El papa, en la misa y en el campanario

Cuando el papa citó la libertad de conciencia olvidó que su mayor enemigo ha sido por siglos la Iglesia Católica.

09 DE JUNIO DE 2026 · 12:00

León XIV saluda a las personas que acudieron a la entrada del Congreso, este lunes 8 de junio. Foto: Congreso,
León XIV saluda a las personas que acudieron a la entrada del Congreso, este lunes 8 de junio. Foto: Congreso

Es sorprendente la cobertura mediática que se ha hecho de la visita del papa. Su persistencia casi machacona es sólo comparable a la que vemos en los días del “orgullo gay”. En ambos casos la impresión es que los medios de comunicación han decidido que son eventos universales a los que todos tenemos que mostrar nuestra adhesión, y esto no como fruto de un debate y reflexión compartida, sino como una asunción autoimpuesta: aunque a muchos no les entusiasme el “orgullo gay”, todos se sienten obligados a corearlo; lo mismo sucede con la visita papal.

Esto es aún más llamativo si comparamos esta cobertura laudatoria con la que se tuvo con los recientes eventos evangélicos, tan inaceptablemente caricaturizados y denostados en los medios. Los medios de comunicación pueden no ser confesionales, pero mantienen una mentalidad católica en el sentido de guardar su santoral intocable y su índice de herejes; el lobby LGTBI y el papa figuran en el primero y nosotros tardaremos tanto en salir del segundo como las almas en escapar del purgatorio.

Los políticos han arrimado cada uno el ascua a su sardina, proclamando que lo que ellos defienden está en lo que dijo el papa. Al papa le ha interesado el apoyo del gobierno y al gobierno le ha interesado mediáticamente contar con la presencia del papa; por cierto, poco se ha hablado de Zapatero en estos días. Todos contentos.

Ahora bien, la Iglesia Católica no acaba de comprender la laicidad: si estás en la misa, no pretendas estar en el campanario. Fue el papa –no el Parlamento– el que pidió ser invitado para hablar en el Parlamento ¿Y en calidad de qué lo hizo? ¿De jefe de una iglesia o de jefe de un estado? La existencia de un estado Vaticano y de un concordato entre ese estado y el español no encajan, por muchos bolillos que se hagan, con la cualidad sólo espiritual de la jefatura del papa.

Tampoco comprende la laicidad buena parte de la clase política española, porque es un concepto protestante difícilmente asumible por la mentalidad de los españoles, que, como decía Baroja, “siempre van detrás de los curas: unas veces con un cirio, otras con una estaca”.

Ciertamente, el discurso del papa estuvo muy bien estructurado y abordó correctamente algunas cuestiones de interés, como el respeto a la vida desde su inicio hasta su final, el cuidado de los inmigrantes o el respeto a la discrepancia y el fomento del diálogo. Y lo hizo con claridad y equilibrio.

Ahora bien, es fácil decir desde al altar a los políticos lo que tienen que hacer cuando tú no tienes que tomar decisiones reales en situaciones reales; supone elevarte a un estado de superioridad moral que sale barata porque no te tienes que involucrar en las decisiones políticas y asumir sus consecuencias. El caso más claro al respecto fue su crítica al rearme en Europa en vez de acudir al diálogo; nadie puede aplaudir esto más que el tirano Putin –como lo haría Hitler en vísperas de la II Guerra Mundial–. Si Europa le hiciese caso al papa, Ucrania estaría ahora barrida del mapa y detrás vendríamos los demás.

Pero donde mostró un notable agujero fue en su requiebro dialéctico para vincular la defensa de las libertades con la historia del pensamiento español. Para comprender la realidad política española actual hay que ahondar en la conformación de la mentalidad colectiva española, porque el descarnado enfrentamiento político y social actual no tienen tanto que ver con las ideologías como con el poso de mentalidad colectiva, y en esta ha sido definitivamente protagonista la Iglesia de Roma: la imposición del rodillo tiene mucho que ver con la imposición del dogma por la mayoría religiosa; la persecución al disidente en los partidos, con la condena al hereje; la férrea disciplina de voto, con la imposición de la ortodoxia; el silenciamiento de los díscolos, con la suspensión a divinis… podríamos hacer todo un artículo sobre el tema.

El papa citó en este apartado a Francisco de Vitoria. La diferencia entre Francisco de Vitoria en España y Roger Williams en EEUU reside en sus propios discursos, pero especialmente en que Vitoria dio en hierro ante la mentalidad española tridentina intolerante, martillo de herejes, y se quedó en nada, mientras que Williams fue referente para la conformación de la primera democracia del mundo, construida a partir de la mentalidad colectiva protestante. La diferencia la marcó la receptividad colectiva de sus respectivos entornos nacionales; la autocracia se perpetuó en España asentada en la católica unión del trono con el altar –incluso en la célebre Constitución de Cádiz–, y la democracia se construyó en los países protestantes leyendo la Biblia.

Esa unión del trono con el altar no ha empezado a moverse hasta hace muy poco. Si una frase fue clave en el levantamiento militar del 36 fue la de Azaña “España ha dejado de ser católica”. El clero y una parte de la sociedad no la toleraron. Y los que vivimos la transición recordamos que –con la notable excepción de casos como el de Añoveros– nuestra mayor preocupación para la llegada de la democracia estaba en el ejército y la Iglesia de Roma. Eso impuso condiciones en la Constitución, como la cita específica a esta iglesia en el art. 16, que ahí sigue.

El papa habló de las libertades. Las libertades democráticas se conquistaron en los países protestantes desde la cosmovisión protestante. Esas libertades se tuvieron que conquistar en los países católicos enfrentándose a la cosmovisión católica. Cuando el papa citó la libertad de conciencia olvidó que su mayor enemigo ha sido por siglos la Iglesia Católica. Un ejemplo muy actual: El mayor problema que tiene esta iglesia para confrontar el adoctrinamiento de la Ideología de Género en la escuela es que carece de autoridad moral para hacerlo, porque durante siglos ella misma ha impuesto su adoctrinamiento.

El dogmatismo laicista español es heredero de la cosmovisión católica, y con esa misma mentalidad impone que “una mayoría tiene siempre la razón” y, por tanto, el derecho a imponer sus dogmas. Hace bien el papa en reclamar que “la pluralidad política no debería degenerar en descalificación permanente del adversario”, pero el problema es que el ninguneo de las minorías lo ha aprendido el laicismo dogmático de la mentalidad uniformista católica, que siempre ha criticado justamente la diversidad dentro del protestantismo.

Estamos de acuerdo con el papa en su defensa de la vida humana desde su inicio. Pero cada protestante está dispuesto a defenderla aunque se quede solo, y a pagar el precio por ello, justamente porque para un protestante la fe es una relación personal con Dios, una responsabilidad personal sin intermediación. En la mentalidad católica la fe se procesa a través de la institución y a un católico se le hace más difícil enfrentarse solo a una mayoría; por siglos ha estado en la mayoría y entiende que hay que darle siempre la razón a la mayoría aunque se esté en desacuerdo con ella; esto explica por qué Rajoy se echó atrás de su compromiso para cambiar la ley del aborto.

En una mentalidad católica la institución está por encima del individuo; esta es la razón por la que a las libertades personales aún les queda camino por andar en la mentalidad española y por la que los católicos han asumido sin rechistar los dogmas que ahora impone una nueva mayoría, y es la razón por la que una sociedad en buena parte católica como la española ha ido tragándose dogmas ajenos y contradiciendo sin resistencia lo que cree con lo que hace y vota; es un problema religioso con implicaciones políticas.

Ha estado muy bien una parte amplia del discurso del papa, pero para repetirlo tiene que rearmarse de autoridad moral. Para ello, el papa y la iglesia que preside tienen el reto de hacer una revisión de su institución a la luz de la Palabra de Dios y antes de predicar libertad de conciencia y demás libertades, y respeto a la diversidad, debe revisar su responsabilidad en la conformación de una mentalidad de siglos negadora de esas libertades. Es muy valiente pedir perdón por los abusos sexuales, sin duda, pero es igualmente oportuno revisar la aportación de la Iglesia Católica a la conformación de la mentalidad colectiva española, evaluarla y corregirla y estimular a sus fieles a hacerlo. Para ello, animamos a la Iglesia de Roma a hacer lo que los protestantes hemos hecho y seguiremos haciendo: volver otra vez a la Biblia.

El episodio del discurso del papa en el Parlamento es también una buena oportunidad para animarnos a los protestantes a reflexionar sobre cuál es y cuál debe ser nuestro papel en la vida pública, pero esto queda para otro artículo.

 

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Publicado en: PROTESTANTE DIGITAL - Ollada galega - El papa, en la misa y en el campanario