Las psicotrampas del pecado
En estos juicios de valor tan distorsionados somos capaces de llamar a lo malo bueno y de justificar lo indigno, o incluso lo injustificable.
07 DE MAYO DE 2022 · 12:24

Pecado es todo acto, palabra o pensamiento consciente o inconsciente en contra de la voluntad de Dios. También podríamos describirlo, en su concepto más clásico, como errar el blanco en la diana de los propósitos de Dios para nuestra vida. Esta sería una definición muy primaria, pero bastante descriptiva del pecado. Porque el pecado y el pecar es una auténtica maldición contra uno mismo, además de una transgresión contra la inmaculada santidad de Dios. Como ya es sabido, podemos pecar de diferentes maneras contra Dios, contra nuestro prójimo y contra nosotros mismos.
Por cierto, no nos iría nada mal profundizar en la doctrina del pecado en sus más variadas formas y descubrir el horror que supone para Dios el pecado en su pura esencia y, de esa manera, activar el necesario temor de Dios en nuestras vidas. No estoy proponiendo que cultivemos una conciencia religiosamente culposa sino una necesaria sensibilidad hacía diversas formas cotidianas de pecado que pueden perturbar nuestra preciosa comunión con Dios
Durante muchos años he podido observar la enorme cantidad de errores de interpretación moral y bíblica que aducimos los cristianos para disculpar o justificar nuestras faltas y, por qué no decirlo, nuestros pecados personales de orgullo, envidia, venganza, crítica y mentiras piadosas. Y a esto lo he denominado la desgracia de la Gracia.
En diversas ocasiones he sido testigo de situaciones en donde algunos se compadecían de personas a las que se les exhortaba sobre ciertas cuestiones a corregir, respecto a un mal comportamiento o a una actitud perjudicial hacia terceros y estas, a su vez, declaraban que se sentían heridas por las palabras de quienes les confrontaban con la verdad o trataban, de la mejor manera posible, de corregirles. Sin embargo, con el tiempo me he dado cuenta que lo único que tenían herido era su orgullo, pero no su alma.
En estos juicios de valor tan distorsionados somos capaces de llamar a lo malo bueno y de justificar lo indigno, o incluso lo injustificable. Desde luego, esto no se corresponde con una conciencia limpia y transparente: “Porque el que encubre sus pecados no prosperará, más el que los confiesa y los abandona hallará misericordia” Proverbios 28:13.
Tal como venimos diciendo, Dios no bendice a los falsos testigos, a los chismosos y a los que crean discordias entre los hermanos y los amigos. Dios no bendice las mentiras que nos creemos como si fuesen verdades, ni las que decimos deliberadamente sobre algo o sobre alguien en particular difamándole, movidos por el rencor, dolor o resentimiento, creyendo incluso que les estamos haciendo verdadera justicia a tales personas, castigándoles con nuestras sentencias y supuestas verdades; muchas veces estas son verdades exageradas o malintencionadas.
Entonces, vienen a mi mente las sabias y denunciatorias palabras de Pablo a los gálatas sobre el autoengaño, diciéndoles y diciéndonos: "No os engañéis, Dios no puede ser burlado, porque todo lo que el hombre o la mujer sembraren eso mismo segarán" Gálatas 6:7.
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