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    Jonathan Leeman
     

    ‘La autoridad de la congregación’, de Jonathan Leeman

    Un fragmento de 'La autoridad de la congregación', de Jonathan Leeman (2018, Editorial Peregrino).

    FRAGMENTOS 01 DE FEBRERO DE 2018 18:00 h
    Detalle de la portada del libro.

    Un fragmento de 'La autoridad de la congregación', de Jonathan Leeman (2018, Editorial Peregrino). Puede saber más sobre el libro aquí.



     



    ADÁN TENÍA UNA TAREA



    Si dispusiera de 40 segundos contigo en un ascensor y me preguntaras dónde aparece el congregacionalismo en la Biblia, diría algo como esto:



    Bueno, en Mateo 18:15-20, Jesús da a la iglesia local la autoridad final en un caso de disciplina eclesial. Pablo hace lo mismo en 1 Corintios 5. El apóstol no les dice a los líderes que expulsen al adúltero no arrepentido de la iglesia; se lo dice a la iglesia. Luego, en Gálatas 1:6-9, Pablo trata a las iglesias de Galacia como capaces de apartarle incluso a él —¡un apóstol!— si enseña un evangelio erróneo. Y en 2 Corintios 2:6 (LBLA), Pablo se refiere a un caso de disciplina en la iglesia que ha sido decidido por la «mayoría». Y yo diría que todo esto, son argumentos a favor de que la congregación reunida posee la autoridad final sobre el quién y el qué del evangelio.



     



    Supongo que podría decir todo esto en un ascensor, si el trayecto fuera por lo menos de más de dos plantas.



    Pero supongamos que tú sabes algo acerca del gobierno de la iglesia presbiteriana o anglicana. Podrías bajarte del ascensor, volverte hacia mí y decirme en el tiempo que tarda la puerta del ascensor en cerrarse: «Pero, ¿qué pasa con Hebreos 13:17: “Obedezcan a sus dirigentes y sométanse a ellos?” (NVI)».



     



    Jonathan Leeman.

    La conversación, concluida ahora por cortesía de la puerta del ascensor, nos deja en uno de los dos lugares en el que la mayoría de las personas que han pensado acerca de este asunto por más de 40 segundos se sitúan: o bien mirando al grupo de versículos bíblicos que dan la autoridad a la congregación, o mirando a los que dan la autoridad a los líderes. La tentación suele ser escoger tu grupo favorito de versículos e ignorar el otro. Y todo el mundo tiene sus favoritos. A los católicos romanos les encanta Mateo 16; a los bautistas, Mateo 18 y 1 Corintios 5; y a los anglicanos y presbiterianos, Hechos 15 y Hebreos 13.



    Al final, necesitamos ambos grupos de versículos para el programa de Jesús para el discipulado, porque eso nos da las dos mitades del congregacionalismo guiado por ancianos. Pero entender lo que la Biblia dice acerca del gobierno de la iglesia requiere más que un trayecto en ascensor de 40 segundos y recitar nuestros versículos de apoyo favoritos. Por sorprendente que pueda sonar, necesitamos rastrear una línea narrativa que recorre toda la Biblia, una narrativa que es especialmente importante para entender la mitad del «congregacionalismo guiado por ancianos». De hecho, es esa línea narrativa la que proporciona a los miembros de la iglesia —hombres o mujeres— la descripción de su oficio: rey-sacerdote.



    ¿Te parece esta una descripción rara? Pues esta es la labor —u oficio— que Dios otorgó primero a Adán en Génesis 1 y 2, después, fue transferido a Abraham, después a Israel, después a David, y finalmente fue culminado en la persona y obra de Jesucristo, a quien está unida la iglesia.



    Vamos a desentrañar esto con más detalle a través de los próximos dos capítulos, pero por ahora es suficiente decir que hacer a una persona miembro de la iglesia significa restaurarla en el oficio de rey-sacerdote que comenzó con Adán. Como rey-sacerdote en Edén, Adán debía «labrar» y «guardar» el huerto en el que Dios lo había colocado (Gn. 2:15). Debía mantener consagrado a Dios el lugar en el que Dios moraba, cultivándolo y protegiéndolo del mal. Así es también hoy con cada miembro —hombre o mujer— de la iglesia. Ellos también son llamados a labrar y guardar el lugar en el que mora Dios —la iglesia— manteniéndolo consagrado a él. En este capítulo explicaré el oficio de rey-sacerdote y después, en el siguiente, lo conectaré más claramente con la membresía de la iglesia.



    ¿Entonces, qué es un rey-sacerdote?



     



    LA HISTORIA DE ADÁN: EL REY-SACERDOTE



    Toda la historia bíblica empieza con el pacto de Dios con Adán. Él creó a Adán e inmediatamente lo puso como rey sobre el resto de la creación. Dios dijo a Adán y Eva: «Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra» (Gn. 1:28). Adán, este primer rey, supuestamente traspasaría los límites del Edén para llenar la tierra con sus hijos, someter nuevos territorios y gobernar sobre todo ello.



    En Génesis 2, Dios le dice a Adán que «labre» y «guarde» el huerto del Edén (v. 15). Sorprendentemente, esta fue la mismísima descripción del cargo que Dios daría más tarde a los sacerdotes de Israel; es decir, «servir» y «guardar» el tabernáculo/templo, manteniéndolo consagrado al Señor (Nm. 3:7-8; 8:26; 18:5-6). A tal fin, se encargó a los sacerdotes designar las cosas como «limpias» o «impuras» y «santas » o «impías». Dios moraba especialmente en el templo, y por tanto la labor del sacerdote era mantener el templo como un lugar santo. La tarea de Adán era la misma que la de los sacerdotes: mantener y proteger el huerto como un lugar santo, como la morada de Dios mismo.



     



    ¿Qué es un rey-sacerdote?



    Si un rey gobierna, un rey-sacerdote gobierna en nombre de un rey mucho mayor; Dios. Es decir, el rey-sacerdote es mediador del gobierno de Dios y labora para proteger lo que es santo.



     



    Jonathan Leeman.

    Por lo general, en la actualidad pensamos en los reyes como si estuvieran sentados en la cima del mundo. Pero nota que el rey Adán estaba bajo Dios. Él era, en otras palabras, un rey mediador, por lo que fue —podríamos decir— un rey-sacerdote, encargado de mediar entre Dios y la creación (eso es lo que hace un sacerdote: media o se coloca entre Dios y sus criaturas). En el principio, el templo de Dios no era un edificio en concreto; era el huerto del Edén. Dado que Dios moraba allí, Adán era responsable de mantener separado lo santo de lo impuro, consagrado al Señor. Y él debía hacer esto protegiendo el huerto: «Cuidado con las serpientes mentirosas, Adán. Y asegúrate también de transmitir mis mandamientos a tu esposa».



    Además de ser un personaje histórico real, es importante que comprendamos también que Adán era el hombre por excelencia, el representante de cada uno de nosotros. El Salmo 8 nos enseña que Dios ha hecho a todo ser humano rey, como a Adán. Dios ha «coronado» y hecho a todo ser humano «señor» sobre la obra de sus manos (Sal. 8:4-8). ¡La humanidad, sorprendentemente, es una democracia de reyes!



     



    ABRAHAM, MOISÉS, DAVID Y UN NUEVO PACTO



    Tristemente, Adán no vivió como el perfecto rey-sacerdote. No representó el gobierno de Dios, sino que procuró el suyo propio. Así que Dios desechó a Adán, expulsándolo del huerto.



     



    Abraham



    Entonces ofreció la tarea a Abraham. Solo que esta vez, Dios no ordenó simplemente: «Fructificad y multiplicaos». En su lugar, él prometió: «te multiplicaré en gran manera, y haré naciones de ti, y reyes saldrán de ti» (Gn. 17:6).



    Dios mismo cumplió en Abraham lo que le mandó a Adán. Abraham sería ese rey mediador, o rey-sacerdote. Las naciones serían bendecidas a través de él a medida que enseñara a sus hijos «el camino de Jehová, haciendo justicia y juicio» (Gn. 18:18-19).



     



    Moisés



    Dios explicó con más detalle «el camino de Jehová» a través del pacto con Moisés y el pueblo de Israel. Justo antes de dar a Moisés e Israel este pacto, Dios dijo: «si diereis oído a mi voz, y guardareis mi pacto, vosotros seréis mi especial tesoro sobre todos los pueblos […] y vosotros me seréis un reino de sacerdotes, y gente santa» (Éx. 19:5-6). Lo que era un oficio individual se convirtió en un oficio colectivo. Ahora sería la nación entera la que ocuparía el oficio de rey-sacerdote. Juntos —y a través de ser un pueblo consagrado al Señor— demostrarían en qué consiste la santidad.



    Es interesante notar que el Pacto Mosaico también apartó a una clase de ciudadanos conocidos como los sacerdotes. El propósito de este oficio era resaltar la enseñanza de lo que significa ser santo o consagrado al Señor.



     



    David



    Dios también separó el oficio de rey mediante el pacto con David (cf. 2 S. 7; Sal. 2; 110), y ordenó al rey que escribiera una copia de la ley y la leyera todos los días de su vida, para temer al Señor y para guardar todas las palabras de esta ley (Dt. 17:18-19). La tarea de David no debía ser la de sacerdote, pero su gobierno sí que debía ser sacerdotal.



    Desgraciadamente, la historia de Israel y sus reyes podría titularse: «La caída: segunda parte». Solo que ahora, el drama se había desarrollado a lo largo de un milenio y había sido desplegado a los ojos de todo el mundo. La lección era simple: no podemos salvarnos a nosotros mismos ni tampoco vivir en rectitud. Necesitamos a Dios mismo para arreglar nuestro problema de culpabilidad y de falta de obediencia.



     



    Un nuevo pacto



    Por tanto, Dios prometió un nuevo pacto, uno por el cual él haría provisión para el perdón de los pecados y capacitaría al pueblo para que obedeciera poniendo su ley en sus corazones (Is. 53-54; Jer. 31:31-34; Ez. 36:24-27). El lugar de la morada del pueblo de Dios volvería a ser «como el huerto del Edén» (Ez. 36:35).



    Además, el pueblo de Dios ya no dependería nunca más de los oficios de sacerdote del templo o del rey davídico para poder conocer a Dios: «Y no enseñará más ninguno a su prójimo, ni ninguno a su hermano, diciendo: Conoce a Jehová; porque todos me conocerán, desde el más pequeño de ellos hasta el más grande» (Jer. 31:34). Estos dos oficios recaerían de nuevo sobre todos los miembros del pacto. Todos tendrían un acceso justo y directo a Dios y al conocimiento de él. El oficio de rey-sacerdote sería generalizado de nuevo.



     



    JESÚS Y LA IGLESIA



    Jesús



    La Biblia usa muchos nombres para Jesús basados en la tarea que él vino a realizar. Entre otros, se le conoce como el nuevo Adán, la simiente de Abraham, el nuevo Israel, y el más grande Hijo de David. ¿Por qué? Porque él, en definitiva, hizo la labor que se suponía que ellos debían hacer, pero que fallaron en realizar. Él fue el perfecto Rey-Sacerdote en su vida, muerte y resurrección.



    Jesús gobierna en el nombre de Dios como el primogénito de una nueva creación. Él restableció de forma visible el Reino de Dios en su propia persona. Y, como Adán, actuó como «representante» u «hombre por excelencia», pero este «representante» no trajo la muerte, sino la vida. Ofreció un nuevo pacto en su sangre, un sacrificio de expiación por el cual no solo fuimos perdonados del pecado, sino que en realidad fuimos unidos a Jesús, para que lo que él es, nosotros también lo seamos.



    Esta es la gloria del evangelio. Nosotros resucitamos porque él ha resucitado. Somos declarados justos porque él fue declarado justo. Y —aquí viene lo bueno—, ¡reinamos porque él reina!



    ¿Lo entiendes? Cuando eres unido a Cristo por fe, el mismo oficio que él ostenta, recae también sobre ti. Debido a tu unión con él te conviertes de nuevo en un rey-sacerdote. Por eso Pedro puede decir: «sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios» (1 P. 2:9). Simplemente medita en estos cuatro títulos. Los cristianos son:



    -  Una raza de nueva creación (nuevos Adanes).



    - Una democracia de sacerdotes gobernantes (como Adán).



    - Una nación apartada (un nuevo Israel).



    - Y un pueblo para Dios.



     



    Igual que hizo Israel, la Iglesia ocupa este oficio colectivamente, pero también cada miembro de la iglesia ocupa este oficio individualmente, como Adán. No existe una clase aparte de reyes y otra de sacerdotes. Cada miembro de tu iglesia: Jaime, Susana, Alfredo,



    Daniel, Carlos, Enoc, Isabel, Sandra; ¡son todos reyes-sacerdotes en virtud de su unión con Cristo!



     



    LA RESPONSABILIDAD DE UN REY-SACERDOTE



    Esta historia del rey-sacerdote en la Biblia que comenzó con Adán, es crucial a la hora de ver quién posee la autoridad en la iglesia.



    Empecemos con las responsabilidades de un rey-sacerdote. ¿Cómo se esperaba que Adán cumpliese con sus deberes reales? Trabajando, cultivando y extendiendo los límites del huerto. ¿Cómo debía cumplir con sus deberes sacerdotales? Vigilando el huerto y manteniéndolo consagrado al Señor y a sus propósitos.



    Los cristianos —los reyes-sacerdotes del Nuevo Testamento— también deben trabajar y vigilar algo. ¿El qué? La iglesia, el templo del Nuevo Testamento (1 Co. 3:16; cf. 6:19; 1 P. 2:4-8). Dios mora especialmente allí, entre ellos, así como moró en el huerto de Adán y en el templo de Israel: «Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt. 18:20). Por tanto, cada miembro de la Iglesia universal de Cristo es responsable de mantener en la iglesia local lo santo separado de lo impuro. Y los cristianos deben hacer eso en el lugar en el que la Iglesia universal se vuelve visible: la iglesia local. Es más, estos miembros de la iglesia son responsables de ser fructíferos, multiplicarse y gobernar como reyes. ¿Cómo? Pues yendo, haciendo discípulos, bautizándoles y enseñándoles (Mt. 28:19-20). La tarea por excelencia de Adán, se convierte en la tarea de cada cristiano y miembro de una iglesia.



    Pablo, alentando a los corintios en su labor sacerdotal de protección, encarga a los miembros de la Iglesia de Corinto que consideren cuidadosamente con quién se asocian. Fíjate cómo les habla, como si fueran sacerdotes del Antiguo Testamento, responsables de mantener separado lo santo de lo impuro:



    No os unáis en yugo desigual con los incrédulos; porque ¿qué compañerismo tiene la justicia con la injusticia? ¿Y qué comunión la luz con las tinieblas? ¿Y qué concordia Cristo con Belial? ¿O qué parte el creyente con el incrédulo? ¿Y qué acuerdo hay entre el templo de Dios y los ídolos? Porque vosotros sois el templo del Dios viviente, como Dios dijo: Habitaré y andaré entre ellos, y seré su Dios, y ellos serán mi pueblo. Por lo cual, salid de en medio de ellos, y apartaos, dice el Señor, y no toquéis lo inmundo; y yo os recibiré (2 Co. 6:14-17).



    Pablo no está hablando de mantener las cacerolas y los incensarios del templo ceremonialmente limpios. Está hablando de permanecer separados de personas que profesan ser cristianas, pero cuya falsa enseñanza o forma de vivir indica lo contrario. Pablo desea que cada cristiano —como parte de sus deberes sacerdotales— supervise quién pertenece a la iglesia y quién no.



    Y esta tarea sacerdotal de velar por la iglesia, va de la mano con la tarea real de expandir y multiplicar. Tan sólo unos pocos versículos antes, Pablo afirma que él y los corintios eran «embajadores de Cristo », los que poseían el «ministerio de la reconciliación» (2 Co. 5:18, 20, NVI). A través de la evangelización, los miembros de la Iglesia de Corinto debían hacer cuanto pudieran por extender los límites de la iglesia —como Adán en el huerto— sometiendo el territorio de los corazones humanos en nombre del gran Rey.



     



    LA CAPACIDAD DE UN REY-SACERDOTE



    Sin embargo, el Nuevo Testamento no considera a los creyentes como responsables solamente de hacer la labor de un rey-sacerdote, sino también como capaces de hacerlo.



    Piensa de nuevo en la promesa de Jeremías de un gobierno sacerdotalmente democratizado: «Y no enseñará más ninguno a su prójimo, ni ninguno a su hermano, diciendo: Conoce a Jehová; porque todos me conocerán, desde el más pequeño de ellos hasta el más grande». Esta es la lección que Jesús y los apóstoles aplicaron a la iglesia. Jesús les dice a sus discípulos que no les llamen «Rabí» porque hay un solo Maestro



    (Mt 23:8). Pablo dice que la iglesia no ha sido enseñada por sabiduría humana, sino por el Espíritu (1 Co. 2:10-16). Juan dice que los santos han sido ungidos y no necesitan un maestro (1 Jn. 2:20, 27; cf. Mt. 23:8).



    En resumen, el Nuevo Testamento afirma que el Espíritu Santo habita en cada creyente, habilitándole para separar el verdadero evangelio del falso, o el verdadero conocimiento de Dios de uno falso. Son responsables de ser reyes-sacerdotes de Cristo, y también son capaces de serlo.



    Esto implica —entre otras cosas— que los cristianos son responsables y capaces de determinar lo que cuenta como verdadera doctrina. Por tanto, el apóstol Juan dice a sus lectores —cristianos normales y corrientes— «probad los espíritus», lo cual hacen determinando si un espíritu «confiesa que Jesucristo ha venido en carne» (1 Jn. 4:1-



    2). Pedro quiere que sus lectores —cristianos comunes— desarrollen un «sincero entendimiento» para que puedan estar «en guardia» ante la enseñanza falsa y la verdadera (2 P. 3:1-2, 17-18, LBLA). Y Pablo amonesta a sus lectores —de nuevo, cristianos corrientes— por haber escuchado un evangelio erróneo en sus iglesias (Gá. 1:6-9). Los santos no necesitan un título de seminario para discernir entre la buena y la mala enseñanza. No necesitan ser ordenados. El Espíritu de Dios y las Escrituras les proveen toda la capacitación necesaria.



    Una segunda implicación es que los cristianos son tanto responsables como capaces de afirmar quién pertenece al evangelio y a Dios. Deben ser capaces de evaluar entre ellos sus propias profesiones de fe. Esa conclusión está implícita en nuestros «versículos de ascensor» de Mateo 18 y 1 Corintios 5, los cuales examinaremos en el próximo capítulo.



     



    CONCLUSIÓN



    Supongo que te has dado cuenta de que no he desarrollado los versículos neotestamentarios más importantes acerca del congregacionalismo. Sí, los he mencionado brevemente en nuestro viaje en ascensor, pero no nos hemos tomado el tiempo necesario para considerarlos cuidadosamente, y mucho menos hemos analizado cómo se relacionan con otros versículos que corroboran el liderazgo de los pastores o ancianos.



    En cambio, he tratado de demostrarte que hay muchísimo más de lo que el ojo ve en estos «versículos de apoyo» del ascensor. Algo extraordinario se está desarrollando en esa gran línea narrativa de la Biblia; una historia más épica que la trilogía del Señor de los Anillos o la saga de Star Wars. Dios comisionó a Adán como rey-sacerdote. Sin embargo, Adán se rebeló y terminó desterrado. El cetro real y la mitra sacerdotal pasaron entonces a Abraham, Israel, David y, finalmente, al Hijo amado, el último Hombre por excelencia. Jesús, la cabeza del pueblo del nuevo pacto de Dios, satisfizo perfectamente el oficio de rey-sacerdote, tanto por su propia reputación como en nombre de su pueblo.



    Pero aún más sorprendentemente, ese pueblo —¡tú y yo, si es que somos cristianos!— ahora ha sido reclutado y comisionado a través de Cristo para cumplir con el oficio adánico original. Esto es lo que implica representar a Cristo: procurar expandir el alcance del Reino de Cristo y proteger al pueblo de Dios en santidad, lo cual significa velar tanto sobre el qué del conocimiento de Dios como sobre el quién del pueblo de Dios. Todo cristiano tiene esta tarea. Por tanto, un pastor, presbiterio u obispo que impida que los miembros de la iglesia lleven a cabo esa tarea, básicamente los está expulsando de la obra que Dios en Cristo les ha encargado llevar a cabo.



    Al menos la línea narrativa de la Biblia parece decir todo eso. ¿Qué más dice el Nuevo Testamento?


     

     


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