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    Leopoldo Cervantes-Ortiz
     

    Pierre Chaunu: su panorama de la Reforma Protestante (II)

    La Reforma protestante, dice Chaunu, “fue, ciertamente, desde el punto de vista histórico, una ruptura; pero con la intención de corregir una desviación, el llamado a una verdad más que a una falsa continuidad”.

    GINEBRA VIVA AUTOR Leopoldo Cervantes-Ortiz 08 DE SEPTIEMBRE DE 2017 09:40 h
    Páginas interiores del libro.

    Pierre Chaunu, editor del volumen colectivo The Reformation (Gloucester, Alan Sutton, 1989), concluye su introducción refiriéndose a dos aspectos muy necesarios para afrontar cualquier estudio serio de la historia de la Reforma Protestante: la conmemoración única y la Reforma de hoy. Sobre el primero, destaca el hecho de que, por mucho tiempo, el catolicismo ha sospechado de la “conmemoración” de algo como la Reforma, en el sentido en que estaría de acuerdo Calvino, pues lo único que merece ese nombre es el acto litúrgico de la Eucaristía o Santa Cena. Ésa sería la única conmemoración digna del nombre. A partir de ahí, Chaunu establece con claridad: “Al conmemorar la Reforma y trazar de este lado la obra del Espíritu Santo en la historia, es a la Palabra de Dios y sólo a ella que reclamamos rendir homenaje y gloria” (p. 14). Por ello, agrega: “Aceptar la herencia de la Reforma no quiere decir que la aprobamos completamente”. A continuación, pone un ejemplo notable: la iniciativa del calvinólogo Émile Doumergue para erigir un monumento expiatorio en honor de Miguel Servet en el sitio en que fue ejecutado por orden del gobierno de la ciudad de Ginebra (con la aprobación de otras ciudades suizas), con la anuencia del reformador francés.



     



    Pierre Chaunu.

    Por otro lado, Chaunu subraya que la Reforma fue una de las épocas más importantes en la historia de la iglesia y que “debe ser vista como parte de la continuidad de la Iglesia, y también como parte de la continuidad de lo sagrado” (p. 15). Asimismo, señala que “fue, ciertamente, desde el punto de vista histórico, una ruptura; pero con la intención de corregir una desviación, el llamado a una verdad más que a una falsa continuidad, a seguir por la ruta principal. Posiblemente no alcanzó del todo su meta, pero debe ser considerada en el contexto del panorama religioso completo de la cristiandad”. Finalmente, considera que se debe tener un doble punto de partida, “general y particular, natural y sobrenatural”, siguiendo una distinción aceptada por casi todos los teólogos, católicos y calvinistas”. Y ese punto de partida común se encuentra en la llamada que hizo Dios a Abraham, pues pertenece a la humanidad entera.



    Una mirada panorámica  del desarrollo del libro permite apreciar el enfoque elegido por el editor y la manera en que los colaboradores siguen una línea de análisis y exposición coherente con su tema, y sin dejar prácticamente ningún tema por revisar. Así, antes de iniciar la primera parte se hace un resumen de la Revelación y lo sagrado en la cristiandad (Chaunu), a partir del recuerdo de la religión como vestigio vivo de la humanidad. El cristianismo se sitúa en esa línea como una realidad histórica evidente que ha movilizado la presencia de la palabra en el mundo. La Revelación aparece, entonces, como el factor que la fe coloca como lo determinante para su acción en el mundo.



    La primera parte (El amanecer de los tiempos modernos) abre con otro capítulo de orientación teológica, “El largo éxodo” (pp. 29-37), que explica los grandes temas bíblicos encaminados a la realización de la salvación. El siguiente, sobre la cristiandad latina (pp. 38-54), explora lo acontecido en los siglos previos al estallido reformador, especialmente desde el siglo VI y se detiene en el énfasis apocalíptico-escatológico propio de la época de Lutero y los demás reformadores, así como en las formas de vida prevalecientes en los diversos Estados y territorios. Inmediatamente, es presentado “El clima pre-reformador” (pp. 55-61) para advertir acerca de los impulsos previos al siglo XVI y conectarse, de ese modo, con las líneas de convergencia que se desarrollarían durante el movimiento. Se dice, por ejemplo, que “el poder mediador de la Iglesia” comenzó a ser comprendido de una manera nueva, pues los vaivenes históricos del papado causaron mucha confusión y sorpresa. Algunos grupos renovadores comenzaron a insinuar la necesidad de experimentar la centralidad de la fe y de las Escrituras en relación con la salvación.



     



    Páginas del libro.



    La segunda parte (“Fragmentación”) abre con un capítulo que expone en trazos amplios el camino del humanismo a la Reforma (pp. 64-81) en sus diversas manifestaciones: el arte, las fuentes clásicas, la imprenta, la élite intelectual, la educación y la exégesis, sin dejar de lado el impacto del humanismo en las traducciones bíblicas. Las afirmaciones sobre la paradoja humanista son imperdibles (pp. 80-81). “Lutero y Europa” (pp. 82-109) es una amplia exposición de lo acontecido alrededor y en la figura de Lutero, desde su trasfondo personal hasta la influencia de su labor reformadora fuera de Alemania. Su desarrollo, el alcance de su labor teológica y la especificidad de su mensaje son presentados magistralmente por Marc Lienhard, autor de diversos trabajos sobre Lutero, pues no olvida discutir el impacto del reformador en las autoridades y en los territorios de los Habsburgo, antes de extenderse por toda Europa. Una breve sección (pp. 106-108) se ocupa de la oposición a Lutero, especialmente dedicada a la Guerra de los Campesinos.



    Con una gran profusión de imágenes (como en todo el volumen), son presentadas la vida y obra de Zwinglio y Calvino por Jacques Courvoisier y Alexandre Ganoczy, respectivamente (pp. 110-119 y 120-136), para pasar luego a examinar la consolidación de la Reforma en el continente (pp. 137-142), mediante un mapa y una buena cronología explicada. El último capítulo de esta sección se refiere al establecimiento de la Reforma en Suiza (pp. 143-153), que integra la labor de Zwinglio y Calvino, para concluir con el lugar que alcanzó Ginebra como la “Roma protestante”.



    La tercera parte, “Cristiandad destrozada”, inicia con un estudio sobre la difusión, fracaso y sobrevivencia de las convicciones reformadoras en España e Italia (pp. 156-167), en el que se destacan las causas del fracaso en Italia, el triunfo de la Inquisición española y lo que se denomina “la reforma imposible”, esto es, la manera en que la Corona y esa institución acabaron con cualquier vestigio de reforma en el territorio hispánico. Una frase destaca aquí: “La Reforma Protestante nunca fue reamente aceptada excepto por un pequeño porcentaje de la población; en un país sujeto al control central y a la vigilancia omnipresente de la Inquisición, no podía representar una amenaza real” (p. 163). El legado de la reforma española se fraguó en el exilio, pues la nómina de personajes repartidos por Europa influyó de diversa forma, además de que algunos impulsos internos como los del cardenal Cisneros y el arzobispo Carranza se convirtieron en referencias ineludibles.



    En Francia, sobre la que Georges Livet habla de fracaso o herencia espiritual (pp. 168-183), las cosas no fueron muy diferentes, aun cuando la presencia hugonota dio a este país un peculiar desarrollo del protestantismo marcado por las ocho guerras de religión que concluyeron en 1598, con el Edicto de Nantes. La influencia de Calvino, debido a su cercanía en Ginebra, doto además a ese movimiento de una estructura eclesial que sobrevivió a los feroces ataques recibidos desde la monarquía, tan inestable ideológicamente, cuanto agresiva al momento de querer salvaguardar la presencia del catolicismo. En ese sentido, se destaca la importancia del año 1559, el de la muerte de Enrique II y del primer sínodo nacional protestante llevado a cabo en París, con una confesión de fe propia. El “modelo francés” se impuso con fuerza para representar la manera en que se resolvió la disidencia de los hugonotes. A ello se respondió con una impensada fuerza organizativa que sobrevivió a la represión.



    Lo sucedido en Alemania y Escandinavia entre 1530 y 1620 es expuesto por Bernard Vogler (pp. 184-195), en términos de la división del primer país y el establecimiento formal del luteranismo, además de algunos progresos del calvinismo. Asimismo, se menciona la formación de los pastores y el surgimiento cada vez más claro de una piedad, un culto y una cultura luterana. En Escandinavia el establecimiento del luteranismo siguió caminos paralelos. En la región del Rhin (pp. 196-205) tuvo lugar un éxito notable de la Reforma basado en algunos modelos: el de Estrasburgo, con Martín Bucero como figura central; el Palatinado, adonde la fe reformada alcanzó mucha fuerza. En este capítulo se integra lo sucedido en los Países Bajos y la influencia de la Reforma para la obtención de la independencia holandesa.



    Mientras tanto, en Inglaterra se desarrolló “la vía media”, expuesta brillantemente por Robert Kingdon (pp. 206-213) bajo la política de Enrique VIII y, posteriormente, de una influencia continental que se aprovechó de la ubicación geográfica de las islas británicas para sostener, por momentos heroicamente, el avance de la Reforma en los demás países, con todo y los reacomodos políticos. En ese contexto, las figuras de María Tudor e Isabel I aparecen como sumamente relevantes. Ello dio pie al surgimiento de la disidencia puritana (pp. 214-222) que contribuyó a la conformación de un perfil más plural de los diversos movimientos hasta su “exportación” al Nuevo Mundo en el siglo XVII. Los diferentes modelos eclesiásticos (anglicano oficial, presbiteriano y congregacional) se fueron esbozando en diferentes oleadas históricas.



     



    Nueva edición del libro original.

    El penúltimo capítulo de la sección analiza la expansión de la Reforma en el este y el norte europeos (pp. 223-230), zonas específicas que merecen atención aparte: Polonia, Hungría (gracias, en parte, al sultán turco Suleimán el Magnífico), Rumania y otros países, aprovecharon de manera variable la cercanía de Alemania para que el protestantismo creciese. El último capítulo, escrito por Olivier Fatio, expone las características generales de la ortodoxia protestante (pp. 231-242), es decir, el progresivo desarrollo de una línea doctrinal ya establecida como normativa. Ese avance teológico estuvo marcado por autores que se vieron exigidos para formular un corpus doctrinal solido que, en ocasiones, llegó al extremo de la rigidez. Para Fatio, este periodo abarcó desde mediados del siglo XVI hasta el final del siglo XVII. No dejan de mencionarse las controversias por el legado de Lutero, los esfuerzos por lograr “concordias” teológicas los más definitivas que fuera posible y la manera en que se construyó también la ortodoxia reformada, con Teodoro de Beza al frente, y los esfuerzos unificadores en Holanda alrededor del Sínodo de Dordrecht (1618-1619).



    La cuarta parte del volumen recoge trabajos sólidos acerca de la vida diaria en la iglesia reformada (pp. 244-253), con excelentes acercamientos a la liturgia y a la vida familiar en los diferentes países; los hombres y las ideas al margen de la historia (pp. 254-260), mediante una buena aportación acerca sobre la intolerancia y los excesos en que se incurrió, además del surgimiento de las ciencias naturales; el surgimiento del maestro de escuela (pp. 261-265) y de una pedagogía activa y eficaz para la mayoría de las personas; y el Concilio de Trento y la reforma católica (pp. 266-279), aspecto que muchas veces se deja de lado desde una visión protestante triunfalista.



    El libro concluye con una serie de reflexiones sobre “El destino de la Reforma” por el propio Chaunu (pp. 280-288), en donde se recapitula el papel desempeñado por el protestantismo en la historia de Occidente. El supuesto éxito de este movimiento en “este mundo” obedece claramente a su vocación de apertura hacia las transformaciones, pues más allá de su dinámica teológica interna, ha producido personajes e instituciones dignas de ocupar un lugar en la historia. A partir de nombres clave (Sixtinus Amama, John Cameron y Louis Cappel, entre otros más antiguos; y Albert Schweitzer, Martin Luther King, Jr. y Desmond Tutu, entre los más recientes), el autor delinea el derrotero de la fe reformada en los espacios eclesial, político y cultural. “¿Cuál es el destino de la reforma hoy”?, se pregunta el autor para cerrar el volumen, y responde que, mientras sea capaz de proveer instrumentos espirituales a las personas, seguirá vigente. Sus palabras son elocuentes:



    La crisis de la Iglesia no es la crisis del catolicismo o del protestantismo, es una crisis común a todas las iglesias. Las iglesias protestantes, fieles, desafortunadamente, a su vocación de ser vanguardia, han sido sólo afectadas más pronto y más profundamente que otras, especialmente la católica, la cual es duramente sacudida en sus dominios europeos. En la medida en que la tradición reformada se vea a sí misma como elemento purificador para el abordaje y la recepción de la tradición antigua, podrá vehicular la promesa de nuevas reformas. Así, las iglesias surgidas de la Reforma se hallarán pronto llamadas a producir una  nueva reforma, una nueva era apostólica —la hemos presenciado—, llamada el Avivamiento (p. 286).


     

     


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