La independencia de Packer (11)

Packer decía lo que creía que se necesitaba oír, no lo que la gente quería oír, pero sin el autoengrandecimiento del que está encantado de conocerse. Quería desafiarnos a conocer, amar y pensar sobre Dios. 

25 DE AGOSTO DE 2026 · 10:30

Al teólogo que ahora celebramos su centenario, J. I. Packer (1926-2020) no le interesaba ninguna teología que no fuera experimental.,
Al teólogo que ahora celebramos su centenario, J. I. Packer (1926-2020) no le interesaba ninguna teología que no fuera experimental.

Si la teología no despierta tu conciencia y ablanda tu corazón, te endurecerá los dos”, observa Packer. Es por eso, que a él no le interesaba ninguna teología que no fuera experimental. Su espiritualidad va unida, además, a una humildad tan poco habitual, que a diferencia de tantos predicadores y autores conocidos, no hay ninguna organización o ministerio que lleve su nombre. Hasta para eso, carecía de ambición alguna. Decía lo que creía que se necesitaba oír, no lo que la gente quería oír, pero sin el autoengrandecimiento del que está encantado de conocerse. Lo único que quería Packer era desafiarnos a conocer, amar y pensar sobre Dios. 

Aunque ahora no lo parezca –tras tantos años retirado de la vida pública, sin poder hablar, leer o escribir, por su enfermedad–, Packer fue siempre alguien controvertido. Para algunos, era un rígido calvinista –aunque como a su maestro, Lloyd-Jones, a él no le interesaba ningún calvinismo que no fuera experimental– y para otros, demasiado cercano a los católicos –aunque él dijo que nunca sería católico, porque no aceptaba el papado y la infalibilidad de la enseñanza de la iglesia–. Como suele ocurrir, las cosas son más complejas de lo que parecen. Los obituarios convierten a figuras como Packer en poco menos que un santo de escayola. Y momentos como éste de su centenario, es una buena ocasión para mostrar su humanidad y las encrucijadas a las que se enfrentó en la vida.

Su vida no está exenta de paradojas. Era en su teología y temperamento, un puritano y de estudiante iba a una Asamblea de Hermanos, el ámbito del que nace el centro donde enseña la mitad de su vida en Canadá, Regent College, sin embargo, no rompe con el anglicanismo hasta el final de su vida, cuando se une también a un movimiento de colaboración con católicos-romanos. Packer es la quinta esencia de lo británico, pero pasó casi la mitad de su vida en América, teniendo su mayor influencia en Estados Unidos. Es uno de los maestros evangélicos con mayor formación académica del siglo XX, pero nunca quiso ser pastor de una iglesia conocida, ni profesor de una universidad importante. Era alguien pacifico y amable, pero en sus escritos abunda la polémica. Su erudición es inmensa, pero escribe para el público cristiano en general, en vez de para el medio especializado de la academia. 

Cuando Packer firma el documento de Evangélicos y Católicos Juntos (ECT) en 1994, alguien me dijo en Inglaterra: “Lo que pasa es que tiene buenos amigos católicos”. Yo no sé de qué religión se creía mi interlocutor que son los familiares y amigos de los evangélicos que vivimos en países latinos, pero desde luego no es por falta de relación con católicos, que algunos somos protestantes. Si hay algo que está claro en la vida de Packer es su completa independencia, incluso de lo que pensaban sus amigos. Un buen ejemplo es la discusión que surgió sobre el aniquilacionismo en 1988.

La independencia de Packer (11)

Packer no tenía miedo al diálogo, fuera con teólogos liberales, anglo-catolicos, ortodoxos orientales o católicos-romanos, porque sabía lo que creía.


¿Qué ha pasado con el infierno?

A diferencia de lo que muchos creen, no fue Stott quien puso claramente en cuestión la doctrina del infierno a finales de los años 80. En este caso como en el que comento a continuación –los diálogos con católicos–, habló con conocimiento de causa, porque estaba en relación con Stott, cuando todo esto ocurrió –antes de que yo llegara a formar parte de la comisión de teología de la Alianza Evangélica Mundial que se reunió con el Vaticano durante años, a partir de los encuentros de Evangélicos y Católicos Juntos, sobre los que hablo después–.

Lo que pasó con Stott fue que participó en un libro de diálogo con un teólogo liberal británico, David Edwards. En cierto momento de la conversación sale el tema del infierno y Stott plantea que hay varias formas de interpretar el fuego del juicio eterno. No dice nada más. Lo plantea como una hipótesis, pero nunca quiso desarrollarla. No hay libro, conferencia o artículo suyo que trate el tema con un mínimo de extensión. Quien sí lo hizo fue alguien tan cercano a Packer como Philip Hughes –anglicano reformado como él, amigo de Lloyd-Jones–, que trabajó en la Casa Latimer y enseñó en el Seminario Teológico de Westminster. Y quien todavía destacó más en el debate, fue el predecesor de Packer en Regent, Clark Pinnock, así como su antiguo colega en Inglaterra, John Wenham.

Pues bien, frente a todos ellos se enfrenta Packer en su defensa de la doctrina tradicional del infierno. No por animadversión a Stott, que tan sólo lo había sugerido tentativamente, sino contra sus propios amigos. Lo hace en una conferencia que da en homenaje a Leon Morris en Melbourne (Australia) en 1990. En ella se opone al universalismo en general, pero también a lo que llama “condicionalismo”. Responde a la sugerencia de Stott de que “la aniquilación última del malo pueda ser aceptada como legitima, fundamentada bíblicamente como alternativa al tormento eterno consciente”. A Stott le molestó que Packer usara su nombre en esa conferencia, algo que hizo de nuevo luego en Trinity. Stott no se sentía identificado con la descripción que hacía Packer de su postura.

Para Packer, el aniquilacionismo tiene poca base bíblica, sobre todo en los Evangelios. La enseñanza de Jesús en textos como Mateo 25:41-46, hace difícil aceptar el razonamiento de que no puede haber un lugar para un tormento humano continuo de aquellos que no han sido reconciliados con Dios. Como Stott, Packer da mucha importancia a la interpretación histórica de los textos. No puede creer que durante dos mil años de cristianismo nadie había entendido lo que significaba ese fuego, hasta llegar nosotros con nuestra moderna erudición científica de la filología bíblica –la base lingüística la encuentran todos estos autores siempre en un libro del americano Edward Fudge en 1982, “El fuego que consume”, que se publica en Australia con un prólogo de F. F. Bruce–. Para él, es un ejemplo de lo que C. S. Lewis llamaba “esnobismo cronológico”, o dicho claramente, simple soberbia. Nosotros somos los que sabemos.

La independencia de Packer (11)

A Stott le molestó que Packer usara su nombre en una conferencia en Australia en 1990 contra el aniquilacionismo, ya que a diferencia de lo que muchos creen, no se oponía claramente al infierno.

 

¿Evangélicos y católicos juntos?

A diferencia también de lo que obituarios como el de Timothy George, quieren dar a entender, Packer no es tampoco el inspirador, ni la principal figura del movimiento que nace en los años 90 de Evangélicos y Católicos Juntos (ECT). Fue claramente un luterano convertido al catolicismo-romano, Richard John Neuhaus en su libro “La plaza pública al desnudo” (1984), junto al político evangélico –convertido al cristianismo por la obra de Lewis, que estuvo en la cárcel por el escándalo Watergate–, Chuck Colson en “Reinos en conflicto” (1987), los que tienen la iniciativa como una respuesta al “secularismo, el materialismo y caos moral de nuestro tiempo”. La solución, para ellos, no está en la teología liberal que dominaba sus iglesias, sino la ortodoxia que representaba el catolicismo conservador y el cristianismo evangélico.

Es también importante entender que no fue un diálogo eclesial, sino de individuos. No representaban sus denominaciones, sino a sí mismos. La consulta en la que yo participé durante años, sí que representaba al Vaticano oficialmente, así como a la organización paraeclesial de la Alianza Evangélica Mundial. Yo llegué allí sustituyendo al peruano Samuel Escobar, cuando todavía no se había incorporado el italiano Leonardo de Chirico –la comisión era de seis representantes teológicos de cada confesión, provenientes de distintos continentes–. Al principio tuvimos alguien del movimiento estadounidense de ECT, pero como era un hombre de negocios sin formación teológica, la dirección evangélica alemana pidió que no continuará en la comisión, ya que incomodaba a los monseñores con la continua pretensión de que creían lo mismo que nosotros. El conflicto de católicos y evangélicos con este representante de ECT fue mi extraña introducción al diálogo con el Vaticano en Sao Paulo en 2009.

En el 92 Neuhaus había escrito a Colson para invitarle a un simposio sobre la rivalidad entre evangélicos y católicos en Latinoamérica. Colson estaba tan impresionado por el libro de Neuhaus, que lo citaba y regalaba a todos sus amigos. Hay una anédcota muy divertida en la biografía que hizo de Colson, Jonathan Aitken, cuando le pide a su secretaria Grace McCrane que compre ejemplares de “La plaza pública al desnudo” en una librería cristiana y la dependienta le dice que ellos no venden nada con desnudos. Aunque Colson era bautista, estaba casado desde antes de su conversión con una católica, Patty. No tenía prejuicios, sino incluso simpatía por los católicos.

Un grupo de trabajo se reúne en septiembre de 1992 para preparar el documento que se publica en mayo del 94. Lo firman veinticuatro redactores, doce de cada confesión. El trasfondo es claramente “la explosión del protestantismo en Latinoamerica”, como se presenta en el primer día de discusión por dos sociólogos británicos de la religión, que habían escrito el libro “Lenguas de fuego”. El escenario es un club elitista de Nueva York de la llamada Liga Unida. Colson dice que experimenta allí “una experiencia personal directa del poder del Espíritu Santo”, la segunda tarde. Los asistentes cuentan que se levanta y abraza a Neuhaus, que se había hecho ya un cura católico, diciendo: “Eres mi hermano”. La reacción del principal representante católico es interesante. El teólogo que luego fuera cardenal, Avery Dulles, dice diez años después: “Me temo que no soy tan sensible a los movimientos del Espíritu Santo, como Colson”. 

Packer no participa en la redacción del texto inicial. Es de Colson, Neuhaus, un evangélico llamado Ken Hill y el biógrafo católico del Papa, George Weigel. La conferencia de prensa fue en Nueva York a finales de marzo del 94. Es entonces cuando se adhieren por parte católica: el cardenal de Nueva York, John O´Connor; el arzobispo de Denver, Francis Stafford; el obispo de San Francisco, Carlos Sevilla; y el católico Michael Novak. Packer se identifica con la parte evangélica de Bill Bright de la Cruzada Estudiantil y Profesional para Cristo –Agapé en Europa–, el líder de la Mayoría Moral Pat Robertson, el bautista del sur Larry Lewis y el pentecostal Jesse Miranda de las Asambleas de Dios. La noticia sale en el New York Times al día siguiente. 

La independencia de Packer (11)

El luterano convertido en cura católico John Neuhaus se une al político convertido a la fe evangélica tras el escándalo Watergate, Chuck Colson, para mostrar a Evangélicos y Católicos Juntos.

 

¿Cobeligerancia?

El principio de cobeligerancia aparece en la última de obra de Francis Schaeffer, poco antes de morir de cáncer. Cuando todavía era evangélico, su hijo Frank lo relaciona con el comienzo de la Mayoría Moral en la Era de Reagan. Franky mismo ha contado después que su padre no quería saber nada de los católicos y se opone incluso a hablar en contra del aborto en la primera serie de documentales que hace con él. Cuando se aleja de la Mayoría Moral, recuerda como tuvo que llevar a su padre a rastras para conocer a sus líderes. Y al salir de encontrarse con ellos, decía: “Yo no tengo nada que ver con esa gente”. Dudo que cuando hablaba de cobeligerancia, pensara en algo más que el aborto.

El rechazo al documento fue muy grande. Neuhaus fue descrito por católicos como “la serpiente teológica del Edén”. Y Colson perdió ese año un millón de dólares en donativos a su ministerio de prisiones, negándose muchas radios evangélicas a transmitir ya su programa. Colson responde con una declaración personal en junio del 94 que comienza citando a Schaeffer en “La marca del cristiano”: “No esperes evangelizar el mundo, si no puede ver que nos amamos”. En ella niega que haya abandonado el principio de la Reforma de la “sola fe” o se haya convertido al catolicismo. El problema viene cuando incluye como apéndice un texto de R. C. Sproul titulado “Armonía”, que llama a la humildad y la caridad en los desacuerdos entre cristianos sobre la interpretación de la Palabra de Dios. La respuesta de Sproul fue de una indignación tal, que comienza toda una campaña contra ECT, buscando el apoyo de James Kennedy y Michael Horton, concluyendo que “la iglesia católica romana no es un cuerpo, ni una iglesia cristiana”.

Packer escribe un artículo en 1994 que explica por qué lo firmó. Los reparos que expresa junto a otros dos signatarios, Richard Lang y John White, algunos los ven erróneamente, como una retractación. No fue así. Hubo una reunión al año siguiente en Fort Lauderdale –convocada por Colson, que contó con la asistencia de figuras como Bill Bright–, para clarificar cuáles eran las diferencias. Era una respuesta básicamente a las críticas y preocupación evangélica por el documento que habían firmado.

Lo que dijeron los firmantes evangélicos es que no buscaban resaltar las discrepancias, ni pretendían representar a nadie. ECT era un movimiento de base, que reunía a individuos más allá de toda denominación, ante lo que consideraban un peligro común. La respuesta de Packer a Sproul es que el rechazo católico al lenguaje de los reformadores Lutero y Calvino sobre la justificación no significa negar “la fe en Cristo como Salvador”. Eso le parece un “provincionalismo presbiteriano fundamentalista, que no se basa en el Nuevo Testamento”. 

La independencia de Packer (11)

El principio de cobeligerancia aparece en la última obra de Francis Schaeffer, poco antes de morir de cáncer.

 

¿Ecumenismo del odio?

El problema es que la cuestión teológica que tratan en documentos posteriores sobre la “sola fide, sola scriptura”, la comunión de los santos, el papel de la virgen María, el regalo de la salvación, la Escritura o la tradición y la santificación, se convierte en una agenda de co-beligerancia social y política. Es cierto que la lucha a favor de “la vida y la familia” que  une a católicos y evangélicos no ha tenido todavía demasiado éxito, ya que hasta el día de hoy no hay país del mundo que haya dado realmente vuelta atrás en la liberalización del aborto o los derechos del movimiento LGTBQ, por ejemplo –a pesar de la propaganda de algunos políticos populistas, que le dan “servicio de labios”, aunque luego no hagan nada al respecto–.

En lo que ha tenido éxito este movimiento es en ser la base de una corriente neo-conservadora, que ha unido a evangélicos y católicos más allá de la causa “pro-vida y familia”. Es lo que sus críticos llaman “el ecumenismo del odio”. Al tema inicial del aborto, se unió una creciente beligerancia al movimiento LGTBQ y lo que el Vaticano acabó llamando “la ideología de género”. La cuestión de la fe y la espiritualidad pasa a un segundo lugar, para dar lugar a un activismo cristiano, que al principio es independiente, de partidos o iglesias, pero que luego se pone al servicio de todo tipo de líderes políticos, movidos por la ambición y el oportunismo.

Muchos tienen hoy un discurso de apoyo incondicional al voto a un dirigente político en concreto. Adoptan una agenda que va desde la inmigración a la cuestión racial, pasando por su visión del nacionalismo o la educación, hasta llegar a cuestiones económicas o sanitarias tan particulares que llegan últimamente hasta el negacionismo de la pandemia o el cambio climático. A lo que algunos añaden todo tipo de teorías conspiratorias e incluso planteamientos precientíficos, como el de la Tierra Plana. Y como cristianos, le dan un aire apocalíptico, para decirnos que de lo que se trata es de la oposición misma al cristianismo, que habla la Biblia.

La pregunta que muchos nos hacemos es cómo se ha llegado a esto. La respuesta es Internet, ¡claro! Algo que no utilizó Packer jamás, ni existía en los años 90. Entonces las opiniones se basaban en medios no tan polarizados. Y en el caso de Packer de la lectura de libros, fundamentalmente. Ahora la gente se alimenta de algoritmos, que extreman cada vez más sus posiciones, hasta caer en las manos del populismo más descarado. Hay una completa incapacidad para mirar las cosas desde otra perspectiva. El único contacto con otras opiniones es para arremeter contra ellas, adoctrinado por la propaganda del círculo que has elegido, hasta no poder ya distinguir entre noticias falsas y la manipulación interesada que te presentan como información. A este nuevo activismo cristiano no le interesan, por supuesto, las diferencias doctrinales, sino “el enemigo común”. Es por eso que lo llaman “el ecumenismo del odio”.

La independencia de Packer (11)

Colson hablando con Packer, junto a Timothy George en una reunión de Evangélicos y Católicos Juntos.

 

¿Qué podemos aprender de ello?

Cualquiera que haya estudiado con Packer, te dirá que él entendía la educación como el desafío a pensar por uno mismo. Es por eso por lo que no tenía miedo al diálogo. Le daba lo mismo que fuera con teólogos liberales, anglo-catolicos, ortodoxos orientales o católicos-romanos. Quien sabe lo que cree, no tiene nada que temer. Esa fue mi experiencia también en el diálogo de la Alianza Evangélica Mundial con el Vaticano. Es cierto que a veces me sentí más cerca de los monseñores y obispos católicos, pero es porque a diferencia de mis hermanos evangélicos, ellos no tenían miedo a decir lo que pensaban. Supongo que ese era el diálogo que a Packer le interesaba. Si hay algo que tenía claro es la primacía de la teología en la expresión de la fe.

Ahora bien, esa teología es experimental. El conocimiento de Dios, para él, no es algo meramente proposicional o cognitivo, sino una realidad espiritual. Su teología es la reformada, pero a través de la experiencia puritana. Ahora bien, eso no significa para él, que no haya cristianismo fuera de la tradición protestante. Packer cree que el cristiano es aquel que ama y confía en Jesucristo.

Junto a esa primacía de la teología y la experiencia, Packer nos enseña la importancia de tener un sentido de la Historia. Su crítica al cristianismo evangélico norteamericano es que es demasiado individualista. Por eso es tan superficial y absorbido por lo efímero, ya que carece de raíces. No tiene conciencia histórica. Packer quiere estar en la gran tradición de la Iglesia. Si veía algo de cristianismo en Trento o en el Catecismo de la Iglesia Católica, no era porque relativizara la necesidad de la justificación por la obra imputada de Cristo, sino porque veía ahí la herencia de Agustín. Y si en Roma no hay ningún cristianismo, tampoco lo hay en Agustín. El entendía la tradición en el sentido de los reformadores. Lo que creía es que no era el primero en leer la Escritura.

Junto a la primacía de la teología, la experiencia y la importancia de la Historia, yo creo que Packer nos enseña también la coherencia personal de actuar conforme a su propia conciencia, informada por la Escritura. Después de defender toda su vida el derecho a permanecer en la Iglesia de Inglaterra, la congregación a la que pertenece en Vancouver, St. John´s Saughnessy, abandona la comunión anglicana, ante la presión del obispo de su diócesis para que reconozcan el matrimonio homosexual en una ceremonia que bendiga la unión de personas del mismo sexo. La decisión de la Iglesia Anglicana del Canadá en 2002 lleva finalmente a la salida de la iglesia de Packer –la más numerosa de la denominación con 760 miembros– de la comunión anglicana en 2008, en cierta forma expulsados por su denominación.

Para Packer, la teología no es luchar con los textos bíblicos, o enfrentarse a sus ideas. Es tratar con el Dios vivo. Y eso para él, no es cualquier cosa. Como decía su maestro Calvino, conocer a Dios es ser cambiado por Él. El verdadero conocimiento lleva a la adoración. Su teología es doxología. Es una “disciplina devocional”. En eso concordaba con Aquino, cuando decía que la teología es ser enseñado por Dios, quien nos muestra quién es Dios, para llevarnos a Dios mismo. 

Si Packer es un ejemplo para nosotros, es porque entendió que la enseñanza bíblica no es para darnos conceptos sobre Dios, sino para hacernos discípulos de Cristo. Como él dice, “no es una teoría sobre la fe y la justificación, lo que nos salva, sino confiar en Jesús como nuestro divino Señor, Maestro y Salvador”.

 

Recibe el contenido de Protestante Digital directamente en tu WhatsApp. Haz clic aquí para unirte.

Publicado en: PROTESTANTE DIGITAL - mARTES - La independencia de Packer (11)