Vivir con la amenaza nuclear
La amenaza de una guerra nuclear es un riesgo constante para la civilización, pero las tensiones que provoca la carrera armamentística es una realidad que mata a muchas personas ya en el presente.
09 DE AGOSTO DE 2026 · 13:25
Los arsenales nucleares que existen en el mundo cuentan con miles de cabezas nucleares, suficientes para destruir el planeta varias veces.
Se estima que el poder acumulado podría causar devastación global en repetidas ocasiones, ya que la cantidad de armas supera ampliamente lo necesario para aniquilar toda la vida humana y alterar gravemente los ecosistemas terrestres.
Esta realidad subraya la magnitud de la amenaza y el riesgo inherente a la existencia de tales arsenales.
Cuando parecía que la Guerra Fría había terminado y que el peligro nuclear disminuiría considerablemente, la realidad es que los arsenales nucleares no han desaparecido.
Muchos países han mantenido e incluso modernizado sus armas nucleares, justificando su existencia como elemento disuasorio frente a posibles conflictos internacionales.
Además, las actuales tensiones geopolíticas y el surgimiento de nuevas potencias nucleares han contribuido a que el riesgo persista, mostrando que el peligro nuclear sigue siendo una preocupación actual para la seguridad mundial.
Subvencionar tales armas supone un enorme gasto económico que podría destinarse a otros menesteres mucho más necesarios para la humanidad. El gasto mundial en armamento nuclear asciende cada año a cantidades astronómicas.
Según estimaciones recientes de organizaciones internacionales, los países con armas nucleares destinaron en 2023 más de 82.900 millones de dólares estadounidenses (aproximadamente 76.000 millones de euros) al mantenimiento, modernización y desarrollo de sus arsenales nucleares.
Estados Unidos encabeza la lista con cerca de la mitad de ese gasto, seguido por Rusia, China, Reino Unido y Francia, mientras que el resto corresponde a otras potencias nucleares reconocidas.
Esta inversión supone no solo un elevado coste económico, sino también una importante carga moral y política, ya que estos recursos podrían emplearse en atender necesidades sociales y medioambientales urgentes.
Además, el gasto no deja de aumentar año tras año, impulsado por la carrera armamentista y la modernización de los sistemas de lanzamiento y control.
Esta tendencia genera una creciente preocupación internacional, ya que implica la perpetuación del riesgo nuclear y limita la capacidad de los Estados para invertir en el bienestar de sus ciudadanos y en la protección del planeta.
Aunque la cifra exacta puede variar según el año y la fuente, es cierto que el gasto diario de Estados Unidos en armamento nuclear es sumamente elevado y podría emplearse para cubrir necesidades básicas de millones de personas.
Según estimaciones recientes, el presupuesto anual de Estados Unidos para armamento nuclear ronda los 40.000 millones de dólares, lo que equivale a aproximadamente 110 millones de dólares al día.
Si consideramos que alimentar a un niño durante un año puede costar cerca de 200 dólares, ese gasto diario podría alimentar a más de medio millón de niños durante todo un año.
Este dato pone de manifiesto el reto ético y social que supone priorizar inversiones en armamento frente a la lucha contra la pobreza y el hambre, especialmente cuando existen recursos suficientes para mejorar la vida de quienes más lo necesitan.
No se puede afirmar categóricamente que el gasto en armamento sea el único factor que más contribuye a la bancarrota económica mundial, aunque sí representa una carga significativa para muchos países.
El gasto militar, especialmente en armamento nuclear, absorbe recursos que podrían destinarse a necesidades sociales y medioambientales urgentes, como decimos.
Sin embargo, la bancarrota económica global también está influida por otros factores como la mala gestión financiera, las crisis económicas, la corrupción, las desigualdades estructurales y el impacto de desastres naturales o pandemias.
Así, el gasto en armamento es uno de los elementos que agravan la situación, pero no el único responsable de la inestabilidad económica mundial.
En definitiva, aunque el gasto armamentista es elevado y limita la inversión en áreas esenciales para el bienestar social, la bancarrota económica mundial es un fenómeno complejo que depende de múltiples causas interrelacionadas.
A pesar de todo, Moltmann se refería al “fantasma del apocalipsis atómico” y decía que “la humanidad perdió en Hiroshima, en 1945, su “inocencia atómica”, y ya no volverá a recobrarla”.[1]
Actualmente, ese fantasma no ha desaparecido y vivimos todavía bajo la espada de Damocles de las bombas nucleares. Las relaciones internacionales actuales están condicionadas por intereses egoístas y por la amenaza de dicha espada.
Las potencias nucleares tienden a neutralizarse mutuamente ya que son conscientes de que el primero que dispare será el segundo en morir.
Sin embargo, la carrera armamentística de las grandes potencias suele perjudicar a los países más pobres del Tercer Mundo y, como consecuencia final, al medio ambiente.
Por un lado, fomenta la dependencia económica y tecnológica, ya que estos países se ven obligados a destinar recursos limitados a la adquisición de armamento en lugar de invertir en necesidades básicas como educación, sanidad o infraestructuras.
Además, la presión internacional y la proliferación de armas incrementan la inestabilidad regional, alimentando conflictos locales y dificultando el desarrollo sostenible.
Como consecuencia final, la carrera armamentística contribuye al deterioro del medio ambiente y agrava la desigualdad global, ya que las inversiones en defensa suelen eclipsar los esfuerzos por mejorar la calidad de vida y proteger los recursos naturales en los países más vulnerables.
Por tanto, es verdad que la amenaza de una guerra nuclear es un riesgo constante para la civilización, pero las tensiones que provoca la carrera armamentística entre países ricos y pobres es una realidad que mata a muchas personas ya en el presente.
Otro aspecto preocupante de la tecnología nuclear es la eliminación de los residuos radiactivos que genera. No sólo los propios de las centrales nucleares sino también los del desmantelamiento de las bombas atómicas.
Estos residuos no pueden ser abandonados en la naturaleza sin más, sino que hay que almacenarlos en recintos especiales que deberán vigilarse durante miles de años ya que estos materiales conservan su peligrosidad muchísimo tiempo, representando un riesgo tanto para la salud humana como para el medio ambiente.
Si no se gestionan adecuadamente, pueden contaminar el suelo, el agua y el aire, afectando a generaciones futuras y provocando daños irreversibles.
Además, la vigilancia y almacenamiento seguro requieren infraestructuras costosas y un compromiso a largo plazo, lo que plantea desafíos éticos y técnicos para la sociedad actual y la venidera. Es como un regalo envenenado que les dejamos a nuestros hijos.
Desde la perspectiva teológica, algunas personas se preguntan: ¿dónde estaría Dios ante una posible guerra nuclear? Esta cuestión no es nueva, sino que se ha venido repitiendo en otras ocasiones, como en el caso de todas las guerras mundiales y locales, el exterminio de judíos en los campos nazis, Hiroshima y Nagasaki y un largo etcétera.
Sin embargo, a propósito de un hipotético holocausto nuclear, muchos creen que, como Dios es todopoderoso y nada ocurre sin que Él lo permita, si se diera una guerra atómica sería también según su eterna voluntad.
Y, por tanto, tendríamos que aceptarla, aunque no la comprendiéramos. No obstante, al hacer a Dios responsable de este tremendo crimen humano ¿no le estamos equiparando con el propio Satanás? ¿Acaso el Creador todopoderoso lo es en el sentido absoluto de que todo lo que ocurre en el mundo es por su causa? ¿Dónde quedaría entonces la responsabilidad humana?
Creo que a la omnipotencia divina hay que entenderla sobre todo desde su amor y misericordia infinitos y que tales atributos le proporcionan precisamente una paciencia sin límites que es capaz de soportar los reveses injustos que le propina su creación.
Desde el primer fraticidio de la historia, el de Abel a manos de Caín, Dios detesta la violencia injusta del hombre y, a pesar de ello, continúa amando al ser humano y sigue siendo fiel a sus promesas. Ese es el Dios que se nos revela en la Escritura.
Otros pensadores, quizás más optimistas, piensan que la divinidad no permitará jamás que se produzca una guerra nuclear porque eso sería algo catastrófico también para el propio Dios.
Si la humanidad desapareciera por completo, si ya no quedara ninguna imagen del creador en la Tierra, si Dios se hizo hombre en Jesucristo ¿qué sentido tendría una humanización divina sin seres humanos?
Si Cristo murió en la cruz por los hombres y las mujeres de todas las épocas ¿qué significaría ese tremendo sacrificio cuando ya no quedaran personas sobre la faz de la Tierra? ¿Se habría inmolado Jesucristo para después permitir el exterminio nuclear de la humanidad?
Los teólogos que analizaron los acontecimientos de Auschwitz se refirieron a la idea del “sufrimiento de Dios”.
En este sentido, Moltmann escribió: “el propio Dios toma parte en los sufrimientos de su pueblo y en la humillación de su honra. Dios mismo estuvo en Auschwitz y padeció con los asfixiados en las cámaras de gas. Los sufrimientos y las lágrimas de éstos eran sus propios sufrimientos y sus propias lágrimas. Dios es el compañero de infortunio de su pueblo”.[2]
Por tanto, si se diera alguna vez la catástrofe nuclear, el creador lloraría también y experimentaría un profundo dolor por el exterminio de la humanidad y el empobrecimiento de su creación.
Dios no impediría tal devastación nuclear provocada por el hombre, pero, tal como prometió, sí transformaría ese mundo devastado en los “cielos nuevos y tierra nueva” definitivos.
Al final, Dios triunfará siempre sobre la maldad humana y enjugará toda lágrima de nuestros ojos y ya no habrá muerte, ni llanto, ni clamor, ni dolor. Tal es nuestra esperanza cristiana.
[1] Moltmann, J., 1992, La justicia crea futuro, Sal Terrae, Santander, p. 37.
[2] Ibid. p. 55.
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