La guía enloquecedora para que las organizaciones cristianas puedan enviar la ayuda tan necesaria a Siria

Nuestras relaciones con los que imponen sanciones y con los que las sufren deben estar marcadas no por nuestras respectivas autoridades sino por la voluntad y el llamado de nuestro Salvador.

  · Traducido por Rosa Gubianas

24 DE NOVIEMBRE DE 2021 · 09:06

El edificio destruido de una iglesia en Siria. / Hamed Jafarnejad, Tasnim News Agency, Wikimedia Commons.,
El edificio destruido de una iglesia en Siria. / Hamed Jafarnejad, Tasnim News Agency, Wikimedia Commons.

Imagina que un cristiano o una iglesia de los Estados Unidos o de Europa está deseando asociarse con los sirios en su país para el ministerio de la iglesia y para servir a los pobres.       

Se ponen en contacto con un pequeño grupo de creyentes fieles que están ministrando activamente en sus comunidades y compartiendo su esperanza en Cristo. Tras establecer una relación personal y una visión compartida, la iglesia occidental expresa su deseo de apoyar económicamente a la iglesia local.

Pero, ¿cómo pueden enviar los fondos a Siria, un país sometido a sanciones de los Estados Unidos y la Unión Europea?

¿Podría el ‘hasta los confines de la tierra’ (Hechos 1:8) terminar donde comienzan las sanciones de los Estados Unidos y la Unión Europea? ¿La respuesta de los Estados Unidos y la Unión Europea al mal, a los crímenes de las autoridades sirias, es negar a las iglesias la capacidad de actuar?

Quienes tratan de ayudar a los sirios han de enfrentarse, por causa de las sanciones, a verdaderas luchas diarias. El pasado mes de septiembre me reuní en Ginebra con Nabil Antaki, un médico cristiano de Alepo. El Dr. Antaki me contó que él y sus colegas intentaron enviar a un hospital sirio un aparato de ultrasonidos muy necesario para diagnosticar problemas cardíacos.

Lanzaron una campaña de recaudación de fondos para comprar esta máquina. Cuando su banco se dio cuenta de que estaba recaudando fondos para comprar equipos médicos para Alepo, cerró su cuenta por temor a entrar en conflicto con el régimen de sanciones.

En una reciente oleada de fuertes aplicaciones de sanciones por parte del Tesoro de los Estados Unidos, los bancos mundiales pagaron multas de miles de millones de dólares por tratar con entidades sirias que violaban las medidas sancionadoras estadounidenses.

Como resultado, el clima mundial de las instituciones financieras es de un creciente exceso de cumplimiento de las sanciones. En pocas palabras, los bancos no están dispuestos a tratar con sirios o con Siria.

Para remediar el impacto perjudicial de las sanciones, la legislación de los Estados Unidos y de la Unión Europea ha incluido algunas exclusiones y la posibilidad de solicitar exenciones o licencias.

En teoría, esto puede permitir que el trabajo humanitario y otros tipos de esfuerzos caritativos continúen sin impedimentos. En septiembre de 2021, por ejemplo, mientras el Departamento del Tesoro de los Estados Unidos imponía sanciones a personas y entidades responsables de la actual ola de violencia en Etiopía, emitió simultáneamente una licencia general destinada a proteger una amplia gama de actividades de la sociedad civil.     

Sin embargo, solicitar estas exenciones es un proceso complicado. El alcance de las mismas varía considerablemente de un país a otro. La solicitud de exenciones requiere personal, experiencia y recursos financieros que muchas iglesias y ministerios, si no la mayoría, no tienen.

Una organización cristiana que trabaja en Siria sí recibió una exención de las sanciones por parte de las autoridades estadounidenses para enviar dinero a sus trabajadores. Sin embargo, no recibieron una exención para el socorro y la ayuda y no pudieron aportar dinero para otros gastos que no fueran los salarios.

Este ministerio de Siria tiene ahora trabajadores que cobran pero no pueden adquirir nada para ayudar a los que les rodean. Otra organización compartió la financiación para la reparación de una ventana en Siria (cosa que sí está permitida), pero el arreglo de un muro no lo está porque este último entra en la categoría de reconstrucción, lo que está explícitamente impedido por la política de los Estados Unidos hacia Siria.

Un círculo vicioso está impidiendo una solución duradera a este problema. Los países occidentales dicen que no aprobarán la financiación de la reconstrucción de Siria, ni retirarán las sanciones, si no hay un acuerdo político.

Por otro lado, el régimen sirio no está interesado en el dinero occidental para la reconstrucción y no tiene intención de permitir que Occidente utilice la restauración como una forma de debilitar su control político.

Muchas grandes organizaciones humanitarias, incluidas las cristianas, consiguen recibir las autorizaciones necesarias para operar en Siria. No obstante, los bancos no reconocen estas autorizaciones.

En 2020, según reveló una encuesta no publicada de más de 20 organizaciones internacionales que operan en Siria y que tienen un acceso significativo a la población, el 12% de sus transferencias solicitadas a Siria fueron rechazadas por las instituciones bancarias internacionales.

De las tramitadas, el 12% no tuvieron éxito y el 32% sufrieron graves retrasos que oscilaron entre un mínimo de tres a casi diez meses.

Lo que está ocurriendo con Siria no es único. Desde agosto de 2021, las iglesias y los ministerios que apoyan a sus homólogos locales en Afganistán han despertado repentinamente a una nueva realidad; en la hora de mayor necesidad para los afganos los bancos internacionales no transfieren sus fondos a Afganistán.

¿Cómo pueden responder las iglesias y los ministerios?

Estamos en este mundo, así que obedecemos las normas y los reglamentos de nuestras respectivas autoridades. Entendemos que el pecado causa un gran daño y que las sanciones podrían persuadir a los líderes a no perseguir sus deseos pecaminosos y su perjuicio para aquellos que llevan la imagen de Dios.

Pero nuestra teología del pecado también nos informa de que quienes imponen sanciones son asimismo pecadores y sus acciones pueden causar daño. 

No somos de este mundo (Juan 17:14 y 16). Respondemos a un llamado mayor. Nuestra esperanza no está en las estructuras y los sistemas terrenales.

Por lo tanto, nuestras relaciones en la tierra y nuestro diálogo con los que imponen sanciones y con los que las sufren deben estar moldeados no por nuestras respectivas autoridades sino por la voluntad y la llamada de nuestro Hacedor y Salvador.

Forma parte de nuestra vocación desafiar a todos los que están en el poder para que pongan fin a las acciones que lesionan a las personas.

Porque estamos en este mundo pero no somos de este mundo, mi organización, la Alianza Evangélica Mundial (WEA, por sus siglas en inglés) organizó con Caritas Internationalis un evento paralelo virtual en septiembre, en el contexto de la 48ª sesión del Consejo de los Derechos Humanos, sobre el impacto negativo de las sanciones unilaterales en la acción humanitaria.

El acto contó, entre otras cosas, con la intervención de la profesora Alena Douhan, relatora especial de las Naciones Unidas sobre el impacto negativo de las medidas coercitivas unilaterales en el disfrute de los derechos humanos, y afirmó que la incomprensión del impacto de las sanciones es parte del problema.

Así que hablemos más del impacto de las sanciones, con la esperanza de que arrojar luz sobre esta grave causa de sufrimiento provoque el cambio necesario. Invito a los ministerios a que se pongan en contacto con la oficina de la WEA en Ginebra y compartan sus experiencias, para entender mejor cómo abogar en apoyo de las iglesias y los ministerios en Siria, Afganistán y otros lugares.

Para saber más y ver lo que defiende la Alianza Evangélica Mundial, puedes leer la declaración de la WEA que leí en el evento de septiembre.

 

Este artículo se publicó por primera vez en el blog del Seminario Teológico Bautista Árabe, y se ha reproducido con permiso.

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