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    Edward Donnelly
     

    El cielo y el infierno, de Edward Donnelly

    Sentarnos a reflexionar acerca del destino de los condenados llena nuestros corazones de tristeza.

    FRAGMENTOS 28 DE SEPTIEMBRE DE 2018 08:25 h
    Detalle de la portada del libro.

    Un fragmento de “El cielo y el infierno”, de Edward Donnelly (2009, editorial Peregrino). Puede saber más sobre el libro aquí.



    PENSAR LO IMPENSABLE



    […] El Infierno es, sin duda, un tema desagradable y, por naturaleza, somos reacios a estudiarlo. Hay muchas otras verdades de la Escritura que son sumamente atractivas, y estudiarlas es un placer. Elevan nuestros espíritus y deseamos aprender más.



    Sin embargo, sentarnos a reflexionar acerca del destino de los condenados llena nuestros corazones de tristeza. Nos invade una sensación de terror, porque la cuestión es pesimista y terrible.



    La vida ya es lo suficientemente dura tal y como es. ¿Por qué tomarnos la molestia de deprimirnos? Instintivamente, dirigimos nuestra atención hacia cuestiones más alentadoras.



    ¿Por qué, pues, deberíamos pensar en el Infierno? Necesitamos buenas razones porque, a no ser que estemos convencidos de que tal estudio nos será de ayuda, no nos apetecerá abordarlo.



    Debemos poder prever que este estudio nos fortalecerá espiritualmente; debemos estar convencidos de que descuidar esta doctrina pondrá en peligro nuestras propias almas y las almas de las generaciones venideras.



    Es importante pensar en el Infierno por tres razones principales.



     



    SU IMPORTANCIA INTRÍNSECA



    La primera razón es su importancia intrínseca. Todo en la Biblia es importante, por supuesto, pero algunas verdades son más trascendentales que otras. Si pasamos por alto los aspectos sutiles de la doctrina de los ángeles —por ejemplo— o algunos detalles de las leyes acerca de la comida en el Antiguo Testamento, estaremos siendo de lo más mezquinos; pero no estaremos condenados.



    Otras doctrinas, sin embargo, son indispensables. Richard Baxter instaba a los pastores a predicar “principalmente acerca de las verdades más grandes, más ciertas y más necesarias”.



    “Hay muchas otras cosas —dice— que es conveniente conocer, pero esto debe conocerse, pues, de otro modo, nuestra congregación está perdida para siempre1”. El Infierno es una doctrina así. “Debe conocerse”.



    Podemos ilustrar su importancia de cuatro maneras.



    La primera es la enorme cantidad de testimonio bíblico. El Infierno no es una cuestión a la que la Escritura haga referencia solo de vez en cuando, en uno o dos pasajes oscuros. Al contrario, hay porciones extensas de la Palabra de Dios que abordan esta doctrina.



    La Biblia alude con más frecuencia a la ira de Dios que a su amor. El Antiguo Testamento está repleto de los fieros juicios del Señor sobre sus enemigos: atisbos del Infierno. Nuestro Señor Jesucristo tenía mucho más que decir acerca del Infierno que del Cielo.



    Quizá parezca sorprendente, pero es cierto. Cristo era el amor encarnado, lleno de compasión y misericordia y, sin embargo, habla muy frecuentemente del Juicio y del castigo eterno. Aun su título de “Salvador” dirige la atención hacia el Infierno.



    Un salvador tiene que salvar de alguna cosa, y el Infierno es el espantoso destino del que Él nos rescata. Hacia el final del libro de Apocalipsis, Dios está poniendo fin a su Palabra escrita. Es sorprendente que, junto a los recuerdos de las glorias del Cielo, las páginas finales de la Escritura dejen ecos espantosos en nuestra conciencia: “[El] abismo… el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda… fuera” (Apocalipsis 20:3; 21:8; 22:15).



    Si Dios, pues, en su sabiduría, ha elegido proporcionarnos tanta información acerca del Infierno, ¿no es obvio que es enormemente importante? Esta debería ser razón suficiente para estudiarlo.



    En segundo lugar, es intrínsecamente importante por el contenido de la doctrina misma. El Infierno se revela como un lugar de tormento donde millones de seres humanos estarán encerrados para siempre. Los estadísticos nos dicen que cada año mueren, aproximadamente, noventa y cinco millones de personas.



    Eso significa que cada segundo tres seres humanos entran en el Infierno o en el Cielo. Durante la próxima hora, 11 000 hombres, mujeres y niños se habrán ido para siempre a un lugar de gozo eterno o a un lugar de dolor eterno.



    Piensa que aun ahora están muriendo, mientras lees estas palabras; uno, después otro, después otro. Cuando tomas la siguiente bocanada de aire, muchos más están abandonando esta Tierra.



    Cuando se estrella un avión y 200 o 300 personas son arrebatadas de repente hacia la eternidad, todo el mundo habla de ello. Es un desastre espantoso, una noticia que acapara titulares.



    Nos afligimos, nuestras mentes no pueden dejar de pensar en lo ocurrido y, sin embargo, 11 000 seres humanos prójimos nuestros, cada hora de cada día del año, están alcanzando su destino eterno. Sin duda, únicamente por esta razón, tal doctrina debe de ser importante.



    En tercer lugar, nosotros no estamos lejos de esta catástrofe. Alguien ha observado que “la muerte no es un deporte para espectadores”. Los deportes para espectadores no nos implican personalmente.



    Podemos estar esperando con sumo interés e impaciencia un partido de fútbol o de rugby. Disfrutamos viendo la habilidad de los jugadores y nos alegramos si “nuestro” equipo gana, pero no estaremos en el terreno y, a la larga, lo que ocurra no nos atañe en realidad. No nos pedirán cuentas por nuestro esfuerzo o habilidad; no corremos el riesgo de lesionarnos.



    Somos meros espectadores pero, sin embargo, esto no es cierto respecto a la doctrina del Infierno, pues todos, por naturaleza, nos dirigimos a ese mismo lugar. No es una cuestión que no nos ataña a nosotros.



    Todos hemos pecado, estamos “destituidos de la gloria de Dios” y “la paga del pecado es muerte” (cf. Romanos 3:23; 6:23). Cada uno de nosotros va a morir, y después de la muerte nos enfrentaremos al Juicio. Todos, sin excepción, estamos profundamente implicados.



     



    Edward Donnelly.

    Quizá pienses que algunas doctrinas de la Biblia no te conciernen a ti directamente. Si no eres padre, por ejemplo, quizá sientas que las enseñanzas bíblicas para los padres no te atañen.



    O quizá pases ligeramente por alto la enseñanza de la Palabra de Dios para los empleados, o para los ricos, etc. Quizá digas: “Bueno, es interesante, es verdad, pero no me atañe de forma inmediata”.



    Eso sería un error por tu parte, porque “Toda la Escritura es […] útil” (2 Timoteo 3:16), pero sería una reacción comprensible. No obstante, ni uno de nosotros puede aun osar decir eso acerca de la doctrina del Infierno. Es el destino seguro de cada pecador que no haya sido salvo, y nosotros hemos nacido pecadores.



    Finalmente, es intrínsecamente importante porque hay un camino —pero solo un camino— para escapar de él. No tenemos un abanico de posibilidades. No podemos calmar nuestra ansiedad imaginando que habrá muchas clases de personas que no irán allá. No podemos decirnos a nosotros mismos: “Bueno, el Infierno es espantoso, el Infierno es real pero, al fin y al cabo, hay muchas maneras de evitar el Infierno y, por tanto, no tengo necesidad de estar excesivamente preocupado”.



    La Escritura es clara. “El que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él” (Juan 3:36). La única manera de escapar del Infierno es a través de la fe en Jesucristo, el Hijo de Dios. Todos los demás se perderán. ¿Por qué deberíamos pensar en el Infierno? Porque nos dirigimos allí, a menos que tomemos la única vía de escape.



    Y hay una vía. El Infierno no es inevitable. Si lo fuera, si no hubiera una perspectiva de rescate, ¿de qué serviría preocuparse por ello? El proceder más sensato sería desecharlo de nuestras mentes durante el mayor tiempo posible.



    Sin embargo, puesto que hay una promesa de ayuda segura y verdadera para todo aquel que quiera ser librado de la condenación de Dios, no hay nada más esencial que prestar nuestra total atención a esta cuestión.



    En la Biblia, el camino de salvación se muestra de una forma sumamente sencilla: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16).



    Aquí está, pues, nuestra respuesta a quienes nos acusan de ser morbosos y pesimistas. ¿Presentarían ese mismo cargo en contra de una conferencia de médicos, reunidos para hablar del cáncer? ¿Los acusarían de ser sujetos retorcidos, de tener un interés malsano por algo desagradable? ¡Por supuesto que no!



    Estamos agradecidos de que los médicos presten su atención a estas cosas, que dediquen su habilidad y su percepción en ocuparse de estas espantosas realidades. Su propósito es proporcionar ayuda y curación a muchas personas, y nosotros los estimularíamos en esa empresa.



    Lejos de criticar, valoramos el que estén estudiando la enfermedad, no porque les guste, sino porque es un hecho horrible que necesita afrontarse. Pero el Infierno es una realidad mucho más terrible y permanente. Lo más positivo, tierno y responsable que podemos hacer es estudiar esa doctrina, para estar así mejor provistos para librar a otros de tan horroroso lugar.



     



    LO GENERALIZADO DE LA INCREDULIDAD



    La segunda razón por que estudiar el Infierno es lo generalizado de la incredulidad en relación con el mismo. Si fuera una cuestión aceptada universalmente, si la mayoría de las personas creyera en el Infierno y estuviera informada correctamente acerca del mismo, no tendríamos necesidad de pasar tanto tiempo analizándolo.



    Sin embargo, en nuestra época, la creencia en el Infierno casi ha desaparecido.



    […]



    LA INCREDULIDAD COMO SÍNTOMA DE UN PROBLEMA MÁS PROFUNDO



    ¿Por qué deberíamos pensar en el Infierno? Tanto su importancia intrínseca como la incredulidad de la que está rodeado son, ambas, razones válidas. Pero hay una tercera, más trascendental que cualquiera de ellas: la incredulidad es un síntoma de un problema más profundo.



    Un síntoma lo es porque tiene una importancia que trasciende a él mismo. Un día descubres un bulto en tu cuerpo; no es doloroso y no te causa inconveniente alguno; puedes hacer una vida normal y continuar con tu trabajo.



    En ese sentido, el bulto es insignificante de por sí. ¿Pero es así como reaccionas? No, si te preocupas por tu cuerpo y eres sensato. Vas a tu médico y te haces un chequeo; buscas tratamiento. No es tanto por el bulto como por lo que pueda significar: algo más peligroso de lo que pudiera ser una prueba.



    La incredulidad es, por supuesto, más que un síntoma. Es un pecado en sí misma. Sin embargo, el ejemplo sirve en este sentido: la incredulidad es también una prueba, o evidencia, de algo peor.



    Es un síntoma del problema más profundo de la Humanidad: el egocentrismo del hombre. Aquí radican todas nuestras dificultades. Hacemos de nosotros mismos el centro de nuestro universo, y nos convertimos en los seres alrededor de quienes gira todo lo demás.



    Todo se remonta al Edén, donde Satanás le dijo a Eva: “Seréis como Dios” (Génesis 3:5) y ella le escuchó. De hecho, se remonta más atrás. Satanás mismo dijo: “Seré semejante al Altísimo” (Isaías 14:14).



    Este pecado del egocentrismo, o humanismo (pues también puede recibir este nombre), ha estado presente en el mundo desde la Caída, pero en nuestros días ha pasado a dominar la cultura, de modo que satura el mundo en que vivimos.



    El egocentrismo del hombre está tan generalizado y pasa tan desapercibido como el aire que respiramos. Nadie es inmune a él. Como la contaminación en la atmósfera; está ahí, la absorbemos, nos está envenenando.



    Las objeciones que se le ponen al Infierno radican en el egocentrismo del hombre (incluyendo las objeciones evangélicas). Los innovadores nos dicen que han cambiado de ideas debido a un entendimiento más amplio.



    Han ahondado en el significado de las palabras originales, han examinado el trasfondo a la luz de un nuevo conocimiento y sus habilidades exegéticas son más precisas que aquellas de las generaciones pasadas.



    Como resultado, estos métodos de interpretación más exactos los han conducido, irremediablemente, a poner en duda la doctrina tradicional del Infierno.



     



    Portada del libro.

    Quizá crean que esto sea así, pero no es cierto. Lo que les ha hecho cambiar de forma de pensar no es una interpretación perfeccionada; es el espíritu del mundo. Sin percatarse de ello, han sido influidos por el egocentrismo de nuestros días, el cual ha deformado su juicio.



    Emocionalmente sienten aversión por el Infierno, pero han sido lo suficientemente inteligentes para elaborar una argumentación lógica y persuasiva que explique las conclusiones a las que han llegado irracionalmente.



    Sus mentes han sido preparadas de antemano y han abusado de sus habilidades exegéticas para que les fuera posible llegar a una conclusión predeterminada. Se abandona la Verdad, no porque demuestre ser falsa, sino porque resulta poco popular o embarazosa.



    El cambio se ha producido “no por una nueva luz procedente de la Biblia, sino por una nueva oscuridad en la cultura”. […]



    El Dios del que la gente habla hoy en día —si acaso existe— es exclusivamente para beneficio del hombre. Su propósito, al parecer, es suplir nuestras necesidades y proporcionarnos felicidad. Dios es un botones celestial.



    Cuando se le necesita, lo llamas, y cuando ya no le necesitas más, le dices que se vaya. Se reescrito la primera respuesta del Catecismo Menor para que diga: “El fin principal de Dios es satisfacer al hombre y proveer para él para siempre”.



    Aun en las iglesias evangélicas se da, demasiado a menudo, la impresión de que Dios existe para hacernos felices, para resolver nuestros problemas, para responder a nuestras oraciones, para sanar nuestras enfermedades, para mejorar nuestros matrimonios, o para ayudarnos a seguir una dieta. Lutero describía este hecho como “utilizar a Dios”. ¡Qué expresión tan desagradablemente acertada! […]



    Pero la doctrina del Infierno nos confronta con un Dios que es contundente en su ira, irresistible en su poder, aterrador en su justicia. Un Soberano poderoso que sostiene la Tierra entre sus dedos como una pizca de polvo.



    “Todos los habitantes de la tierra son considerados como nada; y él hace según su voluntad en el ejército del cielo, y en los habitantes de la tierra, y no hay quien detenga su mano, y le diga: ¿Qué haces?” (Daniel 4:35).



    El Infierno nos habla del Dios que tiene el control, que hace con nosotros lo que quiere, del Dios a quien nosotros no podemos pasar por alto, dejar al margen ni manipular.



    Hoy en día las personas no quieren un Dios así, y harán desaparecer cualquier doctrina que los lleve, de forma amenazante, frente a Él. Por eso es tan fundamental que pensemos en el Infierno. Nos sitúa frente a frente con el Dios vivo. […]



    Pero una vez nos hayamos enfrentado al Dios verdadero, una vez tú y yo hayamos contemplado el rostro de ese magnífico Ser, entonces estaremos preparados para creer todo lo que Dios dice.



    Los que dudan pueden levantar sus necias objeciones y plantear sus dudas pueriles, pero su problema fundamental es que jamás han visto a Dios tal y como es o, durante un tiempo, lo han perdido de vista.



    En el día del Juicio nadie se reirá del Cielo ni del Infierno, ni hará folletitos poco serios acerca de ellos. Nadie pondrá en duda la moralidad del castigo eterno, ni ningún predicador liberal insistirá en decir: “No creo que un Dios de amor mande a alguien al Infierno”.



    Todos estaremos dispuestos a inclinar nuestros rostros, sobrecogidos por la intensa realidad del Dios vivo.



    ¿Por qué deberíamos pensar en el Infierno? Porque nos recuerda nuestra propia pequeñez; porque nos indica gráficamente el horror del pecado; porque nos enfrenta a cada uno de nosotros con la presencia imponente de Dios. Por eso el diablo ha atacado esta doctrina de manera tan persistente.



    Quizá aún necesites encontrarte con Dios. Te insto a que alces tu rostro ante la realidad del Dios que te creó y contra el cual has pecado, el Dios ante quien eres responsable, el Dios que, sin duda, te condenará si no clamas a Él para que tenga misericordia, el Dios que, también sin duda, salvará a todo aquel que cree en su Hijo.



    Otros, aunque seamos creyentes, quizá hayamos sido influidos, más de lo que creemos, por la manera de pensar del mundo. Nuestro concepto de Dios se ha hecho más confuso y nuestra fe se ha vuelto demasiado egocéntrica.



    “¿Qué tiene que ofrecerme? —solemos preguntar—. ¿Qué pasa con mis deseos? ¿Dónde encajan?”. Más que ninguna otra cosa, necesitamos percibir a Dios de nuevo en su santidad y en su gloria.



    Que Él utilice esta doctrina para presentarnos estas realidades.



    Y otros viven con una tristeza más profunda que las lágrimas vertidas por seres queridos que ya han partido de esta Tierra y que, hasta donde tienen conocimiento, no se interesaron por Cristo.



    Eran hueso de tus huesos, carne de tu carne; los amabas, estabas en tu derecho a hacerlo, y pensar que están perdidos supone un dolor insoportable. No puedo consolarte, pero puedo acercarte a Dios. Si entras en su presencia con tus preguntas y tu angustia, Él te rodeará con sus brazos paternales.



    Quizá no recibas respuestas, pero conocerás al Dios de amor que no puede hacer daño a sus hijos, cuyos caminos son todos justos, y tu corazón se llenará de su Paz.



    Recuerda las palabras de los redimidos en el Cielo, palabras que tú harás tuyas un día: “Te damos gracias, Señor Dios Todopoderoso […] porque has tomado tu gran poder, y has reinado. Y se airaron las naciones, y tu ira ha venido, y el tiempo de juzgar a los muertos […]. Grandes y maravillosas son tus obras, Señor Dios Todopoderoso; justos y verdaderos son tus caminos, Rey de los santos. ¿Quién no te temerá, oh Señor, y glorificará tu nombre? pues sólo tú eres santo; por lo cual todas las naciones vendrán y te adorarán, porque tus juicios se han manifestado” (Apocalipsis 11:17-18; 15:3-4).



    Esta es la única respuesta: ver a Dios. “Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación […]. Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios” (cf. Mateo 5:4,8).


     

     


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