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    Andrés Messmer y Santiago Míguez
     

    Su sangre y su justicia

    El himno Christi Blut und Gerechtigkeit fue escrito por Nikolaus Ludwig von Zinzendorf entre 1735 y 1739.

    Nikolaus Ludwig von Zinzendorf.

    Uno de los más grandes misioneros de todas las épocas, y el individuo que hizo más por el avance de la causa de las misiones protestantes durante el siglo dieciocho fue un noble alemán: el conde Nikolaus Ludwig von Zinzendorf.



    Tuvo una influencia poderosa en los comienzos del cristianismo protestante, que en muchos aspectos igualó o superó a la de sus amigos John Wesley y George Whitefield.



    Inició el evangelismo ecuménico, fundó la Iglesia Morava y escribió muchos himnos; pero, por encima de todo, impulsó un movimiento misionero mundial que preparó la escena para Guillermo Carey y el “Gran Siglo” en las misiones que vino posteriormente.



    Zinzendorf nació en 1700 en una familia rica y noble. La muerte de su padre y el nuevo matrimonio de su madre hizo que quedara al cuidado de su abuela y de su tía, las cuales lo criaron. Su ferviente pietismo evangélico inclinaba su corazón a los asuntos espirituales. Su primera enseñanza fue reforzada por su educación.



    A la edad de diez años fue enviado a estudiar a Halle, donde recibió la inspiradora enseñanza del gran pietista luterano August Hermann Francke.



    Allí Zinzendorf se reunió con otros jóvenes devotos, y de su asociación surgió la “Orden del Grano de Mostaza”, una hermandad cristiana dedicada a amar a “toda la familia humana” y a la propagación del evangelio. De Halle, Zinzendorf fue a Wittenberg a estudiar derecho como preparación para la carrera de estadista, única vocación aceptable para un noble.



    Pero él no estaba contento con lo que le deparaba el futuro. Anhelaba entrar al ministerio cristiano, pero la ruptura de la tradición familiar parecía imposible.



    La cuestión lo abrumó hasta 1719, cuando un incidente, durante una gira por Europa, cambió el curso de su vida. En una visita a una galería de arte, vio una pintura (el Ecce Homo de Domenico Fetti) que mostraba a Cristo sufriendo el dolor producido por la corona de espinas, y una Inscripción que decía: “Yo hice todo esto por ti, ¿qué haces tú por mí?”.



    Desde ese instante, Zinzendorf supo que nunca podría ser feliz viviendo al estilo de la nobleza. A pesar del precio que tendría que pagar, buscaría una vida de servicio al Salvador que había sufrido tanto por salvarlo. (Fragmento del libro “Hasta lo último de la tierra” de Ruth A. Tucker).



    El himno Christi Blut und Gerechtigkeit fue escrito por Nikolaus Ludwig von Zinzendorf entre 1735 y 1739 y traducido parcialmente al inglés por John Wesley en 1740. En esta ocasión ha sido traducido en su totalidad por Andrés D. Messmer y Julia Palomino, corregido por José U. Hutter y adaptado por Santiago Míguez de la Rosa.



    La versión que tenemos el placer de presentar, es la reducida a 12 estrofas acompañada en la primera de ellas por los acordes para guitarra, instrumento habitual en nuestras iglesias.



    Esperamos que sea útil para volver a ser empleada en el culto público para la gloria de Dios, la edificación de la iglesia de Cristo y la obra del Espíritu Santo en los oyentes. La versión íntegra se incluye a modo de referencia.



     



    SU SANGRE Y SU JUSTICIA (versión reducida)



    Letra: Nikolaus Graf Ludwig von Zinzendorf, 1735-1739. Traducción: Andrés D. Messmer y Julia Palomino.Corrección: José U. Hutter, 2015. Adaptación: Santiago Míguez de la Rosa, 2015. Música: Nikolaus Herman 1551.



    Rem Sib Fa

    Su sangre y su justicia son

    Sib Do Rem

    mis ropas y mi galardón;

    Re Lam Fa Do Rem

    y así vestido quiero estar

    Sol Rem Sib Do Re9 Re

    cuando ante Dios me vaya a hallar.



     



    Y aunque haya de comparecer



     



    no habrá denuncia que temer,



    mi culpa ha sido absuelta ya,



    y en Cristo, ¿quién me acusará?



     



    La multa cuelga de la cruz



    y el diablo allí la ve, a la luz;



    el pacto antiguo lo rasgó



    el clavo que al Cordero hirió.



     



    Mi sangre no es honor capaz



    de rescatarme y darme paz,



    y aunque su pacto transgredí,



    ya no hay demanda contra mí.



     



    Ahora veo al que murió,



    Cordero santo que sufrió



    tronco áspero desgarrador



    y reconozco a mi Señor.



     



    Su sangre tiene tal valor



    que es bien cual no hay otro mayor,



    tesoro de una inmensidad



    que durará la eternidad.



     



    Y si preguntan por mi ajuar



    cual se hace al que se va a casar,



    respondo que desnudo hui



    del diablo y a Jesús vestí.



     



    Mi hermoso traje he de guarda



    pues su ralea es singular;



    la sangre de nuestro Señor



    conserva intacto su esplendor.



     



    Bendito seas, Emanuel,



    que siendo Dios vestiste piel;



    pagaste por la humanidad



    rescate por la eternidad.



     



    Ayuda al que ha de predicar



    y al que desea abandonar



    la fosa, y como pecador



    hallar refugio en ti, Señor.



     



    Glorioso Jesucristo Rey,



    apiádate de nuestra grey,



    bendice al que de ti va en pos,



    Hijo unigénito de Dios.



     



    Y quiero que por mi elección



    por gracia, sea el galardón



    tu sangre y ser vestido así



    de tu justicia puesta en mí.



     



    SU SANGRE Y SU JUSTICIA



    Letra: Nikolaus Graf Ludwig von Zinzendorf, 1735-1739. Traducción: Andrés D. Messmer y Julia Palomino.Corrección: José U. Hutter, 2015. Adaptación: Santiago Míguez de la Rosa, 2015. Música: Nikolaus Herman 1551.



     



    Su sangre y su justicia son



    mis ropas y mi galardón;



    y así vestido quiero estar



    cuando ante Dios me vaya a hallar.



     



    Y aunque haya de comparecer



    no habrá denuncia que temer,



    mi culpa ha sido absuelta ya,



    y en Cristo, ¿quién me acusará?



     



    La multa cuelga de la cruz



    y el diablo allí la ve, a la luz;



    el pacto antiguo lo rasgó



    el clavo que al Cordero hirió.



     



    Mi sangre no es honor capaz



    de rescatarme y darme paz,



    y aunque su pacto transgredí,



    ya no hay demanda contra mí.



     



    El diablo en su retribución



    exige la crucifixión;



    las almas que él así perdió



    el Salvador las rescató.



     



    Yo sé que el diablo puede ver



    que justamente ha de perder



    a aquellos que estando en prisión



    reciban justificación.



     



    Ahora veo al que murió,



    Cordero santo que sufrió



    tronco áspero desgarrador



    y reconozco a mi Señor.



     



    Su sangre tiene tal valor



    que es bien cual no hay otro mayor,



    tesoro de una inmensidad



    que durará la eternidad.



     



    Aunque llegasen a aumentar



    los pecadores como el mar



    el diablo obtuvo su jornal



    y él ase en vano su caudal.



     



    La escolta de la eternidad,



    hueste incesante, sin maldad,



    jamás vendrá a condenación



    pues se ha pagado su sanción.



     



    Al justo Dios lo propició



    la sangre que Jesús vertió,



    ante él sería vano afán



    si hubiese sido herido Adán.



     



    Así no habría culpa más,



    mas se reiría Satanás;



    no habría imagen del Señor:



    ser redimidos es mejor.



     



    Ahora han de testificar



    de que en el cielo quiero entrar



    los hombres y ángeles también



    que desde el cielo dan su amén.



     



    Si por la gracia del Señor



    llegase a ser fiel servidor,



    si el mal llegase a resistir,



    si no pecase hasta morir,



     



    al verlos en la eternidad



    no pensaré ya en mi piedad,



    verán a un pecador llegar,



    por el rescate, dentro a estar.



     



    Allí el padre Abraham honor



    junto a los santos da al Señor,



    y si en su libro miran, ven



    que pecadores son también.



     



    Y si preguntan por mi ajuar



    cual se hace al que se va a casar,



    respondo que desnudo huí



    del diablo y a Jesús vestí.



     



    Mi hermoso traje he de guardar



    pues su ralea es singular;



    la sangre de nuestro Señor



    conserva intacto su esplendor.



     



    Cuando pregunten al final



    qué hice en la vida terrenal,



    doy gracias a nuestro Señor,



    si algo hice, lo hice por amor.



     



    Sabía que su inmolación



    lavaba con su inundación



    y no hay por qué ceder al mal,



    fue mi alegría idea tal.



     



    Si un mal deseo vi nacer,



    gracias a Dios, no hay que ceder



    y dije a la avaricia: no;



    por esto Cristo, cruz sufrió.



     



    Y no hubo más confrontación,



    fue este consejo solución:



    lo expuse ante mi Dios tal cual,



    y así logré quitarme el mal.



     



    E igual que el diablo al ver su luz



    es espantado por la cruz,



    aquello que no alaba a Dios



    lo alejo de la cruz en pos.



     



    Los santos se alborozarán



    y entonces todos cantarán;



    y para mi felicidad,



    será en espíritu y en verdad:



     



    Solo al Cordero he de adorar,



    pues fue inmolado en mi lugar



    y así el pecado desterró



    y Dios en él nos aceptó.



     



    Y mientras viva he de ayudar,



    mi corazón y mente dar



    a todo el pueblo del Señor,



    a los cristianos, por amor,



     



    pues el Altísimo mostró,



    cuando el Amado padeció,



    amor tan alto que no hay ser



    que lo consiga comprender.



     



    Vosotros, hijos del perdón:



    os pido con el corazón



    que en la carrera terrenal



    os fieis de Cristo hasta el final.



     



    Maestros en particular:



    sobre su sangre hay que enseñar



    o nada se conseguirá;



    vacía el alma quedará.



     



    Bendito seas, Emanuel,



    que siendo Dios vestiste piel;



    pagaste por la humanidad



    rescate por la eternidad.



     



    Ayuda al que ha de predicar



    y al que desea abandonar



    la fosa, y como pecador



    hallar refugio en ti, Señor.



     



    Glorioso Jesucristo Rey,



    apiádate de nuestra grey,



    bendice al que de ti va en pos,



    Hijo unigénito de Dios.



     



    Y quiero que por mi elección



    por gracia, sea el galardón



    tu sangre y ser vestido así



    de tu justicia puesta en mí.



     



    Esta es la versión original:





     



    Para conocer la biografía del autor del himno, recomendamos leer aquí.



     


     

     


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