Evangélicos en Chiapas: de otros indios y otras resistencias y su vigencia en Oaxaca (III)

A finales de los setentas y principios de los ochentas, decidieron crear las colonias de expulsados en la periferia de la antigua capital chiapaneca.

22 DE SEPTIEMBRE DE 2024 · 09:40

San Cristóbal de las Casas. / Photo: <a target="_blank" href="https://unsplash.com/es/@roger_ce77"> Roger Ce</a>, Unsplash.,
San Cristóbal de las Casas. / Photo: Roger Ce, Unsplash.

Ante la violación reiterada de sus derechos, y la invisibilización, los expulsados organizaron sus respuestas de varias formas.

Al principio, y con denuncias judiciales que levantaron, esperaron refugiados, en lugares que les facilitaron mestizos evangélicos en San Cristóbal de las Casas, a que las autoridades aplicaran la ley y castigaran a sus perseguidores.

Cuando esto no sucedió y el número de desplazados aumentó, finales de los setentas y principios de los ochentas, decidieron pasar a otra etapa: la creación de las colonias de expulsados en la periferia de la antigua capital chiapaneca.

La primera en su tipo fue La Nueva Esperanza, hoy con cinco décadas de existencia. La segunda fue Betania, fundada en 1980, y que se localiza en el municipio de Teopisca.

En un multitudinario acto conmemorativo de la resistencia que dio nacimiento a Betania, el domingo 31 de julio de 2005 tuvo lugar una gran concentración para celebrar los 25 años de fundación del poblado.

La ceremonia al aire libre tuvo entre 3 mil y 4 mil asistentes, hubo varios estilos de música y el programa se inició con la entrada al lugar de un contingente acompañado por una banda que interpretaba el himno Firmes y adelante, huestes de la fe. 

En la ceremonia de celebración hubo un recuento histórico y pasaron al estrado algunos de los que dirigieron dos décadas y media atrás el asentamiento de las primeras familias.

El día del acto, y de acuerdo con el propio censo de las autoridades del lugar, Betania contaba con 628 jefes de familia, más o menos unos 4 mil pobladores, 10 veces más que los habitantes originales. 

Como en otras diásporas forzosas en la historia, obligadas por sus perseguidores, la que resultó en la fundación de Betania es un recordatorio tanto de los costos de la intolerancia como de la lucha de quienes defendieron su derecho a la diferencia y el respeto a sus derechos humanos. Por eso recordaron, por eso celebraron la lid que dio origen a su poblado.

Las colonias de expulsados son una muestra de resistencia, espacios desde los cuales la población indígena evangélica afirma su derecho a existir una vez que se agotan las posibilidades de regresar a sus comunidades originales.

Son una especie de organizaciones autónomas. Les dan origen con sus propios recursos, y/o con apoyos de correligionarios dentro y fuera del país.

Lo hacen ante la total indiferencia y desentendimiento de las autoridades de Chiapas y federales.

Los nuevos espacios de los expulsados, hombres y mujeres, son construidos, social y materialmente, a contracorriente de quienes les perseguían, pero también contra el Estado mexicano que no hizo valer las leyes y consintió las expulsiones.

Por ejemplo, en San Cristóbal de Las Casas, la antigua capital de Chiapas, hacia principios de los noventas unas doce mil familias, en su mayoría tzotziles y tzeltales, se fueron instalando tras ser expulsadas por su vínculo con la fe protestante.

El número mencionado solamente corresponde a las personas asentadas en las inmediaciones del periférico de la ciudad coleta. Donde han construido espacios para poder vivir de acuerdo a sus creencias, las cuales fueron perseguidas en sus poblados de origen. 1

Con sus propias fuerzas y organización los miles de expulsados construyeron en terrenos sin servicios, edificaron sus viviendas y paulatinamente introdujeron luz, agua, escuelas, clínicas y telefonía.

Esos espacios marginales son hoy lugares bien asentados, que contrastan por la calidad de vida de sus habitantes con las de poblaciones que debieron dejar por la intolerancia religiosa.

En cierta medida son precursores de muchas organizaciones indígenas que en las dos últimas décadas del siglo XX levantaron reivindicaciones sociales y de respeto a los derechos humanos.

Las comunidades protestantes que primero se refugiaron en San Cristóbal de Las Casas, que después, al percatarse que su situación no tendría solución a corto ni mediano plazo, optaron por fundaron sus colonias.

A lo anterior hay que agregar las personas que realizaron un éxodo hacia la Selva. Grupos de evangélicos salieron de sus pueblos, al igual que lo hicieron otros, como los católicos identificados con la pastoral del obispo Samuel Ruiz García, con la esperanza de encontrar tanto mejores tierras como condiciones de vida más benéficas.

De hecho la diócesis de San Cristóbal elaboró la que llama una Pastoral del Éxodo, en la que se presenta el periplo como la salida de la Finca/Egipto hacia la meta Selva/Tierra Prometida, la que se visualiza con su símil bíblico, un lugar fértil, donde “fluye leche y miel”. 

Los indígenas protestantes migran hacia la Selva, donde vislumbran construir espacios de libertad. Van con la esperanza de poder practicar su confesión religiosa sin restricciones.

Anhelan edificar comunidades modelo. Los mueve la utopía, la convicción de que es posible encontrar “cielos nuevos y tierra nueva”, como dice el libro de Apocalipsis.

Con su “escapismo” ponen en tela de juicio a la sociedad de la que salieron, donde fueron discriminados y carecían de derechos para practicar sus creencias y difundirlas.

Cabe acotar que además de los católicos y evangélicos que se fueron a la Selva, “una tierra para sembrar sueños” la llama Jan De Vos,2 también llegaron a ella, además de católicos y evangélicos, testigos de Jehová y precursores de lo que vendría a ser El Ejército Zapatista de Liberación Nacional.

La Selva ha sido un laboratorio social, religioso y político.

Chiapas concentra los porcentajes más altos a nivel nacional de distintas confesiones, entre otras los testigos de Jehová, los adventistas, los presbiterianos, pentecostales, los de la Iglesia del Nazareno, etcétera.

Además en la entidad existe una comunidad musulmana muy pequeña, pero que no tiene igual en el país.

La gran mayoría de sus integrantes son tzotziles, y los difusores iniciales de este credo fueron españoles que se asentaron en San Cristóbal de Las Casas con la intención de hacer prosélitos. 3

Como se ve, el territorio chiapaneco es, pese a todo, hospitalario para distintas creencias religiosas. La variada y extensa geografía de Chiapas ha sido desde siempre tierra de misión. Pero no nada más de misión religiosa, sino también política.

En esta óptica hay que ver al subcomandante Marcos y a los mestizos que le acompañaron en la tarea de “sembrar y cultivar” al EZLN en ese rincón del país.

Su misión fue llevar un evangelio político, el cual fue bien recibido por un amplio sector de los indígenas.

No hubo manipulación, se dio un intercambio entre los misioneros ezelenitas y los indios cuyas terribles condiciones de vida les hicieron particularmente receptivos al mensaje social y político.

Incluso las comunidades indígenas más tradicionalistas y supuestamente cerradas a las influencias externas, en realidad han establecido más negociaciones cognoscitivas, y por ende valorativas, de las que están dispuestos a reconocer los antropólogos esencialistas.

Lo que sucede es que hay algunos contactos y adaptaciones que, desde afuera, sí se ven como válidos y otros no.

Los indígenas adoptan y resignifican toda clase de propuestas, incluso, y quizás, sobre todo, aquellas que muchos de sus redentores de todo tipo consideran políticamente incorrectas.

Quienes conciben que las comunidades indígenas buenas son las herméticas, las que no se contaminan con valores y doctrinas ajenas a su idiosincrasia (cualquier cosa que sea esto), sostienen un romanticismo vano, además de enarbolar un topus uranus que nada más no existe en las comunidades indias.

Éstas son dinámicas, sus identidades no son estáticas, se forjan en contacto con otros seres humanos. Todos estamos “contaminados” por elementos exógenos.

En este sentido quien esté libre de contaminaciones exógenas que arroje la primera piedra. 

En la mayoría de los pueblos indios de Chiapas ya se resolvió la cuestión de qué hacer con los convertidos al cristianismo evangélico.

Éstos ya ganaron su permanencia en las poblaciones, forman parte de una realidad variopinta, multicolor, que en buena medida es fruto de su resistencia, de su decisión para enfrentar un medio que les era muy hostil.

Se encuentran bien enraizados lo mismo en las zonas dominadas por los zapatistas, que en las comunidades mayormente católicas o tradicionalistas. 

Existen focos de intolerancia violenta en algunos municipios chiapanecos, pero ya no tiene los niveles de hace tres o cuatro décadas. 

Y no los tiene en buena medida por la propia resistencia, por la lucha de los indígenas evangélicos que se organizaron para defender sus derechos.

 A esta lucha no le ha acompañado un ejercicio de comprensión por parte de sectores identificados con gestas libertarias.

Me refiero a la izquierda, porque está claro que la derecha mexicana, muy identificada con la Iglesia católica, sigue atada a la conservadora idea de que sólo son verdaderos indígenas los indios católicos.

Es muy lamentable que desde posturas políticas llamadas progresistas sigan señalando a los indígenas evangélicos de agentes de una cultura extraña y dañina. 

Así pasó con los indígenas evangélicos de Chipas y, actualmente con los de Oaxaca. Los indígenas no son recipientes vacíos, que se pueden llenar al gusto de quien vierte en ellos lo que se le antoja.

Tampoco puede explicarse su conversión al cristianismo evangélico como resultado de la manipulación de agentes exógenos. Semejante “explicación” es racista y ofensiva para los integrantes de los pueblos originarios que decidieron elegir otra identidad religiosa distinta a la tradicional.

Más bien son agentes activos en su conversión, la que eligen después de valorar distintos aspectos de la propuesta.

Exactamente el mismo discurso tiene distintos efectos, dependiendo del lugar donde se presenta y las personas que lo reciben.

Por lo tanto el “auditorio” sí importa, las condiciones en las que viven las personas influyen en una u otra dirección la respuesta que se da al mensajero exógeno.

Hay muchas formas de resistencia, la de los indígenas protestantes de Chiapas y Oaxaca es un reto para quienes buscamos entender las transformaciones que viven los pueblos originarios.

 

1. Carlos Fernández Liria, “Enfermedad, familia y costumbre en el periférico de San Cristóbal de Las Casas”, en Anuario 1992, Gobierno del Estado de Chiapas-ICHC, Tuxtla Gutiérrez, 1993, p. 11.

2. Una tierra para sembrar sueños: Historia reciente de la Selva Lacandona, 1950-2000, Fondo de Cultura Económica, México, 2002.

3. Es muy útil al respecto el trabajo de Gaspar Morquecho, Bajo la bandera del islam. Un acercamiento a la identidad política y religiosa de los musulmanes en San Cristóbal de Las Casas, Ediciones Pirata, San Cristóbal de Las Casas, 2004

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