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Abriendo los ojos, y el corazón, a las víctimas de trata

Una misionera mexicana encabeza en Málaga un proyecto para acompañar a víctimas de explotación sexual. En Marruecos también trabajan para detectar a mujeres cuyo destino es la prostitución forzosa en Europa.

AUTOR Samuel Lagunas MÁLAGA 16 DE OCTUBRE DE 2017 16:20 h
La trata de personas, la esclavitud del siglo XXI.

Cada año desde 2015 Louis y Rebeca, pastores mexicanos de una iglesia hispana realizan un viaje misionero a apoyar a Beri, misionera mexicana, quien actualmente encabeza en Málaga el Proyecto Perla. Éste tiene como misión combatir la trata de personas a través de la sensibilización y del acompañamiento a quienes son víctimas de explotación sexual en esa ciudad. Durante el viaje se realizó también una brigada médica en Tánger, Marruecos. 



Ella se llama Favour. Pero puede llamarse Blessing, Hope, Joy, Grace o Princess. En Nigeria muchos nombres son así. Paradójicos. Irónicos. Una terrible broma o una declaración de fe. Como prefiera verse. Nos cuenta que nació en Ido y que allá su madre lleva dos días sin poder dormir a causa del sonido de las balas. Yo sólo una vez he oído una pistola dispararse. En Ido tienen años ya con ese ruido de fondo y con esos cuerpos que siguen cayendo muertos día tras día a su alrededor. Pero esta última semana no ha habido tregua. Favour está preocupada por sus hermanas también, con quienes no ha podido comunicarse. Favour tiene alrededor de 30 años. Sonríe continuamente cuando habla de su hijo. Al quitarse la peluca afro y dejar al descubierto su cabeza llena de trenzas, quedamos sorprendidos. Creíamos que el corte era natural, suyo. Mucho más consternados quedaríamos después de oír su historia, una que puede parecerse a la de todas las demás chicas pero que tiene sus particularidades, que le pertenece como le pertenece su cuerpo. Las generalizaciones son injustas, como las cifras. Pero el amarillismo literario corre también sus riesgos: el espanto, la lástima, el heroísmo. 



—Allí se meten con sus coches para violarlas —Beri nos señala un baldío que a nuestros ojos parece no tener final. Beri conoce las palabras y no teme en usarlas. Es la tercera vez que recibe un viaje misionero como éste. Beri conoce las historias de las chicas. Casi todas son nigerianas. En el polígono las ofrecen igual que en un encarnizado buffet estadunidense: las asiáticas por aquí, las latinas allá, las rumanas un poco más lejos, las nigerianas acá. El camino es laberíntico para quien se adentra en él por vez primera. 



El vehículo se mueve por meandros donde las escenas parecen replicarse: un grupo de chicas sentadas en sillas de plástico en la esquina, otra recostada en un colchón destartalado en medio de la cuadra, otro montoncito de pie en contraesquina. El vehículo se detiene y bajamos con el grupo. Somos 4. Beri nos pide que hablemos con ellas, que les preguntemos cómo están y que nos aprendamos su nombre. La primera vez es difícil siquiera sostener en ellas la vista. Es un problema de la mirada. Una vez vi un documental donde un grupo de misioneros norteamericanos llegaban a Sudán del Sur y lo primero que hacían era regalarles ropa y zapatos a las personas para que no anduvieran desnudos. Porque no les gustaba verlos así. Eso mismo hizo Colón cuando llegó a América. Algo muy semejante me pasa a mí esa noche. Su desnudez nos choca y nos aleja. Es lo primero que hay que romper: los prejuicios, las distancias. Beri las mira, las toca, las abraza. 



—Pero si son unas niñas —expresa sorprendida una estudiante de enfermería que ha llegado de Barcelona esa misma mañana. Su comportamiento eufórico las hace lucir mayores de lo que son, pero su rostro las delata. Cada visita al polígono industrial donde son explotadas se entregan entre cuarenta y cincuenta kits de higiene. Se les dan también bollos y bebidas de temporada; si hace calor, un zumo frío; de lo contrario un Cola-cao caliente. Beri aprovecha para preguntarles si han llegado chicas nuevas. A veces, como ese día, pregunta por una chica que no ha visto en semanas y teme que la hayan movido a otro lado o que simplemente ya no esté viva. Cuando una persona se convierte en mercancía no cuesta nada desecharla. La remplazas por otra. Son las leyes (des)naturalizadas del mercado. La oferta y la demanda. 



 



Una playa en Málaga, al atardecer.



TÁNGER, PUERTA A EUROPA



Para Rebeca y Louis, pastores en una iglesia hispana en Richmond, Virginia, éste es su tercer viaje. Ellos, además, son los coordinadores. Llegaron el jueves, como el resto del equipo: un médico de Guadalajara y su esposa, dos enfermeras más y el novio de una de ellas. El viernes era necesario comenzar con los servicios médicos en Tánger. Marruecos, en el circuito de la trata de personas, se ha convertido en un país de tránsito. Es, para muchos habitantes de la África negra, un sueño. Porque allí la educación es mucho más barata y de una calidad mayor. Además, una ciudad como Tánger es la puerta a Europa. Hay 14 kilómetros entre ambos puertos. Pero la mayoría cruzan ilegalmente.



—Los echan en balsas por la noche desde un embarcadero clandestino —nos cuenta Louis. El frío en el Mediterráneo es punzante y el mar no parece sosegarse. El cruce para los inmigrantes no es lo más complicado. Muchas y muchos de ellos llegan a Marruecos capturados por alguna de las mafias. Son forzados a mendigar, no tienen derecho a ningún servicio de salud, en la calle los marroquíes los discriminan. 



Ese viernes llegaron cerca de 30 personas para ser atendidas. El sábado fueron alrededor del doble. Los muchachos de la iglesia nos ayudan como intérpretes. Las lenguas se confunden, como en Babel. Pero ahora nos entendemos. Del español al inglés, nosotros; del inglés al francés, ellos. El doctor nos dice que la mayoría de los que acudieron, padecen infecciones urinarias. Hubo una mujer embarazada que llegó muy mal, con preeclampsia. No podíamos atenderla como necesitaba. Afuera, en los hospitales de Tánger, tampoco lo harían. Gracias a Dios, Beri encontró un sitio donde pudieron estabilizarla y darle una cama donde dormir. Luego pudo volver a casa. Al trozo de suelo que llama casa.



Tánger es muy diferente de Málaga. De eso, los turistas que sólo pasan tiempo en la parte nueva no se dan cuenta. Allá todo es blanco, y amplio. Pero en la Medina, la gente se aglutina, especialmente en la noche. En las cafeterías, en la planta de abajo, sólo hay hombres. Es como si las mujeres hubieran desaparecido. Pero no, la encuentras más adelante comprando baratijas en alguno de los puestos. Las ves llenas de niños. A esa hora, no hay negros en las calles más transitadas. Los taxis serpentean, pitan. Es difícil moverse en Tánger. Muchas anécdotas salen de un solo viaje: el amontonamiento de los pasajeros, la brusquedad del conductor y el estado, muchas veces deplorable, del vehículo.



La noche del sábado el pastor y su esposa de la iglesia en Tánger nos reciben en su casa con un banquete. Es una forma de decir “gracias” y de decir “aquí estamos”. En todas las culturas, dar de comer es la forma más palpable del amor. Y esa noche, el amor desborda. 



 



ALABANZAS A DIOS EN TETUÁN



El domingo, muy de mañana, salimos en taxi rumbo a Tetuán. La llaman la ciudad blanca. Es mucho más bonita que Tánger. Más pequeña, menos congestionada. Llegamos a tiempo para el culto. Por fuera, el edificio es una iglesia católica. Hoy se ha convertido en una casa de cultura administrada por los franciscanos. Cada domingo, por las mañanas en un salón un grupo de hombres y mujeres evangélicas celebran su culto. Casi todos son jóvenes. A las 6, en el salón adyacente, comienza la misa. En México, y en Estados Unidos, existen divisiones que allá no importan. Y qué bueno. En Tetuán, nos resume el doctor, los muchachos gozan de buena salud. 



—Solamente tienen parásitos —nos aclara fatalmente— pero eso es por el agua que beben. 



 



Zoco en Marruecos.



Beri nos dice que lo que se hace en Marruecos es importantísimo porque muchas de esas personas ya no son libres y cada día son tratadas de forma atroz por sus captores. Y cuando llegan a Málaga, todo empeora. Los hombres son explotados en los invernaderos. Toda la región está llena de ellos. Dotan la carretera de una vista singular. Son montes blancos. Algunos logran escapar y se van a Málaga a mendigar. Beri también los conoce. Cada vez que ve a uno en un semáforo los saluda con alegría, les pregunta hace cuánto que llegaron a España, quiere saber su nombre. Beri no nos lo dice pero sé que ora por ellos. Hay días en que Beri lo único que tiene es la oración. Por eso busca lugares solitarios donde pueda encontrarse con Dios y ya. El Torcal es uno de ellos. Está en Antequera, a una hora de Málaga. Es un paisaje rocoso que te deja mudo. Beri nos cuenta el plan. Caminar al mismo tiempo que pensamos. Luego, detenernos para orar. Así por más de una hora. Allá en las alturas vemos andar a los ciervos: ligeros, raudos, como si las piedras lisas, empinadas y distantes, fuesen unas amplias escaleras.  



    Antes del viaje, Beri nos dijo que leyéramos el libro de Habacuc. Una, dos veces. El lunes por la noche, al llegar de Marruecos, tenemos un momento especial. Después de haber sufrido un encontronazo con la realidad y complejidad del problema de la trata, después de haber visto a las personas concretas que lo padecen, es necesario un tiempo así, urgente. Beri lo sabe. Nos da oportunidad para que hablemos. Luego las plegarias toman la forma de cantos. El dolor no quita la esperanza, no puede, no cuando es Dios el fundamento de ella. Ésa, entre muchas otras, es una lección del profeta Habacuc. Otra es el imperativo al grito, a la súplica, al reclamo: “¿Hasta cuándo?”. El silencio no es una opción para el profeta. Tampoco lo es la resignación ni el disimulo. Beri lo puntualiza:



—Ahora ustedes son voceros.



 



PROYECTO PERLA



El miércoles, el último día del viaje, un grupo viajamos a Córdoba a conocer una casa de acogida. El resto, permanece en Málaga en el local del Proyecto Perla a la espera de que lleguen las chicas del polígono a recibir atención médica. Llegan 6 y para Beri el resultado es magnífico. Son formas de fortalecer los vínculos, estrechar los lazos. El rescate no es un proceso fácil. Es, más que nada, el fruto de una relación prolongada. Los rescates mediatizados de la policía son un espectáculo: un fraude. Muchas ONG’s buscan lo mismo: cifras. En la casa de acogida en Córdoba hay ahora dos chicas. Las encargadas nos cuentan sobre los retos: la adaptación es lenta: desde dormir por la noche hasta poner límites en sus relaciones. Hay que legalizarlas, apoyarlas para que aprendan un oficio. La meta es que sean independientes, como Favour, que tengan un hogar, un trabajo, una familia. Que experimenten a Dios desde la libertad. Al final, de eso se trata el evangelio: no sólo de sentirse libres, sino de serlo. Y es en estos contextos de esclavitud donde la palabra libertad adquiere su significado más grave, más certero. 



El viaje termina comiendo un “Plato del monte” y caminado por las callecitas de Nerja. A ese sitio, Alfonso XII lo bautizó como el “Balcón de Europa”. De nuevo, el Mediterráneo se despliega ante nuestros ojos. En ese mar empiezan y acaban muchas historias. Allí bromeamos, reímos y nos tomamos algunas fotografías. Allí también nos miramos y nos vemos diferentes. Ahora somos amigos. 



Para eso sirve un viaje misionero: para que los ojos se abran y ya no vuelvan a cerrarse.



 



Participantes del viaje misionero.


 

 


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