Rodeados de las personas correctas

Las relaciones hoy en día se miden de forma mercantilista: me suma o me resta. En el centro, uno mismo, y de ahí el “me” repetido, como mínimo, dos veces.

15 DE DICIEMBRE DE 2019 · 13:00

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Se acercan fechas navideñas y en estos días las consultas se convierten en un hervidero de personas rotas, dañadas, asustadas, ansiosas... porque la consulta principal es la Navidad misma. Sí señores, efectivamente y como lo oyen. Con las Navidades despiertan los fantasmas de todo lo vivido y lo por vivir debido, principalmente, no tanto a la nostalgia por las personas que ya no están, o a que el significado de las fechas se nos haga cuesta arriba -porque reconozcamos que ya casi nadie se acuerda de qué va la Navidad realmente- sino porque tenemos que enfrentarnos a sobremesas interminables y jornadas de regalos con personas que, quizá, hace mucho que dejaron de ser una parte que sumara a nuestra vida.

Las relaciones hoy en día se miden de forma mercantilista: me suma o me resta. En el centro, uno mismo, y de ahí el “me” repetido, como mínimo, dos veces. A continuación, pura aritmética, como si de los problemas del cole se tratara: tantas manzanas a las que se suman cierto número de peras... ¿Cuántas frutas hay en total? De manera que, si las cuentas nos salen en positivo, seguimos, pero si no, nos retiramos o invitamos a la otra parte “cordialmente” a la retirada. 

Sin embargo, nosotros mismos formamos parte de esa misma aritmética para el resto de personas alrededor que se relacionan con nosotros. Y eso en el mejor de los casos, porque en otros muchos la realidad es que somos un cero a la izquierda, que pinta menos que nada. Es lo propio en una sociedad egoísta en la que las personas hace mucho quedaron bien por debajo de las cosas y solo se las tiene en cuenta si se puede conseguir algo de la relación. De nuevo, mercantilismo servido con el mayor descaro y el menor cargo de conciencia posible. 

La verdad es que, pensando sobre todo en las relaciones familiares, la cosa puede llegar a ser muy difícil en algunos contextos. Nadie escoge a la familia que tiene, por supuesto, y parece que la sangre obliga a llevarse bien. De ahí el choque interno que se produce en estas fechas en muchas personas: ¿por qué ahora tengo que sentarme a una mesa con alguien que me hace la vida imposible el resto del año? Y realmente es cierto que parece algo bastante estúpido a simple vista. La coherencia más bien invitaría a construir durante todo el año y en todo caso celebrarlo en las fechas especiales, pero no a celebrar lo inexistente como colofón de cinismo a la ausencia completa de interés y preocupación por la relación a lo largo del resto de meses. La sangre y el ADN compartido, pues, no parecen ser suficientes para que la cosa fluya bien.

Por otro lado, ya nos dijo Salomón que en todo tiempo ama el amigo y que es como un hermano en tiempo de angustia (Proverbios 17:17), pero también que el que tiene amigos ha de mostrarse amigo y que hay amigos más unidos que un hermano (Proverbios 18:24). Ante esta realidad, me planteo con tristeza que, ciertamente, a veces la familia parece menos familia que nadie y me siento más que afortunada de que no sea aquello de lo que sufro, ni en Navidad ni en ninguna otra época del año. Pero pienso en el dilema que tienen quienes ni parecen tener familia ni pueden serlo ya para con los suyos, simplemente porque no se les deja. 

Nos hemos puesto el corsé de lo que implica ser familia, pero ese corsé resulta ser la ley del embudo, con la parte ancha para los abusones que arruinan las relaciones durante el año y hacen especial énfasis en tiempos como estos, en los que debería poder ser más fácil centrarse en lo importante. La parte estrecha, por supuesto, queda para los que tienen más escrúpulos, para los que aún tienen como estandarte la educación y la mesura, para quienes aún siguen creyendo en dar oportunidades, y eso les honra, pero pagan un precio a diario y en festivos que sigue siendo impagable sin dejarse el pellejo en el camino.

A todos aquellos que sufren estrecheces de este tipo en Navidad, por la estrechez de miras de otros, valga la repetición, es a quienes les envío un caluroso abrazo de solidaridad con estas líneas. Porque deciden construir a pesar del egoísmo más descarado y de la agresión más vil: la que intenta poner en contra a unos y otros, incluyendo a los niños, usándolos como arma arrojadiza una y otra vez, para no variar. Me consta que ante muchas de esas situaciones una parte de los implicados hacen un nuevo intento de construir, de salvar distancias, de mirar para otro lado, incluso haciéndose los tontos... pero quien se aprovecha de la parte ancha como modus operandi, no suele responder positivamente, ni cambia por más que se ceda. Más bien suele darse el atrincheramiento de forma más obscena aún, porque se aleja cada vez más de lo justo y moderado y se instala en el descaro y la opresión de las voluntades con total impunidad.

De ahí que, con mucho dolor, en ocasiones me toca decir a quien ya no puede más que, quizá, y solo quizá, ha de poner cierta distancia defensiva y protectora, porque el corazón no tiene una capacidad ilimitada de recibir golpes y ofensas. El límite ni siquiera lo ponemos nosotros, sino que somos nosotros mismos. En esos casos, decimos “Te quiero mucho y me encantaría andar contigo, pero así no puedo hacerlo”. Y no se ama menos desde esa fórmula, de verdad. Porque un amor que no pone límites justos y buenos no se parece al amor de Dios, sino que es solo tontorronería, a la que tan dados somos precisamente en Navidad. No se trata de rodearse de las personas correctas, sino de las actitudes correctas. Y estamos abiertos a acercarnos a cualquier persona desde el amor, pero no de cualquier forma, precisamente por ese amor que ha de ser firme y pone límites.

En estos casos decidimos amar de una forma que llame también a la justicia y al orden, al buen hacer del Dios que adoramos. Y tal y como el propio Maestro nos enseñó, cuando intentamos poner orden y no hay respuesta adecuada, en ocasiones toca sacudirse el polvo de las sandalias o cambiar el tratamiento que se puede tener con esa persona (aquello de “gentil y publicano”, ¿recuerdan?), después de haber hecho los intentos oportunos y no haber conseguido resultados. No hay menos amor por poner orden en las situaciones de injusticia, ni por enseñar a quienes nos pretenden destruir que tristemente hemos de decidir seguir amándoles a una distancia prudencial porque no es seguro estar a poca distancia mientras persistan en su odio hacia nosotros o lo que representamos. Estas realidades traen tristeza a nuestro corazón, sin duda, pero también al corazón de Dios y es en esos casos en los que no sabemos bien cómo manejarnos en estas fechas por estas cosas, porque nos parece que amar significa tragar con todo, y de ahí el nudo en el estómago que trae a la gente a la consulta. 

Ciertamente son difíciles de abordar. Pero hay una palabra que nos ayuda a captar el tono y recuperar la compostura, a tomar decisiones que honren al protagonista de la Navidad y que nos ayuden a avanzar sólidamente: la palabra es CONSTRUIR. En aquella primera Navidad se lanzaron puentes para retomar una relación rota por la injusticia y falta de palabra de una de las partes. La otra procuró un acercamiento al precio más alto, pero Dios no obliga a nadie, ni siquiera cuando el precio fue el de la sangre de Jesús mismo. No es sencillo amar a quien no se deja amar. Y no veo a Jesús haciéndose amigo de los fariseos, aunque también murió por ellos. Les amaba desde cierta distancia, la que ellos mismos pusieron, y mientras tanto se acercaba a aquellos que, sin ser familiar carnal necesariamente, fueron más familia que cualquier otra. A aquellos les llamó -nos llamó- sus amigos, y es con ellos con quienes se retiraba a meditar, a celebrar en ocasiones, pero sobre todo a construir el Reino de los Cielos aquí en la Tierra.

En ocasiones necesitamos parar, mirar alrededor e identificar a aquellas personas alrededor nuestro que verdaderamente construyen. El enfoque no es si suman o restan, sino si construyen. Esa construcción puede tocarnos de lejos y no sumarnos necesariamente. Pero esas personas son siempre dignas de ser tenidas en cuenta y un regalo cuando se encuentran cerca. Pueden no ser familia, pero son más cercanas que un hermano, y comportarse mucho más como tal.

Me pregunto también, por otro lado, si nosotros podemos contarnos entre aquellos que construyen, y si los demás alrededor nuestro, familia o no, considerarían que somos de esas personas de las que merece la pena rodearse. Porque esto de las relaciones es siempre una vía de doble dirección. Recibimos de gracia y damos de gracia. En ocasiones no recibimos y seguimos dando, efectivamente, porque eso construye, pero desde la gracia en ocasiones ponemos cierta distancia de seguridad y construimos de otras maneras, desde la oración, desde el perdón, desde la generosidad y la apertura a restablecer la fluidez en las relaciones cuando sea posible... pero no de cualquier manera, ni siendo cómplices de la injusticia que demasiadas veces nos toca contemplar en estas fechas, en que cualquier gesto de ese tipo de hace aún más sangrante si cabe.

En estas fechas pienso especialmente en cómo Dios se ha relacionado con nosotros, desde un amor justo y una justicia amorosa, como decía C.S. Lewis, y sueño con cómo sería nuestro mundo relacional si fuéramos más capaces de apartar conceptos sensibleros del amor que poco tienen que ver con el amor de Dios, para dejar pasar en su lugar formas de construcción basadas y nutridas de Su ejemplo mostrado, como nunca en la historia y de manera magistral, en las pisadas de Jesús mismo, hecho bebé por nosotros, cierto, pero también viviendo una vida justa y sin mancha, construyendo a cada paso, que es la consigna del Reino de los Cielos. Entrega y generosidad, límites y distancia cuando eran necesarios, rodeándose de personas que no estaban con Él porque fueran familia o le sumaran, sino porque eran colaboradores en la construcción de algo que realmente merecía la pena y que era necesario que el mundo conociera.  

Publicado en: PROTESTANTE DIGITAL - El espejo - Rodeados de las personas correctas