Almendra Fantilli: “La espiritualidad cristiana integral involucra cabeza, corazón y manos”

“Es muy difícil vivir la fe desconectada de la vida cotidiana, la vida pública, la íntima y la comunitaria”, explica esta realizadora, comunicadora y fotógrafa argentina.

17 DE JULIO DE 2026 · 13:00

Almendra Fantilli,Almendra Fantilli
Almendra Fantilli

Entrevista a Almendra Fantilli (1)

Almendra Fantilli creció en un entorno evangélico. Rememora su infancia en Argentina como “pertenecer a la generación que le tocó nacer en una familia evangélica”. Sus padres tuvieron su conversión durante las grandes campañas de evangelización de los años ochenta.

El despertar espiritual de aquella época coincide en el tiempo con el final de la dictadura militar en Argentina, un período que “está marcado por el florecimiento de diversas alternativas religiosas que comenzaron a mostrarse en el espacio público y, junto con esto, a desafiar y disputar en mayor medida la hegemonía religiosa de la Iglesia católica” nos dice.

Sin embargo, “lo que predominó en el aparato mediático masivo fue el estigma, el miedo, la exotización y una cierta discriminación hacia todo lo que no fuera catolicismo en Argentina” concluye nuestra entrevistada.

Esta discriminación, explica, “se dirigió y dirige principalmente hacia las tradiciones pentecostales y carismáticas, la tradición a la que yo asistí de niña y adolescente”.

Sus padres la llevaron a ella y a sus tres hermanos a este tipo de iglesias, creciendo en el entorno del pentecostalismo.

En sus primeros recuerdos está presente “la importancia de la fe y del servicio al prójimo. Como respuesta a este llamado y como don recibido, siempre tuve una gran apertura y sensibilidad hacia “las cosas de Dios” y la espiritualidad cristiana. Por mi personalidad y mi psiquis no sé si hubiera podido ser atea, porque siempre me interesó lo que tenía que ver con el Misterio”.

Paralelamente a esta búsqueda espiritual, las adversidades económicas azotaron casi toda la vida en su hogar. Al igual que sucedió con muchas otras familias argentinas, las crisis económicas de los años noventa trajeron desempleo, pobreza y gran necesidad. Por estas circunstancias se mudaron muchas veces a distintas provincias de Argentina.

En su historia personal, “el pentecostalismo ha sido en gran medida un espacio seguro que ofrece lazos, tiempo, recursos y asistencia a aquellos que no hemos tenido el privilegio de vivir en condiciones de vida más estables”.

Cuando tenía seis años, después de asistir a un campamento para niños en La Rioja, una provincia del noroeste de Argentina, sentió el deseo de bautizarse. Desde entonces y durante toda su adolescencia, ella y sus hermanas se involucraron activamente en diversas actividades para niños: “horas felices, comedores, escuela bíblica y diferentes labores de evangelismo”.

Tras esta introducción de las primeras etapas de su vida, pasamos a conversar sobre su desarrollo hasta hoy.

 

Pregunta.- Muchas veces la fe heredada se transforma con el tiempo. ¿Hubo un momento en el que tu fe pasó de ser “la fe de tu familia” a ser realmente tuya?

Respuesta.- Sí, totalmente. Creo que toda experiencia de fe que busca tener un sentido propio, y toda crianza religiosa que quiera volverse algo auténtico, tiene que atravesar crisis, preguntas y también nuevas resignificaciones.

En mi caso, ese proceso ocurrió cuando me fui a estudiar a la universidad sola en Córdoba, una provincia ubicada en el centro de Argentina. Ahí comencé a preguntarme por las que habían sido mis creencias.

Jesús estaba llamándome a un camino más consciente. Fue así como empecé a redescubrirlo en otros aspectos más cotidianos. En este punto del camino conocí un pequeño grupo semanal que me enseñó la relevancia de vivir la fe a través de la vida en comunidad.

 

Fe y mirada sobre el mundo

P.- En tus reflexiones aparece mucho la conexión entre fe y vida cotidiana. ¿Cómo entiendes hoy la espiritualidad cristiana en medio de la realidad social?

R.- Creo que para mí es muy difícil vivir la fe desconectada de lo que sucede en la vida cotidiana, la vida pública, la íntima, la comunitaria. Creo que en la humanidad de Jesús podemos ver a una divinidad que se acerca a la experiencia concreta de la vida de sus criaturas.

Hay un libro de Anselm Grün, Una espiritualidad desde abajo, que me ayudó mucho a pensar esto. Allí plantea que Dios puede hablarnos a través de la historia, de la Iglesia, de la Biblia, pero también a través de nosotros mismos, por medio de nuestros pensamientos, nuestros sentimientos, nuestro cuerpo, nuestros sueños, nuestras heridas y nuestra fragilidad humana.

Y esa idea me parece muy poderosa, porque implica que, si deseamos conocer a Dios, también necesitamos conocernos a nosotros mismos. Para mí, una espiritualidad cristiana integrada tiene que involucrar cabeza, corazón y manos. Es decir, pensamiento, afectividad y acción.

Solo así la fe puede tener resonancia en el acá y ahora, en el presente, en la tierra que nos toca vivir, con sus complejidades, sus conflictos y sus tensiones, pero también con su belleza, en armonía con la creación y con los vínculos afectivos a través de la ternura.

Por eso me resulta tan sugerente esta idea de una espiritualidad “desde abajo”, una espiritualidad de la humildad. El autor, en ese texto, recuerda que la palabra humildad proviene de humilitas, emparentada con humus, es decir, con la tierra.

Y creo que esa espiritualidad desde abajo, desde la tierra, desde lo humano, no solo nos ayuda a comprender mejor el Evangelio, sino también a comprender con más hondura el mundo en el que vivimos.

 

Vocación profesional

P.- Eres licenciada en comunicación social, fotógrafa y realizadora. ¿Cómo descubriste tu vocación por la comunicación y el arte?

R.- Siempre fui muy curiosa, indecisa y muy inquieta. Dentro de las Ciencias Sociales y humanas, las artes y el trabajo con personas me interesan distintos campos; pero si tuviera que identificar un núcleo donde se encuentran todas esas búsquedas diría que me mueve mucho el deseo de conectar con diferentes comunidades, personas y sus historias de vida.

Por eso amo la comunicación en sus diversos lenguajes, registros, soportes y posibilidades de circulación. La comunicación está muy vinculada con los conceptos de comunión y comunidad. La raíz en latín de estas palabras es communis, que implica “poner en común”, crear marcos y nexos compartidos.

Si conectamos esto con el término griego koinonía, que implica comunión, podemos pensar que nuestra fe cristiana supone, tal como lo hacía la iglesia primitiva, esta idea de compartir y poner en común todas las cosas.

Comunicarse con otros y otras implica establecer relaciones con alguien o algo que está por fuera de nosotros, que tiene una subjetividad propia creada a imagen de un Dios inmenso. Me cautiva mucho la diferencia que existe en cada ser humano y, a la vez, el imago Dei que porta. Acceder al otro, a la otra a través de la comunicación me parece bello.

 

P.- ¿Qué desafíos enfrenta un cristiano cuando trabaja en el ámbito cultural o audiovisual?

R.- En mi propia experiencia, diría que muchas veces los conflictos más profundos no vinieron de ámbitos externos al mundo religioso, sino precisamente de ciertos contextos eclesiales más clausurantes y de las expectativas que allí se generan sobre cómo hay que vivir. Sobre todo, en la forma de tutelar la vida de las personas. A veces pareciera que solo algunas formas de servicio son plenamente legitimadas, mientras que otras son menos legítimas.

En algunos espacios de iglesia persiste una mirada muy reducida de la misión, donde la “palabra hablada” parece tener más valor que los procesos comunitarios, los lenguajes artísticos, la escucha, la mediación cultural o la intervención social concreta.

Y eso, por lo menos a mí, me generó tensiones y desafíos, porque una empieza a sentir que debe justificar permanentemente su trabajo, su vida, su misión, su propósito, su llamado o como le suelen decir.

Voy a poner un ejemplo de esto que digo. Hace unos años vivimos una experiencia de iglesia en comunidad muy importante donde servimos muchos años haciendo muchas cosas.

Pero emprendimos, con un grupo de amigos y amigas de la iglesia, un espacio de centro comunitario donde desarrollábamos muchas propuestas de manera voluntaria con la gente del barrio, sobre todo niños, madres y otros vecinos, haciendo apoyo escolar, actividades recreativas, escuela bíblica, mercadillos de economía solidaria… en fin.

Era una forma muy concreta de vivir la fe desde la cercanía, en el barrio, con los vecinos, sin mucha espectacularidad. Sin embargo, aunque ese trabajo era valorado en ciertos aspectos, llegó un momento donde uno de los pastores nos llegó a decir que eso no era misión porque no estábamos “hablando y predicando y llevando a la gente a la iglesia”.

Por supuesto, el espacio se cerró y casi todos los que trabajábamos ahí fuimos “invitados a retirarnos” de la iglesia por “tener visión distinta” a la del pastor y su familia.

Ese tipo de experiencias me hizo ver que uno de los grandes desafíos para un cristiano que trabaja en el ámbito social/cultural es sostener con convicción la autonomía y libertad para crear, amar y aceptar el don recibido, y realizar lo que uno tiene que realizar sin ceder ni al encierro religioso ni a la necesidad de volverse irrelevante para encajar.

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Sobre sus trabajos, sus proyectos, y cómo ha ido conformando y ampliando su visión de la fe y la iglesia, del seguimiento de Jesús, del papel de la mujer en la iglesia y otros temas, lo veremos en la continuación de esta entrevista en esta misma sección.

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