájaros suben al cielo: en los 80 años de Gabriel Zaid (II)

    Navegar, navegar. Ir es encontrar. Todo ha nacido a ver. Todo está por llegar. Todo está por romper a cantar. G.Z.
    GINEBRA VIVA AUTOR Leopoldo Cervantes-Ortiz 11 DE MAYO DE 2014

    La engañosa brevedad del volumen que reúne la “poesía completa” de Zaid no debería distraer a sus lectores.

    Primero, porque el esfuerzo auto-antológico del poeta regiomontano es una muestra más de la deuda que contrajo con sus dioses tutelares. Firmemente anclado en la tradición moderna, y en continuidad con autores como Alfonso Reyes, Octavio Paz y los poetas católicos mexicanos, sus poemas demuestran cómo un manejo adecuado de los recursos formales es capaz de vehicular propuestas en las que no se impone artificiosamente el contenido.

    Segundo, porque el resultado de su labor constituye uno de los momentos estelares de la poesía de este país en los años recientes al articular una serie de temas mediante un juego lingüístico dominado por el placer de decir, esto es, que el artefacto poético resultante funciona en ambas direcciones: como sugerencia acústica y de pensamiento. Finalmente, porque al escamotear, sobre todo a nuevos lectores, la trayectoria seguida para alcanzar el producto final, los priva de ser algunos textos que para el autor han sido prescindibles, pero que en un balance más equilibrado, bien podrían representar estaciones reveladoras. Revisaré aquí algunos poemas que manejan, de manera predominante, aspectos tales como la musicalidad, la ironía, el erotismo y la religiosidad, sin perder un ápice de eficacia poética.

    “Fábula”, la primera sección del libro, manifiesta la voluntad irónica del autor, en textos como “Fábula de Narciso y Ariadna”, dedicado de manera jocosa “Al Pequeño Larousse Ilustrado”, un ejercicio en endecasílabos que mezcla versos “serios” con vuelos de la imaginación que aterrizan en el sarcasmo continuo. El soneto “Piscina” trabaja la musicalidad y cierra con uno de los versos más fluidos que se hayan escrito en su época: “¡y es el aire del mundo el que me falta!”, que recuerda la frescura de algunos poemas de Pellicer. “Una paloma al volar” es un juego en octetos que encuentra la música a cada paso sobre un tema de amor, algo similar a lo que intenta “Serenata huasteca”.

    Seguimiento (1964) ya es el Zaid indiscutible, pues allí concentra su arte melodioso e interrogante en joyas breves como “Acata la hermosura”, donde la orden retórica alude al ámbito religioso y concluye con una referencia al Génesis: O suéltate, quizá,/ como el Espíritu/ fiel sobre las aguas”. “la ofrenda” redondea, como todo buen poema de amor, la contemplación de la mujer a través de una métrica amplia que va de las 11 a las 14 sílabas: “Mi amada es una tierra agradecida […]/ Aun la menor palabra en ella da su fruto […]/ Es el altar, la diosa y el cuerpo de la ofrenda”. “Elegía” es un poema de mayor aliento, que en 21 versos ataca, mediante una imagen provocadora inicial, la analogía del amor como pasión salvaje: “Yo soltaba los galgos del viento para hablarte”. La “canción del seguimiento” retoma un motivo antiguo para ejecutar, en cuatro pares de dícticos, una serie de afirmaciones que acercan los opuestos para hablar del amor en una clave sucinta:

    No soy el viento ni la vela
    sino el timón que vela.

    No soy el agua ni el timón
    sino el que canta esta canción.

    No soy la voz ni la garganta
    sino lo que se canta.

    No sé quién soy ni lo que digo
    pero voy te sigo.

    La aparente sencillez dominará a partir de entonces los poemas zaidianos echando mano de recursos y temas antiguos con una aplicación impecable de la forma.

    En la sección “Claridad furiosa” aparece uno de los poemas que mejor resume al Zaid preocupado por expresar las formas de su fe. Se trata de “Desfiladero”, que en Cuestionario llevaba por título “Luz inasible”. En él, doce versos esbozan una definición de Dios a partir de la mirada, del acercamiento al milagro del ser como testimonio de una fe que es poética en la forma pero que no renuncia a la trascendencia. Los versos son largos, acordes al objeto descrito: “La majestad de ser abre el vuelo en tus alas”. Apegado a una suerte de tradición profética (véase Isaías cap. 6), la visión abre con la intuición aérea del ser que se presiente volátil. Inmediatamente después se asociará a la luz: “altiva luz del mundo, alta gloria cimera”.

    Los versos siguientes obedecerán su tema y se irán desplegando en un haz de imágenes secuenciales:

    Abres, porque te place, el mediodía.
    ¡Infausta hora la que dejes olvidada!

    Comienza el diálogo con lo sagrado con una grandilocuencia que no se siente pesada aun cuando hasta la adjetivación se sitúa en el borde del lugar común en referencia a lo sagrado. Hay un hálito de atmósfera litúrgica en ello. Pero el poema le habla directamente a Dios ahora:

    Pues tú, Dios displicente, no estás hecho para el hombre.
    Igual cierras el mundo que dejas ver su hermosura.

    No hay ningún dogma de por medio, pues en una especie de teología natural, el hablante se dirige a Dios con escaso respeto y lo califica negativamente. Job asoma en la segunda parte del verso, uno de los dos más largos de todo el poema, a través del reproche ontológico y teleológico, plenamente situado en lo que la teología neo-ortodoxa de origen protestante ha desarrollado como el Dios absolutamente otro, el que no necesita de la humanidad. Su relación con el mundo es anti-revelatoria y epifánica al mismo tiempo: lo cierra y deja ver su hermosura.

    Has enviado el soslayo, calamidad universal
    que nos impide ser ¡y todavía te escondes!

    El poema ahora teologiza y se transforma en una oración nada cifrada que sintetiza la “historia salvífica” de los manuales en una palabra sólida y, paradójicamente, negativa: todo ha sido soslayo, sesgo, reojo, oblicuidad, encuentro tangencial, un rechazo no asumido… “Calamidad universal” que bloquea el ser, el acceso a la verdad óntica. Dios sigue solo, abandonado a su libertad: “Vuelas a tu albedrío, no hay quien te tenga en un puño”. El albedrío divino, razón de su inaccesibilidad, de su naturaleza esquiva incomprensible. Nada puede encerrarlo, atraparlo, ni la liturgia, ni las iglesias, ni las religiones. Ellas son intentos apenas por acercarse. No se dice, es claro, pero el hablante se queja y se interroga: “¿Nos vas llamando, acaso, para mejor estrellarnos?”.

    Ahora es la sombra de Jeremías la que aparece, el profeta seducido por los engaños de Dios para llevarlo a la afrenta, a la ignominia. Pero aquí no habla un escogido con una misión en la frente: aquí el nosotros es amplio, es una voz representativa que se asume como hablando a nombre de todos. Estrellarnos es el propósito divino, inconfesado. Después de esto, regresa el yo atribulado con la segunda sabiduría de la fe: “Guárdame Dios de ti, que yo de mis quimeras”.

    El propio Dios, qué remedio es el escondite para tamaña revelación. El arriba y el abajo se encuentran, como en el Eclesiastés, cuando el creyente pensante pregunta, se atormenta y encuentra que “Dios está en el cielo y tú estás en la tierra, por tanto sean pocas tus palabras”. Aquí abajo cada quién con su suplicio. De arriba tal vez sólo venga el consuelo transitorio. Ya no puede haber más palabras pero sí una conclusión por medio de una imagen de paz, pero no menos enjundiosa: “Agua mansa, buen Dios en jaula, ¡mal te conoce quien te compra!”.

    La mansedumbre acuática es una claudicación ante los peligros de la mente incontinente que se pregunta por todo. La fe es una aventura para sordos, el “buen Dios en jaula”, en su propia jaula, no es como lo pintan, ¡es peor! Y tratar con él es una mala jugada, un mal negocio. Este poema, bastante desatendido por la crítica, esconde en su transparencia sonora la inventiva de alguien que ha recibido una fe y la reformula con los instrumentos poéticos a su alcance. El poeta se sabe moderno y creyente al mismo tiempo, no reniega de ninguna de las dos cosas, las afirma ambas y encuentra en las aguas apacibles del verbo la forma de decirle a Dios lo que ninguna liturgia permite. Es uno de los grandes poemas religiosos del siglo XX mexicano, al lado de las diatribas de Alfredo R. Placencia, de las confesiones de amor de Concha Urquiza y de las estructuras maravillosas de Manuel Ponce.

    Sin solemnidad, ni guiños a los jerarcas de la Iglesia, el poema transita por las fronteras de la fe siguiendo su propia tradición, la pascaliana y unamuniana, haciendo alarde de su tema y de su forma, con ese verso final, interminable…

    Campo nudista (1969) es, desde su título, un juego en cadena con las palabras y los asuntos. Hubo que esperar hasta conocer los malabarismos de Gerardo Zaid para apreciar en su justo valor la valentía de estos poemas concisos, felices en su brevedad y en su delirio. A la manera de Ponce, Zaid se mueve lúdicamente por los grandes temas religiosos con una solvencia y una desfachatez sin paralelo: “La gracia iba buscando/ la primera pareja/ que se atreviese a abrir los ojos/ en el Edén” (“Evolución”). Ajeno a toda gravedad, los poemas fluyen en busca de sí mismos con desparpajo. Y cuando asoma el tema clásico, el rigor formal, otra vez de largo aliento, no se arredra:

    Circe
    Mi patria está en tus ojos, mi deber en tus labios.
    Pídeme lo que quieras menos que te abandone.
    Si naufragué en tus playas, si tendido en tu arena
    soy un cerdo feliz, soy tuyo, más no importa.
    Soy de este sol que eres, mi solar está en ti.
    No quiero más corona que el laurel de tus brazos.

    Limpidez y perfección a toda prueba: el poema camina solo y se regodea en su forma. El amor ha encontrado a un cantor desencantado, atado a la expresión que parece impersonal pero que se agazapa en el lenguaje. La experimentación se desata, entonces, y acomete las plácidas faenas del erotismo: “Me gusta acariciarte el hipopótamo./ Husmear lo que apenas perdices” (“Selva”). Y, en otro registro, el lenguaje se mimetiza y juega consigo mismo: “Se oye una lengua muerta: paraké […] Un silencio podrido/ atrae los paraqués” (“Cuervos”).

    Práctica mortal (1973) abre con “Teofanías”, un experimento formal sobre la ausencia de taxis que, desde su título, seculariza la idea tradicional de la manifestación divina para aplicarlo al tema. Su voz ahora es cercana a la de Nicanor Parra: “Me pondría de rodillas si apareciera un taxi./ Pero la ciencia ha demostrado/ que los taxis no existen”. La antipoesía zaidiana, como en Parra, trastoca los significados y asume la vida urbana en su sinsentido con un aliento festivo que la saca de su rutina. “Reloj de sol” es una miniatura que ve el mundo en su concisión cronológica:

    Hora extraña.
    No es
    el fin del mundo
    sino el atardecer.

    La realidad
    torre de pisa,
    da la hora
    a punto de caer.

    Con la concisión de los chinos o japoneses, Zaid practica algo así como un corte de la realidad en miniatura, donde cabe una ironía compactada, ya sin ansias de trascender. Su afición teológica, no obstante, le hace decir en “Sol en la mesa”, con alegría franciscana: “Dios está aquí./ Se movió la ventana,/ y el Espíritu Santo/ bailó en un vaso de agua”. “Alabando su manera de hacerlo” reescribe el Cantar de los Cantares con un exhibicionismo delicioso, que parafrasea también el libro de los Proverbios, pero en clave erótica:

    ¡Qué bien se hace contigo, vida mía!

    Muchas mujeres lo hacen bien
    pero ninguna como tú.

    Y hasta cabe aquí la glosa de un pasodoble popular:

    La Sulamita en la gloria,
    se asoma a verte hacerlo.

    El “Elogio de la mismo” es el canto zaidiano a la rutina, que le permite el endiosamiento de la mismidad: “¡Oh mismo inagotable!/ Danos siempre lo mismo”.

    Los “Sonetos en prosa”, como advierte el título de esta agrupación final de poemas, son un tour de force de un poeta maduro que se sitúa con elegancia ante la forma elegida. Son poemas de 14 versos que le sirven para vaciar sus obsesiones, asaltado tal vez por el fantasma del modelo indócil que, no obstante, se pliega al deseo de quien lo transforma. Así, “Despedida” es un ejemplo de non sense con una alusión apocalíptica; “Transmisión nocturna” habla de la lenta expansión del universo; “Fray Luis” es un ejemplo de exquisitez con un final formidable: “La urgencia y qué mueve la luna,/ la memoria,/ la vejiga en las sombras”; “A las puertas del cielo había un reloj/ dando la comunión” son los versos con que concluye “Inminencia”, una nueva intentona por tentar la trascendencia abstracta.

    “Agua rizada”, ya mencionado líneas arriba, es quizá la cima y el canto del cisne de Zaid. Sus versos, acompasadamente desiguales, rinden pleitesía a la forma mediante un tema imposible, la “eternidad fugitiva”. El hablante ama la eternidad porque se va, porque se pierde, porque es inatrapable.

    “Últimas noticias” es el cerrojo del volumen. Los pájaros salen de los “millones de automóviles/ a bailar un danzón, desenjaulados,/ mientras subían al cielo, de fiesta por las nubes”. Magnífica metáfora final. Nuevamente, en una atmósfera de fin de mundo, el poeta nos lleva de la mano a contemplar una visión casi beatífica con una sonrisa que no pasa inadvertida.

    Para que los lectores aprecien en su plenitud ese gran poema de tema religioso que es “Desfiladero”, lo presentamos completo:

    La majestad de ser abre el vuelo en tus alas,
    Altiva luz del mundo, alta gloria cimera.
    Abres, porque te place, el mediodía.
    ¡Infausta hora la que dejes olvidada!
    Pues tú, Dios displicente, no estás hecho para el hombre.
    Igual cierras el mundo que dejas ver tu hermosura.
    Has enviado el soslayo, calamidad universal
    que nos impide ser ¡y todavía te escondes!
    Vuelas a tu albedrío, no hay quien te tenga en un puño.
    ¿Nos vas llamando, acaso, para mejor estrellarnos?
    Guárdame Dios de ti, que yo de mis quimeras.
    Agua mansa, buen Dios en jaula, ¡mal te conoce quien te compra!
     

     


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