¿Por qué tan pocos jóvenes de la Generación Z y millennials consideran el liderazgo como su mayor prioridad?

Si muchos jóvenes asocian el liderazgo con el estrés, la responsabilidad excesiva y un desequilibrio entre el trabajo y la vida personal, ¿cómo van a escucharnos cuando les invitemos a liderar? Por Antti Ronkainen.

21 DE AGOSTO DE 2026 · 19:35

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Algunos de los momentos más alentadores de nuestro ministerio de Estudios Bíblicos Comunitarios tienen lugar de forma silenciosa: alguien se ofrece por primera vez a moderar un debate, a orar en voz alta en un grupo, a impartir una breve enseñanza o a ayudar a preparar té, café y aperitivos.

Puede que aún no lo llamen liderazgo, pero algo importante ha comenzado.

Una de las grandes alegrías del ministerio es ver cómo los jóvenes dan el paso hacia el liderazgo, descubren sus dones y comienzan a crecer. Por eso me llamó la atención la Encuesta de Deloitte de 2026 sobre la Generación Z y los millennials.

El informe señala que, al preguntarles por su principal objetivo profesional, solo el 6 % de los miembros de la Generación Z y los millennials identificaron alcanzar un puesto de liderazgo como su máxima prioridad (p. 14).

Después, el informe explica varias razones que explican esta reticencia:

Entre quienes no dan prioridad a los puestos de liderazgo, los obstáculos más citados son el estrés y el agotamiento (el 50 % de la Generación Z y el 49 % de los millennials), la responsabilidad excesiva (el 50 % de la Generación Z y el 48 % de los millennials) y las preocupaciones sobre la conciliación entre la vida laboral y personal (el 41 % de la Generación Z y el 46 % de los millennials).

El liderazgo, tal y como se ejerce actualmente, suele asociarse con importantes sacrificios en materia de bienestar, por lo que muchos miembros de la Generación Z y de la generación millennial se preguntan si merece la pena el coste que supone (p. 14).

También cabe destacar que los miembros de la Generación Z y los millennials que ya ocupan puestos de responsabilidad, en comparación con los que ocupan puestos de menor nivel, “son más propensos a declarar tener una salud mental positiva y un buen equilibrio entre el trabajo y la vida personal, y menos propensos a citar factores laborales, como las largas jornadas de trabajo, como fuente de estrés” (p. 16).

Estas conclusiones plantean una cuestión importante para las iglesias y las organizaciones cristianas. Si muchos jóvenes asocian el liderazgo con el estrés, la responsabilidad excesiva y un desequilibrio entre el trabajo y la vida personal, ¿cómo van a escucharnos cuando les invitemos a liderar?

El artículo de Barna titulado La crisis de sucesión pastoral se complica cada vez más señala que, en 2022, solo el 16 % de los pastores protestantes sénior tenían 40 años o menos, y que la edad media entre los pastores era de 52 años.

Estas cifras deberían hacer reflexionar a las iglesias y a las organizaciones cristianas, porque el reto no consiste solo en encontrar futuros líderes, sino también en ayudar a los jóvenes cristianos a considerar el liderazgo como una vocación sana y fiel.

Debemos preguntarnos hasta qué punto los puestos de liderazgo resultan atractivos para los jóvenes cristianos de nuestras iglesias y ministerios.

También debemos plantearnos si estamos fomentando un equilibrio saludable entre el trabajo y la vida personal entre los jóvenes líderes, muchos de los cuales son estudiantes muy ocupados o jóvenes profesionales dispuestos a ofrecer voluntariamente su tiempo y sus talentos.

¿Están recibiendo los jóvenes de la Generación Z y los millennials el apoyo suficiente para las responsabilidades que les confiamos? ¿Contamos con suficientes líderes jóvenes en puestos de responsabilidad que puedan dar testimonio, desde su propia experiencia, de que el liderazgo en la iglesia no es tan abrumador como puede parecer desde fuera?

¿Están los jóvenes que sirven con nosotros aprendiendo que pueden ejercer influencia independientemente de su cargo? ¿Y qué tipo de ejemplo estamos dando a la próxima generación?

El apóstol Pablo animó a los creyentes diciendo: “Sed imitadores míos, así como yo lo soy de Cristo” (1 Corintios 11:1). Esto es importante, porque los líderes jóvenes se forman no solo por lo que les pedimos que hagan, sino también por lo que ven en nosotros.

Sus palabras nos recuerdan que el liderazgo cristiano siempre tiene sus raíces en Cristo: seguimos a los demás solo en la medida en que ellos le siguen a Él. El liderazgo nunca se reduce únicamente a lo que enseñamos; también tiene que ver con lo que vivimos.

Jesús sigue llamando a la próxima generación de líderes para que vengan y le sigan, y los convertirá en pescadores de hombres (Mateo 4:19). Pasó tiempo con jóvenes discípulos que tenían potencial y los formó para que fueran líderes.

¿Estaban preparados cuando empezaron? Por supuesto que no. Me pregunto cuántos de ellos pensaban siquiera en el liderazgo como algo a lo que estaban destinados a aspirar.

¿Podría ser nuestro próximo paso similar a los ejemplos de Pablo y Jesús? ¿Podríamos invitar a los jóvenes que nos rodean a seguir a Cristo, tal y como nosotros le seguimos?

Empecemos por pasar tiempo con ellos, conociéndolos, escuchando sus preguntas y animándolos a centrarse en Jesús.

No empecemos por nuestra necesidad de líderes jóvenes. Empecemos por los jóvenes que Dios ya ha puesto a nuestro alrededor. Amémosles de verdad, muestremosles a Jesús y, después, observemos a quién llama Él y a quién equipa para servir como líderes.

Antti Ronkainen, coordinador regional para Europa de Community Bible Study.

Nota del autor: He utilizado Microsoft Copilot como asistente de edición mientras preparaba este artículo, especialmente para mejorar la gramática, la fluidez, la claridad y el estilo. Las reflexiones y las decisiones finales son mías.

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