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Montes escogidos (XV)
 

Monte Horeb y la restauración de Elías

Texto bíblico: 1 Reyes 19:1-21 (*)
LA CLARABOYA AUTOR Félix González Moreno 21 DE JULIO DE 2012

JUNTO A LA CUEVA DE HOREB
Pasados cuarenta días Elías llega a Horeb, encuentra una cueva y de nuevo se echa a dormir. Y otra vez le despierta Dios: “¿Qué haces aquí, Elías?” Es la misma pregunta del principio en el desierto, debajo del enebro. ¿Qué sentido tiene esta pregunta? Significa: Elías, en el Carmelo oraste pidiendo que te respondiera para que Israel se diera cuenta de que yo soy Dios y tú, mi siervo. Te llamabas siervo mío. ¡Y yo te certifiqué como siervo mío! Pero los siervos tienen un señor sobre ellos, al cual obedecen y cuya voluntad secundan. ¿Me preguntaste tú acaso cuando emprendiste la huida? No, no me preguntaste. Has obrado como un señor que es dueño de sí mismo.

¿Qué haces aquí Elías?” ¿Qué responderá Elías a esta pregunta divina? El profeta da una respuesta esquiva: “He sentido un vivo celo por Jehová Dios de los ejércitos; porque los hijos de Israel han dejado tu pacto, han derribado tus altares, y han matado a espada a tus profetas; y sólo yo he quedado, y me buscan para quitarme la vida”. Elías no atiende a la pregunta de Dios. Se excusa, acusando a otros. Se justifica a sí mismo.

Toda vida tiene sus dificultades. Nadie se verá libre de ellas. Pero hay una gran diferencia entre que las dificultades nos salgan al paso en caminos elegidos por nosotros mismos o en los caminos por los que Dios nos está guiando.

Cuando nos asaltan las dificultades en los caminos de nuestra propia elección, con frecuencia desembocamos en el auto reproche: ¡Ah!, si yo no hubiera… Entonces nos faltan las fuerzas para sobreponernos y nos sentimos desbordados por los problemas. Pero cuando nos asaltan las dificultades en los caminos de Dios, podemos aferrarnos a la promesa divina que dice: “Mi poder se perfecciona en la debilidad”.

Elías no ha tomado conciencia de que es culpable de su desaliento y depresión por causa de su ingratitud a Dios, de su incredulidad y de su escepticismo. Prefiere acusar a otros. Y también está decepcionado de su Dios quien, según él, tenía que haber procedido de otra manera.

Seguidamente Dios le imparte a Elías una lección para corregirle Por eso Dios le va a mostrar a continuación cómo es Él. A este fin le dice el Señor: “Sal fuera, y ponte en el monte delante de Jehová. Y he aquí Jehová que pasaba, y un grande y poderoso viento que rompía los montes, y quebraba las peñas delante de Jehová; pero Jehová no estaba en el viento. Y tras el viento un terremoto; pero Jehová no estaba en el terremoto. Y tras el terremoto un fuego; pero Jehová no estaba en el fuego. Y tras el fuego un silbo apacible y delicado. Y cuando lo oyó Elías, cubrió su rostro con su manto, y salió, y se puso a la puerta de la cueva. Y he aquí vino a él una voz, diciendo: ¿Qué haces aquí, Elías?” (v.11-13).

Con esta pregunta Dios alcanza la conciencia del profeta. ¿No te había enviado yo a Samaria? Yo te había colocado en Jezreel, ¿no? ¿Qué haces, pues, aquí en la desierta soledad del Horeb? ¡Dormir! ¿Es esta la actividad ejemplar de un profeta? ¿Es la oración de un profeta la letanía: Basta, Señor, no puedo más? ¿Es la conducta de un profeta ir escondiéndose por las cuevas del desierto, huyendo de una reina, como corre una liebre para salvar su vida? ¿Qué haces aquí? ¿Estirarte en la cama?En algunas situaciones de nuestra vida no hay para nosotros pregunta más importante que esta: ¿Qué haces aquí?

Pero Dios no solamente reprende, castiga y corrige, sino que también ayuda siempre. Y con este fin le dice a Elías: Sal de la cueva. Ponte bajo el cielo estrellado, en medio de mi creación; sal de la estrechez donde te ha conducido tu desaliento y colócate en un espacio abierto. Y seguidamente deja Dios pasar delante del profeta las poderosas señales del huracán, el terremoto y el fuego.

Y Elías siente que Dios no está ahí. Hasta que ha cesado ese impresionante espectáculo natural y todo el espacio del Horeb empieza a llenarse de un silbo apacible y delicado. Ahora sí siente el profeta que Dios está presente. Envuelve su cabeza con su manto y se inclina reverente ante el Señor.

¿Qué significan estas cuatro señales: viento huracanado, terremoto, fuego y, finalmente, silbo apacible y delicado?Dios quiere enseñarle a su profeta que ciclón, terremoto y fuego van delante del Señor y proceden del Señor, pero el Señor mismo viene detrás con refrigerio y paz. Elías tiene que comprender que para cosechar, primero hay que arar; pero mientras se ara no hay cosecha todavía. El huracán, el terremoto y el fuego que consumen el Horeb proceden de Dios mismo y van delante de Dios. Con esto, Dios le dice a su profeta: Elías, pretendes cosechar antes de arar. La cosecha vendrá con toda seguridad, así como yo he venido tras el huracán, el terremoto y el fuego. Pero ahora es tiempo de arar.

Dios ha guiado a Elías a la quietud. En ella experimentará una nueva visión de Dios. Podemos dejar de lado muchas cosas, con una excepción: no podemos prescindir de la comunión íntima con Dios. Los cristianos desanimados y desalentados tienen que volver a establecer un orden de prioridades. Elías, estabas muy ocupado con tus ideas, tus actividades, tus carreras y tu celo. Todo giraba alrededor de ti. Escucha Elías, estoy hablando contigo, la cuestión fundamental es: “Señor, ¿qué quieres ? Y el qué quieres tú, Señor, implica igualmente el ¿cómo lo quieres ? Esto es lo que debe ocupar el primer lugar en tu vida.

RESTAURADO
@MULT#IZQ#52643@Dios fortalece y restaura a su siervo desanimado devolviéndole a su ministerio profético y encargándole nuevas misiones. El Señor envía de vuelta a Elías por su camino: “Ve, y vuélvete por tu camino” (1 Reyes 19:15). El siervo debe volver a su lugar. No se solucionan los problemas huyendo de ellos. Dios no nos saca simplemente de las situaciones angustiosas, pero nos guía a través de ellas. “¡Mío eres tú! ¡Te haré entender el camino que debes andar! ¡Sobre ti fijaré mis ojos!

Dios fortalece a su siervo confiándole una nueva misión. Debe ungir a dos nuevos reyes: Hazael y Jehú, y debe llamar como profeta en su lugar a Eliseo. Estos tres son el huracán, el terremoto y el fuego con los que Dios juzgará –arará– a Israel, preparándole para la venida de Dios en gracia y la gran cosecha.

Finalmente, Dios fortalece a su siervo mostrándole que él no está solo en el camino del seguimiento: “Y yo haré que queden en Israel siete mil, cuyas rodillas no se doblaron ante Baal, y cuyas bocas no lo besaron” (1 Reyes 19:18). Elías había reaccionado como si la causa de Dios hubiera desaparecido de la tierra, como si con él se hubieran acabado todos los profetas. Y el Señor responde a esto que su causa no depende de Elías, sino de él, el Señor.

Lo que ocurra con Israel no es asunto de Elías, sino de Dios: ¿Tú, Elías, crees que eres el único que ha quedado? Ni lo pienses. Todavía hay en Israel siete mil que me han permanecido fieles. De manera que, Dios es el que lleva la responsabilidad. Y esto no sólo en el caso de Elías, sino también en el tuyo y el mío.


(*) Los artículos de esta serie se corresponden con un extracto del libro del mismo nombre y autor (Montes escogidos, Félix Gonzáles Moreno), donde además acompañan el final de cada capítulo preguntas que lo hacen útil como herramienta para el estudio en grupo.

Quien desee adquirirlo enformato impresopuede escribir aiglesiabautistalacy@gmail.com

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