La muerte de Dios

Después de Nietzsche, un grupo de teólogos se apunta a la idea de matar a Dios.

01 DE MAYO DE 2026 · 13:00

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A Dios lo están matando desde el principio de los tiempos. Adán y Eva habrían deseado que Dios cayera muerto de un ataque al corazón después de que los ojos de ellos fueran abiertos, y así evitar la reprimenda y el castigo.

El 15 de octubre de 1844 nace en Prusia uno de los filósofos más brillantes que tuvo aquella Europa: Friedrich Nietzsche. Tras una vida de estudios y escritura, después de su último libro Ecce Homo, entra en una profunda crisis de demencia. En 1884 es internado en un centro de salud mental. Más tarde la hermana lo acogió en su propia casa. Murió el 25 de agosto de 1900 sin haber recuperado la razón. Entre los muchos libros que escribió en vida, dos de ellos exponen su teoría sobre la muerte de Dios: La gaya ciencia (1882) y Así habló Zaratustra (1883-1885).

¡Soberbio el pasaje de La gaya ciencia donde el loco discurre sobre la muerte de Dios! ¡Un texto capital en la historia de la literatura alemana! El loco de la historia salta sobre la multitud y trasladando a la gente con su mirada les grita: “Adónde se ha ido Dios? Voy a decíroslo: Nosotros lo hemos matado, vosotros y yo. Todos nosotros somos sus asesinos. Pero, ¿cómo hemos hecho esto? ¡Dios ha muerto! ¡Dios sigue muerto! ¡Y nosotros lo hemos matado! ¡Cómo hallar consuelo nosotros, asesinos entre todos los asesinos!”.

En la cuarta parte de Así habló Zaratustra hay un diálogo entre el filósofo de origen persa y “el más feo de los hombres”. El hombre feo reconoce al personaje que tiene ante sí y le dice: “Se perfectamente quién eres. ¡Eres el asesino de Dios!”.

Muerto Dios, la humanidad le busca sustitutos. Zaratustra contempla a un grupo de hombres superiores, entre ellos a un papa jubilado, dos reyes, un mago, un adivino, un viajero que se hace llamar la sombra, el hombre feo y otros. Todos “se habían arrodillado como niños o como beatos y estaban adorando un asno, rezando así al burro: “Alabanza y honor, sabiduría y gratitud, y alabanza y fortaleza a ti, nuestro dios, por los siglos de los siglos. Y el asno rebuznó”.

De La gaya ciencia y Así habló Zaratustra parte la interpretación del ateísmo de Nietzsche, quien califica la muerte de Dios como el acontecimiento más grande de los tiempos modernos. La afirmación de Dios ha muerto es tan solo el discurso de un pensador, más radical que el de Dios no existe. Pero los asesinos de Dios no lo sustituyen por la Razón, la Ciencia, la moral o la Historia. Lo sustituyen por un burro.

Después de Nietzsche, un grupo de teólogos se apunta a la idea de matar a Dios.

 

John A. T. Robinson

Nombrado obispo de la Iglesia anglicana en 1959. En su libro Honest to God (Honesto con Dios), de 1963, discute la existencia de Dios en las alturas, lo separa de este esquema de pensamiento y añade: “Hemos de pensar denodadamente en lo que pondremos en su lugar”. Si matamos a Dios, ¿a quién ponemos en su lugar? ¿Al hombre finito y mortal?

 

Gabriel Vahanian

Profesor en la universidad católica de Siracusa, en Nueva York. En 1960 publica el libro The Death of God (La Muerte de Dios). Vahanian mata a Dios y coloca al hombre en su lugar. Escribe: “El hombre no se explica ya desde Dios, sino de sí mismo. Dios ha dejado de ser responsable, puesto que ha muerto”.

 

William Hamilton

Hamilton, protestante, es el teólogo que más empeño puso en matar a Dios.

Lo hace sin piedad alguna, como un pistolero en películas del Oeste, en el libro que publicó en 1960 con el título: Radical Theology and the death of God, (Teología radical y la muerte de Dios). Seis años después del libro, en agosto de 1966, publicó un controvertido artículo sobre la muerte de Dios en la revista Playboy, donde decía: “Puede significar que en otro tiempo hubo un Dios a quien era apropiado, posible e incluso necesario tributar adoración y alabanza. Ese Dios ha muerto, lo cual es un hecho real; es un hecho histórico y cósmico, un hecho definitivo e irreversible”. ¿Tan definitivo? ¿Tan irreversible? Entonces ¿por qué de los ocho mil millones de personas que actualmente vivimos en la tierra, siete mil millones continúan adorando a Dios en distintas culturas, con diferentes nombres.

 

Thomas J. J. Altizer

La teología –llamémosla así– de la muerte de Dios tiene en Altizer uno de sus más ardientes defensores. En 1966 publica el libro The Gospel of Christian Atheism (El Evangelio del ateísmo cristiano). Según él, el Evangelio que los cristianos deben predicar es “la buena y alegre nueva de la muerte de Dios”. En otro párrafo del libro, añade: “Confesar la muerte de Dios es hablar de un suceso actual y real”.

Existen otros teólogos que sin ser tan radicales como los nombrados, también especularon con la muerte de Dios. Entre ellos Dietrich Bonhoeffer, Karl Barth, Rudolf Bultmann, Oscar Culman, Paul Tillich y Harvey Cox.

Más cerca de nuestro siglo, el filósofo francés Jean Paul Sartre declaró en Ginebra recién terminada la segunda guerra mundial: “Señores, Dios ha muerto”. Pobre Sartre. Dios ha muerto, anunció. Y Dios le replicó años después: Sartre ha muerto.

Los proclamadores de la muerte de Dios se nos antojan tan infantiles como aquel árabe que subió a una azotea provisto de escopeta y empezó a disparar hacia las alturas. Quería matar al Dios de los cristianos. Cuenta la leyenda que Dios permitió una débil lluvia de sangre, y el árabe, saltando de gozo, gritaba desde su altura material que había conseguido su propósito; que había matado a Dios.

Ante estos y otros disparos de la moderna teología, que en realidad lo que pretende es librarse de la responsabilidad de Dios, el Eterno sonríe compasivo. Así lo dice el segundo Salmo: “¿Por qué se amotinan las gentes, y los pueblos piensan cosas vanas? Se levantarán los reyes dé la tierra: y príncipes consultarán unidos contra Jehová y contra su ungido, diciendo: Rompamos sus ligaduras, y echemos de nosotros sus cuerdas. El que mora en los cielos reirá; el Señor se burlará de ellos” (Salmo :1-4).

Cuando terminaba la magnífica introducción a su libro Vida de Don Quijote y Sancho, Miguel de Unamuno aboga por formar un escuadrón e ir a rescatar el sepulcro de Don Quijote. Lo piensa mejor y prefiere ir al rescate del sepulcro de Dios. Decía verdad el rector de Salamanca. A Dios no le han matado, puesto que es inmaterial. Pero duerme el sueño de los muertos en las conciencias de quienes le niegan. Hoy tenemos ante nosotros esa gigantesca tarea: Llamar a la puerta de los corazones donde Dios está dormido, está muerto. Y volverle al lugar que le corresponde en la vida del ser humano. Como pedía Unamuno, “Debíamos ir a buscar el sepulcro de Dios y rescatarlo de creyentes e incrédulos, de ateos y teístas, que lo ocupan, y esperar allí donde voces de suprema desesperación, derritiendo el corazón en lágrimas, a que Dios resucite y nos salve de la nada”.

Publicado en: PROTESTANTE DIGITAL - El punto en la palabra - La muerte de Dios