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Antonio Cruz
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Los arrayanes y la esperanza

En la versión Reina-Valera (1960) de la Biblia, el término hebreo hadás se tradujo en unas ocasiones por “arrayán”, mientras que otras veces aparece como “mirto”.

ZOé AUTOR Antonio Cruz 07 DE DICIEMBRE DE 2017 11:46 h
Photos: Antonio Cruz

En lugar de la zarza crecerá ciprés, y en lugar de la ortiga crecerá arrayán;  



y será a Jehová por nombre, por señal eterna que nunca será raída. (Is. 55:13)



El arrayán o mirto (Myrtus communis) es un arbusto de uno o dos metros de altura que, en estado silvestre, puede alcanzar hasta los cinco metros. Pertenece a la familia de las mirtáceas, que comprende unas 2.800 especies. Es nativa de las regiones cálidas del sudeste de Europa y norte de África. La palabra “arrayán” procede el árabe, mientras que “mirto” viene del latín. Un curioso derivado de éste es la “mortadela”, término que fue tomado del italiano en 1925 para nombrar una especie de embutido sazonado con mirto.



Las pequeñas y abundantes hojas del arrayán permanecen verdes todo el año, son lanceoladas y están dispuestas de dos en dos en cada nudo. Las flores nacen de una en una precisamente en los encuentros de las hojas. Tienen cinco pétalos blancos y numerosos estambres. En general, parecen pequeñas rosas. Los arrayanes producen unos frutos ovoides del tamaño de un guisante, de color azul oscuro y sabor ligeramente dulce o aromático, que contienen numerosas semillas. Las aves que se alimentan de ellas contribuyen a su rápida dispersión. También pueden ser consumidas por el ser humano y, desde muy antiguo, se conocen sus propiedades astringentes. Es decir, retraen los tejidos produciendo una acción cicatrizante, antiinflamatoria y antihemorrágica.



Los mirtos o arrayanes crecen en los valles, collados y laderas de todo el litoral mediterráneo, aunque desde la antigüedad también se han cultivado en los jardines como plantas ornamentales. Sus hojas contienen taninos, resinas, esencias, así como ácidos cítrico y málico, por lo que se han empleado en perfumería y medicina natural como anticatarrales y antisépticas.



Esta planta aparece por primera vez como un árbol sagrado en el poema épico de Gilgamesh.[1] En esta conocida epopeya sumeria se menciona el arrayán como uno de los árboles favoritos del bosque de los dioses. También en la Grecia clásica era una planta consagrada a Afrodita y se la usaba en las bodas para hacer las coronas que llevaban los contrayentes. Se creía que generaba y fortalecía el amor. Teofrasto dice, en su Historia de las plantas, que “en Egipto todas las otras flores y hierbas delicadas carecen de olor, pero los mirtos son admirables por su fragancia”. [2] Por su parte, en Italia los mirtos se cultivaban antes del tiempo de Alejandro Magno y los romanos solían filtrar el vino mediante un saco de lino empapado de aceite de mirto que, a la vez que retenía las impurezas, le daba otro sabor al vino. Y, en fin, los ramitos de arrayán se empleaban también para hacer las coronas que honraban a los campeones olímpicos.



En la versión Reina-Valera (1960) de la Biblia, el término hebreo hadás se tradujo en unas ocasiones por “arrayán” (Neh. 8:15; Is. 41:19; 55:13), mientras que otras veces aparece como “mirto” (Zac. 1:8, 10, 11). Sin embargo, tal como se ha indicado, ambos nombres comunes se refieren a la misma planta (Myrtus communis). 



La cita de Isaías 55, mencionada al principio de esta entrada, hay que inscribirla en el contexto de la liberación del pueblo de Israel de su exilio en Babilonia. El profeta Isaías anima a sus compatriotas esclavizados para que estén alerta y se preparen a una pronta liberación. Pero, les dice que regresar a Jerusalén no es meramente hacer un viaje geográfico sino, ante todo, buscar la presencia de Jehovah en la vida y volver a una actitud de arrepentimiento sincero.



A veces, las personas tendemos a pensar sólo en los aspectos materiales, políticos o sociales. Sin embargo, los pensamientos de Dios siempre están en un nivel superior. Isaías les augura que las repercusiones de la inmigración de los judíos a Israel se notarán incluso en la naturaleza. Las tierras desoladas volverán a dar frutos cuando sus hijos las cultiven. La maleza, las espinas y las ortigas, serán sustituidas por plantas nobles como los cipreses y los arrayanes o mirtos, dando así renombre a Dios. El ser humano que ama su tierra, la trabaja con respeto y se esfuerza por vivir en paz con sus semejantes está dando gloria al Creador. Puede que a veces resulte difícil, pero ese es el reto que los hijos de Dios tuvieron siempre delante.





[1] Segura, S. y Torres, J., 2009, Historia de las Plantas en el mundo antiguo, CSIC, Universidad de Deusto, Bilbao-Madrid, p. 228.



 



[2] Teofrasto, Historia de las plantas. Introducción, traducción y notas por José María Díaz Regañón López, Gredos, Madrid, 1988 (VI, 8, 5). 


 

 


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COMENTARIOS

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gocarrillo
09/12/2017
19:32 h
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Doctor Antonio, me encantan sus artículos, traen verdadera enseñanza y comunican paz y amor, mediante explicaciones e interpretaciones tan sencillas como esta.
 



 
 
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