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    ¡Bienvenidos al cristianismo!

    Hace aproximadamente unos 2000 años, Jesucristo hizo una clasificación de todas las personas en función de cómo respondían o reaccionaban al oír el evangelio.

    DIEGO IGLESIAS ESCALONA ESPAÑA 20 DE NOVIEMBRE DE 2017 20:49 h
    Foto: Héctor Rivas

    Hace aproximadamente unos 2000 años, Jesucristo hizo una clasificación de todas las personas en función de cómo respondían o reaccionaban al oír el evangelio. Este catálogo o registro se encuentra, como no, en el Nuevo Testamento de la Biblia, concretamente en Mateo 13:19-23, cuando Jesús explicó la llamada ‘parábola del sembrador’.



    Mi intención es traer esa clasificación que hizo Cristo de la humanidad a nuestros días, no para ofender ni ‘etiquetar’ a nadie, sino con el propósito de “discernir espíritus” (Malaquías 3:18) y “ser prudentes como serpientes y sencillos como palomas” (Mateo 10:16).​



    ​Para ello, vamos a dividir el texto de Mateo en cuatro partes bien diferenciadas, reflexionando en cada una de ellas, para comprobar en qué grupo nos encontramos o podemos estar más vinculados:



     



    1. Mateo 13:19 “Los que oyen la palabra del reino, pero no la entienden”.



    Personalmente añadiría que ni quieren entenderla.



    En este primer grupo tenemos por un lado a las personas llamadas ‘ateas’. Estas personas solo creen en el hombre, o peor aún, solo creen en sí mismos; tienen una mentalidad científica y materialista, pero nunca podrán probar cuánto pesa el amor o cuánto mide la fe. “Estos son los que tienen el entendimiento entenebrecido, ajenos de la vida de Dios por la ignorancia que en ellos hay, por la dureza de su corazón” (Efesios 4:18).



    Sin embargo, a veces, los propios creyentes creamos ateos; posiblemente por falta de integridad. Por ejemplo, podemos recordar a un joven judío que nació en Alemania hace ya un par de siglos. El muchacho tenía un profundo sentido de admiración por su padre, quien veía que la vida de la familia giraba alrededor de las prácticas religiosas. El padre les llevaba siempre a la sinagoga. Durante la adolescencia del muchacho, sin embargo, la familia se vio obligada a trasladarse a otro pueblo de Alemania. En ese pueblo no había sinagoga, sino sólo una iglesia luterana. La vida de la comunidad giraba alrededor de la iglesia luterana; las mejores personas pertenecían a ella. De pronto, el padre anunció a la familia que todos iban a abandonar sus tradiciones judías y a unirse a la iglesia luterana. Cuando la familia, pasmada, preguntó la razón, el padre explicó que ello beneficiaría sus negocios. El joven quedó perplejo y confundido. Su profunda desilusión dio paso a la ira y a una amargura intensa que lo atormentó toda la vida. 



    Poco más tarde el joven fue a estudiar a Inglaterra. Allí fue dando forma a sus ideas e introdujo una visión del mundo totalmente nueva y concibió un movimiento cuyo propósito era cambiarlo. Describió a la religión como «el opio de los pueblos». Comprometió a la gente que le seguía a vivir sin Dios. Sus ideas se convirtieron en la norma que regía a los gobiernos de casi la mitad del mundo. ¿Su nombre? Karl Marx, el fundador del movimiento comunista. En las Escrituras, una figura bíblica que bien podría coincidir con esta descripción –un corazón endurecido– sería Faraón y las diez plagas de Egipto (Éxodo 7:14 – 11:10).



    Por otro lado, dentro de este mismo grupo, también tenemos a las personas que podemos llamar ‘miso-teístas’, porque odian y detestan a Dios. Estas personas son las que tienen “al malo” por su dios, tienen sus biblias ateas (“The good book”, por A.C. Grayling) y sus iglesias ateas (proyecto de templo ateo en Londres, por Alain de Botton). Es el ateísmo elevado al cubo, el llamado ‘nuevo ateísmo’; el fervor misionero de una ‘religión atea’. Se me ocurre que esta descripción concuerda bastante bien con Antíoco IV Epífanes (215-163 a.C.), un rey de la dinastía Seléucida, un tipo del anticristo que aparece en el primer libro de los Macabeos –libro apócrifo–quien saqueó Jerusalén en el año 160 a.C., suprimió el culto a Jehová matando un cerdo en el altar del templo, prohibió el judaísmo y estableció el culto a los dioses griegos.



     



    2. Mateo 13:20-21 “Los que oyen la palabra, pero luego tropiezan”.



    En este segundo grupo podríamos incluir a todas aquellas personas que, como los judíos, demandan grandes pruebas y señales. Hoy los reconocemos con nombres como agnósticos, escépticos, racionalistas, incrédulos, etc. Todos ellos hacen preguntas del tipo: ¿Dónde está tu Dios? ¿Cómo fue creado? O también: Si Dios es Todopoderoso, ¿porque no hace esto o aquello?



    ¿Cuántas veces los principales sacerdotes y escribas intentaron sorprender y embaucar a Jesús con sus preguntas? Por ejemplo, con la cuestión del tributo (Lucas 20:20-26) o sobre el asunto de la resurrección (Lucas 20:27-40). Sin embargo Cristo, el verdadero Maestro, siempre salió airoso.



    El parecido bíblico de esta explicación lo podemos encontrar en los fariseos y saduceos, que supuestamente eran la clase gobernante espiritual de Israel, pero en realidad eran hipócritas, buscadores de señales (Mateo 16:1-4). Incluso en esta categoría podríamos incorporar a uno de los doce apóstoles, a Tomás (llamado Dídimo). Su incredulidad le llevó a buscar y tocar la señal de los clavos de Jesús resucitado, pero al final confesó a Cristo (Juan 20:24-29).



     



    3. Mateo 13:22 “Los que oyen la palabra, pero la ambición y las riquezas son su prioridad”.



    ¡Qué pena me da este tercer grupo, tan amplio! ¡Podríamos tener tantos amigos y familiares en esta condición. Serían los llamados cristianos-seculares o cristianos-carnales! Se caracterizan porque son indiferentes, tenues, desapegados y desapasionados. En general son ‘tibios’, como los laodicenses (Apocalipsis 3:16) y siempre ponen un “sí, pero…” al pecado. 



    Si buscamos un personaje bíblico que se identifique con esta descripción bien podríamos encontrar a Marta, la hermana de María, siempre afanada y turbada con muchas cosas (Lucas 10:38-42), sin receptividad espiritual alguna.



     



    4. Mateo 13:23 “Los que oyen, entienden la palabra y dan fruto”.



    Si hasta ahora nadie se ha visto reflejado dentro de los grupos anteriores, se entiende claramente que todos estamos dentro de este último grupo, los que nos llamamos cristianos. Por tanto, ¡enhorabuena! ¡Qué alegría! Pues hemos sido “bendecidos espiritualmente en los lugares celestiales en Cristo; escogidos en Él antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos; predestinados para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo; salvos por su gracia” (Efesios 1 - 2). Coherederos con Cristo.



    Es más, ¡qué gran gozo! Disfrutaremos de la presencia del Señor eternamente; “seremos los llamados a la cena de las bodas del Cordero” (Apocalipsis 19:9).



    Estos son nuestros derechos, sin embargo, mientras tanto tenemos unos deberes:



    1. En cuanto a los ateos y miso-teístas, esos que no nos escuchan e incluso nos odian: LUCAS 6:35 “Amad a vuestros enemigos”.



    Esto no es nada fácil, pero: ¡Bienvenidos al cristianismo!



    2. En cuanto a los agnósticos y escépticos, esos que nos demandan señales y pruebas: 1 PEDRO 3:15 “Estad siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros”. Esto no es un consejo o una sugerencia, esto es un mandamiento. La ignorancia de la Palabra de Dios es pecado.



    ¡Bien llegados, de nuevo, al cristianismo!



    3. En cuanto a los cristianos-seculares, esos que son como “niños fluctuantes, llevados por cualquier viento de doctrina y se dejan llevar por hombres engañadores” (Efesios 4:14): MATEO 26:41 “Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu está dispuesto pero la carne es débil”.



    Por tanto, algunos de nuestros deberes se traducen en:



    1. Amor al prójimo.



    2. Amor a la Escritura, la Palabra de Dios.



    3. Amor a la oración.



    Aun así, y con todo esto, “habiendo hecho todo lo que nos ha sido ordenado, siervos inútiles somos, pues lo que debíamos hacer, simplemente hicimos” (Lucas 17:10).



     



    Permítanme que insista: ¡Bienvenidos al cristianismo!



     



    Diego Iglesias Escalona – Ldo. en Teología - Sevilla (España)


     

     


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