Un pequeño acto de fe

Cuando la fe nace del amor, siempre encontramos fuerzas para seguir llamando.

17 DE AGOSTO DE 2026 · 11:00

Foto: <a target="_blank" href="https://unsplash.com/es/@chuttersnap">Chuttersnap</a>, Unsplash CC0.,
Foto: Chuttersnap, Unsplash CC0.

Suplicar migajas.

Quizá para algunos resulte humillante ser una mujer que espera, que pide, que extiende las manos buscando un poco de ayuda. Una mujer que no tiene más remedio que llamar a puertas ajenas cuando el dolor de quien amas se vuelve insoportable.

Pero cuando ves sufrir a la persona que más quieres, poco importa lo que los demás puedan pensar.

Solo importa salvarla.

Los días pasan y nada cambia. La enfermedad se instala en tu vida y comienza a ocuparlo todo. Cambia tus rutinas, tus pensamientos, tus noches y hasta tu manera de mirar el futuro.

Y mientras esa persona que vive junto a ti se va alejando poco a poco, tú permaneces allí, agarrada a la esperanza.

Hasta que un día decides dejar a un lado tus miedos.

Y suplicas.

Llamas a puertas que no se abren. Insistes ante quienes no quieren escuchar. Te humillas si es necesario.

Porque cuando el amor es verdadero, el orgullo deja de tener importancia.

Solo queda la fe.

Esa palabra pequeña que esconde dentro de sí una fuerza inmensa.

Ves como la vida se escapa y te aferras a cualquier esperanza. A cualquier mano que pueda ayudarte. 

Y entonces, un día, oí hablar de Él.

Sin pensarlo, me acerqué.

Él me miró.

Y en aquella mirada comprendí que algo iba a cambiar.

No necesitó muchas palabras. Vio mi dolor, comprendió mi desesperación y tuvo compasión de mí.

Me acogió entre sus brazos y me dijo que no tuviera miedo. Que escucharía mis ruegos.

Por primera vez en mucho tiempo sentí que no estaba sola.

Jamás había sentido un amor así.

Jamás nadie me había mirado con tanta ternura.

Cuando la fe nace del amor, siempre encontramos fuerzas para seguir llamando.

Porque quizá nosotros lleguemos buscando tan solo unas migajas y Él nos esté esperando para ofrecernos mucho más haciéndonos entender que, a veces, cuando creemos que solo estamos recogiendo migajas, Él está preparando para nosotros un banquete de esperanza.

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