¿Confirma la ciencia el diseño inteligente?

El diseño se puede probar buscando indicios de inteligencia en la naturaleza y reconociendo que la mejor explicación es aquella que apela a un agente inteligente y no a la casualidad sin propósito.

31 DE JULIO DE 2021 · 10:00

Foto de <a target="_blank" href="https://unsplash.com/@rabbit_in_blue">Karolina Kolodziejczak</a> en Unsplash.,
Foto de Karolina Kolodziejczak en Unsplash.

¿Es posible saber si algo ha sido diseñado inteligentemente? ¿Es capaz la ciencia de distinguir entre los productos de las solas fuerzas de la naturaleza y aquellos que únicamente han podido ser elaborados mediante una planificación sabia? A veces, suele decirse que los planteamientos del diseño inteligente (DI) no son científicos porque no pueden medirse o comprobarse en el mundo natural. Es verdad que no disponemos de ningún aparato capaz de determinar el grado de intervención de Dios en el cosmos. No obstante, como todas las demás teorías científicas históricas, el diseño se puede probar buscando indicios de inteligencia en la naturaleza y reconociendo que la mejor explicación es aquella que apela a un agente inteligente y no a la casualidad sin propósito. Es cierto que el azar puede producir complejidad, como por ejemplo la que evidencian cristales minerales como el cuarzo o la fluorita, pero no la clase de complejidad específica que exhiben los seres vivos. 

Ninguna disciplina científica histórica, como la geología, la paleontología, la biología evolutiva, la arqueología o la cosmología, puede estudiar el pasado colocándolo dentro de un tubo de ensayo. No es posible experimentar con aquello que ocurrió hace mucho tiempo. La historia no puede meterse en un matraz para reproducirla en el laboratorio o comprobar cómo sucedió. Sin embargo, esto no significa que tales disciplinas no puedan utilizar métodos científicos para investigar los acontecimientos que ocurrieron en el pasado. Sólo que esos métodos históricos serán diferentes de los que emplean las ciencias experimentales que estudian los fenómenos del presente. Por tanto, decir que el diseño inteligente no es ciencia porque no se puede meter en un tubo de ensayo para estudiarlo en el laboratorio es malinterpretar el funcionamiento de las disciplinas históricas y tratar injustamente al DI.

La mayor parte de las ciencias históricas aceptan el llamado “principio del uniformismo” que dice que las leyes y procesos que operan actualmente en la naturaleza son idénticos a los que operaron en el pasado. Esto se resume con la famosa frase “el presente es la clave del pasado” y, aunque se trata de una asunción que no puede ser verificada por el propio método científico, ha sido aceptada generalmente por la ciencia. De manera que las disciplinas históricas se dedican primero a estudiar y entender las causas que operan hoy en el mundo, para examinar después el registro del pasado e intentar explicarlo desde los efectos conocidos del presente. Es decir, las causas y los efectos del mundo contemporáneo sirven para esclarecer las causas del pasado, a partir de los efectos que muestra el registro histórico. 

Pues bien, la teoría del Diseño inteligente hace exactamente lo mismo que las ciencias históricas. Primero, comprueba que en la actualidad cosas altamente complejas, como la elaboración de lenguajes, códigos, máquinas sofisticadas, ciertas estructuras, etc., suelen ser siempre producidas por mentes inteligentes humanas y nunca por la casualidad. En segundo lugar, cuando tal relación de causa y efecto se traslada al pasado, resulta que cosas como el origen de la información del ADN, el código genético, las numerosas máquinas moleculares del interior de las células y tantas estructuras biológicas complejas pueden, de la misma manera, atribuirse a la acción previa de la inteligencia.

Hasta tal punto semejante inferencia de diseño es real en la naturaleza que algunos científicos han planteado la posibilidad de que ésta se deba a la intervención de seres extraterrestres. Así por ejemplo, Francis Crick -quien junto con James Watson obtuvieron el premio Nobel por el descubrimiento de la estructura helicoidal de la molécula de ADN- manifestó que la vida en la Tierra pudo haber sido transmitida por seres extraterrestres inteligentes. Esta teoría conocida como “panspermia dirigida” de Crick fue presentada en 1971 en una conferencia organizada por el famoso astrónomo Carl Sagan y posteriormente se publicó en un artículo científico[1]. ¿Por qué se tomó en serio semejante teoría? Pues porque hasta las bacterias más simples de la biosfera terrestre son demasiado complejas como para haberse originado por el lento azar ciego. 

Watson y Crick se dieron cuenta ya en los años 70 de que las subunidades químicas que constituyen el ADN (nucleótidos) eran como las letras de un sofisticado lenguaje que contenían información similar a los símbolos digitales de un código informático. Más recientemente, Bill Gates diría aquella famosa frase: “El ADN es como un programa de computadora, pero mucho, mucho más avanzado que cualquier software que se haya creado”. Incluso el famoso biólogo ateo Richard Dawkins ha manifestado su asombro ante la increíble maquinaria miniaturizada para procesar datos que posee cada célula viva.

Ahora bien, ¿acaso resuelve esta teoría de la panspermia el problema del origen de la vida en la Tierra? Apelar a una supuesta inteligencia extraterrestre no explica cómo surgió la vida y la información necesaria para producirla en otros hipotéticos mundos. Simplemente hace retroceder la pregunta lanzándola al espacio desconocido. Además, ningún extraterrestre del cosmos podría explicar el ajuste fino del mismo que hace posible la vida, precisamente porque él mismo también estaría dentro del universo creado. Estos parámetros exactos del ajuste fino se establecieron en los inicios del universo, mucho antes de que cualquier supuesta inteligencia alienígena pudiera formarse. Por lo tanto, lo más sensato es creer que un superintelecto lo hizo todo con suma sabiduría, tal como reconoció en los años 80 el conocido astrofísico de Cambridge, Sir Fred Hoyle: “Una interpretación juiciosa de los hechos nos induce a pensar que un superintelecto ha intervenido en la física, la química y la biología, y que en la naturaleza no hay fuerzas ciegas dignas de mención”. En mi opinión, ese superintelecto es el Dios de la Biblia que creó los cielos y la tierra.

 

Notas

[1] Ver aquí.

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