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Leopoldo Cervantes-Ortiz
 

Lutero o el criado de Dios, obra de teatro de Francisco Prieto

La obra reconstruye el momento en que Lutero decidió hacerse monje en medio de la oscuridad de la tormenta que cerca estuvo de acabar con él,

GINEBRA VIVA AUTOR Leopoldo Cervantes-Ortiz 24 DE MARZO DE 2017 11:20 h
Francisco Prieto.

La soberbia es la madre de la intolerancia. ¿Saben?, por ella he herido de muerte a la Iglesia. Y lo peor es que veo a la Iglesia reformada multiplicarse en sectas y más sectas. Es verdad que Roma había ofendido gravemente a Dios. Cuánto me duele que los campesinos no me hubierran entendido, y que yo mismo, el motor de su rebelión, pidiera a sus opresores que los aniquilaran sin piedad.1 Lutero en su lecho de muerte, según F. Prieto



Francisco Prieto (La Habana, 1942) es un personaje muy reconocido en el ámbito cultural mexicano. Novelista, ensayista, profesor y comunicador, conduce el programa radial “Huellas de la historia” desde 1989.



Nunca ha ocultado su fe católica y, por el contrario, pertenece a esa extraña franja de autores mexicanos (como Vicente Leñero, Ignacio Solares y Javier Sicilia) que, a contracorriente de las posturas dominantes, considera que sus creencias son el motor de su labor cultural. Formó parte del grupo de escritores (“Los católicos”) que se reunieron durante varios años en la casa de Leñero principalmente para debatir acerca de sus ideas religiosas.



Es autor de un buen número de novelas, entre ellas: Caracoles (1975), Taller de marionetas (1978), Ruedo de los incautos (1983), Si llegamos a diciembre (1985), La inclinación (1986), Tres novelas del deseo y la culpa (2004), entre otras. Otras obras de teatro suyas son: La expiación (1986), Shakespeare y yo (1987) y Felonía (2007), acerca de la pederastia sacerdotal, además de algunos volúmenes de ensayo. Uno de sus trabajos recientes es La construcción del infierno (2016).



En un volumen publicado recientemente, Prieto se ubica en la estirpe de autores creyentes como François Mauriac, Graham Greene, Julien Green y Georges Bernanos, una filiación restringida a pocos escritores mexicanos.



Su testimonio de esas reuniones es elocuente y significativo: “En aquellas reuniones todos alimentamos nuestra fe, nuestra visiones de la institución eclesiástica, tan divergentes, pero todo con Él, por Él y en Él”.2



“En palabras de Vicente Leñero el eje narrativo de Prieto es ‘el análisis de la condición humana en lo que tiene de angustioso; en las situaciones límite de amor, de la pasión, del sentido de la vida, de la muerte’”.3



Sobre los herejes y la herejía como posibilidad de la vida de fe, Prieto ha escrito líneas esclarecedoras: “La herejía es, antes que cualquier otra cosa, un acto de libertad que brota de lo más profundo de la conciencia. Son las grandes herejías las que han mantenido vivas las tradiciones en su esencialidad, hasta dejarlas libres de adherencias malignas y volverlas a la vida, revolucionadas.



El hereje es el que ha conquistado la autenticidad desde el amor a la verdad, el que ha vencido el miedo a la soledad, a la orfandad puesto que, de pronto, se percibe solo, fuera del vientre de su iglesia a la que ama desde la raíz de su ser. Es ese amor a la iglesia originaria la que dispara la herejía”.4



De 1999 es Lutero o el criado de Dios, una obra de teatro en la que, con base en los últimos momentos de la vida del reformador alemán, sondea en las posibilidades de la conciencia y la autoevaluación que hace el personaje de los entretelones de su vida y obra.



 



Encuentro del cardenal Cayetano con Lutero



La elección de los personajes que acompañan a Lutero evidencia una buena reconstrucción histórica de la época y de algunos instantes cruciales de su vida. Se sirve de la presencia de dos de sus hijos, Juan y Martín, para que, mediante un contrapunto existencial bien llevado, cada uno de ellos represente los polos opuestos de su influencia en el ámbito familiar.



Juan expone la visión positiva de aprovechamiento de tal influencia, en el sentido de asumir la fe de su padre. Martín, por el contrario, se adelanta a una visión bastante cínica de la realidad religiosa y del verdadero impacto de la obra de su progenitor.



Lo cuestiona continuamente, aun cuando la obra se centra en los instantes últimos de la vida Lutero, cuando incluso se mezclan situaciones pasadas con el presente lleno de angustia ante la necesidad de evaluarse a sí mismo como parte del proceso de ruptura, dispersión y disolución de la Cristiandad.



En el primer cuadro, dividido en 10 escenas, vemos cómo un Lutero agonizante visualiza sus acciones pasadas como proyecciones de su mente. Sus dos hijos dialogan desde un inicio sobre los alcances de su obra para Alemania y para el mundo.



Ambos se sienten impactados por el peso de su labor, aunque no dejan de percibir la angustia que le produjo a su padre abrir el camino de la Reforma.



Así se exprea Martín: “¡Ay, padre, cuánta admiración y cuánto miedo le tengo! Cuando lo he visto atormentarse y atormentarnos, mi rabia hacia aquel Dios de temor y de temblor era tan fuerte como el horror que todavía entonces sentía por el infierno” (p. 12). Juan, a su vez, va expresando su fe como a hurtadillas, sin dejar de afirmarla al lado de la incredulidad de su hermano.



La obra reconstruye el momento en que Lutero decidió hacerse monje en medio de la oscuridad de la tormenta que cerca estuvo de acabar con él, así como las tentaciones carnales a las que estuvo sujeto y que no hicieron más que aumentar su angustia en relacion con su salvación.



 



El agonizante reformador se confiesa descarnadamente con sus hijos y les hace ver cuán desgarradora fue su expefiencia de fe, al sebtirse consumido por la carnalidad que lo atenazaba y que no sabía distinguir del verdadero llamado de Dios para servirle. Incluso llega a compararse con Judas, pero su hijo Juan intenta alejarlo de esa idea con energía.



En la sexta escena del primer cuadro, Lutero aparece con sus padres tratando de explicar las razones por que quiso ser monje. Sus palabras lindan con la mística. “Me hinqué, permanecí hincado mucho tiempo y daba gracias a Dios que me había elegido. Gocé luego el silencio, que fue una experiencia nieva y sobrecogedora. Me supe en el núcleo mismo de la conciencia del Eterno, yo ya no era yo y me sentí vaciado del deseo” (p. 23).



En la siguiente escena, Martín lleva a su padre al borde de la incredulidad total, aun cuando le dice que lo único que desea es verlo morir en paz.



Otro momento climático es el encuentro del reformador con Cayetano en 1519, el enviado papal, y Tetzel, promotor de la venta de indulgencias, a quien desprecia profundamente. El diálogo con el cardenal roza los límites de la heterodoxia que el prelado apenas puede soportar cuando Lutero ratifica sus intuiciones teologicas con plena disposición de ánimo.



A la orden explícita de retractarse de sus escritos heréticos, el exmonje agustino responde con la afirmación plena e inequívoca de la libertad cristiana: “Libertad para regir por nosotros mismos nuestra vida” (p. 32).



Su honda exclamación al escuchar un comentario de su hijo Juan parte en dos el escenario. “¡Dios nos libre de los teólogos!” (p. 33), para luego subrayar su estricto apego a la Escritura como razón de ser del ovimiento que encabezó. La primacía de la fe para la obtención de la salvación es el centro de su arguimentación.



En medio de ese ddebate histórico, sus hijos también discuten aspectos colaterales de la teología: el auto-sacrificio divino, la revelación “tardía” de Dios, la existencia del diablo… Lutero concluye afirmando la libertad que su nación ha obtenido gracias a la Reforma: los alemanes ya no serían avasallados por Roma.



La dos últimas escenas del primer cuadro remiten a la angustia que le provocaba a Lutero su sexualidad. Una oración progunda brota de sus labios al respecto: “Dulce Señor, si fuera tu santa voluntad que yo viviese sin mujer, sosténme contra als tentaciones. Señor, te lo pido llorando, desde el fondo de mi corazón porque si fuera tu voluntad otra, mándame entonces una moza buena y piadosa con quien pase dulcemente este tránsito. Te prometo, Padre, que me entregaré a ella en fidelidad perfecta” (p. 41).



Otro aspecto de la obra es su relación con su esposa Catalina, que aparecerá en el segundo cuadro.




1 Francisco Prieto, Lutero o el criado de Dios. México, UNAM, 1999 (Textos de difusión cultural, La carpa), p. 52.





2 “Los católicos”. Vicente Leñero en torno a la fe. México, Ediciones Proceso, 2016, p. 131.





3 “Felonía, de Francisco Prieto”, en Proceso, 27 de agosto de 2007, www.proceso.com.mx/210723/felonia-de-francisco-prieto.





4 F. Prieto, “La herejía”, en Colabora, revista digital, 20 de febrero de 2015, http://jus.com.mx/colabora/herejias-2/



 

 


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