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¿Puede un terrorista ir al cielo?

¿Acaso es imposible que el amor pueda transformar a una conciencia radicalizada? No lo sé, pero como una vez dijo un sabio, todo lo que una vez ocurrió sin duda puede volver a ocurrir.

ISAAC MARTÍN ESPAÑA 29 DE AGOSTO DE 2018 20:06 h

Corría el año 56 d.C. En las fronteras del imperio romano reinaba una perfecta paz que duraba ya decenios. La industria y el comercio florecían y con ellos las ciencias, el arte... Todos parecían gozar de una perfecta armonía y prosperidad. Sin embargo, en un rincón alejado de Roma, un pequeño territorio rebelde luchaba con un odio ciego, desangrando al imperio y acabando con la paciencia del emperador. Este, tras muchos años buscando soluciones a un enfrentamiento abierto, decidió acabar con el conflicto definitivamente. Aquella terca nación pagaría con sangre su ofensa.



Las temibles legiones cruzaron tierras, montañas y mares hasta llegar a aquella remota región. Pero lo que vieron no era lo que pensaban encontrar. Ni ellos, ni el emperador.



...



En las entrañas de la tierra, un grupo de hombres con expresión hosca discutían sobre cuestiones de supervivencia. Muerte o victoria. No había opción.



Pasando desapercibido entre los continuos ataques verbales, estaba el llamado “Gehena”. Asistía impasible a aquella exaltada conversación, como si fuese un mero trámite inútil. En su interior, otras cuestiones más relevantes eran las que se debatían.



Eran soldados, guerreros de la patria, que ofrecían sus propias vidas en pos de la libertad de su nación. Para ello no debía haber ningún límite. ¿Ninguno? Simón, que era su verdadero nombre, no estaba completamente de acuerdo con ello. ¿Cuántas vidas, cuánto sufrimiento y sangre merecía aquella libertad?



Recordaba el día en el que se unió a aquel grupo. Veía en ellos un brillo especial, una determinación contagiosa que llenó de propósito su monótona existencia. Pero ahora comenzaba a cuestionarse hasta qué punto matar civiles como represalia a las autoridades les convertía en guerreros de la patria o, como les llamaban los romanos, terroristas.



Pero el daño ya estaba hecho. Suspiró atormentado. El peso de su sica, oculta entre la túnica, le hundía en una miseria más absoluta de la que había tenido antes de unirse a aquel grupo. Muchas personas habían probado el filo de aquella daga. Tantas, que ni siquiera podía mantener su costumbre de recordar cada rostro asesinado para luego orar por sus almas.



- Según nuestros últimos informes, un destacamento diplomático romano está cruzando la ribera del Mar Muerto. Nuestro próximo movimiento…



Simón salió de sus pensamientos repentinamente al sentir el cosquilleo en el estómago que le producía la acción. Volvían a la carga.



...



El cielo nublado parecía querer ocultar al mundo el asesinato que iba a realizarse aquella tarde. Las tropas romanas, con sus lujosos y distintivos uniformes, avanzaban henchidos de orgullo por aquel desfiladero. Simón no pudo evitar sonreír maliciosamente ante la posibilidad de hacer desaparecer esas muecas orgullosas de la faz de la tierra. A la voz del jefe de la guerrilla, todos los “guerreros de la patria” se lanzaron hacia la comitiva con un alarido animal que rasgó la paz de la tarde. Como poseídos, cayeron sobre los indefensos romanos, que en vano trataban de alejarse de aquella trampa mortal.



Sin embargo, a la orden de dos trompetas, una lluvia de proyectiles cruzó el cielo hasta caer sobre ellos. Simón vio como sus mutilados hermanos de armas caían bajo el fuego romano atónitos, incapaces de comprender que los que habían caído en una trampa eran ellos.



La escaramuza estaba tomando tintes desastrosos, así que Simón lanzó su daga contra un cargamento de trigo y, sin pensárselo dos veces, rompió los sostenes del carro. El grano se desparramó, bloqueando el paso y dejando una buena salida para Simón sin que nadie pudiese seguirle.



Corrió con lo que le quedaba de fuerzas tras aquella trágica batalla y huyó hacia las montañas. Pero mientras se alejaba, el silbido de un dardo se hizo más fuerte hasta que Simón sintió cómo una flecha le rasgaba la espalda, sin llegar a clavarse.



Soltó un grito de dolor y trató de contener las ganas de apretar la herida para que la hemorragia cesase. Lo primero era alejarse de ahí. La rasgadura de aquella flecha podría llegar a ser una anécdota comparado con lo que le podían hacer los romanos. Un profundo miedo a ser capturado le heló la sangre. Empezó a tiritar y se fue sintiendo débil. Hasta que fue a dar con su cara contra el rocoso camino. Y después, oscuridad.



...



Simón entreabrió los ojos, cegado por el calcinante sol de oriente. Poco a poco le fueron llegando los recuerdos de la batalla a la cabeza. Todo su cuerpo se puso en alerta. Trató de erguirse, pero el dolor desgarrador que sentía en la espalda le impidió levantarse.



Contempló a un grupo de hombres que estaban a su alrededor. No parecían romanos. Vestían humildes túnicas y harapos. Parecían autóctonos, caminantes de aquellas inciertas calzadas.



Uno de ellos se dirigió a él. Sonreía y su semblante parecía brillar. A pesar de tener una apariencia de campesino, algo en él le daba un aspecto mucho más distinguido.



Aquel hombre se dirigió a un atónito Simón, que no daba crédito a la situación.



- ¿Necesitas ayuda? - dijo aquel misterioso hombre.



Simón estaba estupefacto, no había podido imaginar que todavía quedase bondad en aquella tierra yerma.



Como no acertó a responder, el resto del grupo se le acercó. Lo tomaron en brazos, le limpiaron las heridas y le dieron de comer y beber.



Al cabo de unas horas, ya recuperado, seguía contemplando maravillado la presencia de aquellos hombres. Veía en sus miradas un brillo especial. Pero aquella chispa no era febril, ni imprevisible, sino de una paz y amor especiales.



Simón, profundamente intrigado, preguntó a aquel que tanto había llamado su atención:



- ¿Qué hacen hombres buenos por estos caminos, Señor?



El aludido pareció tomarse unos segundos para responder, como si buscase las palabras que más bien pudieran hacer a su maltrecho corazón.



- Mi nombre es Jesús y a mi lado están Santiago, Pedro, Juan, Andrés… –  poco a poco los fue presentando.



El tal Jesús fue explicándole a Simón la labor que llevaban a cabo por toda Judea. Pudo ver y sentir el gran poder que yacía detrás de aquella mirada amable y aquellas manos callosas. Una chispa de ilusión le encendió el corazón al pensar en acompañarles. Pero entonces, la oscura pena que se ocultaba en lo más profundo de su ser afloró fatídicamente.



- Me temo que no puedo acompañaros, hermanos. No soy quien creéis.



Jesús sonrió, como si no pudiese resistir más a revelarle algo.



- Sé quién eres, Simón Zelote.



El aludido no conseguía dar una respuesta a aquello. Seguía atónito, incapaz de reaccionar. Había tantas preguntas por hacer que al final no hizo ninguna.



- Te conozco, Simón, sé lo que has hecho. Sé quién crees que eres y quién eres realmente. Conozco tus sueños, tu ilusión puesta en malas manos y tu hambre de libertad. Mira a tu alrededor –  hizo un gesto amplio con la mano –, campos desolados, sangre derramada, familias rotas y  dolor. ¿Es esto lo que debería producir la libertad? Yo te la ofrezco de otro tipo. Una que sana por dentro, que rompe las ataduras que te tienen sumido en la angustia. Una que cambiará totalmente tu vida. ¿Me seguirás, Simón Zelote?



Simón se sentía al borde de las lágrimas.



- Te seguiré, Señor.



...



Esta es la historia de un terrorista que cambió su vida. La experiencia de un hombre radicalizado que cambió la libertad ficticia de las armas por la libertad real del amor. Un hombre que mató a decenas de personas pero al que no se le dio la espalda.



Halló la libertad no en la guerra, ni en la liberación de Roma, sino en la verdad.



¿Puede esto pasar hoy en día? ¿Acaso es imposible que el amor pueda transformar a una conciencia radicalizada? No lo sé, pero como una vez dijo un sabio, todo lo que una vez ocurrió sin duda puede volver a ocurrir.



 



Isaac Martín – Estudiante de Filología – Sagunto (Valencia)



 



 



 


 

 


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