La maravilla bajo nuestros pies

Fuimos creados para la Tierra: para su atracción, su tacto, su abrazo. No somos seres que flotan libremente, sino seres arraigados.

17 DE AGOSTO DE 2026 · 19:10

Foto: <a target="_blank" href="https://unsplash.com/es/@jupp">Jonathan Kemper</a>, Unsplash CC0.,
Foto: Jonathan Kemper, Unsplash CC0.

La próxima vez que pasees por la naturaleza, hunde los dedos de los pies descalzos en la tierra. Coge un puñado de tierra y obsérvalo de cerca. ¿Está vivo y se retuerce? ¿O parece sin vida e inerte?

Cuando tocamos la tierra, estamos tocando algo profundamente antiguo, profundamente vivo. Puede parecer sólida y sin vida, pero ese puñado de tierra que has cogido es una sustancia viva. ¡Sorprendentemente, contiene más microorganismos que personas hay en nuestro planeta!

Estos microbios descomponen la materia orgánica, absorben nitrógeno, ayudan a las plantas a crecer, capturan carbono y sostienen los ecosistemas.

Sin suelo, no podríamos cultivar alimentos. No habría bosques, ni praderas, ni cultivos, ni flores, ni vida tal y como la conocemos.

Sin embargo, degradamos este suelo a diario, mediante la explotación agrícola excesiva, la deforestación y la contaminación. Lo tratamos como si fuera suciedad, cuando en realidad es un tesoro vivo.

Cuidar de la tierra es cuidar del planeta Tierra, es cuidar de nosotros mismos.

Cuando decimos “Tierra”, puede que nos refiramos al globo que gira en el espacio. O puede que nos refiramos al suelo que pisamos: tierra, piedra, arena, arcilla.

Puede que nos refiramos al ecosistema que lo envuelve: bosques, montañas, ríos y valles. Todo ello importa. Todo ello es maravilloso.

Caminamos sobre ella. Vivimos de ella. Construimos sobre ella. Y, sin embargo, rara vez nos paramos a reflexionar sobre esa maravilla silenciosa que es la Tierra, tanto el nombre de nuestro planeta como la sustancia que hay bajo nuestros pies; la cuna de nuestra existencia, la fuente de todo lo que necesitamos para sobrevivir.

El polvo lunar, a modo de comparación, no es fértil. Carece de materia orgánica, agua y microorganismos beneficiosos. Ningún otro planeta o luna de nuestro sistema solar es capaz de sustentar el crecimiento vegetal y la agricultura sin tecnología avanzada.

La Tierra es única en nuestro sistema solar por tener la combinación adecuada de agua, aire y calor en su superficie.

 

La gravedad

Uno de los aspectos menos valorados, pero más esenciales, de la Tierra es su masa y la fuerza que esta materia genera: la gravedad.

Sin gravedad, nada se mantendría en su sitio. No habría arriba ni abajo, el agua no se mantendría en los océanos y el aire no se adheriría a la superficie del planeta. No podríamos caminar, construir ni siquiera respirar.

La gravedad nos da peso, pero también estabilidad. Mantiene nuestros cuerpos unidos. Sujeta los edificios a sus cimientos. Mantiene a la Luna en órbita, determinando las mareas y el tiempo.

Hace que la Tierra gire alrededor del Sol en un delicado equilibrio entre movimiento y atracción. Es la fuerza que hay detrás del eclipse solar que vimos la semana pasada.

La masa de la Tierra (unos 5,97 × 10²⁴ kilogramos) es la ideal para la vida.

Un planeta más pequeño (como Marte) tendría muy poca gravedad para retener una atmósfera densa o agua en estado líquido. Uno más grande (como Júpiter) aplastaría la vida con su presión y carecería de una superficie sólida.

Nuestra Tierra está perfectamente equilibrada: tiene la masa suficiente para sustentar la vida, pero también el equilibrio necesario para permitir el movimiento, el clima y la estabilidad.

Nuestros cuerpos están en sintonía con la atracción de la Tierra. Cada paso que damos, cada vez que saltamos, caemos o descansamos, estamos en relación con esta fuerza invisible. Ella determina cómo se desarrollan nuestros músculos, cómo crecen nuestros huesos y cómo se orienta nuestra mente.

En gravedad cero, el cuerpo se debilita. Los huesos se vuelven frágiles. Los músculos se atrofian. Fuimos creados para la Tierra: para su atracción, su tacto, su abrazo. No somos seres que flotan libremente, sino seres arraigados.

 

Los terrícolas

No estamos separados de la Tierra. Somos parte de la Tierra. Muchas culturas indígenas se refieren a la Tierra como la Madre Tierra, no como una metáfora, sino como una realidad.

Ella nos alimenta, nos da cobijo y nos enseña. En las tradiciones cristianas, la Tierra no es divina, pero se declara que es buena: una creación digna de respeto y de ser cuidada.

Toda la corteza terrestre tiene solo unos pocos kilómetros de espesor, pero es donde existe toda la vida conocida en todo el cosmos. Piénsalo por un momento. Todo lo que hemos creado proviene de la Tierra.

Cada comida, cada prenda, cada herramienta, cada aparato. Incluso nuestros cuerpos, formados a partir de los minerales, el agua y la materia orgánica de la Tierra, regresan a ella cuando morimos.

En el Génesis, la palabra hebrea para “ser humano” (adam) está relacionada con la palabra para “tierra” (adamah). Somos terrícolas en todos los sentidos: formados del polvo, sostenidos por el suelo y destinados a regresar a él.

Todo lo que los seres humanos han hecho jamás se ha llevado a cabo a pocos kilómetros por encima, por debajo o sobre la superficie de la Tierra, con las escasas excepciones de los viajes espaciales. Todo. El trabajo. La adoración. El deporte. El estudio. Hacer el amor. Dar a luz. Viajar. Las guerras. Escribir. Ir de compras. Los negocios…

Cuando nos sentamos a la mesa, deberíamos hacer una pausa para reflexionar sobre el hecho de que todo lo que tenemos ante nosotros proviene de esa delgada capa fértil de suelo de nuestra Tierra.

Una bendición hebrea para la mesa dice: Bendito seas, Señor nuestro Dios, Rey del universo, que haces brotar el pan de la tierra.

Cada comida debería despertar en nosotros una profunda gratitud… y asombro.

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Publicado en: PROTESTANTE DIGITAL - Ventana a Europa - La maravilla bajo nuestros pies