Me gusta retratar el tiempo
Retratar el tiempo consiste también en dejar constancia de aquello que somos, de aquello que anhelamos y, sobre todo, de aquello que todavía podemos llegar a ser.
13 DE AGOSTO DE 2026 · 13:52
Me gusta retratar el tiempo. Me gusta retratar mi tiempo. Retratar los paisajes, las vidas, los dolores y los goces. Pero, por encima de todo, me gusta retratar a las personas: sus pasiones, deseos y ese complejo entramado de relaciones humanas, tan fascinante como difícil de gestionar.
Me atrae esa cartografía invisible de emociones, conflictos, afectos y contradicciones que constituye la condición humana.
Me gustan las miradas que penetran el alma; las que esquivan; las que sentencian; las que abandonan; y las que abrazan y reúnen. Miradas que reflejan alegría, rechazo, ternura o incluso odio mezclado con amor.
La mirada posee un lenguaje propio, una semiótica silenciosa que comunica mucho más de lo que las palabras alcanzan a expresar.
Me gustan los dedos que señalan las injusticias... pero también me recuerdan a esos tres dedos que, cuando señalamos a otros, terminan apuntándonos a nosotros mismos.
Me gustan los dedos que rechazan el gatillo para disparar y prefieren tender la mano para reconciliar. Todos tenemos dedos falsos de barro y, al mismo tiempo, dedos genuinos capaces de acariciar el cabello de un recién nacido o la piel arrugada de quien ha llegado a la ancianidad.
Dedos que forman parte de una mano con la que podemos herir o sanar, destruir o restaurar, excluir o dignificar.
Me gustan los labios que susurran al oído como una brisa de verano; los labios que besan con un amor limpio. Labios desnudos o vestidos de carmín. Labios que sonríen y labios que se aprietan con fuerza cuando el dolor de una ausencia no encuentra palabras.
Labios que, en ocasiones, pronuncian crueles verdades o elaboradas mentiras y, sin embargo, también son capaces de bendecir. Labios que declaman poemas que inspiran, consuelan y llenan el alma vacía.
Porque las palabras nunca son neutrales: pueden convertirse en instrumentos de violencia o en auténticas herramientas de esperanza.
Me gustan los brazos que acercan, incluyen y acogen; los que no empujan ni dividen. Los brazos que no solo saludan, sino que acercan. Los brazos trabajadores que construyen para todos y no únicamente para unos cuantos.
Los brazos que sostienen al débil, levantan al caído y comparten la carga del que ya no puede mas. En una sociedad marcada por la polarización, esos brazos representan una auténtica pedagogía de la solidaridad.
Me gusta retratar las vidas que caminan cerca de nosotros o lejos; las que recorren prados, valles, desiertos o la orilla del mar. Vidas que pueden llegar a herir y, al mismo tiempo, construir.
Personas frágiles y extraordinarias, vulnerables y resilientes, capaces de levantar puentes o de derribarlos con una sola palabra. Cada existencia constituye un relato irrepetible que merece ser escuchado antes que juzgado.
Lo que más difícil me resulta es retratarme a mí mismo. El selfie nunca se me ha dado bien. Siempre aparece desenfocado, revelando lo compleja que es la realidad cuando el retratado somos nosotros.
La autopercepción suele estar condicionada por nuestros sesgos, nuestras heridas y nuestras expectativas. ¡Qué fácil es retratar a los demás! Y, sin embargo, cuánto dice de nosotros aquello que decidimos resaltar en los otros.
Al final, nuestras críticas y nuestros elogios suelen ser también un autorretrato.
Quizá por eso me sigue gustando retratar el tiempo, pero también la vida. Porque, al final, cada rostro, cada mirada, cada mano, cada abrazo y cada palabra terminan siendo un espejo en el que, de una manera u otra, todos acabamos apareciendo.
Retratar el tiempo no consiste únicamente en conservar una imagen del presente; consiste también en dejar constancia de aquello que somos, de aquello que anhelamos y, sobre todo, de aquello que todavía podemos llegar a ser.
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Publicado en: PROTESTANTE DIGITAL - Desde el Montgó - Me gusta retratar el tiempo