Sabiduría inesperada

La Biblia no debe ser bien recibida porque apoye las ideas socialistas, conservadoras o liberales, sino porque aborda cuestiones que ninguna ideología política puede responder por sí sola.

15 DE JULIO DE 2026 · 16:30

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Foto: Weekly Word.

Un colega noruego que vive en el Círculo Polar Ártico me ha hablado esta semana de un exitoso libro sobre la Biblia, escrito por dos parlamentarios socialistas ateos.

En el libro concluyen que la Biblia es mucho más rica y extraña, más radical y cautivadora, más humana y relevante de lo que muchos europeos laicos se han imaginado.

Cuando dos destacados políticos noruegos del Partido Rødt (Rojo) descubren que muchos de los valores que tanto aprecian —la dignidad humana, la igualdad, la solidaridad y la preocupación por los más vulnerables— están profundamente arraigados en la tradición bíblica, quizá todos deberíamos volver a echar un vistazo a este extraordinario libro.

Y es que muchos europeos consideran el cristianismo, en gran medida, como una reliquia del pasado, quizá parte de nuestro patrimonio cultural, pero ya no como una fuente viva de sabiduría para la vida pública.

Muchos descartan la Biblia por considerarla irrelevante, opresiva o, sencillamente, demasiado religiosa como para contribuir a la sociedad democrática moderna.

En La guía socialista de la Biblia, Mímir Kristjánsson y Sofie Marhaug no pretenden convencer a sus lectores de que Jesús fuera socialista. Pero sí invitan a sus conciudadanos a leer la Biblia, ya que sigue siendo indispensable para comprender la cultura noruega y la moral pública.

Lo que sorprendió a los autores fue descubrir la incansable preocupación de la Biblia por los pobres. Desde los profetas hasta las enseñanzas de Jesús, la riqueza nunca se trata como algo moralmente neutro. El poder económico se juzga repetidamente en función de si sirve a los demás o los explota.

A los autores les llamó la atención la frecuencia con la que las Escrituras condenan la injusticia, defienden a las viudas y a los huérfanos, acogen a los extranjeros y advierten contra el poder corrupto de las riquezas.

Por supuesto, los que “conocemos la Biblia” ya sabíamos todo esto, verdad? ¿O no? ¿Cuántos debates sobre la moralidad personal suelen recibir mucha más atención que las cuestiones de justicia económica, ética empresarial o las responsabilidades que conlleva la riqueza en nuestros círculos?

Tal y como descubrieron Kristjánsson y Marhaug, la Biblia habla con notable coherencia sobre ambos temas.

 

La gracia

También descubrieron algo que faltaba en la mayoría de los programas políticos: la gracia. La política funciona a través de derechos, intereses, negociaciones y poder.

Sin embargo, la Biblia hace hincapié en otra dimensión completamente distinta: la misericordia, el perdón y la reconciliación.

La justicia es sumamente importante, pero nunca lo es todo. Las relaciones rotas pueden restablecerse. Los enemigos pueden convertirse en buenos vecinos. Los seres humanos son más que miembros de grupos sociales rivales; son personas creadas a imagen de Dios.

Las sociedades sanas dependen de virtudes que los mercados no pueden producir y los gobiernos no pueden legislar: la honestidad, la humildad, el perdón, la responsabilidad y la confianza.

Se trata de virtudes relacionales antes que políticas. Florecen en las familias, los barrios, las congregaciones y las asociaciones de voluntariado mucho antes de que aparezcan en los parlamentos.

La visión de la Biblia es, por lo tanto, más amplia que el capitalismo o el socialismo. Sin duda, cuestiona el capitalismo desenfrenado siempre que se busca el beneficio sin tener en cuenta a las personas. Pero también cuestiona toda ideología política que imagine que el cambio estructural por sí solo puede perfeccionar la sociedad.

Las Escrituras insisten en que la injusticia no está simplemente arraigada en los sistemas, sino que también reside en el corazón de cada ser humano.

La codicia, la envidia, el orgullo y el deseo de poder no se limitan a una sola clase económica ni a un solo partido político. Aunque las instituciones políticas son de enorme importancia, no pueden redimir a la humanidad.

Quizás la mayor contribución de La guía socialista de la Biblia no sea su vertiente política, sino su curiosidad.

En lugar de encontrarse con un documento religioso obsoleto, los dos escépticos se encontraron con un texto que sigue moldeando las convicciones más profundas de Europa sobre la justicia, la compasión y el valor humano.

 

Punto ciego

En toda Europa hay cada vez más indicios de un renovado interés por el cristianismo entre personas que tienen poca fe personal.

Los historiadores reconocen cada vez más la influencia decisiva de la Biblia en los derechos humanos y las instituciones democráticas.

Los filósofos admiten que conceptos como la dignidad humana universal no surgieron de la nada. Incluso los comentaristas laicos se preguntan si la democracia liberal puede sobrevivir indefinidamente tras separarse del sustrato moral que la nutrió en un principio.

Numerosos estudiosos, tanto religiosos como laicos —entre ellos Tom Holland, Larry Siedentop, Jürgen Habermas, John Gray, Yuval Noah Harari, Ayaan Hirsi Ali, Douglas Murray y Francis Fukuyama— han cuestionado la antigua narrativa según la cual los derechos humanos y la democracia liberal no eran más que inventos de la Ilustración que desplazaron a la religión.

Más bien, sostienen, la Ilustración a menudo transformó, reinterpretó y secularizó conceptos morales que se habían desarrollado a lo largo de muchos siglos dentro de un marco cultural bíblico y cristiano.

Así pues, aquí surge una pregunta fascinante. Si los socialistas están empezando a tomarse en serio la Biblia de nuevo, ¿por qué tantos cristianos han dejado de esperar que esta dé forma a la vida pública?

Incluso los evangélicos, de quienes cabría esperar que se tomaran la Biblia más en serio, parecen tener un punto ciego en lo que respecta a su relevancia en la esfera pública.

Si dos socialistas noruegos ateos pueden encontrar una sabiduría inesperada en las páginas de las Sagradas Escrituras, quizá todos deberíamos volver a abrir el libro. No para reclutar a Dios para nuestro bando político, sino para permitir que la Biblia desafíe a todos los bandos, incluido el nuestro.

La Biblia no debe ser bien recibida porque apoye las ideas socialistas, conservadoras o liberales. Debe ser bien recibida porque aborda cuestiones que ninguna ideología política puede responder por sí sola.

¿Qué es un ser humano? ¿Por qué todas las personas poseen la misma dignidad? ¿Qué frena el poder? ¿Por qué debemos perdonar? ¿Qué exige, en última instancia, la justicia?

Incluso la última línea del libro nos depara una sorpresa: “Por último, pero no por ello menos importante: ¡Gracias, Jesús! Aunque no siempre creamos en ti, es bonito saber que tú crees en nosotros”.

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Publicado en: PROTESTANTE DIGITAL - Ventana a Europa - Sabiduría inesperada